CAPÍTULO 32
La Noche sin Huellas
La lluvia empezó poco después de medianoche. No era la lluvia fina y persistente de Oregón, sino un aguacero duro que golpeaba el tejado de la cabaña como un puñado de grava. Claire se despertó antes de oír el primer trueno. Lo que la arrancó del sueño fue el silencio de Grant.
Él estaba sentado al borde de la cama, inmóvil, con la cabeza ligeramente inclinada. A la luz azulada que entraba por la ventana, su perfil parecía tallado en piedra. Claire tardó unos segundos en comprender que estaba escuchando algo que ella todavía no podía oír.
—¿Qué pasa?
Grant levantó un dedo. No para hacerla callar, sino para pedirle que esperara. Entonces Claire lo sintió también: una vibración en el vínculo, baja y tensa, parecida al zumbido de un cable eléctrico. No venía de él. Venía de fuera.
Se incorporó y buscó a tientas la bata. Grant ya estaba de pie. No parecía un hombre recién despertado. Parecía un depredador al que alguien acababa de invadirle el territorio.
—Quédate aquí.
—Sabes que no voy a hacerlo.
La mirada dorada que le dirigió habría detenido a cualquiera. A Claire no. Se ató la bata y lo siguió hasta la planta baja. La cabaña estaba a oscuras. Grant no encendió ninguna luz. Abrió la puerta trasera apenas unos centímetros y aspiró el aire.
El gesto le cambió la cara.
—Hay sangre.
Claire sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Humana?
—No. Lobo. Y otra cosa. Hierro, humo... acónito.
El nombre de la planta bastó para que el miedo tomara forma. Claire había aprendido que el acónito no era una superstición de cuentos: debilitaba a los licántropos, entorpecía sus sentidos y, en dosis suficientes, podía matarlos.
Grant abrió la puerta y salió bajo la lluvia.
Claire fue detrás antes de que pudiera impedírselo.
El barro estaba frío bajo sus pies descalzos.
A pocos metros del porche, junto al límite de los árboles, encontraron un ciervo joven con el costado abierto.
No había sido devorado. Alguien lo había colocado allí.
Sobre el pelaje mojado, dibujado con una pasta oscura, había un círculo atravesado por tres líneas.
—Eso no lo hizo un animal —dijo Claire.
—No.
Grant se agachó sin tocar el cuerpo. Su mandíbula se tensó. Claire conocía ya suficiente de él para saber que aquella quietud era peor que un estallido de furia.
—Es una marca de desafío. Antigua. Significa que el territorio del alfa puede ser tomado.
—Pensé que los disidentes se habían dispersado.
—La mayoría. Alguien quiere que crea que no.
Un relámpago iluminó el bosque. Durante una fracción de segundo, Claire vio una silueta entre los pinos. Alta. Humana. Demasiado quieta.
—Grant.
Él ya la había visto. El cambio ocurrió en su postura antes que en su cuerpo: hombros bajos, peso hacia delante, respiración contenida. Corrió. Claire oyó ramas quebrarse y después nada. La lluvia borraba las distancias.
No obedeció la orden que sabía que llegaría si él pudiera hablarle. Entró en el bosque.
La oscuridad entre los árboles era espesa y húmeda. Claire avanzó guiándose por el vínculo, que tiraba de ella como un hilo caliente. A unos cien metros de la cabaña encontró a Grant de rodillas junto a un tronco. No había intruso. Solo un trozo de tela negra clavado a la corteza con un cuchillo.
Grant arrancó el arma. En la tela había una frase escrita con pintura plateada: LA SANGRE AbrE LO QUE EL AMOR CIERRA.
—¿Sabes qué significa? —preguntó Claire.
—Todavía no.
Mentía. El vínculo le entregó la certeza antes de que él pudiera esconderla. Claire le puso una mano en el pecho.
—No me protejas con medias verdades. Ya no.
Grant cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la lluvia corría por sus pestañas y le marcaba el rostro.
—Es una frase del juramento de los puristas. La usaban antes de atacar vínculos mixtos. Creen que la sangre humana debilita a la manada. Y creen que un hijo nacido de un vínculo puede cambiar el equilibrio para siempre.
Claire sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Pensó en la conversación de días atrás, en la advertencia sobre la fertilidad, en la caja de anticonceptivos guardada en el cajón de la mesita.
La tomaba con una disciplina casi obsesiva.
Aun así, desde que el vínculo se había completado, una duda nueva vivía en su cuerpo.
—No estoy embarazada.
Grant la miró demasiado rápido.
—No he dicho que lo estés.
—Pero lo has pensado.
La tensión entre ellos cambió. Seguía habiendo peligro en el bosque, pero ahora había también otra cosa: una intimidad feroz, incómoda, imposible de fingir. Grant le apartó del rostro un mechón empapado.
—Pienso en demasiadas cosas cuando se trata de ti.
Claire debería haberse apartado. En lugar de eso, agarró la parte delantera de su camisa y lo acercó.
El beso fue breve al principio, casi una pregunta.
El segundo no lo fue. Grant la sujetó por la cintura con una mano y con la otra le sostuvo la nuca.
El mundo se redujo al sabor de la lluvia, al calor de su boca y a la descarga que el vínculo hizo correr entre los dos.
