CAPÍTULO 45
El Futuro de la Manada
Seis meses después del nacimiento de Margaret, Grant convocó una reunión de la manada en el claro del lago Mirror.
Era la primera reunión formal desde la derrota de Vincent, y la importancia del momento se sentía en el aire.
Claire estaba a su lado, con Margaret en brazos, vestida con un vestido blanco que Victoria le había regalado para la ocasión.
La niña, que ya gateaba y balbuceaba, miraba alrededor con sus ojos dorados llenos de curiosidad.
La manada los rodeaba en un círculo que era a la vez una corte y una familia.
Derek estaba a la derecha de Grant, como beta y amigo.
Nathan, a la izquierda de Claire, como hermano y médico.
Victoria, en un sillón que habían traído para la ocasión, presidiendo como matriarca.
Y alrededor, los treinta y tantos lobos que formaban la manada de Raven Creek, en formas humanas, mirando a su alfa con respeto y expectación.
—Manada de Raven Creek —comenzó Grant, con la voz grave que usaba en las ceremonias—.
Os convoco para anunciaros el comienzo de una nueva era.
Mi hija Margaret Thorne, primera criatura del vínculo transferido en la historia de nuestra especie, es la prueba de que el puente entre humanos y licántropos es posible.
Y hoy, os pido que la aceptéis como mi heredera y como el futuro de nuestra manada.
Un murmullo recorrió el círculo. Claire vio rostros que reflejaban sorpresa, orgullo, esperanza. Derek fue el primero en arrodillarse, con la cabeza gacha y el puño en el pecho.
—Acepto a Margaret Thorne como heredera del alfa. Y juro protegerla con mi vida.
Uno a uno, los lobos siguieron el ejemplo de Derek.
Nathan, Victoria, Samuel Hale, los ancianos, los jóvenes, los puristas que habían vuelto tras la muerte de Ethan.
Todos se arrodillaron ante la niña de ojos dorados que miraba a la manada con la inocencia de quien no sabe todavía el peso que lleva sobre sus hombros.
Claire sintió las lágrimas resbalarle por las mejillas.
No de tristeza, sino de una emoción que no sabía nombrar.
Su hija, la niña que había sido concebida en el deseo y la culpa, que había nacido en una noche de tormenta, que llevaba el nombre de una abuela que nunca conoció, era ahora la heredera de una manada de hombres lobo.
Era el principio de algo nuevo. Y Claire, que había llegado a Raven Creek buscando respuestas sobre el pasado, se encontraba ahora mirando hacia el futuro con una esperanza que no creía posible.
Cuando la ceremonia terminó, Grant la abrazó, con Margaret entre los dos, y le susurró al oído:
—Lo lograste, Claire. Eres la luna de la manada. La madre del futuro. Y la compañera del alfa. No hay nada más que pedir a la vida.
—Sí lo hay —respondió Claire, besándolo—. Que dure para siempre.
—Para siempre es mucho tiempo, Claire.
Después de la ceremonia, Grant anunció otra medida que tomó a la manada por sorpresa.
Iba a crear un consejo asesor, formado por humanos y por lobos, para gobernar Raven Creek de forma conjunta.
El sheriff Hudson sería el primer humano en formar parte del consejo, junto con Martha O'Brien como representante de las familias del pueblo.
Y del lado de la manada, estarían Derek, Nathan y Victoria.
—Es una locura —le dijo Derek a Grant en privado—. Los humanos no entenderán nuestras leyes. Y los puristas dirán que te has vuelto blando.
—Quizás. Pero si no integramos a los humanos, seguiremos viviendo en el miedo. Y el miedo es lo que ha matado a mi padre, a Margaret, a Ethan. El miedo es lo que nos destruye, Derek. Es hora de probar algo diferente.
—¿Y si no funciona?
—Entonces habremos perdido nada. Pero si funciona, habremos ganado todo. La paz, Derek. La paz que llevamos trescientos años buscando.
Derek asintió, aunque Claire vio en sus ojos la duda. Derek era un lobo viejo, acostumbrado a las formas tradicionales. La apertura le incomodaba. Pero confiar en Grant, y confiaría en su decisión. Era lo que hacían los betas: seguir al alfa, incluso cuando no entendían.
El sheriff Hudson, cuando Grant le ofreció el puesto, se quedó mirándolo durante un largo momento sin hablar.
Claire, que estaba presente, vio el conflicto en los ojos grises del viejo sheriff: la desconfianza de años, el miedo a los Thorne, la conciencia de que aquello podía ser una trampa.
