Luna de sangre Capítulo 4
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Capítulo 4

Nuestras historias se pueden utilizar contra nosotros. No permitáis que se apoderen de lo que nunca fue suyo.

Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero

Tras la reunión, nos dividieron en grupos para hacer un recorrido por las instalaciones. Tuve suerte, y Em y yo acabamos en el mismo. Se me pegó con los ojos muy abiertos de expectación, y yo hice todo lo posible por parecer tan entusiasmada como ella y olvidarme de lo que había pasado.

El guía del recorrido se presentó: Tyler Babu. Era un alumno de segundo que estaba estudiando ingeniería, con la piel oscura de un tono cálido y el espeso pelo negro que le caía sobre la frente al caminar. Llevaba una camiseta azul claro en la que se leía «¡Hola, soy tu nuevo amigo!».

Una vez fuera del edificio, Tyler nos llevó hasta el Campus Central, una zona larga de césped bien recortado con caminos y árboles centenarios que crecían muy próximos.

En el centro había una fuente con semblanzas de los padres fundadores, y en algunos lugares se veían bancos de hierro y mesas en recuerdo de alguien que había tenido relación con la universidad.

El Campus Central se extendía casi dos kilómetros, y en la parte exterior se alzaban edificios de piedra caliza de diferente tamaño y forma, pero todos con tejado festoneado y ventanas grandes en forma de arco.

Frente a unos pocos edificios selectos se veían estatuas de lobos que se alzaban altos y poderosos como gárgolas.

Solo faltaban las vallas de hierro forjado.

Lakeland parecía sacado de un cuento de hadas, era tan hermoso que no tenía cabida en una ciudad sepultada por las leyendas paranormales hasta el punto de que había un festival anual llamado Primer Mordisco. Aunque tal vez tuviera lógica. Todos nacíamos con un pedacito extraño en el corazón.

Todos los edificios que recorrimos olían a terracota y a pino; todos tenían pasillos amplios, molduras ornamentadas en lo techos y toques dorados aquí y allá.

Estaban casi todos desiertos, pero me imaginé en las clases, en las sillas, rodeada por el olor de las alfombras viejas mientras tomaba notas en un cuaderno o miraba por la ventana. No tardaría en hacer eso.

Más allá del Campus Central y cerca de las instalaciones deportivas se ubicaba el Edificio Bowman de Arte. Parecía diferente de los demás, con líneas más estilizadas, más moderno. Un diseño minimalista ocupaba el lugar de la piedra, y los ventanales alargados colmaban las paredes desde el exterior.

Cuanto más nos acercábamos allí, más crecía en mi interior la sensación de que me estaban vigilando, como si alguien fuera a aparecer de un momento a otro entre los arces, o tras el reflejo de una ventana en uno de los edificios desiertos junto a los que pasamos.

La entrada sur del Edificio Bowman de Arte daba acceso al Museo de Arte Sutton de Kansas.

Tras el mostrador de la recepción había una mujer de piel olivácea, con rizos castaños salpicados de gris remetidos por detrás de las orejas.

Llevaba un traje pantalón a medida y un pañuelo de girasoles bien colocado al cuello.

Se levantó y nos recibió con una sonrisa. Se llamaba Abba Ruiz y trabajaba desde hacía quince años en el Museo de Arte Sutton. Aquello era como un segundo hogar.

El museo exhibía artefactos naturales del estado de Kansas, de cuando las praderas eran mares, pero ahora el edificio albergaba también obras de artistas locales y contaba con una sección donde los estudiantes de arte podían exhibir y vender las suyas.

—Si alguien tiene alguna pregunta, aquí estaré.

Abba nos fue mirando a todos y nos sonrió, y a mí me guiñó un ojo. Tyler consultó su reloj.

—Vamos a estar aquí unos cinco minutos antes de la próxima parada. Echad un vistazo —sugirió, y se fue hacia el rincón donde estaban los lavabos.

Em y yo recorrimos la sala con la cabeza muy alta y gesto arrogante, haciendo comentarios muy dignos sobre las obras que íbamos viendo y riéndonos de nosotras mismas.

Me gustó que Em me hiciera sentir tan relajada como para hacer el tonto juntas.

