CAPÍTULO 33
La Reacción de la Manada
Grant anunció el embarazo de Claire ante la manada tres días después, en una reunión convocada en el claro del lago Mirror.
Claire estaba a su lado, de pie, con la mano en la suya y el corazón latiéndole en las sienes.
La manada, unos treinta lobos en forma humana, los rodeaba en un círculo que parecía una corte antigua.
Derek estaba a la derecha de Grant, como beta.
Victoria, a la izquierda, como matriarca.
Y Nathan, un paso por detrás de Claire, como su hermano y su médico.
—Manada de Raven Creek —comenzó Grant, con la voz grave que usaba en las ceremonias—. Os convoco para anunciaros que mi compañera, Claire Bennett, espera un hijo. El primer hijo de un alfa y una compañera transferida en la historia de nuestra especie.
El murmullo recorrió el círculo como una ola.
Claire vio rostros que reflejaban toda la gama de emociones: sorpresa, alegría, desconfianza, miedo.
Algunos lobos intercambiaron miradas que ella no supo descifrar.
Derek sonrió, y Claire le devolvió la sonrisa.
Victoria permaneció impasible, pero Claire sintió a través del vínculo de Grant que su suegra estaba satisfecha.
—¿Qué significa esto para la manada? —preguntó un lobo mayor, de pelo cano y ojos dorados apagados. Claire lo reconoció: era Samuel Hale, el padre de Derek, uno de los ancianos.
—Significa que el vínculo se ha consumado y que la línea de los Thorne continuará —respondió Grant—. Mi hijo será el heredero del alfa, y su madre será la primera compañera transferida que críe un hijo dentro de la manada. Es un momento histórico, Samuel. Un momento de esperanza.
—¿Y si el hijo es mestizo? —dijo una voz desde el fondo del círculo—. ¿Si no es completamente licántropo?
Claire reconoció la voz: era uno de los lobos que habían apoyado a Ethan. Un joven de pelo castaño y mirada hostil que se llamaba Marcus. Grant lo miró con una calma que no engañaba a nadie.
—Mi hijo será lo que sea, Marcus. Y será amado y protegido igual. Si tienes un problema con eso, puedes desafiar mi derecho a elegir compañera y descendencia. Aquí estoy.
Marcus bajó la mirada y no dijo nada. Ningún lobo en su sano juicio desafiaría a Grant después de lo que le había hecho a Ethan. El mensaje era claro: el alfa había hablado, y la manada obedecería.
Después de la reunión, Nathan se acercó a Claire con una sonrisa que le iluminaba la cara.
—Felicidades, hermana. Voy a ser tío.
—Felicidades a ti, Nathan. Vas a ser el tío médico que nos volverá locos con sus recomendaciones.
—Alguien tiene que hacerlo. Y hablando de eso, necesito examinarte, Claire. Un embarazo de licántropo es diferente de un embarazo humano. Tendré que hacerte seguimiento cada semana.
—¿Hay riesgos?
—Los hay en cualquier embarazo. Pero en tu caso, el vínculo te protege.
La esencia de Grant fortalece tu cuerpo y el del bebé.
El principal riesgo es emocional: tu loba puede volverse sobreprotectora, agresiva con cualquier amenaza percibida.
Tendrás que aprender a controlarla, especialmente en el tercer trimestre.
Después de la reunión de la manada, Claire recibió visitas en la cabaña del bosque.
Uno a uno, los lobos que la habían aceptado como compañera del alfa venían a presentarle sus respetos y a conocerla mejor.
Claire los recibía con una mezcla de curiosidad y de cautela, porque aunque eran formalmente sus aliados, no dejaban de ser licántropos: criaturas poderosas, impredecibles, con instintos que no siempre coincidían con la razón.
El primero en visitarla fue Samuel Hale, el padre de Derek.
Era un lobo anciano, de pelo cano y ojos dorados apagados por la edad, que caminaba con bastón pero irradiaba una autoridad que Claire reconoció al instante.
Se sentó en el porche con ella, le cogió la mano con una delicadeza que contrastaba con su tamaño, y le dijo: «Claire, mi hijo me ha hablado de ti.
Dice que eres fuerte, valiente, leal. Y que amas a Grant de una forma que no había visto en ninguna compañera.
Si eso es verdad, tienes mi respeto y mi protección.
Si no, tendrás mi enemistad. No hay término medio con los Hale. »
Claire le aseguró que era verdad, y Samuel asintió con la cabeza antes de irse.
Después vino Rachel, la compañera de Derek, una loba joven de pelo castaño y ojos azules que le trajo flores del bosque y le habló de la emoción de tener una nueva compañera en la manada.
Después vinieron los ancianos, los jóvenes, las madres con sus cachorros.
Cada uno con un regalo, una palabra, un gesto de aceptación que Claire guardó en el corazón como un tesoro.
Pero no todas las visitas fueron amables.
Marcus, el lobo que había cuestionado el embarazo en la reunión, se presentó una noche sin avisar.
Claire lo recibió en el porche, con Grant al lado y Derek montando guardia en la sombra.
Marcus no era estúpido. Sabía que estaba en desventaja. Pero tenía algo que decir.
—Claire Bennett, no te acepto. No te acepto como compañera del alfa, no te acepto como madre del heredero, no te acepto como miembro de la manada. Eres una humana que se ha colado en un mundo que no le pertenece. Y si Grant no fuera el alfa, te habría matado hace meses.
