Luna de sangre Capítulo 1
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Luna de sangre

Luna de sangre

Por Britney S. Lewis

© inepub.com

Capítulo 1

Lo supe en el momento en que te vi.

Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero

El olor a muerte me asaltó la nariz y me incorporé como un resorte en la cama.

Tenía el cuerpo cubierto de sudor y un dolor palpitante en el cuello, todavía sensible, solo que no era real. Se trataba de un sueño, nada más, pero me sentía como si estuviera tendida en la espesura, rodeada de árboles, bajo el cielo oscuro.

Aún sentía la tensión insoportable en las extremidades mientras la bestia me desgarraba. Era un ser salvaje y cruel, de pelaje pardo enmarañado y labios finos, negros. Su rugido me recordó que su impulso principal era clavarme los colmillos en la carne, en los huesos.

El sueño venía seguramente del vídeo que había visto la noche anterior antes de acostarme.

A unos adolescentes les había parecido que meterse al anochecer en los bosques cercanos a Kansas City, en Misuri, donde días antes había aparecido un cadáver, era una idea divertidísima.

He dicho cadáver, pero en realidad fueron solo partes, los restos de una sintecho a la que le faltaban algunos miembros.

Era de suponer que un animal salvaje se había cebado con ella.

No podía ser otra cosa.

Licántropos, vampiros. Hacía años que no creía en el folclore de la ciudad, a pesar de que mis sueños se empeñaran en burlarse de mí.

Solo eran leyendas de la gente de la zona, una historia que había pasado de generación en generación para tenernos encerrados en casa, para que no nos aventuráramos de noche por los bosques oscuros.

Era la misma historia que solía contar mi madre, Rena.

Aún oía la cadencia de su voz a medida que desgranaba las palabras.

Poco a poco, con los años, la historia fue cambiando, se fue haciendo más vívida, más real.

Era como si Rena y yo pudiéramos apartar el telón y entrar en la escena, sentir la conmoción del beso mágico contra la piel, asombrarnos del mundo nuevo que se abría ante nosotros.

Pulsé el botón de pausa de los recuerdos, salí de la cama con pasos torpes y fui al cuarto de baño, al otro lado del pasillo.

Rena se había ido cinco años antes. No estaba muerta, «que sepamos».

Solo se había ido. En algunos momentos, cuando me permitía a mí misma pensar en ella, me imaginaba cómo habría sido mi vida de haberse quedado conmigo y con mi padre, Bobby.

Tal vez más feliz, más sencilla. Tal vez los días tendrían un sentido verdadero, y el vacío que sentía en el cuerpo se podría llenar de alguna manera.

Mi sueño era sonreír y que fuera de verdad.

Mi mayor deseo era librarme del dolor sordo que sentía por dentro.

Ocultarlo me ayudaba, pero era solo una solución temporal. Necesitaba una permanente.

Era improbable que Rena volviera algún día. Me costó asimilarlo, pero era así. Si quisiera estar conmigo, lo haría. Siempre había sido decidida, aunque ya no estaba tan segura de conocerla bien.

Una vez de vuelta en mi dormitorio, abrí las cortinas para que el sol iluminara los tablones de madera antigua del suelo, ahora casi ocultos bajo las cajas y recipientes de plástico a medio llenar.

Era el día que tanto había esperado: el día en que me iba a la Universidad de Lakeland.

El verano había sido largo y abominable, a pesar de los días soleados y la falta de lluvia. Fueron meses dedicados a decidir y cambiar de idea sobre si debía ir a la universidad o no.

En primavera, había enviado solicitudes a unas cuantas, como toda mi clase; recibí algunas cartas en las que me aceptaban, pero aún no estaba decidida.

La perspectiva me parecía más tediosa y artificial que deseable.

Lo deseable era quedarme en la cama y mirar anuncios de apartamentos en alquiler que no podía permitirme, e imaginarme cómo redecoraría mi vida con cosas nuevas e inútiles, oyendo de fondo los diálogos de cualquier serie de televisión.

Pero, el mes anterior, había recibido la carta de admisión de la Universidad de Lakeland, a la que no había envidado solicitud.

Estaba a tan solo veinte minutos de casa, y eso respetando las señales de tráfico, y precisamente por eso no la había elegido.

Estaba demasiado cerca de casa y, si me iba a alguna parte, quería que fuera lejos del deprimente Medio Oeste, lejos de las nieves y la humedad insoportable.

Un lugar donde nadie me conociera y se compadeciera de mi pasado.

Un lugar en el que perderme en la distancia, sin que nadie me necesitara.

Si Rena podía escapar, yo también.

Aunque lo cierto era que no.

Quería ser capaz de emprender el vuelo, pero la idea de dejar atrás a Bobby me provocaba un aguijonazo de culpa en la boca del estómago. Él no tenía la culpa de nada, aunque la ingenuidad de mi padre fuera una carga para mí.

Además, la carta de admisión iba acompañada de una beca de alojamiento y manutención, aparte de un premio académico que bastaba para pagar casi todo el importe de la matrícula.

Era una oferta difícil de rechazar. Me dije que era el destino: una oportunidad no buscada que solo se iba a presentar una vez en la vida.

No tenía que mirar más anuncios de alquileres, iba a tener mi propio alojamiento.

Además, Bobby no quería hablar de otra cosa, y no lo había vuelto a ver tan feliz desde que Rena se fue.

¿Qué clase de hija sería si le negaba la alegría de verme partir y venderle mi alma al capitalismo?

Por eso estaba segura casi al cien por cien de que había enviado la solicitud en mi nombre, aunque no acababa de entender por qué no lo confesaba.

Bobby era por lo general muy claro y directo con ese tipo de cosas, pero tal vez le daba vergüenza.

Tal vez le escocía la idea de que pudiera rechazar la oferta.

De todos modos, me extrañaba que no lo mencionara.

Se oyeron unos golpecitos en la puerta. Con él, con la única persona que podía estar llamando, todo funcionaba como un reloj.

Le di permiso para entrar y Bobby abrió la puerta para asomar la cabeza con una sonrisa dibujada en la cara.

—¡Eh, hola, nena! ¿Preparada para marcharnos? —preguntó.

Le vi la camiseta azul marino con el logo de «Sheriff de Timber Plains» en la parte superior derecha. Se me escapó un gruñido, y me tendió el café con hielo que llevaba en la mano.

—Es de tu cafetería favorita.

Me sorprendió que estuviera abierta, siendo ya media tarde. Había dormido muchísimo. Le di las gracias y bebí un sorbo, pero sin dejar de mirarle la camiseta.

—Papá, me lo prometiste.

Bobby se frotó la barba incipiente y fingió estar confundido. Pero era mi padre. Nunca estaba confundido. Era la persona más analítica del mundo, todo lógica sólida. Por eso era el mejor en lo suyo, y por eso estaba tan orgulloso de su nuevo título: jefe adjunto de policía.

—Me dijiste que no ibas a ir de uniforme hoy.

Bobby se miró la camiseta.

—¿Esto? Pero si no es nada, bicho. No es el uniforme.

Le lancé una mirada asesina. Resoplé por la nariz.

—Pero si lleva hasta el logo. —Fui hacia una de las cajas vacías que tenía más cerca—. Es que… me va a costar mucho encontrar mi propio camino si cada vez que apareces todo el mundo se entera de que eres el sheriff.

—Un día de estos me lo agradecerás, bicho.

Pero no iba a ser ese día, y estaba segura de que me arrepentiría.