Luna de sangre CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

La Batalla

El combate fue brutal. Claire, en forma de loba, se mantuvo al borde del claro, con el corazón desbocado y el instinto de proteger a Grant luchando contra la orden de no intervenir.

Los dos lobos se enzarzaron en una pelea que sacudía la tierra bajo sus patas, con gruñidos que resonaban en el bosque y zarpazos que arrancaban mechones de pelo y carne.

Grant era más rápido, más joven, más ágil. Pero Vincent era más grande, más experimentado, más salvaje. Cada vez que Grant le infligía una herida, Vincent respondía con otra peor. Cada vez que Grant intentaba morderle el cuello, Vincent lo esquivaba con una destreza que revelaba décadas de combate.

Claire sintió cada golpe a través del vínculo. El dolor de Grant era su dolor. La furia de Grant era su furia. Y cuando Vincent le clavó los colmillos en el costado y Grant aulló de dolor, Claire supo que tenía que intervenir. No podía quedarse mirando mientras su compañero moría.

Se lanzó al combate. La loba rojiza embistió a Vincent por el costado, sorprendiéndolo, y le clavó las garras en el flanco.

Vincent aulló de dolor y se volvió hacia ella, con los ojos rojos ardientes de furia.

Claire se preparó para el impacto, pero Grant interceptó al lobo gris antes de que llegara a ella, mordiéndole la garganta con una fuerza que hizo crujir los huesos.

Vincent se desplomó. El lobo gris se retorció en el suelo, con la sangre brotando a borbotones del cuello destrozado. Y entonces, con un último estertor, se quedó inmóvil.

Sophia gritó. Un grito que no era humano, que era el lamento de una hija viendo morir a su padre, el aullido de una loba que lo había perdido todo. Se arrodilló junto al cuerpo de Vincent, con las manos manchadas de sangre y los ojos violetas llenos de lágrimas.

—Lo has matado. Has matado a mi padre.

Grant, en forma humana, ensangrentado y cojeando, la miró con una mezcla de cansancio y de lástima.

—Él me desafió, Sophia. Y perdió. Si te rindes ahora, te dejaré vivir. Pero si vuelves a amenazar a mi compañera o a mi hijo, no habrá piedad.

Sophia lo miró durante un largo momento, con un odio que Claire sintió como una ola helada.

Luego, se transformó en loba y desapareció en la oscuridad del bosque.

No volvería. Claire lo supo en ese instante, con la certeza del vínculo.

Sophia Blackwood había sido derrotada, y su partida sería definitiva.

El combate duró quince minutos, aunque a Claire le pareció una eternidad.

Cada segundo era una agonia de tensión, sentiendo a través del vínculo los golpes que Grant recibía y los que infligía.

El claro se transformó en un campo de batalla: tierra revuelta, árboles rotos, sangre en la hierba.

Y los dos lobos, el negro y el gris, enzarzados en una pelea que parecía no tener fin.

Vincent era más fuerte de lo que Grant había anticipado.

El lobo viejo conocía trucos que los lobos modernos habían olvidado: ángulos de ataque imposibles, movimientos que desafiaban la anatomía, una resistencia que parecía inagotable.

Cada vez que Grant le infligía una herida, Vincent respondía con otra peor.

Cada vez que Grant intentaba morderle el cuello, Vincent lo esquivaba con una destreza que revelaba siglos de experiencia.

Claire sentía el dolor de Grant como si fuera suyo.

Cada zarpazo que recibía era un latigazo en su propia carne.

Cada vez que Vincent le clavaba los colmillos, Claire gritaba.

Y la rabia crecía en su interior, una rabia que no era solo suya sino de su loba, de la bestia que vivía en su vientre junto al hijo que crecía dentro de ella.

Cuando Vincent le clavó los colmillos en el costado y Grant aulló de dolor, Claire supo que tenía que intervenir. No podía quedarse mirando mientras su compañero moría. No podía dejar que el padre de su hijo cayera a manos de un lobo exiliado. Así que se lanzó al combate.

La loba rojiza embistió a Vincent por el costado, sorprendiéndolo.

El lobo gris se tambaleó, y Claire le clavó las garras en el flanco con una ferocidad que no sabía que tenía.

Vincent aulló de dolor y se volvió hacia ella, con los ojos rojos ardientes de furia.

Claire se preparó para el impacto, pero Grant interceptó al lobo gris antes de que llegara a ella, mordiéndole la garganta con una fuerza que hizo crujir los huesos.

Fue el final. Vincent se desplomó, con la sangre brotando a borbotones del cuello destrozado.

Se retorció un último instante, y luego quedó inmóvil.

Sophia, que había observado el combate desde el borde del claro, gritó.

Un grito que no era humano, que era el lamento de una hija viendo morir a su padre.

Y luego, se transformó en loba y desapareció en la oscuridad del bosque.

Claire corrió hacia Grant, que se desplomó en el suelo del claro, ensangrentado y exhausto.

Tenía heridas por todo el cuerpo, cortes profundos que sangraban abundantemente, marcas de colmillos en el cuello y en los brazos.

Pero estaba vivo. Había ganado. Y ella, con su hijo creciendo en el vientre, estaba a salvo.

Después de la muerte de Vincent, Claire se acercó al cuerpo del lobo gris.

En forma humana, se arrodilló junto a él y le cerró los ojos con delicadeza.

Vincent Blackwood había sido un enemigo, sí.

Pero también había sido un padre, un compañero, un lobo que había vivido trescientos años y que había muerto luchando por lo que creía.

Claire no lo respetaba. Pero podía reconocer su humanidad, o su lobunidad, y darle el último adiós que merecía.

—Vincent, lo siento. No quería que terminara así. Pero amenazaste a mi familia, y no podía permitirlo. Descansa en paz.

Grant, que estaba herido pero consciente, la miró con una expresión que mezclaba el orgullo y la sorpresa.

—Claire, le estás dando el último adiós al lobo que quería matarte.

—Lo sé, Grant. Pero era un ser vivo. Y merece respeto, incluso en la muerte. Es lo que mi madre me enseñaría.

—Tu madre te enseñó bien, Claire.

Sophia, que había huido tras la muerte de su padre, no volvió a Raven Creek.

Derek la rastreó durante días, pero perdió su rastro en la frontera con Canadá.

Sophia Blackwood había desaparecido, como un fantasma, como un recuerdo.

Y Claire, aunque sabía que podía volver algún día, decidió no vivir con miedo.

Tenía a Grant, tenía a la manada, tenía a su hijo en camino. Y eso era suficiente.

Claire corrió hacia Grant, que se desplomó en sus brazos con un suspiro de agotamiento.

Tenía heridas por todo el cuerpo, cortes profundos que sangraban abundantemente, marcas de colmillos en el cuello y en los brazos.

Pero estaba vivo. Había ganado. Y ella, con su hijo creciendo en el vientre, estaba a salvo.