Luna de sangre Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Mi dormitorio era el tercero. Las paredes eran de hormigón blanco; la moqueta, azul claro, y con necesidad desesperada de que le echaran una alfombra por encima. Era una habitación alargada, rectangular, con ventanas de cristal doble desde las que se veía el bosque frondoso.

Todo estaba por duplicado: había dos camas, dos cómodas, dos armarios.

También había un olor persistente que no pude identificar.

Siempre había tenido los sentidos un poco más agudos que la gente que me rodeaba.

Según Rena, era un don que me resultaría útil.

Hasta la fecha, nos había salvado a Bobby y a mí de un yogur que se había puesto malo y de un paquete de mortadela caducada. Cosas vitales.

El olor no era desagradable, pero me recordaba que estaba en un edificio viejo donde había vivido mucha gente. Hester Hall estaba lleno de recuerdos de quienes me habían precedido. Era un poco sórdido y carcelario, pero también liberador.

Una de las camas ya estaba pillada, con un edredón blanco y un montón de cojines mullidos.

Al lado se encontraban las cajas sin abrir y las pertenencias personales de alguien.

Mi compañera de habitación, Stevie McClure, era de San Luis, en Misuri.

La universidad nos había escrito un correo electrónico hacía un mes para comunicarnos que íbamos a compartir dormitorio el primer año.

Stevie y yo contactamos a través de las redes sociales y compartimos fotos y más fotos con ideas para decorar la habitación antes de decidirnos por un aire cómodo y acogedor.

No sabía cuándo la iba a conocer. Ella había llegado hacía un par de semanas porque tenía ensayos con el equipo de baile. Encontré una nota sobre mi cama que decía «Bienvenida a casa» y firmada con tres corazones.

Bobby puso la última caja sobre la cómoda beis que quedaba libre. Me dejé caer en el colchón de la cama sin hacer y respiré hondo.

Me miró con los ojos castaños, muy oscuros, y frunció los labios. Era la primera señal de que se iba a romper.

«Ni se te ocurra», me habría gustado decirle. Pero no pude. Habría sonado demasiado brusco, como un reproche. Por mucho que quisiera, no podía decirle lo que debía sentir, aunque la respuesta fuera un silencio hosco.

Conocía a mi padre. Sabía que, aunque él nunca lo reconocería, tendría que esforzarme para convencerlo de que se marchara porque, en lo más profundo, Bobby no se quería separar de mí. Pero también quería lo mejor para mí, y estaba convencido de que esto era lo mejor para mí.

Nos quedamos así medio minuto, y durante ese tiempo oí los sonidos de la gente en el pasillo con sus pertenencias, de los otros estudiantes instalándose en sus habitaciones.

—¿Lo vas a llevar bien? —pregunté, con toda la delicadeza de que fui capaz.

Carraspeó para aclararse la garganta, y aun así la voz le salió rota.

—Claro que sí. Soy el jefe adjunto de policía. Yo siempre estoy bien.

Sonreí de medio lado. Estaba cambiando de tema, y el trabajo le venía genial para eso. Se había convertido en un segundo matrimonio desde el día en que sus amigos se sentaron con él y le dijeron que tenía que reaccionar.

Bobby puso los brazos en jarras.

—Estoy muy orgulloso de ti —dijo con los dientes apretados.

Apartó la vista con los ojos húmedos. Le temblaba el labio inferior. Tuve que hacer un esfuerzo para no ser la de siempre, para transmitirle que todo iba a ir bien y que, pese a todo, le estaba agradecida por lo que había hecho por nosotros como familia. Por mí.

Fui hasta él y le eché los brazos al cuello. Me dio un beso en la frente.

—Vas a ser increíble —me susurró—. Lo sé.

Lo estreché con más fuerza, sentí cómo se me subía el color a las mejillas, cómo se me cerraba la garganta y me escocían los ojos. Se oyó el sonido de alguien al dejar caer una caja en el pasillo, y me aparté de él. Los dos nos secamos los ojos.

—Hoy te pareces tanto a ella… —me dijo.

