Luna de sangre CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

La Nueva Normalidad

Las semanas siguientes al combate fueron un periodo de reconstrucción y adaptación.

Claire se instaló definitivamente en la cabaña del bosque con Grant, dividiendo su tiempo entre el entrenamiento como licántropa y las visitas a Martha, que había sido dada de alta del hospital y se recuperaba lentamente en su casa de Creekside Lane.

La tía de Claire había aceptado la situación con una resignación que escondía un miedo que no se atrevía a nombrar, y cada vez que Claire la visitaba, le repetía la misma advertencia: cuídate, niña, cuídate de él.

Claire se cuidaba. Pero no de Grant. Se cuidaba de sí misma, de la bestia que vivía en su interior y que a veces amenazaba con devorar a la humana que había sido.

La loba era poderosa, hambrienta, y cada luna llena la tentaba con la libertad del bosque, con la caza, con la carrera salvaje que la hacía sentir más viva que nunca.

Pero también era peligrosa. Una noche, durante una carrera, Claire había atacado a un ciervo con una ferocidad que la había asustado, y al volver a la forma humana se había encontrado las manos manchadas de sangre y la boca llena de sabor a carne cruda.

Grant la había sostenido mientras lloraba, susurrándole que era normal, que todos los licántropos pasaban por eso, que aprendería a controlar.

Aprendía. Cada día, un poco más. Nathan le enseñaba técnicas de meditación para separar la mente humana de la mente de loba.

Derek le daba clases de combate, porque una compañera del alfa debía saber defenderse.

Y Grant la amaba con una paciencia que desmentía la bestia que llevaba dentro, enseñándole a moverse entre los dos mundos sin perderse en ninguno.

La manada, poco a poco, la fue aceptando.

No todos: algunos puristas la miraban con desconfianza, y Claire sabía que la muerte de Ethan había dejado heridos abiertos que tardarían en cicatrizar.

Pero la mayoría reconocía que el vínculo entre Grant y ella era real, que ella era la compañera legítima del alfa, y que su transformación en licántropa la convertía en una de ellos.

Derek fue el primero en jurarle lealtad, arrodillándose ante ella en una ceremonia que Claire no entendió del todo pero que la conmovió.

Nathan la trató desde el principio como a una hermana.

Y Victoria, aunque nunca llegaría a quererla, le otorgó su respeto, que en el mundo de la manada valía más que el afecto.

Una tarde, Claire estaba en el claro del bosque practicando la transformación parcial de las garras cuando Grant se acercó a ella con una expresión que no le había visto antes. Era una mezcla de ternura y de preocupación, como si tuviera algo que decirle y no supiera cómo.

—Claire, ¿cómo te sientes?

—Bien. ¿Por qué?

—Es que… he notado algo a través del vínculo. Algo diferente. Un cambio en tu cuerpo.

Claire frunció el ceño. ¿Un cambio? No se sentía diferente. Bueno, sí se sentía diferente desde la transformación, pero no un cambio nuevo.

—¿Qué tipo de cambio?

Grant le puso una mano en el vientre, con una delicadeza que la desconcertó. Y a través del vínculo, Claire sintió lo que él sentía: una presencia. Pequeña, tenue, como el latido de un corazón diminuto. Un latido que no era el suyo.

La adaptación a la vida como licántropa fue un proceso que Claire comparaba con aprender a vivir en un país extranjero.

El idioma era el mismo, pero los matices eran diferentes.

Los olores que antes pasaban desapercibidos ahora la asaltaban a cada momento: el olor del pan recién hecho en la panadería, el del aceite del taller de Jake, el del miedo de los humanos que cruzaban la calle al verla pasar.

Sí, Claire podía oler el miedo. Y la primera vez que lo hizo, le dio tanta pena que tuvo que detenerse en la acera y respirar hondo para no llorar.

Grant le explicó que los humanos siempre habían temido a los licántropos, incluso los que no sabían lo que eran.

Era un instinto atávico, un recuerdo genético de los tiempos en que los lobos y los hombres compartían territorio y se cazaban mutuamente.

Claire tenía que aprender a vivir con ese miedo, a no tomarlo como algo personal, a ser paciente mientras los humanos de Raven Creek se acostumbraban a la nueva Claire.

—¿Cuánto tardarán? —preguntó ella una mañana, mientras desayunaban en la cabaña del bosque.