No era el deseo limpio y despreocupado de una noche sin consecuencias. Era deseo mezclado con miedo, con rabia, con la conciencia de que alguien los observaba y quería convertir lo que sentían en una debilidad. Precisamente por eso Claire se negó a retroceder.
—No voy a vivir asustada de tocarte —susurró contra sus labios.
Grant apoyó la frente en la suya.
—Y yo no voy a fingir que puedo perderte.
La llevó de vuelta a la cabaña sin soltarle la mano.
Dentro, el silencio parecía distinto, más íntimo después de la amenaza.
Claire dejó la bata mojada junto al fuego.
Grant se quedó mirándola con esa intensidad que todavía conseguía hacerle olvidar durante un segundo todas las razones por las que debería desconfiar de él.
—Treinta y seis —dijo ella de pronto.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Treinta y seis años. Esa es la edad que aparentas, la edad que tu cuerpo decidió conservar. Y a veces me miras como si hubieras vivido demasiadas vidas para contarlas. Me cuesta encajar las dos cosas.
Grant sonrió sin humor.
—A mí también.
Claire se acercó. Le desabrochó despacio el primer botón de la camisa, no para provocar una carrera hacia la cama, sino porque necesitaba verlo humano. Vulnerable. Debajo de la tela encontró la cicatriz pálida que le cruzaba el pecho. Pasó los dedos por ella y Grant contuvo el aliento.
—Esta noche no quiero leyendas —dijo—. Quiero al hombre.
Grant le tomó la mano y besó el centro de su palma.
—El hombre te desea más de lo que debería.
—Eso ya lo sabía.
La sonrisa de Claire apenas duró. Algo golpeó la ventana de la cocina. Los dos se giraron. Grant llegó primero. Abrió de golpe y atrapó un objeto que se había quedado enganchado en el marco: una pequeña bolsa de cuero atada con hilo rojo.
Dentro había tres cosas. Una pluma de cuervo. Un diente de lobo. Y una pastilla anticonceptiva blanca, idéntica a las que Claire guardaba en el dormitorio.
El miedo volvió con una precisión quirúrgica.
—Han entrado en la casa.
Grant no respondió. Subió las escaleras. Claire lo siguió. El cajón de la mesita estaba cerrado, pero la caja había cambiado de posición. Claire la abrió. Contó las pastillas. Faltaba una.
—Alguien estuvo aquí mientras dormíamos —dijo.
Grant olió el cajón, las sábanas, el marco de la ventana. Su rostro se endureció.
—No mientras dormíamos. Antes. El olor está cubierto con acónito y humo. Querían que no pudiera rastrearlo.
Claire se sentó en el borde de la cama. De pronto, la posibilidad del embarazo dejó de ser una conversación teórica entre amantes. Alguien conocía sus hábitos. Alguien sabía lo que tomaba. Alguien estaba pensando en un hijo que ni siquiera existía todavía.
Grant se arrodilló frente a ella.
—Mírame.
Claire lo hizo.
—No van a decidir por nosotros —dijo él—. Ni la manada, ni los puristas, ni el vínculo. Si alguna vez tenemos un hijo, será porque afrontaremos esa realidad juntos. Y si no lo tenemos, nadie convertirá tu cuerpo en un campo de batalla.
Aquellas palabras le hicieron más efecto que cualquier promesa posesiva. Claire apoyó las manos en sus hombros.
—Sigo tomando la píldora.
—Lo sé.
—Y no quiero que dentro de unas semanas me digas que el destino decidió por mí.
—No lo haré. Si ocurre algo que la medicina humana no pueda explicar, buscaremos respuestas. Pero la decisión sobre lo que venga después seguirá siendo tuya.
Claire lo besó otra vez. Esta vez no hubo urgencia.
Hubo una lentitud que resultó más peligrosa que cualquier prisa.
Grant la abrazó como si conociera la diferencia entre poseer y sostener, y Claire permitió que el miedo se disolviera durante unos minutos en el calor de su cuerpo.
La noche siguió rugiendo al otro lado de las ventanas, pero dentro de la habitación el deseo se volvió una forma de resistencia: no borrar el peligro, sino recordar que seguían vivos.
Más tarde, cuando Grant creyó que dormía, Claire abrió los ojos. Él estaba sentado junto a la ventana, vigilando el bosque. La bolsa de cuero descansaba sobre la mesa, dentro de un frasco de cristal.
—Ven a la cama —murmuró ella.
—En un minuto.
—Eso dicen los hombres que piensan pasarse la noche haciendo guardia.
Grant volvió la cabeza y la sonrisa que apareció en su rostro fue pequeña, cansada y real. Se acostó a su lado. Claire se acomodó contra su pecho y escuchó el latido firme bajo la oreja.
Durante un rato creyó que podrían dormir. Entonces sintió algo nuevo. No un sonido. No un olor. Una pulsación minúscula en el vínculo, tan tenue que habría podido confundirla con su propia imaginación.
Abrió los ojos.
—Grant.
Él se tensó.
—¿Qué ocurre?
Claire puso una mano sobre su vientre, más por instinto que por certeza. La pulsación desapareció.
—Nada —dijo al fin—. Creo que nada.
Grant no pareció convencido. Ella tampoco.
Afuera, en algún punto del bosque, un lobo aulló una sola vez. No era una llamada a la manada. Era una advertencia.