Capítulo 2
Una vez dejas entrar al monstruo, ya no hay descanso.
Artículo IV, Cartas perdidas de Aadan Primero
La Universidad de Lakeland estaba a casi una hora de Kansas City. Según los mapas, aún era Timber Plains, pero ya en las afueras, junto a un enorme lago que se extendía curvo pegado al campus.
La universidad contaba con casi trescientas hectáreas de terreno, la mayor parte bosques que crecían cerca de la orilla y llegaban casi hasta la residencia universitaria. El mapa mostraba unos cuantos senderos para excursiones, y hasta un arroyo que corría junto a uno de ellos.
Hacía tiempo que no pisaba los terrenos de la universidad.
Había asistido a unos cuantos partidos en el estadio O’Porter, pero nunca había estado en un recorrido oficial de las instalaciones.
Y, cuando llegamos en coche por la carretera serpenteante que recorría la zona este del campus, pude admirar su belleza.
Lakeland estaba muy bien cuidado, con vastas extensiones verdes, árboles centenarios y edificios históricos de piedra caliza, altos, admirables. En la zona este, sobre una loma desde la que se dominaba la universidad, se erigía una estatua de bronce del fundador con un lobo tendido a sus pies.
Una bandada de pájaros voló por el cielo azul, las ardillas saltaron entre las ramas, y empezó a flotar en el aire la sensación de que había tomado la decisión correcta al acudir allí.
En toda la carretera había señales con flechas que apuntaban hacia el oeste, hacia la residencia de los estudiantes de primero. En los patios, ante los edificios de dormitorios, había jaimas azules con carteles que indicaban registro .
Bobby detuvo la camioneta junto a una de las jaimas antes de aparcar. Quería que me pusiera a la cola mientras él buscaba un lugar cerca de mi residencia. Casi me pareció oír su mantra: «No trabajes más, trabaja mejor».
Las familias y los estudiantes de primer año formaban un abanico de emociones que casi me mareaba.
Unos se abanicaban para aliviar el calor implacable mientras esperábamos, otros sacaban fotos o grababan vídeos para recordar cada instante.
Pero todos teníamos los hombros encorvados y los rostros sudorosos.
Por suerte, se repartieron botellas de agua.
Pocos metros más adelante, una mujer lloraba al teléfono mientras su hija, con las mejillas sonrojadas, le daba palmaditas en la espalda con la mano inerte. Por lo visto, no quería que nadie supiera que estaban emparentadas, aunque eran idénticas y solo las diferenciaban unos veinte años.
Poco más allá, los cinco miembros de una familia lucían camisetas y pantalones cortos a juego para celebrar el ingreso en la universidad de dos gemelas.
Al verlos, se me encogió un poquito el corazón, no porque tenga nada contra los uniformes, sino porque siempre había preguntado cómo sería tener una familia grande que te apoyara.
Dos progenitores. Hermanos. La idea me parecía delirante, un lacito perfecto, completamente fuera de mi alcance.
La universidad no había entrado en mis planes, pero ahora tenía ganas de empezar.
Nunca había estado lejos de casa más de una semana, me daba miedo que Bobby se hundiera en mi ausencia.
No porque fuera de los que se hundían, siempre llevó la camisa metida por dentro del pantalón y el cinturón bien puesto, sino porque, tras la partida de Rena, bajó la guardia un mes entero.
Perdió el control, no hacía otra cosa que pensar a dónde se habría ido, pensar si la encontrarían viva o muerta.
No durmió, no comió, no se lavó. Una vez, entré en su cuarto y vi las paredes cubiertas de papeles que había impreso sobre casos en los que había trabajado, fotos de personas con signos de interrogación.
Había también una ilustración con una fase de la luna e imágenes de múltiples víctimas destrozadas.
Había una línea roja que las unía, pero no pude averiguar más, porque en ese momento llegaron sus amigos de la comisaría y lo obligaron a sentarse en la sala.
—Ya es suficiente —oí que le decía uno.
Después de aquello, Bobby arrancó los papeles de las paredes. Lo vigilaron mientras guardaba los documentos y carpetas y las almacenaba en una caja de cartón. Más adelante busqué aquella caja, pero no la encontré. Bobby volvió a ser el de siempre tan deprisa que fue casi sobrenatural.
De vez en cuando veía una grieta en su fachada, tal vez al oír las noticias, o tras un largo día de trabajo. Pero no volvió a derrumbarse como en las primeras semanas. Había un hilo que lo mantenía en pie, y yo me preguntaba cuánto había que tensar los nudos para que no se desmoronara.
Así que, aunque anhelaba aventuras, independencia, me abandonó esa sensación, una presión en la boca del estómago, que me decía que no me alejara mucho tiempo de él. Que me necesitaba.
Tras un rato, Bobby vino a mi lado en la cola, que se movía de nuevo. Íbamos a ser los siguientes. En los labios de mi padre se dibujó una sonrisa y señaló hacia atrás con el pulgar. Había conseguido aparcar justo al lado de la entrada que llevaba a Hester Hall.
—¿Has visto, bicho?
Asentí y aparté la vista.
—Sí. No más, sino mejor —dije, para no darle ocasión a que lo dijera él.
Me dio un codazo y luego me echó el brazo a los hombros para estrecharme contra él.
