Luna de sangre CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Jake

Claire había descuidado a sus amigos humanos durante las semanas de transformación y adaptación.

Jake la había llamado varias veces, ella había respondido con evasivas, y la distancia entre ellos había crecido hasta convertirse en un muro que ninguno de los dos se atrevía a derribar.

Cuando Claire decidió ir a verlo, sabía que la conversación no sería fácil.

Lo encontró en el taller, como siempre, con las manos manchadas de grasa y la mirada esquiva. Cuando la vio entrar, dejó la llave inglesa y se limpió las manos en el trapo, pero no sonrió.

—Claire. Pensé que te habías ido del pueblo.

—No me he ido, Jake. He estado… ocupada.

—Con Grant Thorne. Lo sé. Todo el pueblo lo sabe. La hija de los Bennett se ha acostado con el hombre que mató a sus padres. Es la comidilla del diner.

Claire tragó saliva. La crudeza de las palabras le dolió, pero no podía negarlas. Había elegido a Grant. Había iniciado el vínculo. Se había transformado en loba. Y ahora esperaba un hijo suyo. Desde la perspectiva de Jake, era una traición a la memoria de sus padres.

—Jake, lo siento. Debí haberte llamado. Debí haberte explicado. Pero las cosas fueron tan rápidas, tan intensas, que no encontré el momento.

—¿Explicarme qué? ¿Que te has enamorado del monstruo que destrozó a tu familia? ¿Que te has convertido en uno de ellos? Claire, ¿te has visto? Tienes los ojos dorados. Hueles distinto. Te mueves distinto. Ya no eres la chica con la que crecí.

—Sigo siendo yo, Jake. Por dentro, sigo siendo Claire Bennett. La chica que leía novelas de misterio en el porche de su tía. La chica que besó a un chico detrás del gimnasio del instituto. Eso no ha cambiado.

—Todo ha cambiado, Claire. Y lo sabes.

Jake se sentó en un taburete del taller, con la cabeza gacha y los hombros caídos.

Claire se acercó a él, le puso una mano en el hombro, y sintió a través de su tacto el dolor que irradiaba de su cuerpo.

Jake la había querido. Tal vez todavía la quería.

Y la había perdido, no por otro hombre, sino por un mundo al que ella pertenecía y él no podía alcanzar.

—Jake, necesito que sepas algo. Estoy embarazada.

Él levantó la cabeza de golpe, con los ojos desorbitados.

—¿Embarazada? ¿De Grant?

—Sí.

—Dios mío, Claire. ¿Qué has hecho?

—He elegido, Jake. He elegido a Grant, he elegido al bebé, he elegido este mundo. Y sé que no puedes entenderlo. Pero necesito que sepas que no me he olvidado de ti. Que sigues siendo mi amigo. Que voy a necesitar amigos humanos cuando todo esto termine.

Jake la miró durante un largo momento, y Claire vio en sus ojos una mezcla de dolor y de ternura que le partió el corazón. Finalmente, asintió con la cabeza.

—Siempre seré tu amigo, Claire. Aunque no entienda lo que has hecho. Aunque me duela. Siempre estaré aquí.

Jake vino a la cabaña del bosque una semana después de la conversación en el taller.

Claire lo recibió con sorpresa y con culpa, porque sabía que para Jake, entrar en el territorio de Grant era un acto de valentía que rayaba en la temeridad.

Pero allí estaba, con un ramo de flores silvestres y una expresión que mezclaba la determinación y el miedo.

—Claire. Necesitaba verte. Fuera del taller, fuera del pueblo. Aquí, donde puedes ser tú misma.

—Jake, ¿estás bien? Es peligroso que vengas al bosque.

—Lo sé. Pero necesitaba verte. Necesitaba entender.

Grant los dejó solos en el porche, retirándose a la cabaña con una discreción que Claire agradeció.

Jake se sentó en la mecedora y miró el bosque que se extendía ante ellos, con los cedros y los abedules y los pinos que se perdían en la penumbra del atardecer.

Era el bosque donde había cazado con su padre, donde había visto transformarse a los Thorne por primera vez, donde había aprendido que el mundo era más grande y más aterrador de lo que la gente creía.

—Claire, ¿eres feliz?

La pregunta la pilló desprevenida. Jake no le preguntaba si estaba a salvo, si estaba bien, si se arrepentía. Le preguntaba si era feliz. Y Claire, que llevaba semanas sin pensar en esa palabra, tardó un momento en responder.

