CAPÍTULO 38
Vincent Blackwood
Grant se tensó como un cable de acero. Claire, detrás de él, sentía a través del vínculo una mezcla de sorpresa y de miedo que raramente le había visto.
Vincent Blackwood. El nombre le decía algo: Victoria lo había mencionado una vez, como un lobo antiguo y poderoso que había desafiado su autoridad y había sido exiliado.
Un Blackwood de pura sangre, más viejo que la propia Victoria, con un poder que se decía comparable al de los alfas más fuertes de la historia.
—Vincent. Pensé que estabas muerto.
—Lo pensaste mal, muchacho. He estado esperando.
Treinta años en el exilio, acumulando poder, reuniendo aliados.
Y ahora, mi hija me ha llamado. Me ha dicho que el alfa de los Thorne ha tomado por compañera a una humana transformada, que ha matado a su propio hermano, que ha dividido a la manada.
Y que el momento de reclamar lo que es mío ha llegado.
—No tienes derecho a reclamar nada, Vincent. Fuiste exiliado por traición. Si vuelves, será para morir.
—¿Morir? ¿A manos de un alfa que ni siquiera puede mantener a su manada unida?
Mira a tu alrededor, Grant. La mitad de tus lobos te temen más de lo que te respetan.
La otra mitad te sigue solo por costumbre.
Y ahora, con una humana embarazada de tu hijo, has escandalizado a los puristas hasta el punto de que preferirían a cualquier otro antes que a ti. Incluido a un exiliado como yo.
Claire miró a Sophia, que estaba junto a su padre con la sonrisa de alguien que sabe que ha ganado.
La loba no había renunciado a Grant. Se había retirado, había esperado, y ahora volvía con refuerzos.
Con un padre que era, si las leyendas eran ciertas, uno de los lobos más peligrosos que habían existido.
—Vincent, si quieres desafiarme, hazlo. Aquí estoy. Pero deja a Claire fuera de esto.
—¿Dejar a tu compañera fuera? Pero si ella es el motivo de todo, Grant. Tu debilidad por una humana te ha descalificado como alfa. Y mi hija, que debería haber sido tu compañera, ha sido humillada. Hay que pagar por eso.
Vincent se transformó. Fue una transformación diferente a las que Claire había visto: más lenta, más antigua, como si el lobo que emergía del hombre fuera algo que no pertenecía a este siglo.
El lobo era enorme, gris, con los ojos rojos brillando como brasas.
Más grande que Grant en forma de lobo, más antiguo, más poderoso.
Claire sintió el miedo a través del vínculo de Grant, un miedo que él raramente sentía pero que ahora le corroía las entrañas.
Vincent Blackwood era una leyenda viva de la manada de Raven Creek. Claire había oído su nombre por primera vez en boca de Victoria, como una advertencia más que como un recuerdo. Ahora, viéndolo de pie en el claro, con sus ojos rojos y su pelaje gris, entendía por qué la matriarca lo temía.
Vincent llevaba más de trescientos años en este mundo.
Había nacido en Europa, en una época en que los licántropos eran cazados como demonios, y había cruzado el océano con los primeros colonos buscando refugio.
Se había unido a la manada de los Thorne cuando Raven Creek aún no existía, y durante dos siglos había sido el brazo derecho de Elijah Thorne.
Pero cuando Elijah murió y su hijo tomó el liderazgo, Vincent lo desafió.
Y perdió. Victoria, que entonces era la matriarca, lo exilió en lugar de matarlo, un acto de misericordia que ahora lamentaba.
—Vincent, ¿qué quieres? —preguntó Grant, en forma humana, con la tensión visible en cada músculo de su cuerpo.
—Quiero lo que siempre quise, muchacho. Liderar.
Esta manada lleva demasiado tiempo en manos de los Thorne.
Es hora de que un Blackwood tome el relevo.
Sophia es mi hija, y debería haber sido tu compañera.
En lugar de eso, elegiste a una humana. A la hija de la mujer que fue tu amante.
Es patético, Grant. Patético y peligroso.
—Mi elección es asunto mío, Vincent. Si quieres liderar, tendrás que ganártelo. Como siempre.
—Oh, lo haré. Pero no esta noche. Esta noche solo he venido a presentarme. A que veas mi cara. A que sepas que estoy aquí. Y a que entiendas que tu tiempo se acaba, muchacho. Disfruta de tu humana mientras puedas. Pronto no la tendrás.
Vincent se transformó de nuevo en lobo, dio media vuelta y desapareció en la oscuridad del bosque con Sophia a su lado.
No había habido combate, no había habido sangre.
Solo una amenaza. Una promesa. Y Claire, que había observado toda la escena desde detrás de Grant, sintió un miedo más profundo del que había sentido con Ethan.
Porque Ethan era violencia directa, predecible, manejable.
Vincent era veneno lento. Y el veneno lento era siempre más letal.
—Grant, ¿qué vamos a hacer?
—Prepararnos, Claire. Vincent no ataca de frente. Ataca por la espalda, cuando menos te lo esperas. Tendremos que estar alerta. Cada noche, cada día, cada momento. Hasta que se revele. Y entonces, lo mataremos.
—¿Y si es demasiado fuerte?
Vincent Blackwood no atacó esa noche, ni la siguiente.
Se mantuvo en las sombras del bosque, acechando, esperando, como un depredador que sabe que la paciencia es su mejor arma.
Grant lo sintió a través del vínculo de la manada, una presencia oscura y antigua que se movía por el territorio como una sombra que no se podía disipar.
—Claire, Vincent está jugando con nosotros. Quiere que nos durmamos, que bajemos la guardia. Y cuando lo hagamos, atacará.
—¿Cuándo crees que lo hará?
—En la luna llena. Es cuando los lobos somos más poderosos, pero también cuando somos más vulnerables a los instintos. Si Vincent ataca durante la luna llena, contará con que estaremos distraídos, corriendo, cazando. Y eso le dará ventaja.
—Entonces hay que prepararse para la luna llena.
—Sí. Convocaré a los leales. Reforzaremos las defensas. Y cuando Vincent se muestre, lo recibiremos. Juntos.
Claire asintió, con el corazón acelerado.
La batalla que se acercaba sería diferente a la de Ethan.
Vincent era más antiguo, más poderoso, más astuto.
Y si quería el liderazgo de la manada, no iba a conformarse con menos que la muerte de Grant.
Claire sintió un escalofrío que le recorrió la columna.
Si Grant caía, ella caería. Y su hijo también.
No podían perder. No podían permitírselo.
Grant se transformó también. El lobo negro se plantó frente al lobo gris, con el pelo erizado y los colmillos brillando. Y entonces, Vincent atacó.