Luna de sangre CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

El Sheriff Hudson

Claire fue a ver al sheriff Hudson dos días después de la conversación con Jake.

Llevaba gafas de sol para ocultar sus ojos dorados y un gorro que le cubría el pelo, pero sabía que no podía engañar al viejo sheriff.

Hudson la recibió en su despacho con una taza de café y una mirada que lo decía todo.

—Claire Bennett. O debería decir Thorne. ¿Es así como te llamas ahora?

—Sigo siendo Bennett, sheriff. Pero sí, soy la compañera de Grant.

—Lo imaginé. Te noté distinta desde el primer día que te vi. Y ahora… ahora te noto aún más distinta. ¿Qué te ha hecho, Claire?

—No me ha hecho nada que yo no quisiera, sheriff. Me he transformado. Soy una de ellos. Y espero un hijo de Grant.

Hudson se dejó caer en la silla, con la cara entre las manos.

Claire vio que sus dedos temblaban, y sintió una punzada de culpa.

El sheriff había arriesgado su vida para darle la carpeta con las pruebas del accidente.

Había confiado en ella. Y ella se había acostado con el hombre que había matado a sus padres.

—Claire, ¿estás bien? ¿Te ha forzado? ¿Te ha manipulado?

—No, sheriff. El vínculo es real. Lo que siento por Grant es real. Y lo que él siente por mí también. Sé que es difícil de entender. Sé que desde fuera parece una locura. Pero es mi elección, y la asumo.

—¿Y tus padres, Claire? ¿Qué hay de la justicia que buscabas?

—La justicia, sheriff, no es lo que creía. Grant no mató a mi padre a sangre fría. Mi padre iba a revelar el secreto de la manada, y Grant lo mató en defensa de su gente. Fue un error terrible, y Grant lo lleva con él cada día. Pero no fue asesinato. Fue… supervivencia.

—Claire, escúchate. Estás justificando un asesinato.

—No lo justifico, sheriff. Lo entiendo. Es diferente. Y si quiere saber la verdad, el mundo de la manada no se rige por las leyes humanas. Si quiere justicia para mis padres, tendrá que buscarla en su mundo. Y en su mundo, Grant ya ha pagado. Lleva siete años pagando.

Hudson la miró durante un largo momento, y Claire vio en sus ojos grises una batalla entre la decepción y la comprensión. Finalmente, el sheriff suspiró y se reclinó en la silla.

—Claire, no puedo obligarte a cambiar de opinión. Eres adulta y has elegido. Pero quiero que sepas una cosa: si alguna vez necesitas ayuda, si Grant te hace daño, si quieres salir de ese mundo, mi puerta siempre estará abierta. No te juzgaré. Solo te ayudaré.

—Gracias, sheriff. Lo agradezco de verdad.

—Y una cosa más, Claire. Si ese hijo que esperas es una amenaza para el pueblo, si los Thorne usan al niño para consolidar su poder sobre los humanos, te buscaré. Y no seré tan comprensivo.

Claire asintió con la cabeza. Entendía la advertencia. Hudson era un humano, pero no era un cobarde. Y si la manada cruzaba la línea, respondería. Era bueno saber que todavía había gente EL SECRETO DE RAVEN CREEK dispuesta a plantarse.

—No tendrá que preocuparse, sheriff. Mi hijo no será una amenaza. Será un puente. Y si hago mi trabajo bien, será el principio de algo mejor para todos, humanos y lobos.

El sheriff Hudson no era el único humano EL SECRETO DE RAVEN CREEK que sabía la verdad sobre los Thorne.

Claire lo descubrió cuando, después de su visita a la comisaría, Hudson la llevó a conocer a otros.

Gente que había vivido en el pueblo toda su vida, que había visto cosas que no podía explicar, y que había elegido el silencio como forma de supervivencia.

Un silencio que, ahora que Claire era parte del otro bando, podía romperse.

Primero fue Ruby, la dueña del diner. Una mujer de sesenta años, robusta y rubia, que llevaba cuarenta años cocinando huevos revueltos para los leñadores y los lobos sin distinguir unos de otros.

