Luna de sangre Capítulo 3
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Capítulo 3

El imperialismo era su arma más poderosa, y yo me arrodillé con entusiasmo. Besaría el suelo por ella.

Artículo II, Cartas perdidas de Aadan Primero

Caía la noche, y la luna ya asomaba entre las nubes, acompañada de una brisa que alivió el calor del verano y me refrescó la cara mientras caminaba.

Frente a las residencias, los grupos de estudiantes recorrían las aceras en dirección a Robertson Hall para asistir al inicio de las charlas de orientación a los nuevos estudiantes.

Yo iba acompañada de Stevie McClure, mi compañera de cuarto.

Era mucho más bonita de lo que me esperaba.

Su porte y su elegancia eran maravillosos.

Era alta, con una hermosa piel de color roble; las gruesas pestañas resguardaban unos ojos castaños bajo los cuales se asomaban una nariz respingona y unos labios carnosos.

—Creo que a Ronnie le gustas —le decía Em a Abi cuando doblamos la esquina. Ambas estaban en el grupo de baile con Stevie y compartían una habitación en el mismo pasillo que nosotras. Me dio la sensación de que las tres se conocían y se llevaban bien.

Abi dio un manotazo al aire e hizo una mueca.

—Puñeteros insectos.

Arrugó la nariz y se apartó el pelo de la cara. Lo tenía largo y moreno, y le llegaba por debajo de las caderas; se balanceaba a un lado y a otro a cada paso que daba. Era un milagro que no se le hubiese rizado aún, con la humedad de las noches de agosto.

—Ya se lo he preguntado —dijo Abi. Em ladeó la cabeza, divertida, y los rizos se sacudieron—. Piensa que soy bonita. Por eso no deja de mirarme.

Y lo era, desde luego. Abi era más baja que yo, con la tez morena y curvas bien marcadas. La piel le relucía bajo el sol de la tarde. Rebosaba confianza; era como un petardo a punto de estallar.

Em también era guapísima. La piel cobriza era muy parecida a la mía.

Tenía miembros esbeltos y el cabello muy rizado.

Su belleza, de algún modo, me recordaba a la de mi madre.

Quizá por su manera de comportarse, y por la impecable postura erguida.

Tal vez por las motas doradas en los ojos de un castaño intenso; o, a lo mejor, porque era demasiado perfecta, casi como si enmascarase su auténtica identidad con un filtro de belleza.

—Impresionante —respondió Em, y Stevie y yo soltamos unas risitas.

—La vida es demasiado corta como para preocuparse de cosas prosaicas —dijo Abi con una sonrisa de suficiencia.

Todas estábamos de acuerdo con ella, así que asentimos en silencio y seguimos caminando.

Robertson Hall tenía el mismo exterior refinado de piedra caliza que los otros edificios académicos del campus, pero el interior me dejó sin aliento.

En las paredes se abrían grandes ventanales, y la luz del sol teñía el suelo de dorado.

Los muros eran muy altos y terminaban en un techo curvado que reflejaba el eco de nuestras voces.

Mirara a donde mirase, veía algo asombroso: columnas elegantes, retratos de gente importante y largos pasillos abovedados que se adentraban en la penumbra.

Al otro lado de unas anchas puertas de madera se abría una sala de espectáculos, acondicionada como teatro. Había hilera tras hilera de sillas negras encaradas hacia el escenario, y los grupos de gente se repartían entre ellas.

Fui tras mis nuevas amigas por una fila estrecha, siguiéndoles los pasos, hasta que se detuvieron de pronto y me tropecé con Em.

Al otro lado del pasillo había un grupo de chicos. Todos tenían un aire similar: atléticos, bulliciosos, dotados de ese ego que era el producto de años y años de éxitos. Pero fueron las camisetas a juego las que me dieron la pista. Eran los miembros del equipo de fútbol. Porque… cómo no.

Casi se me escapó una risita burlona, pero la contuve y sonreí al ver que extendían las manos para chocar los cinco. Me dije a mí misma que tenía que ser amable y seguirles el juego, abrirme a nuevas experiencias. Era el camino para hacer amigos… Cosa que me vendría bien.

