Luna de sangre CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

El Combate

Claire pasó la noche más larga de su vida en la cabaña del bosque, rodeada de protectores que no podían calmar el miedo que le corroía las entrañas.

Nathan revisaba sus signos vitales cada media hora, Victoria meditaba junto al fuego con los ojos cerrados, y Derek patrullaba el perímetro en forma de lobo, aullando de vez en cuando para señalar que todo estaba en orden.

Pero Claire no podía calmarse. Sentía a través del vínculo lo que Grant sentía: la tensión del combate, el dolor de los golpes, la furia de la bestia que luchaba por salir.

—Nathan, ¿cómo va? ¿Lo sientes?

—Lo siento, Claire. Pero no puedo verlo. El vínculo de sangre me da emociones, no imágenes. Solo sé que está luchando. Y que está ganando.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si estuviera perdiendo, sentiría desesperación. Y lo que siento es determinación. Furia. Poder. Mi padre está dando una paliza, Claire.

Claire quiso creerle. Pero el miedo no se iba. Cada vez que el vínculo se teñía de dolor, su corazón se detenía. Cada vez que sentía la furia de Grant, temía que fuera la última. Y cada minuto que pasaba sin noticias era una eternidad.

A las tres de la madrugada, el vínculo se inundó de algo que Claire no había sentido antes: un triunfo feroz, animal, seguido de un agotamiento profundo.

Grant había ganado. Claire se desplomó en el sofá, con las lágrimas cayéndole por las mejillas, y Nathan la abrazó con una ternura de hermano que la hizo llorar más.

—Lo logró, Claire. Lo logró.

Grant volvió al amanecer. Cojeando, con la camisa rasgada y manchada de sangre, con un corte profundo en la mejilla y otro en el costado. Pero vivo. Y sonriendo.

—Ethan está muerto. Lo derroté en combate singular. La manada lo ha aceptado. Ya no hay desafío.

Claire corrió hacia él y lo abrazó con tanta fuerza que Grant tuvo que contener una mueca de dolor. No le importaba. Estaba vivo. Había ganado. Y el peligro había pasado.

—Grant, ¿estás bien? Estás sangrando.

—Son heridas superficiales. Sanarán en un par de horas. Lo importante es que Ethan ya no nos amenaza, Claire. Y que Sophia ha huido. La encontré en el bosque, llorando sobre el cuerpo de su aliado, y la dejé ir. No volverá a Raven Creek.

—¿La dejaste ir? Después de todo lo que hizo.

—Es la última Blackwood, Claire. Matarla habría destruido una línea de sangre que lleva trescientos años en la manada. Mi madre no me lo habría perdonado. Y yo… yo no soy un asesino, Claire. Mato cuando es necesario, pero no cuando puedo evitarlo.

Victoria llegó a la cabaña una hora después de Grant, con una expresión que Claire no supo descifrar. La matriarca se sentó junto a la cama donde Grant descansaba, le examinó las heridas con dedos expertos, y asintió con la cabeza.

—Las heridas sanarán. Lo que tardará más en sanar es el daño que Ethan ha hecho a la manada. Veinte lobos lo apoyaban, Grant. Veinte. Tendrás que decidir qué hacer con ellos.

—No los castigaré, madre. Si los castigo, los convierto en mártires. Los integraré. Les daré una razón para seguirme que no sea el miedo.

—¿Y cuál será esa razón?

—Claire. Y el hijo que lleva en su vientre. El puente entre especies. Si logro que la manada lo vea como una esperanza y no como una amenaza, los disidentes volverán por convicción, no por obligación.

Victoria miró a Claire, que estaba sentada en un rincón de la cabaña con la manta apretada contra el pecho. Y por primera vez, Claire vio en los ojos de la matriarca algo que no era frialdad ni cálculo. Era algo parecido a la admiración.

—Tiene la cabeza de Margaret y el corazón de Robert. Una combinación peligrosa, Grant. Si la apoyas bien, podría ser la mejor cosa que le ha pasado a esta manada en trescientos años.

—La apoyaré con mi vida, madre.

—Lo sé. Por eso la elegiste. Y por eso ella te eligió a ti.