Ruby sabía. Lo había sabido desde que era joven, cuando vio a un Thorne transformarse en el callejón detrás del diner.

Y había guardado el secreto con la misma facilidad con la que guardaba sus recetas.

—Claire, niña, sabía que terminarías con uno de ellos. Tu madre era igual. No podía evitarlo. Es como un imán, ¿sabes? Los Thorne tienen algo que atrae a las mujeres Bennett. Tu abuela también. Y tu bisabuela. Es una maldición de familia.

—Ruby, ¿mi abuela conocía a los Thorne?

—Tu bisabuela, Claire. Se llamaba Elizabeth, y fue la primera Bennett que llegó a Raven Creek.

Se casó con un hombre normal, pero siempre se dijo que tuvo un lío con un Thorne.

Y desde entonces, las Bennett han venido cayendo en la misma trampa.

Tu madre. Y ahora tú. Es el destino, niña. Y no se lucha contra el destino.

Después de Ruby, Hudson la llevó a ver a Old Pete, el taxista. El anciano la recibió en su casa, una cabaña llena de trastos y de fotos antiguas, y le habló con una franqueza que Claire no esperaba.

—Claire, yo cazé lobos toda mi vida. Lobos normales, de cuatro patas, que se comían las ovejas.

Pero una vez, hace cuarenta años, vi algo diferente.

Un lobo que era más grande que cualquier lobo que hubiera visto.

Un lobo que me miró con ojos dorados y que, en lugar de atacarme, se transformó en un hombre.

Un hombre que me dijo: «Pete, si hablas, mueres.

Si callo, vives.» Y yo callé. Cuarenta años callado.

Y ahora, niña, te lo cuento a ti porque tú eres una de ellos.

Y porque necesito que sepas que no todos los humanos de este pueblo son ciegos. Algunos vemos. Y algunos perdonamos.

Claire salió de la casa de Old Pete con la mente llena de revelaciones.

Su bisabuela. Los Bennett y los Thorne. Una historia que se repetía desde hacía generaciones, como un patrón que no se podía romper.

¿Era ese el verdadero significado del vínculo?

¿Una conexión ancestral entre dos familias que llevaba siglos tejiéndose?

Y si era así, ¿qué significaba para ella?

¿Y para el hijo que llevaba en el vientre?

Después de la conversación con el sheriff Hudson, Claire fue al cementerio.

Era la segunda vez que iba desde su llegada a Raven Creek, y como la primera, se arrodilló frente a las lápidas de sus padres y les habló.

Pero esta vez, las palabras fueron diferentes.

Esta vez, Claire no buscaba respuestas. Las tenía. Esta vez, Claire buscaba perdón.

—Papá, mamá. He hablado con el sheriff. Sé la verdad.

Sé que Grant los mató. Y sé que mi madre lo amaba, y que él la amaba a ella.

Y sé que, a pesar de todo, yo he elegido estar con él.

¿Pueden perdonarme? ¿Pueden entender que no es traición, sino continuación?

Que el amor que los unió a ustedes, y el amor que unió a mamá con Grant, y el amor que ahora me une a mí con él, es el mismo amor?

¿Que es una cadena que no se puede romper, solo seguir?

El viento sopló entre los cedros del cementerio, y las hojas del arce cayeron sobre las lápidas como una respuesta silenciosa.

Claire las recogió una a una, como la primera vez, y las guardó en el bolsillo.

Y entonces, con una serenidad que no había sentido antes, se puso en pie, besó cada lápida, y se fue.

No sabía si sus padres la perdonaban. No sabía si podían perdonarla.

Pero sabía que ella se perdonaba a sí misma.

Y eso, al final, era lo único que podía controlar.

El resto estaba en manos del destino, o de Dios, o de lo que fuera que movía los hilos del mundo.

Y Claire, por primera vez, estaba en paz con eso.

Hudson no pareció convencido, pero asintió. Claire salió de la comisaría con la sensación de haber cerrado un capítulo. Ya no buscaba justicia para sus padres. Había encontrado algo diferente: un futuro. Y estaba dispuesta a luchar por él.