—Marcus, ¿por qué viniste entonces? ¿Solo para insultarme?
—Vine para que sepas que no estoy solo. Hay otros que piensan como yo. Y si Grant cae, si por cualquier motivo pierde el liderazgo, seremos nosotros quien tomemos el relevo. Y entonces, Claire Bennett, no habrá vínculo que te salve.
Grant se puso en pie de un salto, con los ojos dorados ardientes, y Claire tuvo que ponerle una mano en el brazo para calmarlo.
—Marcus, gracias por tu sinceridad. Y ahora vete. Y si vuelves a amenazarme, lo diré a Grant, y él hará lo que tenga que hacer.
Marcus se fue con una sonrisa que no tenía nada de amable. Y Claire, cuando el lobo desapareció en la oscuridad, se permitió temblar. Porque la amenaza de Marcus era real. No todos en la manada la aceptaban. Y si Grant caía, ella y su hijo serían los primeros en caer.
El embarazo cambió la dinámica de la manada de formas que Claire no había anticipado.
Los lobos que antes la miraban con desconfianza empezaron a verla de otra manera: no como una humana que se había colado en su mundo, sino como la madre del futuro, la portadora del heredero, la mujer que daría continuidad a la línea de los Thorne.
Los regalos empezaron a llegar: mantas tejidas a mano, talismanes antiguos, hierbas medicinales que los ancianos habían usado durante generaciones.
Y las muestras de respeto: uno a uno, los lobos que antes la evitaban se acercaban a presentarle sus respetos, a tocarle la barriga con reverencia, a desearle bien al hijo que crecía en su interior.
Claire lo encontraba a la vez conmovedor y abrumador.
No estaba acostumbrada a ser el centro de atención de treinta personas, y menos de treinta licántropos que la trataban como una reina.
Pero Grant le explicó que era la tradición: la compañera embarazada del alfa era sagrada para la manada, y debía ser protegida y honrada como tal.
—Claire, lo que ves es el instinto de la manada. Los lobos protegen a sus crías, y la madre del heredero es la prioridad de todos. No es personal, es biológico. Pero también es real. Te protegerán con su vida, Claire. Cada lobo de esta manada daría su vida por tu hijo. Y por ti.
—¿Y los que no me aceptan? ¿Como Marcus?
—Los disidentes son minoría, Claire. Y después de la muerte de Ethan, están demasiado asustados para actuar.
Tu embarazo los ha puesto en una posición difícil: si atacan, no solo te atacan a ti, sino al heredero.
Y atacar al heredero es el crimen más grave en nuestra cultura. Ni los puristas se atreven a tanto.
Claire asintió, sintiéndose un poco más segura. No estaba sola. Tenía a Grant, a Nathan, a Derek, a Victoria, y ahora a la mayoría de la manada. Y con ese ejército de lobos detrás de ella, podía enfrentar lo que viniera. Incluso a Sophia. Incluso a Vincent. Incluso al destino.
El embarazo también acercó a Claire y a Victoria de una forma que ninguna de las dos había anticipado.
La matriarca, que hasta entonces había mantenido una distancia fría y profesional, empezó a visitar a Claire en la cabaña del bosque, trayéndole infusiones de hierbas que, según ella, ayudaban al desarrollo del bebé.
Y en aquellas visitas, Victoria se abría de formas que sorprendían a Claire.
—Claire, cuando yo estuve embarazada de Grant, hace doscientos años, fue la época más feliz y más aterradora de mi vida.
Feliz porque sentía a mi hijo crecer dentro de mí, porque sabía que estaba creando vida.
Y aterradora porque sabía que el mundo en que iba a nacer era peligroso, y que mi hijo tendría que enfrentarlo.
—¿Grant fue un niño difícil?
—Grant fue un niño maravilloso. Curioso, valiente, protector con su hermano menor.
Pero también fue un niño marcado por la época.
Nació en una guerra, Claire. Una guerra entre manadas que duró décadas.
Y creció viendo muerte, destrucción, traición.
Forjó su carácter en el fuego, como se dice.
Y salió fuerte, sí. Pero también endurecido.
A veces me pregunto si habría sido diferente si hubiera nacido en tiempos de paz.
—¿Crees que habría sido más feliz?
—Creo que habría sido más ligero, Claire.
Grant lleva el peso de doscientos años de supervivencia en los hombros.
Y eso lo ha hecho fuerte, pero también lo ha hecho solitario.
Tú eres la primera persona en mucho tiempo que lo ve no como alfa, sino como hombre.
Y eso, Claire, es lo que él necesita. Lo que siempre ha necesitado.
Claire procesó las palabras de Victoria con el corazón caliente.
La matriarca no era cariñosa, no era cálida, pero en sus palabras había una verdad que Claire reconocía.
Grant necesitaba ser visto como hombre, no como alfa.
Y Claire, que lo amaba como hombre y como lobo, podía darle eso.
Y se lo daría. Cada día. Hasta el final.
Claire asintió, procesando la información.
Un hijo. Un hijo que crecía dentro de ella, que era parte de Grant y parte de ella, que sería el primer puente entre especies.
La responsabilidad le caía encima como una losa, pero también le daba un propósito que no sabía que necesitaba.
Ya no era solo Claire Bennett, la estudiante que había vuelto a su pueblo para cuidar a su tía.
Era la compañera del alfa, la luna de la manada, la madre del futuro.