Pero también vio algo más: esperanza. La esperanza de un hombre que llevaba treinta años viviendo en el miedo y que, por primera vez, veía una posibilidad de cambiar las cosas.
—Thorne, ¿por qué yo?
—Porque usted conoce a los humanos de este pueblo mejor que nadie. Y porque usted tiene el coraje de decirme la verdad cuando nadie más se atreve. Necesito a alguien así en el consejo, sheriff. Alguien que no le tema a los lobos ni a los hombres.
—Acepto. Pero con una condición. Si este consejo es una farsada, si lo usa para consolidar su poder sobre los humanos, lo denunciaré públicamente. Y lucharé con todo lo que tenga.
—No será necesario, sheriff. Pero si lo fuera, cuenta con mi palabra de que no lo impediré.
La ceremonia de aceptación de Margaret como heredera fue seguida de una celebración que duró toda la noche.
La manada, en forma humana, se reunió alrededor de hogueras en el claro del lago Mirror, con comida, bebida y música.
Algunos lobos tocaban instrumentos: una guitarra, un violín, una flauta.
Y otros bailaban, en grupos o en parejas, con una alegría que Claire no había visto desde su llegada.
Claire estaba sentada junto al fuego con Grant, con Margaret dormida en su regazo y la cabeza apoyada en el hombro de su compañero.
El calor del fuego le calentaba la cara, el olor de la madera quemándose le llenaba los pulmones, y la música le acariciaba los oídos como una canción de cuna.
Era un momento perfecto, de esos que Claire quería grabar en la memoria para siempre.
Derek se acercó con dos jarras de cerveza y se sentó junto a ellos. Su compañera Rachel estaba bailando con otras lobas, y Derek la miraba con una sonrisa que Claire no le había visto nunca. Era la sonrisa de un hombre enamorado, de alguien que había encontrado su lugar en el mundo.
—Claire, Grant, quería daros las gracias. Por todo.
—¿Gracias por qué, Derek? —preguntó Grant.
—Por darme una razón para creer en el futuro.
Llevo toda mi vida sirviendo a la manada, pero siempre con la sensación de que algo faltaba.
Que estábamos estancados, que nos consumíamos por dentro, que no había esperanza.
Y ahora, con Claire, con Margaret, con todo lo que están construyendo, siento que por primera vez en trescientos años, la manada tiene un futuro que merece la pena. Y eso es gracias a ustedes.
Claire le puso la mano en el brazo a Derek, con una gratitud que no podía expresar con palabras.
Derek era el beta, el lobo leal, el amigo que había estado ahí desde el principio.
Y que ahora le diera las gracias, como si ella fuera la responsable de la esperanza de la manada, era algo que la abrumaba y la llenaba de orgullo a la vez.
—Derek, no es gracias a nosotros. Es gracias a todos. A ti, a Nathan, a Victoria, a cada lobo que ha decidido creer que las cosas pueden cambiar. Yo solo soy… el catalizador. El puente. Pero el puente no sirve de nada sin la gente que lo cruza.
—Bueno, pues gracias por ser el puente, Claire. Y por darnos algo que cruzar.
Después de la ceremonia de aceptación de Margaret como heredera, Claire y Grant se quedaron solos en el claro del lago Mirror.
La manada se había ido, la hoguera se había apagado, y la luna brillaba sobre el lago como una lámpara de plata.
Claire estaba sentada en la orilla, con los pies descalzos en el agua y Margaret dormida en su regazo.
Grant estaba a su lado, con el brazo rodeándole los hombros.
—Grant, ¿crees que lo estamos haciendo bien?
—Mira a tu hija, Claire. Mira cómo duerme, cómo respira, cómo confía en ti. Sí, lo estamos haciendo bien. No perfecto. Pero bien. Y eso es todo lo que se puede pedir.
—¿Y la manada? ¿Crees que están felices?
—La manada está unida, Claire. Más unida de lo que ha estado en generaciones. Tú lo has logrado. Con tu llegada, con el vínculo, con Margaret. Has dado a esta manada algo que no tenía: esperanza. Y eso, Claire, es más de lo que cualquier alfa podría haber hecho solo.
Claire le apoyó la cabeza en el hombro y miró la luna.
Era la misma luna que había brillado sobre Raven Creek durante siglos, la misma que había visto nacer y morir a generaciones de lobos.
Y ahora, brillaba sobre una nueva generación: Margaret Thorne, la primera puente, la heredera del alfa, la esperanza de la manada.
Y Claire, la humana que se había convertido en loba, era su madre.
Y era la mujer más afortunada del mundo.
—Tenemos toda la eternidad.