CAPÍTULO 36
Los Meses de Espera
El embarazo de Claire fue, como Nathan había anunciado, diferente de un embarazo humano.
Los síntomas fueron más intensos en algunos aspectos y más suaves en otros.
Los primeros tres meses, Claire sufrió náuseas que ningún remedio humano podía aliviar, pero Nathan le preparó infusiones de hierbas del bosque que calmaban su estómago de una forma que la medicina tradicional no lograba.
Su cuerpo cambió más rápido de lo que habría cambiado en un embarazo normal: la barriga se le redondeó a las ocho semanas, y a los cuatro meses ya parecía de seis.
La loba interior se volvió más protectora con cada semana que pasaba.
Claire sentía una necesidad instintiva de acurrucarse, de buscar lugares cerrados y oscuros, de rodearse de los suyos.
Grant le construyó un nido en la cabaña del bosque, una especie de cueva acolchada en el desván donde Claire se refugiaba cuando la necesidad la abrumaba.
Era un instinto que la parte humana de Claire encontraba extraño, pero que la loba aceptaba con naturalidad.
Grant la cuidaba con una dedicación que rayaba en la obsesión.
No la dejaba salir sola, la seguía a todas partes, la envolvía en mantas y le traía comida a todas horas.
Claire se quejaba de que la asfixiaba, pero en el fondo le gustaba.
Nunca había tenido a alguien que la cuidara así, que la protegiera con tanta ferocidad. Era agotador y reconfortante a la vez.
—Grant, no necesito que me traigas agua cada cinco minutos. No estoy enferma; estoy embarazada.
—Mi loba espera un cachorro. Mi deber es cuidarla.
—Tu deber es dejarme respirar.
—Respira, entonces. Pero mientras respiras, bebe agua.
Claire se reía, y Grant sonreía, y el vínculo vibraba entre ellos con una calidez que les decía que, a pesar de todo, estaban bien. Que el hijo que crecía en su vientre era amado, deseado, esperado. Y que, cuando naciera, sería recibido por una familia que lo protegería con uñas y dientes.
Victoria supervisaba el embarazo desde la distancia, pero Nathan la mantenía informada de cada avance.
La matriarca había empezado a mostrar un interés que, si no era cariño, al menos era inversión.
Para Victoria, el hijo de Claire y Grant era el futuro de la manada, la prueba de que el puente entre especies era posible, la promesa de una nueva era.
Y aunque Claire sabía que Victoria no la quería, agradecía que al menos quisiera a su nieto.
A los cinco meses, Nathan le hizo una ecografía en la cabaña del bosque, con un aparato portátil que había conseguido del hospital.
Claire estaba tumbada en la cama, con Grant a su lado sosteniéndole la mano, y Nathan movía la sonda sobre su vientre redondeado.
La imagen apareció en la pantalla: un feto perfectamente formado, con las manos en las mejillas y los pies cruzados.
Y, para sorpresa de Nathan, con una cola diminuta que se movía como un gusano.
—Es un licántropo —dijo Nathan, con la voz temblorosa—. Un licántropo puro. El hijo de dos licántropos, aunque uno haya sido transformado por el vínculo.
Grant apretó la mano de Claire, y a través del vínculo ella sintió una oleada de alivio y de alegría que la desbordó. Su hijo sería un lobo. Sería fuerte, sería sano, sería parte de la manada. Y no tendría que enfrentar la discriminación que Nathan había sufrido por ser mestizo.
—¿Es niño o niña? —preguntó Claire.
—Niña —respondió Nathan, con una sonrisa—. Una lobita. Tu madre habría estado encantada.
El quinto mes de embarazo, Claire empezó a tener sueños extraños.
No eran sueños normales, sino visiones: imágenes de un bosque que no era el de Raven Creek, de una cabaña que no era la de Grant, de una mujer de pelo rojo que no era su madre pero que se le parecía.
En los sueños, la mujer le hablaba en un idioma que Claire no reconocía, pero que entendía de alguna forma profunda, como si las palabras no necesitaran traducción.
—Claire, eres la continuación —decía la mujer—. La que llevará el puente a término. La que reconciliará lo que fue separado. No temas. No dudes. El camino está trazado desde antes de que nacieras. Solo tienes que recorrerlo.
Claire le contó los sueños a Victoria, que los escuchó con una seriedad que revelaba que sabía más de lo que decía.
La matriarca la hizo sentar en la biblioteca de Thorne Manor, le preparó una infusión de hierbas que, según ella, abría la mente, y le habló durante horas sobre la historia de las compañeras transferidas.
—Claire, la mujer de tus sueños es Eleanor Thorne. La primera compañera transferida, la que murió hace trescientos años. Está intentando comunicarse contigo.
—¿Comunicarse? ¿Los muertos pueden hablar con los vivos?
—Los licántropos podemos, Claire. Nuestro vínculo con el mundo espiritual es más fuerte que el de los humanos.
Y las compañeras transferidas, por su naturaleza dual, son especialmente receptivas.
Eleanor sabe que eres la primera transferida que puede completar el vínculo.
Y quiere ayudarte. Quiere que no cometa los errores que ella cometió.
—¿Qué errores?
—Eleanor murió porque no escuchó a su loba.
Intentó mantener su humanidad por encima de todo, reprimió la bestia, y cuando llegó el momento del parto, su cuerpo no resistió.