Victoria se fue al amanecer, dejando a Claire y a Grant solos en la cabaña.

Grant estaba demasiado herido para moverse, así que Claire lo cuidó: le limpió las heridas, le cambió los vendajes, le preparó sopa caliente y se la dio a cucharadas.

Era la primera vez que ella lo cuidaba a él, y la inversión de roles le pareció tan natural como irónica.

El alfa poderoso, el hombre lobo que todos temían, reducido a un hombre herido que necesitaba que le dieran de comer.

—Claire, ¿qué estás pensando?

—En lo rápido que cambia todo. Hace un mes, te odiaba. O creía que te odiaba. Y ahora te estoy dando sopa como si fueras un niño enfermo.

—El odio y el amor no están tan lejos el uno del otro, Claire. Los dos son pasiones intensas. Y los dos pueden transformarse.

—¿Crees que mi madre me odió alguna vez? Por amar a Grant, quiero decir. Por traicionar a mi padre.

—Margaret nunca te odió, Claire. Te amó más que a nada en el mundo. Tanto que renunció a Grant para protegerte. Tanto que se quedó con Robert para darte una familia. Tanto que murió pidiéndome que te cuidara. El amor de tu madre por ti fue lo más puro que he conocido.

Claire lloró. Lloró por su madre, por las decisiones que había tomado, por el amor que le había tenido y que ella nunca llegó a conocer del todo. Y Grant la sostuvo contra su pecho, con las heridas aún sangrando, y la dejó llorar hasta que no le quedaron lágrimas.

—Grant. Voy a tener este hijo. Y voy a criarlo con todo el amor que mi madre no pudo darme porque estaba demasiado ocupada amando a alguien más.

Le contaré quién fue Margaret. Y quién fue Robert.

Y quién eres tú. Y cuando sea mayor, le dejaré decidir qué hacer con todo eso. Pero nunca le mentiré. Nunca.

—Es todo lo que puedo pedir, Claire. Que no le mientas. Y que lo ames como yo te amo a ti.

Después de la victoria sobre Ethan, la manada entró en un periodo de reorganización.

Grant, como alfa, tenía que decidir qué hacer con los lobos que habían apoyado a su hermano.

Algunos habían hido con Sophia. Otros se habían rendido y pedían clemencia.

Y otros, los más peligrosos, estaban en paradero desconocido, esperando su oportunidad.

Derek le aconsejó misericordia. Nathan le aconsejó cautela. Victoria le aconsejó pragmatismo. Y Claire, la compañera del alfa, le aconsejó algo que ninguno de los demás había dicho: perdón.

—Grant, si castigas a los que se rindieron, los conviertes en enemigos para siempre. Si los perdonas y los integras, los conviertes en aliados. La misericordia no es debilidad, Grant. Es la forma más fuerte de gobernar.

—¿Y si vuelven a traicionarme?

—Entonces los castigas. Pero al menos habrás dado la oportunidad de que no lo hagan. Y los que se queden, los que te elijan, lo harán por convicción, no por miedo. Y eso vale más que cualquier ejército.

Grant la miró con una expresión que Claire no le había visto antes. Era admiración. Pura, sin mezcla. La admiración de un hombre que ve en la mujer que ama una sabiduría que él no posee.

—Claire, tienes razón. Y lo haré como dices. Perdón para los que se rindan. Integración para los que quieran quedarse. Y solo castigo para los que traicionen de nuevo. Es la forma más humana de gobernar, irónicamente.

—No es humana, Grant. Es lobuna. Los lobos perdonan a los que se someten. Es instinto. Y tú eres el mejor lobo que conozco.

Grant la besó. Un beso que sabía a gratitud, a amor, a futuro. Y Claire, con el vínculo vibrando entre ellos y la manada esperando su decisión, supo que, juntos, iban a construir algo que Raven Creek no había visto en trescientos años: una manada unida, no por miedo, sino por elección.

Claire lo besó. Un beso largo, profundo, que sabía a sangre y a victoria y a amor. Y supo que, a pesar de todo, a pesar de las muertes y las mentiras y los secretos, no se arrepentía de haber elegido a Grant Thorne como compañero.