Luna de sangre Capítulo 5
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Capítulo 5

Esto te transmito: resístete o acéptalo.

Artículo V, Cartas perdidas de Aadan Primero

Llamarlo ansiedad sería quedarme corta.

Traté de convencerme a mí misma de que todo lo que había visto la noche anterior era producto de mi imaginación, un síntoma de la falta de sueño, pero mientras me quitaba el gorro de dormir, mientras me ponía los vaqueros y la camiseta, no dejaba de darle vueltas.

Los ojos que había visto a través de la ventana me perseguían; y ahora sabía que eran reales, porque la primera vez que los vi fue la noche en que Rena se marchó.

Recordaba la luna, hacía cinco años, enorme y roja, mientras nos dirigíamos a la comisaría sin perder un instante. No parecía real. Demasiado grande, demasiado redonda. Como una cara que nos vigilase.

Bobby encendió las luces de emergencia de su todoterreno; dijo que así podríamos ir más deprisa.

Las luces rojas y azules se difuminaban sobre los edificios y los hogares a oscuras y se mezclaban entre sí.

Mientras las lágrimas me corrían por la cara, sentía que el mundo se estrechaba sobre mí y solo dejaba escapar el sonido de mi respiración entrecortada.

Creía que mi madre estaba ahí fuera, en algún lugar, perdida.

Una hora antes, alguien avisó de que su coche estaba aparcado a la salida de la I-435 oeste con las luces de emergencia encendidas.

Bobby recibió una llamada; pero fue casi como si la hubiera estado esperando.

Estaba en el salón, con la mirada perdida en el infinito, y el móvil frente a él.

Cuando vibró sobre la mesa de madera, lo cogió al primer timbrazo.

Cuanto más escuchaba, más indómita se le volvía la mirada.

Después de dos gestos de asentimiento, salimos por la puerta.

En aquel momento no sabíamos si alguien se había parado a ayudarla y la había llevado a algún sitio.

O quizá vio algo al pasar y se adentró en el bosque y se perdió.

A veces, si no sabías a dónde ibas, los árboles parecían iguales miraras a donde mirases.

Otras veces había algo más aterrador en el bosque, más amenazador, con dientes más afilados.

Cuando llegamos a la comisaría, aquello era un caos.

—Una noche muy movida —oí decir a alguien.

Me senté en un banco. A mi alrededor, las personas uniformadas eran como un borrón en movimiento.

Unos morenos, otros pálidos, otros cobrizos.

Todos con uniformes azules e insignias doradas en forma de estrella.

El aroma del café flotaba en el aire. Las lágrimas me nublaron la vista y los convirtieron a todos en manchas de color.

Nada de aquello parecía real.

Janet, la mujer que se sentaba en la recepción junto a la entrada, se fijó en mí. Apenas la conocía de verla unas cuantas veces, pero aquella noche me trajo una manta de lana para que me tapase con ella y me ofreció un despacho vacío para que me sentara allí, lejos del caos.

Estaba al lado del despacho de Bobby, y tenía un sofá.

Al sentarme en el centro de este, arropada con la manta, me quedé mirando el vaso de plástico que me había dejado Janet.

Mientras contemplaba los remolinos de vapor que giraban en el aire, me pregunté si no debería haberme quedado en casa.

Si mi madre volvía, se preguntaría dónde nos habíamos metido; pero era más de medianoche, y las probabilidades de que regresara eran escasas. No inexistentes, pero escasas.

Pero aquella tarde, horas antes, yo había visto algo en nuestro patio.

Estaban en el rincón más apartado, casi fundidos con los árboles. Eran dos, pegados el uno al otro, con los ojos amarillos y relucientes. Animales salvajes, pero mucho más grandes que ningún otro que hubiese visto antes.

Podría haber chillado, pero no lo hice. No tenía claro si lo que veía era real o producto del estrés. Estaba muy alterada desde que Rena dejó de responder al teléfono y no volvió a casa. Había oído decir que cuando la mente estaba tan sobrepasada, a veces se inventaba la realidad.

Así que corrí a buscar a Bobby y le conté que había algo ahí fuera. Encendió las luces y salió con la linterna. Rebuscó por todo el lugar y entrecerró los ojos para ver si distinguía algo entre las sombras de fuera de la casa. Nada. Ni la menor señal de animales.