Todo sin incidentes, hasta que llegué a la última mano.

Un chico me miró con los ojos brillantes y una expresión serena. Los hoyuelos de las mejillas morenas acompañaban a una sonrisa capaz de parar el tiempo. Una sonrisa que me hizo saber que yo lo conocía.

El pelo rizado le enmarcaba el rostro y le caía en tirabuzones. Los ojos heterocromáticos me atrajeron, como una invitación a detenerme en ellos. Uno era de color ámbar; el otro, verde.

—Hola —dijo, y su voz desencadenó los recuerdos…, las risas…, la breve aventura que compartimos. Era Seven.

Parpadeó, y luego me señaló e inclinó la cabeza al mismo tiempo que yo.

—¿Mirabella?

—¿Seven?

Se echó atrás y se llevó la mano a la cara, sorprendido.

—¿Qué haces aquí?

—¿Yo? Estoy aquí porque es donde me corresponde. ¿Qué haces tú aquí?

Rio entre dientes.

—Qué respondona. —Se señaló la camiseta—. Quarterback suplente del equipo de fútbol.

—Eso me han dicho.

Se animó.

—Espera… ¿Ya están hablando de mí?

Se parecía tanto a un cachorrillo que me eché a reír. Pero era encantador. De haber sido cualquier otra persona, ya estaría de vuelta en mi asiento, pero tratándose de él, mis pies habían echado raíces en el suelo.

—Deja de intentar conquistar a las chicas, Seven —dijo Stevie al pasar a nuestro lado.

Se inclinó hacia delante, y al hacerlo vi, bajo el cuello de la camisa blanca, una cadena de oro que le descansaba sobre el diafragma.

—Pero si ni siquiera le he dicho aún lo guapa que es —repuso Seven, que me dedicó una sonrisa luminosa.

Me sentí acalorada; estaba sopesando cómo responder cuando empezaron los aplausos y un hombre subió al escenario.

—Ya nos veremos, Seven.

—Oooh, pero si acabábamos de empezar.

—Sobrevivirás —respondí, y me alejé de él, perseguida por el peso de su mirada. Mis amigas se rieron y bromearon al pasar a su lado, y yo les di palmaditas juguetonas en las rodillas.

En cuanto me senté, Stevie se inclinó para cuchichear.

—Diría que ya tienes un admirador.

—Eso parece. —Enarqué las cejas. Nos acomodamos en la silla mientras un segundo hombre subía al escenario, más viejo y algo canoso, y que vestía una camiseta universitaria bajo una chaqueta de franela.

Ajustó la conexión del micro de la solapa y alguien le dio un mando a distancia para la presentación.

El ruido de la muchedumbre se redujo a susurros, y el hombre del escenario se presentó como el rector de la universidad; a continuación, una banda tocó lo que supuse que sería el himno universitario.

Desfilaron por los pasillos, lo que despertó el entusiasmo y las bromas de la multitud.

El rector se puso a cantar, y nos animó a ponernos en pie y cantar con él; la letra del himno se podía leer en la gran pantalla que tenía detrás.

Aplaudimos al unísono. Por el rabillo del ojo, vi que Seven me observaba con una sonrisa ansiosa.

Lo que me hizo preguntarme algo: si Bobby había solicitado la admisión en la Universidad de Lakeland en mi nombre, como sospechaba, ¿lo hizo poque sabía que podría vigilarme de cerca?

De ser cierto, eso me destrozaría. Hace tiempo tuvimos una conversación en la que Bobby me dijo que quería que disfrutase de la misma independencia que cualquier otra joven de dieciocho años.

Pero resultaba que conocía al decano de estudiantes, que estaba ansioso por que yo asistiese a Lakeland…

La idea de que todo fuesen pretextos, de que no confiase en mí, me angustiaba.

Porque la pregunta seguía en pie: ¿qué motivo podía tener para no contarme que había solicitado mi ingreso en la Universidad de Lakeland?