Me recordaba a una amiga que había tenido en el instituto, que llegó a la ciudad porque su madre había cambiado de trabajo.

Habíamos estado muy unidas, pero, cuando Rena se fue, admito que me dejé dominar por la envidia.

Yo era impredecible. No soportaba que sus padres estuvieran juntos, y los míos no.

Mi amiga no se merecía que la castigara por algo que me había pasado, pero no planté cara a la situación de la manera adecuada.

No supe cómo, y dejé que mi drama se la llevara por delante cuando debería haber agradecido tenerlos cerca, a ella y a su familia.

Nunca se me presentó la ocasión de decírselo antes de que se marchara de nuevo, y ese recuerdo me corroía, me hacía daño. Ojalá esta nueva oportunidad me diera la ocasión de ser la amiga, la persona que quería ser.

Me detuve de pronto y agarré a Em por el brazo. Estábamos en la sección de tradiciones populares.

Sobre las piezas expuestas brillaban los focos. Los fósiles, las joyas y las piedras parecían brillar.

Em dejó escapar una risita.

—Hay cosas que nunca cambian. Es como volver a estar en primaria. —Paseó la vista por los estudiantes que se encontraban en el museo—. Aquí solo falta un abuelo de la zona que nos diga que las leyendas de Lakeland son reales.

No me había dado cuenta de que Em también era de la ciudad.

Su ropa y peinado eran muy diferentes de lo que se solía ver en Timber Plains, diferentes incluso de lo habitual en las zonas más bohemias de Kansas City; había dado por hecho que venía del París de Kansas, o de algún otro lugar lejano.

Además, tenía un poco de acento, aunque no lo acababa de identificar.

Tal vez lo había heredado de sus padres.

—Claro —murmuré, pero de todos modos me acerqué al expositor.

—«Uno, dos, los lobos vienen a por ti» —cantó Em.

Puse los ojos en blanco y se me escapó la risa, pero seguí adelante.

—«Tres, cuatro, los vampiros llaman a la puerta…».

Di un manotazo al aire delante de Em, que se echó a reír sin dejar de canturrear.

Era una vieja canción que cantaban los abuelos para asustar a los nietos y convencerlos de que, si se portaban mal, se los iban a comer los monstruos que acechaban en el bosque.

La táctica era extraña y rara vez funcionaba.

Pero Timber Plains tenía fama por sus leyendas sobre licántropos.

Todos habíamos crecido oyendo las mismas historias sobre manadas de lobos que llegaron al Medio Oeste para proteger la ciudad de los demonios chupasangre.

No sabía dónde se habían originado las historias ni por qué.

Eran más un chiste recurrente entre adultos y adolescentes, pero, para los niños, parecían muy reales.

O a mí me lo habían parecido… y, en cierto modo, aquellas historias me conectaban todavía con Rena.

Era su manera de contar las leyendas, tan diferente de la de los padres de mis amigos. Hacía que lo irreal pareciera vívido.

Yo había creído en los licántropos y en los vampiros igual que en Santa Claus.

Pero, cuando resultó que Santa Claus eran los padres, las historias de la ciudad me parecieron impregnadas de un mundo más fantástico que el que yo habitaba.

Todo eran invenciones, parte de la cultura popular.

Cuando alguien pensaba en Kansas City, al momento le venía a la cabeza imágenes de barbacoas.

Cuando pensaba en Timber Plains, en las historias sobre licántropos.

Pero ver aquellas piezas expuestas me había recordado a Rena y aquello tan extraño que sucedió la noche en que se fue…

Tenía delante una vitrina de cristal con un libro encuadernado en cuero.

Las páginas estaban arrugadas, amarillentas por los bordes con un tono que iba avanzando hacia el centro.

El libro estaba abierto por un capítulo titulado «Lupus in Fabula», y debajo se veía la traducción: «El lobo en la historia».

En la página siguiente había un dibujo muy detallado de cómo un hombre llamado Aadan había caído de los cielos y se había transformado en lobo.

Contaba que Aadan viajó al Medio Oeste para proteger las praderas y a sus habitantes de la creciente amenaza en la zona.

Pasaron décadas, y Aadan quiso tener algo más que la vida de un protector.