—Sí, Jake. Soy feliz. A pesar de todo, a pesar de las mentiras y las muertes y los secretos, soy feliz. Grant me ama. Nathan es mi hermano. La manada me ha aceptado. Y el bebé que llevo dentro es el futuro. Es más de lo que jamás imaginé que tendría.

—¿Y yo? ¿Qué hay de mí, Claire?

—Jake, tú eres mi amigo. Uno de los mejores que he tenido. Y nada de lo que ha pasado cambia eso.

—Pero no me amas. No como yo te amo.

Claire lo miró. Jake tenía los ojos húmedos y la mandíbula tensa, y Claire vio en su rostro el dolor de un hombre que pierde a la mujer que ama sin haberla tenido nunca.

Porque la verdad era esa: Jake la amaba.

La había amado desde que eran niños, y la seguiría amando aunque ella perteneciera a otro mundo.

Y Claire, que no podía corresponderle, sintió una culpa que le partía el pecho.

—Jake, lo siento. Lo siento de verdad. No quiero hacerte daño.

Pero mi lugar está con Grant. Es algo que no puedo explicar, algo que siento en el hueso, en la sangre, en el alma.

Es como si mi cuerpo hubiera sido hecho para el suyo, como si nuestras almas se conocieran desde antes de nacer.

No es algo que haya elegido, Jake. Es algo que me ha pasado. Y lo siento. Lo siento muchísimo.

Jake asintió con la cabeza, se levantó de la mecedora, y dejó las flores en el escalón del porche.

—Sé feliz, Claire. Es lo único que pido. Que seas feliz. Y si algún día deja de hacerte feliz, si algún día necesitas huir, yo estaré aquí. Siempre estaré aquí.

Después de la conversación con Jake, Claire se sentó en la cama de la cabaña del bosque y lloró.

No por Jake, no exactamente. Por todo. Por la vida que había dejado atrás, por la vida que había elegido, por la imposibilidad de tener ambas.

Jake la amaba. La amaba de una forma humana, sencilla, comprensible.

Y ella no podía corresponderle, porque su corazón pertenecía a otra forma de amor, una que no tenía nombre en el lenguaje humano pero que la consumía por dentro como un fuego que no se podía apagar.

Grant la encontró así, con los ojos hinchados y la cara manchada de lágrimas.

Se sentó a su lado sin decir nada, le cogió la mano, y la dejó llorar.

A través del vínculo, Claire sentía lo que él sentía: preocupación, amor, una tristeza que no era suya sino el reflejo de la de ella.

Grant no le preguntó qué pasaba. No necesitaba preguntar.

Lo sabía a través del vínculo, como Claire sabía lo que él sentía.

—Grant, ¿crees que soy egoísta? ¿Por elegirte a ti en lugar de una vida normal?

—No, Claire. Creo que eres valiente. Elegir lo que el corazón pide, aunque vaya contra la razón, aunque dolor a otros, aunque duela a ti misma, es lo más difícil que una persona puede hacer. Y tú lo has hecho. No es egoísmo, Claire. Es honestidad. Es vivir de verdad.

—Pero Jake…

—Jake es un buen hombre, Claire. Y merece a alguien que pueda amarle de la forma que él necesita. Tú no puedes. No porque no quieras, sino porque tu corazón ya está ocupado. Y eso no es culpa tuya. Es el destino. Y el destino, Claire, no pide permiso.

Claire le apoyó la cabeza en el hombro y se dejó abrazar.

Y mientras Grant la sostenía, sintió las lágrimas secarse y la tristeza retirarse, reemplazada por una calma que solo él podía darle.

Era el vínculo, sí. Pero también era algo más.

Era la certeza de que, a pesar de todo, había elegido bien.

Y de que, con Grant a su lado, podía enfrentar cualquier cosa.

Incluso la culpa de haber roto el corazón de un buen hombre.

Claire lo abrazó, y Jake le devolvió el abrazo con una fuerza que le exprimió las lágrimas.

No era el final que ninguno de los dos había imaginado cuando se besaron a los quince años detrás del gimnasio.

Pero era el final que tenían. Y Claire, con el hijo de Grant creciendo en su vientre y la presencia del alfa latiendo en el vínculo, supo que no cambiaría nada.