La mención me hizo detenerme, me puse tensa. Nunca hablábamos de Rena, la verdad. Pocas semanas después de que se marchara, me dijo que no había sido culpa mía, que siempre había habido dentro de ella algo salvaje que la llevó a apartarse de nosotros. Estaba en su esencia.

Tenía un ansia que no se podía saciar, un hambre que la roía por debajo de la superficie. Mi cuerpo rechazó cada una de aquellas razones que me dio, porque ninguna era suficiente.

El último día que la vi, me llevó al colegio. «Más que las estrellas en el cielo —me dijo—. Más que el aire en el mundo. Más que la vida que vivo… Así te quiero». Me lo susurró contra los rizos del pelo al tiempo que me abrazaba.

No era raro en ella declarar así sus sentimientos al despedirse.

Siempre había sido lírica y retórica, por encima del tiempo.

Pero en su manera de hablar hubo algo que me puso tensa.

Recuerdo que entré en el edificio con los puños tan apretados que me clavé las uñas en las palmas y, antes de llegar a mi clase, tenía marcas de medias lunas en la piel.

Habíamos hecho planes para después de cenar. Una noche de chicas, con tarta de queso y su vino favorito. Me había prometido que me dejaría beber un sorbo.

Pero, aquella noche, las estrellas brillaron mortecinas tras un manto de nubes amenazadoras; el aire parecía áspero, acartonado, y ella se había ido…

Bobby se secó las manos contra los pantalones vaqueros y soltó el aire muy despacio. Se había dado cuenta de lo tensa que me había puesto cuando mencionó a Rena. Tenía los hombros encogidos contra el cuello.

—No…, no quería ponerte triste —dijo con torpeza.

Bobby era muy consciente de unas cuantas costumbres bruscas que desarrollé tras la desaparición de Rena. Empecé a dar portazos y a responderle mal. No tardó en corregir ambas cosas.

Pero también me empeñé en romper cosas. Lo hacía solo para saber lo que se sentía al poner fin a algo. El sonido del cristal al romperse me proporcionaba un placer que enmascaraba el dolor de su ausencia. Era como una descarga de poder, de autoridad.

Por muy bien que me hiciera sentir, Bobby se cansó de comprar recambios del mando a distancia o de encontrar trozos de plástico roto por toda la casa, pero la gota que colmó el vaso fue que rompiera el espejo de mi dormitorio por tercera vez.

Se sentó conmigo para tener la misma conversación que sus amigos habían tenido con él.

—Ya está bien —me dijo.

Me llevó a un psicólogo, donde aprendí a canalizar la ira corriendo. Me pareció una idea absurda, porque correr me parecía absurdo en sí, pero, para mi sorpresa, dio resultado. Acababa tan agotada que, después, solo tenía fuerzas para darme una ducha y desplomarme en la cama.

También resultó que correr era más barato que las sesiones con el psicólogo, muy eficaces, pero carísimas.

Bobby las habría seguido pagando costaran lo que costaran con tal de verme feliz, pero me empeñé en que estaba mejor, aunque fuera en parte mentira.

Porque sí, me sentía un poco menos mal que al principio.

Suspiré e hice un esfuerzo por liberar la tensión.

—No pasa nada. Estoy bien —le aseguré.

Me miró unos segundos antes de romper el contacto visual. Se palmeó los bolsillos para comprobar que tenía las llaves y la cartera.

—Si me necesitas, solo tienes que llamarme.

—Gracias, papá.

—Te quiero, bicho.

Le lancé una mirada.

—Siempre vas a ser mi bicho.

Puse los ojos en blanco y sonreí.

—Yo también te quiero.

Me guiñó un ojo, se marchó y me dejé caer sobre el colchón; reboté sobre los muelles.

Clavé la vista en el techo manchado y volví a recordar el sueño que había tenido, la bestia feroz que se alzaba sobre mí y me desgarraba. Luego pensé en Rena, en su abandono, en cómo eso me había endurecido.

Si tenía que elegir entre el monstruo y mi madre, me quedaría con el monstruo sin dudarlo.