CAPÍTULO 32
La Sorpresa
Claire se quedó inmóvil, con la mano de Grant en el vientre y la mirada perdida en algún punto del claro.
Embarazada. La palabra le dio vueltas en la cabeza como una peonza que no se detenía.
¿Cómo era posible? Ella tomaba anticonceptivos desde los dieciséis.
Nunca se había olvidado una pastilla y la tomaba siempre a la misma hora.
Grant le había dicho que los anticonceptivos podían dejar de funcionar después de iniciar el vínculo, pero no se esperaba que pasara tan pronto.
—Grant, ¿estás seguro?
—Lo siento a través del vínculo, Claire. Un latido nuevo. Débil, pero ahí. Es nuestro hijo.
Claire se sentó en la hierba, con las piernas flojas y la respiración agitada. Un hijo. Un hijo de Grant. Un hijo que sería mitad licántropo, mitad humana transformada. Un hijo que, según las leyes de la manada, sería el heredero del alfa.
—¿Cómo? Yo me cuido, Grant. Tomo pastillas. Es imposible.
—Te lo dije, Claire. El vínculo altera la biología. Los anticonceptivos humanos dejan de ser efectivos. Tu cuerpo ha cambiado, y con él, tu fertilidad. Este hijo… es un regalo del vínculo.
—¿Un regalo? Grant, no estoy preparada para ser madre. Tengo veintitrés años. Acabo de transformarme en loba. Apenas estoy empezando a entender lo que soy.
Grant se arrodilló frente a ella y le cogió las manos. Sus ojos dorados estaban húmedos, y Claire sintió a través del vínculo una emoción que la desbordó: una alegría profunda, primordial, mezclada con un miedo que era el reflejo del suyo.
—Claire, yo tampoco estoy preparado. Llevo doscientos años sin tener un hijo que criar, después de Nathan. Y cuando descubrí que existía Nathan, era demasiado tarde para ser su padre. Pero este hijo… este hijo es nuestro. Es fruto del vínculo, de lo que somos juntos. Y lo protegeré con mi vida.
Claire lo miró, buscando en sus ojos la respuesta a la pregunta que no se atrevía a hacer.
¿Quería este hijo? ¿Lo quería ella? La idea le revolvía el estómago de una forma que no podía identificar: ¿miedo?
¿alegría? ¿ambas cosas a la vez? Era demasiado pronto, demasiado rápido, demasiado todo.
Pero también era real. Tan real como el latido que ahora sentía en el vínculo, diminuto y firme, como el de un pájaro recién nacido.
—Grant, ¿qué clase de hijo será? ¿Será licántropo?
—Será especial, Claire. Como tú. Como el puente que Victoria anunciaba. Un hijo de dos mundos, con la fuerza de la manada y la humanidad de tu lado. Será el primero de su especie.
—¿Y será un objetivo? ¿Como Nathan lo fue? ¿Como yo lo soy?
Grant no respondió de inmediato. Claire sintió a través del vínculo que la pregunta le dolía, que le tocaba una herida que no había cicatrizado del todo.
—Habrá peligros, Claire. No te mentiré. Pero esta vez, no estoy solo. Tengo a la manada, a Derek, a Nathan, a mi madre. Y te tengo a ti. Juntos, protegeremos a nuestro hijo. Juntos, lo criaremos. Y será un hijo amado, Claire. No un hijo oculto, no un hijo entregado. Un hijo querido.
Claire pasó el resto del día en un estado de conmoción que oscilaba entre el pánico y la euforia.
Estaba embarazada. Del hijo de Grant. Del hijo que, según las leyes de la manada, sería el heredero del alfa.
Del hijo que, según las profecías de Victoria, sería el primer puente entre especies nacido, no creado por transformación.
Llamó a Nathan, que llegó a la cabaña en menos de quince minutos. Su hermano la examinó con una seriedad que le puso nerviosa, le tomó muestras de sangre y de orina, y al final, asintió con la cabeza.
—Grant tiene razón, Claire. Estás embarazada. Unas seis semanas, por lo que puedo ver. El embarazo de un licántropo es diferente de un embarazo humano, así que tendremos que hacer seguimiento cada semana.
—¿Hay riesgos?
—Los hay en cualquier embarazo, Claire. Pero en tu caso, el vínculo te protege.
La esencia de Grant fortalece tu cuerpo y el del bebé.
Tu loba será sobreprotectora, especialmente en el tercer trimestre.
Tendremos que vigilar eso. Pero en términos generales, eres más fuerte ahora de lo que eras como humana. Tu hijo estará bien.