Cuando la banda de música se retiró y los asistentes se quedaron en silencio, otra persona salió al escenario.

Nos saludó, pero mientras le prestaba atención, no me podía quitar de encima una sensación en la boca del estómago.

Nunca había sentido nada parecido. Era una sensación que me empujaba a rebuscar entre la multitud, una voz que me decía: «Mira, mira, mira».

Examiné a los presentes uno por uno, buscando algo. La sensación era tan intensa que comprendí que no iba a disminuir hasta haber localizado al causante.

Como si fuera una cuerda, la tensé, y tiré y tiré, hasta que…

Allí. Se me escapó un suspiro de alivio.

En el ala izquierda del auditorio había un chico sentado.

Aunque no me miraba, la sensación incómoda me convenció de que debería estudiarlo con atención.

Exhalé; tenía la esperanza de que el corazón se me calmase un poco.

Observé con atención todo lo que estaba a la vista: pelo largo y moreno, ancho de hombros, piel negra clara.

Se sentaba en una postura que parecía muy incómoda, como si de un momento a otro fuera a saltar de la silla y correr hacia la salida más cercana.

Me pregunté por qué, y mientras le daba vueltas a la cuestión, él echó un vistazo de reojo y sus ojos se posaron en mí.

Al instante, la mirada se volvió dura y fría. Entrecerró los ojos y apretó los dientes. Algo hirvió dentro de mí, me oprimió la garganta y me aceleró el corazón. ¿Qué diablos le pasaba a ese?

Me volví a echar un vistazo a mi alrededor, porque ese desdén debía de ir dedicado a alguien que no fuera yo; pero al mirar, vi que las personas que tenía detrás estaban pendientes de otras cosas.

Sentí una opresión en el pecho al volverme de nuevo hacia él y darme cuenta de que me seguía mirando.

Le sostuve la mirada, para comprobar si él apartaba la vista, y en esos instantes deduje tres cosas.

La primera, que era de una belleza desgarradora; casi me ponía enferma.

La segunda, que o bien me conocía de algún sitio, o bien me había confundido con alguien, pero quién fuera y a qué se debiera no era asunto mío y no me interesaba.

Y la tercera fue que no desvió la mirada…

, ni siquiera cuando fruncí el ceño y entrecerré los ojos… Nada.

Se mantuvo firme, y eso me hizo sentir incómoda.

Yo fui la primera en apartar la vista, mientras trataba de convencerme de que no había sido más que un jueguecito de poder; pero sentía sus ojos sobre mí como si me estuviese dejando una huella en la piel.

Me costó un gran esfuerzo concentrarme en otra cosa.

Inspiré. Espiré. Apreté con fuerza el brazo de la silla para redirigir la atención a esa sensación nueva bajo los dedos.

Otro invitado subió al escenario. Juntos nos dieron una charla sobre Lakeland.

Que había sido la primea universidad homologada de Timber Plains, y que alumnos de todas las facultades se habían labrado un nombre para ellos y para sus familias en todo el mundo.

Algunos de esos nombres los había oído mencionar en el instituto.

Y, aunque había unos cuantos rostros familiares entre la gente, no vi a nadie con quien me interesara mantener el contacto. Ya no.

Los oradores ofrecieron una imagen muy atractiva de Lakeland. Me sentía un poco tonta por no haber querido matricularme allí. Pero como se suele decir: «No sabes lo que no sabes».

El tercer orador terminó su discurso y los presentes aplaudieron. En cuanto dieron por concluida la presentación, reparé en que el muchacho de antes ya estaba en pie. Salió del auditorio casi sin darme tiempo ni a respirar.

Y, aunque sabía que no debería afectarme, que no era importante, porque él no era nadie para mí, no era nada…

Mientras estaba allí, con la cabeza bien alta, sentí que me sonrojaba de vergüenza, que me temblaban las rodillas y me faltaba el aliento.

No pude evitar que se me llenaran los ojos de lágrimas.

Fuera quien fuese, ojalá no lo volviera a ver jamás.