Luna de sangre CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Margaret Thorne

Los primeros días con Margaret fueron un torbellino de emociones, cansancio y descubrimiento.

La niña era fuerte, hambrienta, y lloraba con una potencia que ningún bebé humano podría igualar.

Claire dormía en intervalos de dos horas, se despertaba para amamantar, volvía a dormir, y repetía el ciclo con una dedicación que sorprendía incluso a Grant, que no la había visto tan decidida desde la noche en que derrotó a Ethan.

La manada acudió a conocer a la nueva cría en los días siguientes.

Uno a uno, los lobos en forma humana se presentaron en la cabaña del bosque, con regalos y buenos deseos, y Claire los recibió con una mezcla de agotamiento y de orgullo.

Derek trajo una manta tejida por su madre.

Nathan llegó con un osito de peluche que había pertenecido a su hijo adoptivo menor.

Victoria regaló un colgante de plata con la luna creciente de los Thorne, que Claire colgó en la cuna de Margaret con los ojos humedecidos.

Grant era un padre devoto. Cambiaba pañales, preparaba biberones cuando Claire necesitaba descansar, paseaba a Margaret por el claro en sus brazos mientras le hablaba en voz baja de lobos y de bosques y de lunas llenas.

Claire lo veía desde la ventana de la cabaña y sentía, a través del vínculo, una felicidad que no sabía que él pudiera experimentar.

Grant Thorne, el alfa temido, el hombre lobo que había matado a los padres de su compañera, era ahora un padre tierno que mecía a su hija cantando canciones de cuna en un idioma antiguo.

—Grant. Nunca te había visto así.

—¿Así cómo?

—Feliz. De verdad feliz.

—Es que nunca lo había sido, Claire. No del todo. Siempre faltaba algo. Siempre estaba el peso del pasado, la culpa, el vacío. Pero ahora, con Margaret en mis brazos y tú a mi lado, el vacío se ha llenado. Por primera vez en doscientos años, Claire, soy completo.

Margaret Thorne creció con una rapidez que solo podía atribuirse a su sangre licántropa.

A los tres meses, ya gateaba. A los seis, caminaba.

Y a los nueve, se transformó por primera vez en una luna llena, con una facilidad que dejó atónitos a Nathan y a Victoria.

La lobita dorada, diminuta pero perfecta, corrió por el claro de la cabaña con una alegría que hizo reír a toda la manada.

—Es la transformación más temprana que he visto en toda mi vida —dijo Victoria, con una voz que, por primera vez, contenía algo parecido al asombro—. Los licántropos normales no se transforman hasta los cinco o seis años. Margaret lo ha hecho a los nueve meses. Es extraordinaria.

—Es su madre —dijo Grant, con orgullo—. Claire le ha pasado su fuerza.

—Y su padre —añadió Claire—. La terquedad de los Thorne es legendaria.

La niña era, en efecto, extraordinaria. Tenía el pelo negro de Grant, los ojos dorados de los Thorne, y una mezcla de determinación y ternura que Claire reconocía como propia.

Era curiosa, valiente, y sorprendentemente empática para su edad.

Cuando alguien estaba triste, Margaret se acercaba y le ponía la mano en la cara, como si quisiera curar el dolor con un toque.

Era un gesto que conmovía a toda la manada.

Claire descubrió que ser madre era la experiencia más intensa que había vivido, más incluso que la transformación en loba.

El vínculo con Margaret era diferente del vínculo con Grant: era más primitivo, más protector, más feroz.

Claire sentía que daría su vida por esa niña sin dudarlo, que mataría a cualquiera que la amenazara, que arrasaría el mundo entero si hacía falta.

Era el instinto de la loba, sí, pero también era el amor de una madre. Y la combinación era imparable.

Grant era un padre devoto. Cambiaba pañales, preparaba biberones cuando Claire necesitaba descansar, paseaba a Margaret por el claro en sus brazos mientras le hablaba en voz baja de lobos y de bosques y de lunas llenas.

Claire lo veía desde la ventana de la cabaña y sentía, a través del vínculo, una felicidad que no sabía que él pudiera experimentar.

Grant Thorne, el alfa temido, el hombre lobo que había matado a los padres de su compañera, era ahora un padre tierno que mecía a su hija cantando canciones de cuna en un idioma antiguo.

La lactancia de Margaret fue un descubrimiento para Claire.

Nathan le había explicado que los bebés licántropos necesitaban más nutrientes que los humanos, y que la leche de una compañera transferida era especialmente rica en la energía que el cachorro necesitaba para desarrollarse.

Claire amamantaba a Margaret cada dos horas, día y noche, y cada vez que la niña se enganchaba a su pecho, Claire sentía una conexión que iba más allá de lo físico: era como si, a través de la leche, le transmitiera no solo alimento sino también amor, fuerza, protección.

Grant observaba las sesiones de lactancia con una reverencia que Claire encontraba conmovedora.

Se sentaba en la mecedora junto a la cama, con los ojos dorados fijos en Claire y Margaret, y a través del vínculo, Claire sentía lo que él sentía: asombro, gratitud, un amor tan intenso que rayaba en el dolor.

Grant no había criado a Nathan. Había sido un padre ausente, un vigilante lejano, un extraño que se mantenía en las sombras.

Y ahora, con Margaret, tenía la oportunidad de ser lo que no había sido. Y no iba a desperdiciarla.

—Grant, ¿en qué piensas? —preguntó Claire una noche, mientras Margaret mamaba con los ojos cerrados.

—En lo afortunado que soy. En lo que casi perdí. En lo que tengo ahora y que no cambiaría por nada del mundo.

—¿Ni por la inmortalidad?

—La inmortalidad sin ti no sería vida, Claire. Sería un infierno eterno. Prefiero cien años contigo que mil sin ti.

Claire sonrió y le tendió la mano. Grant la cogió, la besó, y se quedó mirándola con una intensidad que le erizó el vello. Y Margaret, ajena a todo, seguía mamando con la satisfacción de quien no sabe que es la criatura más importante del mundo.

Claire lo besó, con Margaret dormida entre los dos, y supo que era verdad.

El vínculo le decía que era verdad. Grant Thorne, el hombre lobo que había destruido a su familia, era ahora el padre de su hija y el compañero de su vida.

Y, a pesar de todo, Claire no cambiaría nada.

Porque todo lo que había pasado, cada mentira, cada muerte, cada secreto, los había llevado hasta aquí.

Hasta esta cabaña en el bosque, con una niña de ojos dorados dormida en sus brazos y un futuro que, por primera vez, parecía lleno de esperanza en lugar de miedo.