—Te he enseñado bien.
El primer instinto fue rehuir la muestra de afecto. Era demasiado hasta para Bobby.
Mi cuerpo rechazaba cualquier gesto de amor físico. Era un efecto secundario de Rena. A pesar de todo, me encogí un poco, pero me dejé abrazar. Era obvio que ya empezaba a echarme de menos.
—¡Bobby, muchachote! —exclamó un profesor.
Tenía la piel negra y una sonrisa encantadora, y más o menos la edad de Bobby, con el pelo entrecano en las sienes. Era obvio que entre ellos existía cierta familiaridad, pero no la conseguía identificar.
—¡Duke! —exclamó Bobby—. ¡Hacía tiempo! ¿Cuánto, diez años? O más, desde la última vez que te vi. ¿Cómo estás, hombre?
Chocaron los puños con cierta torpeza a modo de saludo.
Vi que Bobby se ponía rojo al dar un paso atrás para poner los brazos en jarras, aunque enseguida se enderezó.
Por lo general, no era tan desangelado con la gente, pero por algún motivo que se me escapaba parecía fuera de lugar allí. Sacudió la cabeza.
—Así que ahora eres el vicedecano, me han dicho. Menudo logro, tío. Felicidades.
Duke estaba tras el mostrador de registro, dando paquetes con impresos y llaves al director de la resistencia, que estaba a su lado.
Eran las primeras personas a las que saludábamos, sobre todo porque era imprescindible para ocupar la habitación, y ya había alguien que reconocía a Bobby.
Un profesor, nada menos. Precisamente por eso no quería que me acompañara de uniforme.
Duke le sonrió.
—Enseguida estoy contigo, jefe —dijo, y se guiñaron un ojo.
Me dieron la llave del dormitorio y también una llave electrónica para la puerta principal. No tuve opción de escapar, Bobby me retuvo.
—Duke, esta es mi hija, Mira Owens. Mira, este es Duke. No sé si te acordarás de él, hace años jugábamos al baloncesto. Nuestras escuelas estaban en la misma liga, pero este tío nos aniquilaba cada vez.
Bobby se rio de su propio chiste mientras Duke y yo nos saludábamos.
—Es verdad, me acuerdo de ti, Mira. Dios, tío, el tiempo vuela —dijo Duke con una sonrisa blanca, deslumbrante.
—Siempre pensé que llegarías a profesional. Todos apostábamos por ti.
—Ya sabes cómo son las cosas. A veces la vida tiene otros planes. Hablando de eso, mi hijo también empieza este año aquí.
—¡No me digas! ¿Cuál? ¿También juega al baloncesto?
—El pequeño, aunque te parezca mentira, y juega al fútbol americano. Quarterback suplente.
Bobby pareció sorprendido.
—¡Es increíble! Voy a tener que ver algún partido. —Bobby me dio un codazo—. ¿Te acuerdas de Seven? Cuando erais pequeños, nos reunimos los de nuestra promoción y estuvisteis jugando juntos en las gradas.
Apreté los labios y me vinieron a la mente algunos recuerdos.
Yo debía de tener ocho o nueve años. Conectamos porque estábamos en el mismo curso.
A esa edad, ya era más alto que yo, y recordé el pelo oscuro rizado, los ojos heterocromáticos.
Seven se rio con mis chistes y fue la primera vez que me sentí graciosa de verdad.
Aquel día, pasamos tres horas juntos, y cuando terminó me había enamorado por primera vez.
Se oyeron protestas detrás de nosotros. Miré, y una mujer blanca con la cara enrojecida como una remolacha me hizo una mueca airada. Era el calor. La espera. La conversación innecesaria. Resoplé, algo molesta, aunque lo entendía.
—La gente está esperando por nuestra culpa.
Bobby miró hacia atrás, sonrió y pidió disculpas con su mejor voz de sheriff. Luego, se concentró de nuevo en Duke.
—Me alegro de haberte visto, tío.
Echamos a andar, y Duke nos siguió. Le pidió a Bobby que esperase un momento. Los oí hablar.
—Si no te importa, ¿te puedo llamar luego para hablar de los ataques de animales en los alrededores de la ciudad? De las precauciones y todo eso.
Bobby asintió y le estrechó la mano. Luego Duke dio un paso atrás y se despidió de mí.
—¡Bienvenida a la universidad, Mira! Espero que disfrutes mucho aquí.
Le dimos las gracias y fuimos a la camioneta para descargarlo todo.
—Y decías que no era el uniforme. —Sonreí, burlona. Bobby sacudió la cabeza y se rio entre dientes—. ¿Por qué estabas tan nervioso con ese tipo?
Bobby se rascó la barbilla y resopló.
—Era un monstruo jugando al baloncesto. Su equipo nunca perdió ni un partido.
Y ya me has visto jugar a mí. —Bobby se señaló la cara morena con una sonrisa presumida—.
Sabes que soy la leche. Pero lo de ese tío…
—Volvió la vista hacia Duke, que había vuelto a la jaima, y silbó—. Lo de ese tío era nivel dios.
Bobby cogió la última caja de la camioneta, y yo, una bolsa. Me siguió por la entrada, cruzamos un vestíbulo y entramos en un pasillo con luces fluorescentes.