CAPÍTULO 42
La Noche del Parto
La niña nació en una noche de tormenta, tres semanas antes de lo previsto.
Claire estaba en la cabaña del bosque con Grant, viendo una película en el sofá, cuando sintió el primer dolor.
No fue como se lo habían descrito: no fue un calambre, fue una ola, una contracción que le recorrió el vientre como un rayo y la dejó sin aliento.
Grant se puso en pie de un salto, con los ojos dorados ardientes, y la cogió en brazos antes de que ella pudiera protestar.
—Nathan. Ahora.
El médico llegó en menos de diez minutos, alertado por el vínculo.
Victoria llegó poco después, con una serenidad que contrastaba con el caos que se desataba.
Y Derek montó guardia en el exterior, porque un parto de licántropo atraía a los lobos de la manada, que acudirían instintivamente para proteger a la nueva cría.
El parto fue más rápido de lo que Nathan había previsto.
La biología licántropa de Claire, combinada con la del bebé, aceleró el proceso.
A las tres horas de empezado el trabajo de parto, Claire estaba empujando con toda su fuerza, agarrada a la mano de Grant y gritando de dolor.
Y a las tres horas y veinte minutos, un llanto agudo y potente llenó la cabaña.
Nathan levantó a la niña con manos expertas, la limpió, la examinó. Y luego, con una sonrisa que le iluminaba la cara, se la puso a Claire en el pecho.
—Es perfecta, Claire. Completamente sana. Y es licántropo, sin duda. Mira sus ojos.
Claire miró a su hija. Era diminuta, arrugada, con el pelo oscuro pegado a la cabeza. Y sus ojos, que deberían haber sido azules como los de todos los recién nacidos, eran de un dorado suave que brillaba a la luz de las velas. Los ojos de los Thorne. Los ojos de Grant.
—Margaret —susurró Claire—. Se llama Margaret.
Grant se inclinó sobre ellas, con los ojos humedecidos y una sonrisa que Claire no le había visto nunca. Ternura pura, sin mezcla de ferocidad ni de cautela. Solo amor. El amor de un padre que sostenía a su hija por primera vez.
—Margaret Thorne. Bienvenida al mundo, pequeña loba.
Victoria se acercó, miró a la niña con una expresión que Claire no supo descifrar, y asintió con la cabeza.
—Es fuerte. Se parecerá a su padre. Y a su abuela Bennett. Una buena combinación.
El parto de una licántropa era diferente al de una humana, como Nathan le había explicado a Claire en las semanas previas.
El cuerpo de la madre, al estar en transición entre la forma humana y la lobuna, reaccionaba de formas impredecibles.
Algunas mujeres tenían partos rápidos y fáciles, como lobas en la naturaleza.
Otras sufrían complicaciones que podían ser fatales.
Nathan estaba preparado para ambas posibilidades, con un botiquín médico que incluía desde oxitocina hasta hierbas que solo crecían en lo profundo del bosque.
—Claire, escúchame —le dijo Nathan mientras le tomaba el pulso—.
Tu cuerpo está respondiendo bien. Las contracciones son regulares, la dilatación avanza.
Pero necesito que hagas algo para mí: llama a tu loba.
Deja que te ayude. Las lobas paren más fácil cuando permiten que la bestia tome el control parcial.
—¿Cómo hago eso? Estoy demasiado concentrada en el dolor.
—Cierra los ojos. Busca la presencia en tu interior. Y déjala salir. Solo un poco. Lo suficiente para que te ayude a empujar.
Claire cerró los ojos. Entre las oleadas de dolor, buscó a su loba.
La encontró al instante, fuerte, ansiosa, lista.
Y la dejó salir. La energía la recorrió como una ola cálida, y Claire sintió sus músculos fortalecerse, su respiración regularse, su mente clarificarse.
La loba sabía qué hacer. Y Claire, por primera vez en toda la noche, confió en ella.
Las contracciones se intensificaron. Claire empujó con cada una, agarrada a la mano de Grant, que estaba a su lado con los ojos dorados brillantes de preocupación y de amor.
Victoria observaba desde un rincón, con una expresión impenetrable.
Y Nathan, entre las piernas de Claire, guiaba al bebé con manos expertas.
—Ya casi, Claire. Una más. Un último empujón.
Claire reunió toda su fuerza, toda su loba, todo su amor, y empujó. Y en ese instante, un llanto agudo y potente llenó la cabaña. El llanto de una niña. El llanto de Margaret Thorne.
Después del nacimiento de Margaret, Claire pasó tres días en la cabaña del bosque, recuperándose del parto y aprendiendo a ser madre.
Grant no se separó de ella en ningún momento: le traía comida, le cambiaba los pañales a Margaret cuando Claire necesitaba descansar, y la miraba con una devoción que Claire encontraba abrumadora y reconfortante a la vez.
—Grant, ¿puedes creerlo? ¿Que la tenemos? ¿Que es nuestra?
—No, Claire. No puedo creerlo. Después de doscientos años, después de todo lo que he vivido y perdido, no puedo creer que tenga algo tan perfecto. Margaret es… es todo lo que no sabía que necesitaba.
—¿Y Nathan? ¿Estás feliz de tenerlo cerca, de que sea parte de esto?
—Claire, Nathan ha sido parte de mi vida desde el día en que nació.
Solo que de lejos, en las sombras, como un padre cobarde que no se atrevía a mostrarse.
Ahora, con Margaret, siento que tengo la oportunidad de hacer lo que no hice con él.
De ser el padre que debí ser. Y Nathan lo entiende.
Me lo dijo anoche, cuando vino a ver a su hermana: «Padre, no te culpes por el pasado.
Cría a Margaret como no pudiste criarme a mí.
Y yo estaré aquí, como su hermano, como tu hijo, como tu médico. Siempre.»
Claire lloró al oír las palabras de Nathan a través de Grant.
Era la familia que nunca había tenido, la familia que se había reconstruido de los escombros de la tragedia.
Y con Margaret en sus brazos y Grant a su lado, Claire supo que, a pesar de todo, la vida le había dado más de lo que le había quitado.
Claire sonrió, cansada pero feliz. Margaret se enganchó a su pecho con un hambre que era ya puramente licántropa, y Claire sintió a través del vínculo la presencia de Grant, vibrando de orgullo y de amor. Había llegado al final del camino. O, más bien, al principio.