—¿Y si el bebé es… diferente? ¿Si no es completamente licántropo?
—Claire, tú eres una compañera transferida. Tu transformación no fue como la de un licántropo de nacimiento. Tu hijo podría ser licántropo puro, mestizo, o algo completamente nuevo. No lo sabremos hasta que nazca. Pero sea lo que sea, será amado. Y será parte de esta familia.
Claire lloró de nuevo. Nathan la abrazó, con la torpeza de un hermano que no está acostumbrado a los abrazos pero que los da cuando hace falta. Y Claire, con la cabeza en su hombro y las lágrimas empapándole la camisa, sintió una gratitud que no podía expresar con palabras.
—Nathan, ¿crees que seré una buena madre?
—Serás una madre extraordinaria, Claire. Tienes el amor de Margaret, la fuerza de Robert, la protección de Grant y el apoyo de toda la manada. Tu hijo nacerá rodeado de gente que lo quiere. ¿Qué más se puede pedir?
—No sé. Pensaba que nunca tendría hijos. No así, no tan pronto, no en estas circunstancias. Pero ahora que está aquí, ahora que lo siento crecer dentro de mí, no puedo imaginar no teniéndolo. Es como si siempre hubiera estado esperándolo.
—Los hijos de los vínculos son así, Claire. Llegan cuando tienen que llegar, no cuando los planeamos. Y cambian todo de formas que no podemos predecir. Pero siempre para mejor, al final. Siempre para mejor.
Claire pasó la noche siguiente al descubrimiento del embarazo sin dormir.
Estaba tumbada en la cama de la cabaña, con la mano en el vientre y la mente dando vueltas, mientras Grant dormía a su lado con la respiración profunda de los licántropos.
Claire sentía su presencia en el vínculo, cálida y constante, y se preguntaba si él podía sentir lo que ella sentía: el miedo, la alegría, la confusión, la esperanza, todo mezclado en un cóctel que no le permitía descansar.
A las tres de la madrugada, Claire se levantó con cuidado de no despertar a Grant y salió al porche.
La noche era fría y estrellada, y el bosque cantaba con los sonidos nocturnos que ella había aprendido a amar: los grillos, los búhos, el viento, y de fondo, los aullidos lejanos de la manada que patrullaba el territorio.
Claire se envolvió en una manta y se sentó en la mecedora, mirando la luna menguante que se elevaba sobre las copas de los pinos.
Pensó en su madre. Margaret había estado embarazada de Nathan cuando tenía la edad de Claire.
Y había tomado la decisión de darlo en adopción, de renunciar a su hijo para protegerlo.
¿Habría sentido lo mismo que Claire sentía ahora?
¿Miedo, alegría, confusión, esperanza? ¿Habría pasado noches en vela, mirando la luna, preguntándose si estaba tomando la decisión correcta?
Claire no podía preguntárselo. Margaret estaba muerta. Pero podía preguntarle a Martha, que la había conocido mejor que nadie. Y podía preguntarle a Nathan, que era el resultado de aquella decisión. Y podía preguntarse a sí misma: ¿qué quería ella para su hijo?
La respuesta llegó con una claridad que la sorprendió.
Quería criarlo. Quería amarlo. Quería darle todo lo que su madre no había podido darle a Nathan: una familia, un hogar, un lugar en el mundo.
No iba a repetir los errores del pasado.
No iba a entregar a su hijo por miedo. Iba a enfrentarlo, a luchar por él, a construir un mundo en el que pudiera crecer sin secretos, sin mentiras, sin miedo.
—Claire, ¿estás bien? —la voz de Grant llegó desde la puerta del porche. Se había despertado y la había buscado.
—Estoy bien, Grant. Solo estaba pensando.
—¿En el bebé?
—En todo. En mi madre, en Nathan, en nosotros. En lo que viene.
Grant se sentó a su lado y le cogió la mano. Claire sintió a través del vínculo lo que él sentía: el mismo miedo, la misma esperanza, el mismo amor. Estaban en esto juntos. Y juntos, podían enfrentar lo que viniera.
Claire le cogió la cara con las manos y lo besó.
Un beso suave, lleno de promesas y de miedos compartidos.
Y supo que, viniera lo que viniera, no estaría sola.
Que Grant estaría a su lado. Que Nathan sería su tío.
Que Victoria, a su manera fría, sería su abuela.
Y que este hijo, este hijo inesperado que crecía en su vientre, sería el principio de algo nuevo.