Cuando se marchó me fui con él; estaba demasiado atemorizada para quedarme sola.

Mientras esperaba en aquel despacho que no me era familiar y que olía a tabaco, pude oír las conversaciones que tenían lugar en el de Bobby.

—Señor —dijo una mujer—. Creo que esto le interesará.

No sabía a qué se refería, así que me acerqué a la ventana con sigilo para espiar el vestíbulo. Una mujer de piel morena se sentaba en el mismo banco que había desalojado yo, aunque en ese momento estaba muy pálida.

Temblaba de forma perceptible y tenía sangre seca en una ventana de la nariz. El sujetador deportivo estaba manchado de tierra. Tenía las manos cubiertas de hollín, las uñas sucias, y los ojos enrojecidos y huellas de lágrimas en las mejillas.

Regresé al sofá y pegué la oreja a la pared.

—¿Dónde la has encontrado? —preguntó Bobby en voz baja y controlada.

—Salió del bosque.

—¿El bosque? —repitió, y al oírlo sentí la garganta seca. ¿Tendría alguna relación con Rena? ¿No decían que igual se había adentrado en el bosque? Me esforcé por escuchar.

—Sí, señor. Estaba haciendo footing cuando… —La mujer tragó saliva—. No me va a creer cuando se lo diga.

—Escúpelo de una vez, Meyers.

Oí suspirar a la mujer.

—Se encontró con un cadáver, a un lado de la pista forestal.

Ha dicho que casi tropezó con él, cuando de repente un animal salvaje apareció de la nada y la atacó.

Consiguió huir y esconderse, pero está muy alterada.

Tendremos que enviar a los muchachos, contactar con la policía del parque, y con quien se vaya a encargar de investigarlo.

Parece que es bastante desagradable, señor.

Respiraba con dificultad y se me habían llenado los ojos de lágrimas. ¿Podría tratarse de mi madre?

—¿Era…? —preguntó Bobby.

—No —respondió la mujer en voz baja—. No era Rena.

Bobby carraspeó y creo que ambos suspiramos, aliviados.

—¿Ha dicho qué era? Me refiero al animal.

—Dice que era algo más grande y aterrador que un oso.

Se hizo un silencio entre ellos, que rompió por fin la mujer.

—Y para complicar más las cosas, hay un hombre que no para de llamar. Insiste que el ataque lo han provocado bestias míticas… Supongo que oyó la llamada de socorro, señor. Aquí tiene sus datos, por si le interesa.

Se oyó un sonido furioso, como si Bobby hubiese aporreado la mesa con el puño. Oí un ruido que supuse que sería un bloc de notas que caía en el escritorio de Bobby.

Luego, un gruñido.

—Puñeteros paletos —dijo con desdén—. Los medios de comunicación van a sacar tajada de ese rumor, y eso es lo último que necesitamos. ¿Puedes llamar a Dean? Que se asegure de que acudan unas cuantas patrullas más al lugar para mantener la zona segura. No quiero que se nos cuele ningún «creyente».

—Enseguida, señor —respondió la mujer.

Fue como si me alcanzase un rayo invisible y todos los sonidos se apagaran, excepto el zumbido en los oídos. Un ataque de un animal salvaje, una bestia desconocida. ¿Podría ser que a mi madre la hubiera atacado el mismo animal que atacó a aquella mujer?

La idea no dejó de rondarme la cabeza en toda la noche, hasta que volvimos a casa poco antes del amanecer.

Al principio, demasiado alterados por su desaparición, no nos dimos cuenta; pero luego comprobamos que su marcha había sido planeada. Había preparado una maleta y una bolsa; se llevó casi todos sus objetos con ella, solo se dejó unas cuantas cosas… entre ellas a Bobby y a mí.

Nunca llegamos a averiguar por qué aparcó el coche en el arcén, ni a dónde se dirigió.

Fue muy sigilosa; no encontramos ni una huella, ni siquiera tras varios días de búsqueda.

Era casi como si no quisiera que nadie supiese que alguna vez estuvo en Kansas City.

Casi como si no existiera.