Luna de sangre CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

La Venganza de Sophia

A los seis meses de embarazo, Claire empezó a sentir que algo no iba bien.

No era algo físico: el bebé se movía con normalidad, su cuerpo estaba sano, Nathan no detectaba ningún problema.

Era una sensación en el vínculo, una sombra que se colaba en los bordes de su conciencia como humo bajo una puerta.

Algo acechaba en el bosque, algo que no había estado ahí antes.

Grant lo sintió también. Una noche, durante una carrera de luna llena, se detuvo en seco en medio del claro, con el pelo erizado y un gruñido que le vibraba en el pecho.

Claire, en forma de loba, se paró a su lado, olfateando el aire.

Y entonces lo captó: un olor conocido, un olor que le heló la sangre.

Sophia.

Grant se transformó en humano, con la cara tensa y los ojos ardientes.

—Claire, vuelve a la cabaña. Ahora.

—No. Quédate conmigo. Si ella está aquí, no quiero que la enfrentes solo.

—Claire, estás embarazada. No puedo arriesgarte.

—Y no voy a dejarte solo. Grant, ella es peligrosa. Más peligrosa que Ethan, porque Ethan era directo y ella es traicionera. Si la enfrentas sin que yo esté ahí para sentir lo que pasa, no sabré si estás bien.

Grant la miró durante un largo momento, y Claire vio en sus ojos la guerra entre el deseo de protegerla y el reconocimiento de que tenía razón. Finalmente, asintió.

—Quédate detrás de mí. Y si te digo que corras, corres.

Esperaron. La luna los bañaba con su luz plateada, y el bosque estaba en silencio, como si los animales hubieran huido. Y entonces, del fondo del claro, emergió una figura.

Sophia Blackwood. Desnuda, pálida, con el pelo negro cayéndole sobre los hombros y los ojos violetas brillando con una luz que no era natural.

Pero no estaba sola. A su lado, caminando con paso lento, había un hombre que Claire no había visto nunca.

Alto, delgado, con el pelo gris y los ojos rojos.

Un licántropo anciano, de un poder que Claire pudo sentir incluso desde la distancia.

Claire pasó las horas siguientes en un estado de alerta constante.

Grant había duplicado las patrullas, había convocado a los leales, había reforzado las defensas de Thorne Manor.

Pero Claire sabía que Sophia no atacaría frontalmente.

No era su estilo. Sophia era veneno, no espada.

Atacaría cuando menos se lo esperaran, de la forma en que menos se lo esperaran.

—Grant, ¿qué sabes de Vincent Blackwood? —preguntó Claire una noche, mientras cenaban en la cabaña del bosque.

Grant dejó el tenedor en la mesa y la miró con una expresión que ella no le había visto antes. Era miedo. No el miedo cotidiano, sino el miedo antiguo y profundo de quien ha vivido lo suficiente para saber que hay cosas peores que la muerte.

—Vincent es el lobo más antiguo que conozco, Claire.

Más antiguo que mi madre. Se dice que nació antes de la fundación de Raven Creek, que fue uno de los primeros licántropos que llegaron a este continente.

Mi madre lo exilió hace treinta años porque la desafió y perdió.

Pero no lo mató porque no podía. Vincent es demasiado poderoso, demasiado viejo, demasiado astuto.

Si ha vuelto, es porque cree que puede ganar.

Y si cree que puede ganar, probablemente tenga razón.

—¿Entonces cómo lo derrotamos?

—No lo sé, Claire. Lo único que puedo hacer es prepararme. Y rezar para que, cuando llegue el momento, sea suficiente.

Claire se acercó a él y le cogió las manos. Sentía a través del vínculo el miedo de Grant, pero también su determinación. No iba a rendirse. Iba a luchar. Y si perdía, iba a morir protegiendo lo que amaba.

—Grant, no estás solo. Tienes a la manada, a Derek, a Nathan, a tu madre. Y me tienes a mí. Lucharemos juntos.

—Claire, estás embarazada. No puedo pedirte que luches.

—No me lo pides. Lo ofrezco. Soy tu compañera, Grant. Tu loba. Y si hay una cosa que he aprendido en estos meses, es que las compañeras no se esconden. Luchan. Juntas.

Grant la besó. Un beso largo, profundo, que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo. Y Claire, con el hijo de ambos creciendo en su vientre y la sombra de Vincent Blackwood cerniéndose sobre ellos, supo que la batalla que se acercaba sería la más importante de sus vidas.

Los días siguientes a la aparición de Sophia con su padre Vincent fueron de máxima tensión.

Grant reforzó las patrullas, convocó a los leales, y preparó la defensa de Thorne Manor y de la cabaña del bosque.

Claire, con su loba alerta y su hijo creciendo en el vientre, sentía el peligro como un zumbido constante en el fondo de su conciencia.

Nathan le hizo un chequeo adicional, preocupado por el estrés. El médico le tomó el pulso, le miró los ojos, le palpó el abdomen. Y al final, con una seriedad que ocultaba su preocupación, le dijo:

—Claire, el bebé está bien. Pero tú necesitas descansar. El estrés puede afectar al embarazo, y con la amenaza de Vincent, tu cuerpo está en estado de alerta constante. Necesitas encontrar momentos de calma, de relax. Por ti y por el bebé.

—¿Cómo puedo relajarme con un lobo exiliado acechando en el bosque?

—Grant está aquí. Derek está aquí. Yo estoy aquí. Toda la manada está aquí, Claire. Vincent no se atreverá a atacar de frente. Intentará algo traicionero, sí. Pero mientras estés rodeada de los tuyos, estarás a salvo. Confía en nosotros, Claire. Y descansa cuando puedas. Tu cuerpo lo necesita.

Claire asintió, con los ojos humedecidos.

Nathan tenía razón. No podía controlar lo que Vincent haría, pero podía controlar cómo respondía.

Y lo mejor que podía hacer por su hijo era mantenerse fuerte, mantenerse serena, y confiar en la gente que la rodeaba.

Grant la amaba. Nathan era su hermano. Derek era su amigo.

Y la manada era su familia. Con ellos, podía enfrentar lo que viniera.

—Grant Thorne —dijo Sophia, con una sonrisa que no tenía nada de humano—. Te presento a mi padre. Vincent Blackwood. El lobo que tu madre exilió hace treinta años por desafiarla. Ha vuelto para reclamar su lugar en la manada. Y para reclamar la cabeza del alfa que se la arrebató.