Luna de sangre CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

La Visita de Martha

Martha fue a conocer a su sobrina nieta dos semanas después del parto.

Claire la llevó a la cabaña del bosque, con Margaret envuelta en una mantita y dormida en sus brazos.

La tía había mejorado notablemente desde el derrame: caminaba con bastón, pero había recuperado la movilidad y el habla, y su mirada tenía la viveza de siempre.

Cuando Martha vio a Margaret, se le llenaron los ojos de lágrimas. Cogió a la niña con manos temblorosas y la acunó contra su pecho, susurrándole palabras que Claire no alcanzó a oír. Y cuando levantó la vista, Claire vio en sus ojos algo que no había visto desde que era niña: paz.

—Se parece a Margaret, Claire. Se parece a tu madre.

—Por eso se llama así, tía. Margaret Thorne. En honor a ella.

—Tu madre habría estado orgullosa de ti, Claire. Y habría estado aterrada. Y habría estado feliz. Todo a la vez. Así era ella: un torbellino de emociones.

—¿Crees que habría perdonado a Grant? ¿Si hubiera vivido?

Martha miró a Grant, que estaba de pie junto a la chimenea, observando la escena con una tensión que delataba lo mucho que le importaba la respuesta. La tía de Claire lo estudió durante un largo momento, como si buscara en su rostro algo que no había encontrado antes.

—Margaret lo amaba, Claire. Lo amaba más que a nada en el mundo, incluido tu padre, incluida tú.

Si hubiera vivido, lo habría perdonado. Habría tardado, habría sufrido, pero lo habría perdonado.

Porque era incapaz de no amarlo. Es una maldición de los Bennett, Claire. Amar a los Thorne aunque nos destruyan.

—Entonces es una maldición que comparto.

—La compartes, niña. Y la compartirá tu hija. Pero también es una bendición. Porque amar así, con todo el ser, es algo que pocos experimentan. Y los que lo hacen, viven más intensamente que los demás, aunque vivan menos tiempo.

Martha le devolvió a Margaret a Claire y se acercó a Grant. Le puso una mano en el brazo, un gesto que sorprendió a todos, incluido el propio Grant.

—Thorne. Cuida de mi niña. Y cuida de mi nieta. Si las fallas, volveré de la tumba para hacértelo pagar.

—Lo sé, Martha. Y lo haré. Las cuidaré con mi vida.

Martha se quedó tres días en la cabaña del bosque, la primera vez en su vida que pisaba el refugio de Grant Thorne.

Claire la instaló en el cuarto de invitados, le preparó comidas que su tía podía comer con la dieta restringida que le habían prescrito, y la ayudó a moverse por la cabaña con el bastón.

Era extraño ver a Martha en aquel entorno, la mujer que había advertido a Claire que se alejara de Grant, ahora viviendo bajo su techo, comiendo su comida, durmiendo en su cama de invitado.

Grant la trataba con un respeto cauteloso, como si supiera que Martha era la última persona que debía impresionar.

Le traía flores del bosque, le preparaba té de hierbas que Nathan le había recetado, se sentaba con ella en el porche mientras Margaret dormía y hablaban de cosas sin importancia: el tiempo, el bosque, los recuerdos de Margaret Bennett que Martha compartía con una melancolía que suavizaba sus rasgos.

—Thorne, ¿la quieres de verdad? —le preguntó Martha una tarde, mientras Grant cortaba leña para la chimenea.

Grant dejó el hacha y la miró. La pregunta era directa, sin adornos, como Martha era. Y Grant, que raramente era directo con los humanos, decidió serlo con ella.

—Más que a mi vida, Martha. Más que a mi manada. Más que a nada que haya querido en doscientos años. Claire es… es todo. Y Margaret, su hija, es la continuación de ese todo. No les fallaré. No les fallaré nunca.

—Se lo prometiste a mi hermana. Que la cuidarías.

—Se lo prometí. Y he cumplido. Cada día, durante siete años, he velado por Claire. Desde que se fue a Portland hasta que volvió a Raven Creek. Cada día, Martha. Sin falta.

—Lo sé. Lo sé ahora. Margaret me lo contó, antes de morir. Me dijo que Grant Thorne velaría por su hija como un perro guardián. Y tenía razón. Tenía razón en todo.

Martha se quedó mirando el bosque durante un largo momento, con los ojos húmedos y la barbilla temblorosa. Y luego, con un gesto que sorprendió a Grant, le puso la mano en el brazo.

—Cuida de mi niña, Thorne. Y cuida de mi nieta. Si las fallas, volveré de la tumba para hacértelo pagar.

—Lo sé, Martha. Y lo haré. Las cuidaré con mi vida.

Después de la visita de Martha, Claire sintió un cierre que no había experimentado antes.

La bendición de su tía, la aceptación de Grant, la promesa de cuidado que se habían hecho mutuamente.

Todo contribuyó a aliviar un peso que Claire llevaba desde el día en que decidió quedarse con Grant.

No era el perdón de sus padres, que seguía sin llegar y quizá nunca llegaría.

Era el perdón de la familia viva, de la gente que la quería y que quería verla feliz.

Esa noche, Claire se sentó en el porche de la cabaña con Grant y Margaret, mirando las estrellas. La niña dormía en su regazo, con los puños cerrados y la boca entreabierta. Grant estaba a su lado, con el brazo rodeándole los hombros y la mirada perdida en el bosque.

—Grant, ¿crees que tus padres estarían orgullosos de ti?

—Mis padres murieron hace mucho, Claire.

Mi padre era un alfa duro, exigente, que me crió para gobernar y que apenas me mostró cariño.

Mi madre era más suave, pero también más calculadora.

Me enseñó que el poder se mantiene con cabeza, no con fuerza.

Creo que, si me vieran ahora, con una compañera humana y una hija mestiza, no sabrían qué pensar.

Pero creo que, al final, estarían orgullosos.

Porque la manada está unida, el territorio está seguro, y el futuro está garantizado.

Eso es lo que ellos querían. Y eso es lo que yo he conseguido.

—¿Y Victoria? ¿Está orgullosa de ti?

—Mi madre no siente orgullo, Claire. Siente satisfacción. Es diferente. Pero sí, creo que está satisfecha. Y eso, viniendo de ella, es lo más cercano al orgullo que voy a obtener.

Claire sonrió y le apoyó la cabeza en el hombro.

Margaret se movió en su regazo, suspiró, y volvió a dormirse.

Y los tres, juntos en el porche de la cabaña del bosque, bajo las estrellas de octubre, formaron una imagen que Claire guardaría en el corazón para siempre: la imagen de una familia que, contra todo pronóstico, había encontrado la paz.

Martha asintió, se volvió hacia Claire, y por primera vez desde que Claire había vuelto a Raven Creek, la tía le dedicó una sonrisa sin sombras.

Una sonrisa de aceptación, de paz, de perdón.

Y Claire, con Margaret en sus brazos y Grant a su lado, supo que, por fin, la familia rota de los Bennett y los Thorne empezaba a sanar.