—Algunos, nunca. Otros, semanas. Los más abiertos, días. Depende de la persona, Claire. Jake te aceptó enseguida, ¿no?

—Jake es especial. Siempre lo fue.

—Y el sheriff Hudson. Y tu tía Martha. Los humanos que te conocían antes de la transformación tienen más fácil aceptar lo que eres ahora. Los que no te conocían solo ven a una loba con ojos dorados y se asustan.

Claire asintió, sabiendo que Grant tenía razón.

Pero eso no hacía que el proceso fuera más fácil.

Había días en que se sentía como un monstruo, como algo que no pertenecía a ningún mundo.

Demasiado lobo para los humanos, demasiado humana para los lobos puristas.

Un puente, sí, pero los puentes son lugares por los que se pasa, no lugares donde se vive.

Fue Nathan quien le dio la perspectiva que necesitaba. Un día, mientras le hacía un chequeo rutinario en su consulta del pueblo, le dijo algo que se le quedó grabado.

—Claire, el problema de ser puente es que ves los dos lados.

Y los dos lados tienen cosas buenas y cosas malas.

Los lobos tenemos fuerza, comunidad, un vínculo que nos sostiene.

Pero también tenemos violencia, jerarquía, secretos.

Los humanos tienen libertad, diversidad, individualidad.

Pero también tienen soledad, fragilidad, miedo.

Tú tienes lo mejor de los dos, Claire. Y lo peor.

El truco es elegir qué partes mantener y cuáles dejar ir.

—¿Y cómo hago eso?

—Un día a la vez. Y con mucha paciencia. Es lo único que funciona, créeme. Yo llevo cinco años siendo puente, y todavía estoy aprendiendo.

Claire le sonrió a su hermano. Nathan tenía la calma de quien ha vivido lo suficiente para no apresurarse. Y su consejo, aunque simple, era cierto. Un día a la vez. Así era como se construía una vida nueva.

Las noches en la cabaña del bosque eran lo mejor de la nueva vida de Claire.

Después de las patrullas, del entrenamiento, de las visitas y de las reuniones, Claire y Grant se retiraban a su refugio y se amaban con una pasión que el tiempo no había enfriado.

Cada noche era diferente: a veces urgente, a veces tierno, a veces juguetón, a veces salvaje. Pero siempre intenso. Siempre real.

Una noche, Grant la sorprendió con algo nuevo. Claire estaba en la cama, leyendo, cuando él entró en la habitación con una sonrisa que ella no le había visto antes. Era una sonrisa traviesa, casi infantil, que le iluminaba la cara y le arrugaba las comisuras de los ojos.

—Claire, cierra los ojos. Tengo una sorpresa.

—¿Una sorpresa? Grant Thorne, ¿qué estás tramando?

—Confía en mí. Cierra los ojos.

Claire los cerró. Y sintió algo frío y suave en el cuello: una cadena de oro con un colgante que Grant le abrochó con dedos cuidadosos. Claire abrió los ojos y miró hacia abajo: era un colgante de media luna, de plata y oro, con una piedra de ámbar en el centro que brillaba a la luz de las velas.

—Grant, es precioso. ¿De dónde…?

—Lo hice yo. El oro lo fundí de unas monedas antiguas. La plata la compré en la joyería del pueblo. Y el ámbar lo encontré en el lecho del río, hace años. Lo guardaba para ti. Para cuando llegara este momento.

—¿Qué momento?

—El momento en que supiera que eres mía. Para siempre.

Claire lo besó. Un beso largo, profundo, que sabía a gratitud y a amor y a promesa.

Y Grant, con la destreza que la dejaba sin aliento, la desnudó lentamente, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto, hasta que Claire se quedó solo con el colgante, brillando en la penumbra como una estrella capturada.

—Eres hermosa, Claire. Con o sin ropa. Pero especialmente con mi colgante.

—¿Solo el colgante?

—Solo el colgante. Es lo único que necesitas. Lo demás soy yo.

Y la amó. Con la intensidad de siempre, con la paciencia de siempre, con el amor de siempre.

Y Claire, con el colgante brillando en su cuello y el cuerpo de Grant sobre el suyo, supo que era suya.

De la forma más completa, más profunda, más permanente que una persona puede pertenecer a otra.

Era suya. Y él era suyo. Y eso era todo lo que importaba.

—Claire, estás embarazada.