Luna de sangre CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

La Promesa de Victoria

Después de la ceremonia, Victoria pidió hablar a solas con Claire.

La condujo a la biblioteca de Thorne Manor, donde se sentaron frente a frente, con la chimenea crepitando y la luz dorada del atardecer entrando por las ventanas.

Margaret dormía en una cuna junto al sillón de Claire, ajena a la tensión que flotaba en el aire.

—Claire, he venido a pedirte algo. Y a ofrecerte algo a cambio.

—Te escucho, Victoria.

—Primero, lo que te ofrezco. Mi protección.

Total. No la protección condicional que te he dado hasta ahora, sino una alianza formal.

A partir de hoy, soy tu aliada. Cualquiera que te ataque, me ataca a mí.

Y yo, Claire, soy la licántropa más antigua de esta manada. Pocos se atreven a cruzarse conmigo.

Claire la miró, sorprendida. Victoria nunca le había ofrecido nada sin condiciones. Que lo hiciera ahora, después de la ceremonia, tenía un significado que ella no alcanzaba a comprender del todo.

—¿Y qué pides a cambio?

—Que críes a Margaret como debe criarse a la heredera de los Thorne. Que le enseñes nuestras leyes, nuestras tradiciones, nuestra historia. Que la prepares para ser alfa, si algún día tiene que serlo. Y que, cuando yo muera, asumas mi lugar como matriarca de la manada.

—¿Matriarca? Victoria, soy la más joven de la manada. No puedo ser matriarca.

—Lo serás. Eres la compañera del alfa, la madre de la heredera, y la primera puente entre especies.

Cuando Grant caiga, sea dentro de cincuenta años o de quinientos, tú serás la que mantenga unida a la manada.

Y cuando Margaret crezca, le pasarás el testigo.

Es así como funciona, Claire. Las matriarcas no nacen, se hacen. Y tú tienes el material adecuado.

Claire procesó las palabras de Victoria.

Matriarca. La mujer que había vuelto a Raven Creek para cuidar a su tía, que había descubierto que su madre había tenido una aventura con un hombre lobo, que se había transformado en bestia y había dado a luz a una niña mitad lobo, iba a ser ahora la matriarca de la manada.

La ironía de la vida era tan absurda que tuvo que reír.

—Victoria, ¿alguna vez imaginaste que terminaría aquí?

—No. Imaginé que terminaría muerta en una cuneta, como tu madre. Pero Grant te eligió, y tú lo aceptaste, y aquí estamos. La vida tiene un sentido del humor retorcido, Claire. Más vale acostumbrarse.

Claire sonrió. Victoria no era cariñosa, pero era honesta. Y en el mundo de la manada, la honestidad valía más que el afecto.

—Acepto, Victoria. Cuidaré de Margaret. Y, cuando llegue el momento, asumiré mi responsabilidad. Pero necesitaré tu guía.

—La tendrás. Mientras respire, la tendrás. Y después, también. Los espíritus de las matriarcas anteriores velan por las que vienen, Claire. Yo no seré la excepción.

Victoria le contó a Claire la historia de las matriarcas de los Thorne.

Era una historia que se transmitía de generación en generación, de madre a nuera, y que solo conocían las mujeres que habían gobernado la manada desde las sombras.

Claire la escuchó con fascinación, porque en aquella historia estaba el origen de todo lo que vivía.

—La primera matriarca fue Eleanor, la compañera transferida que vimos en el retrato —dijo Victoria—.

Antes de ella, las mujeres de la manada no tenían poder.

Eran compañeras, madres, pero no gobernaban.

Eleanor lo cambió. Se negó a ser solo la esposa del alfa, exigió voz en las decisiones, y poco a poco, se ganó el respeto de la manada.

Cuando murió, su hijo creó el cargo de matriarca en su honor.

Desde entonces, cada generación ha tenido una. Yo soy la octava.

—¿Y yo seré la novena?

—Si lo aceptas, sí. No es un cargo que se pueda rechazar fácilmente, Claire. Las matriarcas no renuncian. Gobiernan hasta que mueren, y luego pasan el testigo. Es una carga, sí. Pero también es un honor. Y un poder que pocas mujeres en el mundo conocen.

—Victoria, ¿qué poder tiene exactamente la matriarca?

—Tres poderes, Claire. El primero: veto.

La matriarca puede vetar cualquier decisión del alfa que considere perjudicial para la manada.

El alfa puede gobernar, pero no puede actuar contra el veto de la matriarca.

El segundo: consejo. La matriarca asesora al alfa en asuntos de tradición, de historia, de leyes antiguas.

Su palabra es ley en todo lo que respecta al legado de la manada.

Y el tercero, el más importante: protección.

La matriarca puede reclamar la protección de cualquier miembro de la manada, incluida la compañera del alfa y sus hijos.

Si la matriarca reclama la protección de alguien, nadie puede tocarlo. Ni el propio alfa.

—¿Ni el propio alfa? ¿Eso significa que podrías protegerme de Grant si fuera necesario?

—Podría, sí. Pero no será necesario. Grant te ama, Claire. Te ama de una forma que no había visto en doscientos años de vida. No necesitas protección contra él. Pero la tendrás, por si acaso. Por si algún día las cosas cambian.

Victoria le enseñó a Claire los secretos de la matriarca durante los meses que siguieron.

Cada tarde, cuando Margaret dormía y Grant estaba en el trabajo, Victoria y Claire se sentaban en la biblioteca de Thorne Manor y la matriarca le transmitía conocimientos que llevaban siglos pasando de madre a nuera.

—Claire, lo primero que debes saber sobre ser matriarca es que no se trata de poder.

Se trata de servicio. La matriarca no gobierna para sí misma, sino para la manada.

Cada decisión que tomas, cada veto que emites, cada consejo que das, debe estar guiado por una sola pregunta: ¿es lo mejor para la manada?

Si la respuesta es sí, lo haces. Si es no, no lo haces. No hay término medio.

—¿Y si lo que es mejor para la manada no es lo que Grant quiere?

—Entonces lo vetas, Claire. Y le explicas por qué.

Grant es el alfa, sí, pero la matriarca es la conciencia.

Si el alfa se equivoca, la matriarca lo corrige.

Si el alfa se desvía, la matriarca lo reconduce.

Es un equilibrio que lleva siglos perfeccionándose, y que funciona porque ambas partes respetan el papel de la otra.

—¿Y si no respetan? ¿Si el alfa no acepta el veto?

—Entonces hay crisis, Claire. Y la manada se divide.

Y a veces, se destruye. Por eso es tan importante que el alfa y la matriarca se entiendan.

Que confíen el uno en el otro. Que se respeten.

Tu madre y Grant no tenían eso, porque Margaret no era matriarca.

Pero tú, Claire, puedes serlo. Y con Grant a tu lado, puedes crear el equilibrio que esta manada lleva siglos necesitando.

Claire absorbía las lecciones de Victoria con una avidez que sorprendía a la matriarca.

No era solo conocimiento: era sabiduría.

La sabiduría de una mujer que había vivido doscientos años y que había visto nacer y morir a generaciones de lobos.

Y Claire, que había llegado a Raven Creek sin saber nada de este mundo, estaba decidida a aprender todo lo que pudiera.

Porque un día, no muy lejano, sería ella quien tendría que guiar a la manada. Y quería estar preparada.

Victoria le tendió la mano, y Claire se la estrechó. Un pacto entre dos mujeres que no se querían pero que se respetaban. Un pacto que sellaba el futuro de la manada y el de la niña que dormía en la cuna, ajena a todo, soñando quizás con lunas llenas y bosques infinitos.