La lección, Claire, es que no puedes elegir entre la humana y la loba.
Tienes que ser ambas. Tienes que dejar que coexistan, que se ayuden, que se complementen.
Si luchas contra tu naturaleza, te destruyes. Si la aceptas, te completas.
Claire procesó las palabras de Victoria con un nudo en el estómago.
Los sueños con Eleanor se intensificaron en las semanas siguientes, y cada vez que la mujer de pelo rojo le hablaba, Claire sentía que una pieza del rompecabezas se acomodaba en su interior.
Era como si Eleanor le estuviera enseñando, desde el más allá, a ser lo que ella no pudo ser.
Y Claire, con cada sueño, con cada visión, se sentía más completa, más segura, más lista para lo que venía.
—Victoria, ¿mi hija también podrá hablar con Eleanor?
—Tu hija será más que tú, Claire. Será el puente completo. La primera criatura nacida con la capacidad de existir plenamente en ambos mundos. Eleanor la guiará, como te guía a ti. Y juntas, harán lo que ninguna ha podido hacer en trescientos años: unir a las especies para siempre.
El embarazo no apagó la pasión entre Claire y Grant.
Si acaso, la intensificó. Las hormonas de Claire estaban desbocadas, y Grant, que sentía cada cambio a través del vínculo, respondía con un deseo que rayaba en la adoración.
Hacían el amor con más frecuencia que antes, si eso era posible, y cada vez era diferente: más tierno a medida que la barriga de Claire crecía, más cuidadoso, más reverente.
—Grant, ¿tengo miedo de hacerte daño al bebé? —preguntó Claire una noche, cuando estaba de cinco meses y la barriga era ya bien visible.
—No, Claire. El bebé está protegido. Tu loba lo envuelve en una burbuja de energía que lo mantiene a salvo. Y mi loba lo sabe. No haría nada que lo pusiera en peligro.
—¿Tu loba? ¿Sientes a tu loba de forma diferente ahora?
—Sí. Desde que te quedaste embarazada, mi loba está más protectora. Más alerta. Más… cariñosa, si eso tiene sentido. Es como si supiera que hay un cachorro en camino y quisiera cuidarlo.
Claire sonrió. La idea de que la bestia interior de Grant fuera cariñosa con su hijo nonato era a la vez conmovedora y extraña.
Pero en el mundo de la manada, tenía sentido.
Los lobos eran criaturas de familia. Protegían a sus crías con una ferocidad que no tenía equivalente en el mundo humano.
Y Grant, a pesar de su pasado, a pesar de la violencia que llevaba dentro, era un lobo familiar.
Sería un padre protector, feroz, devoto.
Esa noche, Grant la amó con una delicadeza que la dejó sin aliento.
La tumbó de lado, se colocó detrás de ella, y la penetró lentamente, con una profundidad que le arrancó un gemido.
Una mano le acariciaba la barriga, la otra le rodeaba el pecho, y sus labios le besaban el cuello, la oreja, el hombro.
Era un amor lento, profundo, como una conversación sin palabras en la que todo se decía.
—Te amo, Claire. A ti y al cachorro que llevas dentro. Más que a nada en el mundo.
—Lo sé, Grant. Lo siento cada vez que me tocas.
El orgasmo los alcanzó como una ola dorada, suave y larga, que los dejó entrelazados y satisfechos. Y Claire, con la mano de Grant en su vientre y la presencia de su hijo latiendo en el vínculo, supo que era la mujer más afortunada del mundo.
El sexto mes de embarazo, Claire tuvo un sueño que la dejó perturbada durante días.
Soñó que estaba en el bosque, en forma de loba, corriendo bajo una luna de sangre.
Y a su lado, no corría Grant, sino una loba plateada que Claire no reconoció.
La loba la miraba con ojos que parecían contener siglos de sabiduría, y le hablaba en un idioma que Claire entendía sin saber cómo.
—Claire, la niña que llevas en el vientre será el puente.
Pero el puente tiene un precio. Habrá quienes la quieran destruir.
Habrá quienes la teman. Y habrá quienes la adoren.
Tu tarea es prepararla para todo eso. Para ser fuerte cuando la ataquen, para ser humilde cuando la adoren, y para ser sabia cuando la teman. ¿Estás preparada?
—Lo estoy —dijo Claire en el sueño—. La prepararé. La protegeré. La amaré.
—Bien. Porque lo que viene, Claire, será más grande que todo lo que has vivido. Tu hija cambiará el mundo de los lobos para siempre. Y tú serás la madre del cambio. Es un honor, Claire. Y una carga. Pero sé que puedes llevarla.
Claire se despertó sudando, con el corazón desbocado y la mano en el vientre.
La niña se movía, como si hubiera sentido el sueño.
Y Claire, con una mezcla de miedo y de determinación, supo que lo que había soñado era real.
Que su hija era el puente. Y que ella, Claire, tenía que prepararla para el futuro que la esperaba.
Claire cerró los ojos, con las lágrimas resbalándole por las sienes.
Su madre. Margaret Bennett. La mujer que había amado a Grant Thorne, que había dado un hijo en adopción para protegerlo, que había muerto en una carretera oscura por culpa de un secreto que no podía revelar.
Claire iba a darle una nieta. Una nieta que llevaría en la sangre el legado de Margaret, de Grant, de toda la línea Thorne.
Y que, como su abuela, sería parte de dos mundos.