Capítulo 6
Nos llamaban miserables, cuando en verdad éramos guerreros.
Artículo II, Cartas perdidas de Aadan Primero
Mientras me preparaba para el día que iba a empezar, todavía me debatía con mis pensamientos.
Me ponía nerviosa la idea de acabar en la clase equivocada, o en el edificio equivocado.
La Universidad de Lakeland era tan grande que tardaría por lo menos un cuarto de hora en llegar a la primera clase…
Razón por la cual me alegraba de haberme despertado tan temprano.
Al exterior de Hester Hall había mucha actividad.
La gente iba de un lado a otro con prisas.
Alumnos, profesores y personal docente formaban grupos por todo el campus.
Algunos se sentaban en los bancos y bebían de vasos de plástico humeantes; otros holgazaneaban en la hierba con la mirada clavada en el móvil.
Los más atrevidos incluso habían colgado hamacas de los árboles y el sol matutino les daba en la cara.
Pero la mayoría de la gente estaba en movimiento, en dirección a dondequiera que fuesen.
Entraban y salían a toda prisa y se abrían paso entre la multitud, listos para la siguiente etapa de su viaje.
Me asaltó una sensación tan suave como la brisa matutina, acompañada de una punzada de ansiedad. Porque allí, haciendo cola para comprar un café, estaba el muchacho que se me había quedado mirando en Robertson Hall.
Desde aquella distancia pude fijarme en que era muy alto, quizá metro noventa o noventa y cinco, y llevaba el cabello negro recogido en un moño.
Vestía una camiseta negra y unos vaqueros azul oscuro, un poco remangados sobre unas zapatillas Converse blancas.
Del hombro derecho le colgaba una mochila.
Los rasgos parecían más suaves, distintos a como los vi ayer, y eso me hizo preguntarme por qué me habría mirado con tanta inquietud.
Aunque me pareció que yo era el objetivo, tal vez se tratase de un error, porque por muchas vueltas que le di, no logré encontrar otra explicación que tuviera sentido.
En aquel momento, mientras mi andar se volvía presumido, se giró por casualidad y se fijó en mí.
Había algo en él tan vehemente, tan abrumador, que casi me hizo detenerme en seco.
Mantuve la cabeza bien alta mientras él me miraba, sorprendido, con la cabeza ladeada, y rumiaba sus pensamientos sobre mí, fueran los que fuesen. No frunció el ceño ni se mostró confuso… Solo se quedó ahí.
Al pasar a su lado sentí una oleada de orgullo y presunción, porque era muy consciente de que no podía apartar los ojos de mí. El poder que sentí, el control en la punta de los dedos… me encantó. Quizá un pelín demasiado, pero era la única arma que tenía contra él.
Apenas me había alejado unos metros cuando me vibró el móvil en el bolsillo de atrás.
Te quiero, bicho.
Espero que tengas un estupendo primer día.
No me sorprendió. Puro Bobby de los pies a la cabeza. Mi padre era un sentimental, siempre se había encargado de aliviarme las penas.
Quizá debería llamarlo durante el descanso entre clases para hablarle de los inquietantes ojos de animal que había visto en el bosque.
Era demasiada coincidencia como para no contárselo; pero, por otro lado, aunque se lo dijese, ¿qué podía hacer él?
¿Recorrer todas las instalaciones para no encontrar nada al final?
Además, me temí que, si se lo decía, creyera que era una excusa para abandonar la universidad, y no era así, de verdad.
Le respondí con un breve «gracias», y de pronto me vino a la mente otro pensamiento, que me hizo apretar los puños y que mi corazón se saltase un latido. No pude evitar acordarme de ella, de Rena.
Una vez me dijo que me amaba más que las estrellas del cielo, más que todo el aire del mundo, más que la vida que vivía… Y ¿dónde estaba, ahora que me enfrentaba a uno de los mayores cambios de toda mi vida?
Mentiras, todo mentiras, de principio a fin.
Por la mañana, mientras me miraba al espejo y me rizaba el cabello, lo único que veía era la cara de Rena. Los ojos de color castaño oscuro, los pómulos altos, la nariz. El puñado de pecas dispersas. Apenas soportaba mirarme, me daban ganas de morderme la mejilla por dentro hasta hacerme sangre.
No entendía cómo lo conseguía Bobby, cómo podía mirarme y quererme, cuando era un recuerdo constante de que la mujer con la que se había comprometido de por vida se había ido como si tal cosa.
Era una tristeza que acababa por cristalizar en rabia ardiente.
¿Cómo podía querernos tanto, y al mismo tiempo marcharse?
Cada recuerdo que compartíamos, cada abrazo, cada beso de buenas noches…
; de pronto, todo aquello era trivial, irrelevante.
Y cada paso que daba me hacía odiarla un poco más.
Me merecía saber por qué se había ido.