Suplicó a los cielos que lo hicieran humano para experimentar el mundo tal como lo hacían los mortales, para enamorarse y tener una familia; pero, en vez de eso, los cielos mandaron lluvias interminables y guerra.

En la segunda página, bajo las ilustraciones de cómo Aadan se había transformado en lobo, había una frase breve en latín: Amor vincit omnia.

Allí era donde la historia de Rena tomaba otros derroteros. Su narración era menos sombría. Había más seres míticos, más aventuras y, al final, Aadan se enamoraba.

—En las viejas historias hay un punto de verdad, ¿sabes?

Alcé la vista y vi a Abba delante de mí, ante la misma vitrina. Tenía la piel reluciente a la luz amarilla; todo en ella era cálido como la miel, y cada uno de sus movimientos parecía invitador.

—¿De verdad?

—Sí. —Sonrió—. Los lobos llevan mucho tiem…

Em me agarró por el brazo con el rostro arrebolado.

—Nuestro grupo se va. Corre, que nos quedamos atrás.

Me apartó de la vitrina y casi no me dio tiempo ni a despedirme.

Em me atrajo hacia ella para hablar en susurros.

—Me han dicho que es una chalada que cree en los cuentos de hadas.

Arrugué la nariz, sin saber quién le había dicho semejante cosa, y si sería solo un rumor. Al volver la cabeza, vi que Abba se estaba colocando bien el pañuelo sin dejar de mirar el libro, y se me ocurrió que no me importaría que dijeran de mí que era una chalada que creía en los cuentos de hadas.

Porque creer en los cuentos de hadas significaría que en el mundo quedaba esperanza, inocencia.

Y yo habría deseado albergar algo de eso.

Poco después de las dos de la mañana, Stevie aún estaba en la ducha común.

Yo era todo sonrisas al volver al dormitorio, quitarme el gorro de ducha y colgarlo en el gancho, junto a la puerta.

Stevie había llevado los altavoces al cuarto de baño y todas cantamos a gritos hasta que vino una de las encargadas.

Por lo visto, alguien se había quejado de que armábamos mucho jaleo, cosa que era verdad, pero la bronca valió la pena. Habíamos creado recuerdos para siempre.

Nuestra habitación empezaba a parecer un verdadero hogar.

Habíamos terminado de colgar las fotos y carteles enmarcados, habíamos puesto guirnaldas de luces en el techo para crear un ambiente cálido y acogedor.

Dispusimos las camas de manera que creamos una pequeña zona de estar con un diminuto sofá, una alfombra tan cómoda y gruesa como para dormir en ella, una pequeña nevera, un microondas y una tele.

La ventana había quedado junto a mi cama. Tenía una rendija abierta y la brisa fresca agitaba las cortinas. Stevie y yo habíamos tardado casi veinte minutos en colocarlas, y parecía que ya habían pasado siglos.

Escudriñé la noche. Hester Hall daba a un bosque verde, con maleza que cubría las raíces de árboles y arbustos hasta el borde mismo del césped bien cortado. Oí el susurro de las hojas y respiré hondo para llenarme los pulmones del olor a madera húmeda, a musgo.

Entre las sombras, las ramas crujieron y el sonido me hizo mirar con más atención. Al principio me pareció ver a una persona vestida de negro apoyada contra el tronco de un árbol. El corazón me dio un vuelco, y me apresuré a cerrar la ventana.

Pero, al mirar otra vez, la oscuridad reveló otra cosa: dos círculos redondos, brillantes.

No, no eran círculos. Eran ojos.

Ojos de un amarillo vivo, con destellos verdosos, como si pertenecieran a un animal grande. Parpadeé, y desaparecieron. Bajé la persiana con el corazón desbocado.

Me quedé tumbada en la cama, envuelta en la toalla, y sentí que el pánico me intentaba obligar a moverme, a huir. Para empezar, los ojos que había visto en la oscuridad eran demasiado grandes para pertenecer a un animal cualquiera de los que tenía conocimiento a mis dieciocho años.

Para seguir, y aún más aterrador, habría jurado que vi esos mismos la noche anterior. Habían pasado exactamente cinco años desde el día en que Rena se marchó para no volver.