CAPÍTULO 29
La Tregua
Los tres días siguientes al primer cambio fueron los más intensos de la vida de Claire.
Su cuerpo se estaba adaptando a la nueva dualidad, y los efectos eran imprevisibles: olía cosas que ningún humano podía oler, oía conversaciones a cientos de metros de distancia, sentía emociones ajenas como si fueran propias.
Y, sobre todo, sentía el vínculo con Grant con una intensidad que rozaba la telepatía.
Sus pensamientos se mezclaban con los de él, sus emociones se contagian, sus cuerpos se buscaban con una necesidad que no conocía límites.
Grant la llevó a Thorne Manor para que Victoria supervisara su adaptación.
La matriarca la examinó con una frialdad profesional que, sin embargo, ocultaba un interés genuino.
Le tomó la presión, le miró los ojos, le palpó los ganglios, le hizo preguntas sobre sus sensaciones. Y al final, asintió con la cabeza.
—La transformación es estable. Tu cuerpo ha aceptado el cambio. Ahora viene lo difícil: aprender a vivir como licántropa sin perder tu humanidad.
—¿Cómo hago eso?
—Equilibrio, Claire. La loba es instinto, salvajismo, libertad.
La humana es razón, control, responsabilidad.
Necesitas ambas. Si te dejas llevar por la loba, perderás la capacidad de pensar, de decidir, de amar como humana.
Si reprimes a la loba, te volverás rígida, amargada, incapaz de sentir.
El secreto es dejarlas coexistir. Que la loba corra cuando necesite correr, que la humana piense cuando necesite pensar. Y que ambas amen cuando necesiten amar.
Claire asintió, procesando las palabras de Victoria. Era lo mismo que Grant le había dicho durante el entrenamiento, pero dicho por la matriarca tenía un peso diferente. Victoria llevaba doscientos años viviendo en ese equilibrio. Si alguien sabía cómo hacerlo, era ella.
La segunda noche después de la transformación, Claire estaba en la cabaña del bosque con Grant, tumbada en el sofá junto al fuego, cuando alguien llamó a la puerta. Grant se tensó, pero Claire sintió a través del vínculo que no era una amenaza. Era Derek.
El beta entró en la cabaña con una expresión grave que puso a Claire en alerta.
—Grant, tenemos un problema. Ethan ha convocado a los disidentes. Veinte miembros de la manada se han reunido en el claro del lago Mirror. Dicen que vas a ser desafiado por la debilidad de haber tomado una compañera humana. Y Sophia está con ellos.
Grant se puso en pie de un salto, con los ojos dorados ardientes.
—¿Cuándo?
—Esta noche. Quieren que te presentes en el claro del lago para el combate. Si no vas, lo tomarán como una admisión de debilidad y te exiliarán.
—No puedo dejar a Claire. Está en el periodo de vulnerabilidad.
—Lo sé. Pero si no vas, vendrán a por ella. Es lo que Ethan quiere. Forzarte a dejarla sola para que Sophia la ataque.
Claire se incorporó en el sofá, con el corazón acelerado. El periodo de vulnerabilidad del que Sophia le había hablado. Las tres noches después de la luna llena en las que la nueva loba era débil y desorientada. Esta era la segunda noche. Quedaba una más.
—Grant, ve. Yo estaré bien.
—No te dejaré sola, Claire.
—Derek puede quedarse conmigo. Y Nathan. Y tu madre. No estaré sola. Pero si no vas, Ethan ganará sin luchar.
Grant la miró durante un largo momento, y Claire sintió a través del vínculo la guerra que se libraba en su interior: el amor que le ordenaba quedarse, el deber que le ordenaba ir. Finalmente, asintió con la cabeza.
—Derek, llama a Nathan y a mi madre. Quiero a Claire protegida por los tres mientras yo esté fuera. Y si alguien se acerca a esta cabaña, lo matáis sin dudar.
—Lo haré, alfa.
Mientras Grant enfrentaba a Ethan en el claro del lago Mirror, Claire vivía su propia batalla en la cabaña del bosque.
No contra un enemigo externo, sino contra sí misma.
La loba, recién despertada, estaba inquieta, presionando contra los límites de su conciencia, empujándola a correr hacia Grant, a unirse al combate, a proteger a su compañero.
Y Claire, que sabía que su presencia solo distraería a Grant y lo pondría en peligro, tenía que contenerla.
—Nathan, no puedo quedarme aquí sentada. Siento que Grant me necesita.
—Lo sé, Claire. Lo siento a través del vínculo de sangre. Pero si vas, te conviertes en un objetivo. Ethan te usaría contra Grant, y todo estaría perdido. Tu lugar ahora es aquí, esperando.
—¿Y si pierde? ¿Si Ethan lo mata?
—Entonces lo sentirás, Claire. Y Nathan te llevará lejos, a Portland, con los Brooks. Y allí empezarás una nueva vida, lejos de la manada, lejos de todo esto.
—¿Lejos de Grant? ¿Sin Grant?
—Sí, Claire. Es el plan de emergencia. Victoria lo diseñó hace meses, por si las cosas salían mal. Si Grant cae, tú vives. Es lo único que le importa.
Claire cerró los ojos y se agarró a la silla con tanta fuerza que la madera crujió.
La idea de perder a Grant, de vivir sin él, era tan insoportable que le cortaba la respiración.
El vínculo la atormentaba con imágenes de Grant herido, sangrando, cayendo.
Y cada vez que el vínculo se teñía de dolor, Claire sentía ese dolor en su propio cuerpo, como si los golpes que Grant recibía le llegaran a ella.
Victoria, que estaba sentada junto al fuego con los ojos cerrados, abrió de golpe la mirada y miró a Claire.
—Está ganando, Claire. Siento la energía del combate. Grant está más fuerte. Ethan está retrocediendo.
—¿Cómo lo sabe?
—Soy la matriarca, Claire. Siento cada lobo de mi manada como si fuera parte de mí. Y ahora mismo, siento a Grant luchando con una furia que no le había visto en décadas. Está peleando por ti, Claire. Por ti y por el hijo que llevas en el vientre. Y no va a perder.
Mientras Grant combatía a Ethan, Claire sentía cada golpe a través del vínculo como si fuera suyo.
El dolor de Grant era su dolor. La furia de Grant era su furia.
Y cuando Ethan le clavó los colmillos en el hombro y Grant aulló de dolor, Claire gritó en la cabaña del bosque, con tanta fuerza que Nathan y Victoria se volvieron a mirarla con alarma.
—Claire, ¿qué pasa? —preguntó Nathan, acercándose a ella.
—Grant. Está herido. Siento su dolor. Es… es insoportable, Nathan. ¿Cómo puedo sentirlo así?
—Es el vínculo, Claire. Cuando se completa, la conexión se vuelve tan estrecha que las sensaciones se comparten.
Si Grant siente dolor, tú lo sientes. Si siente miedo, tú lo sientes.
Es la parte más difícil del vínculo: la vulnerabilidad.
No puedes proteger a tu compañero sin sentir lo que él siente. Y a veces, eso es una tortura.
Claire cerró los ojos y se agarró a la silla con tanta fuerza que la madera crujió.
Sentía el dolor de Grant como un latigazo en el hombro, la furia como un fuego en el pecho, la determinación como una roca en el estómago.
Y con cada sensación, Claire comprendía más profundamente lo que significaba ser compañera del alfa: no era solo amor, no era solo deseo.
Era una comunión tan íntima que las fronteras entre los dos se desdibujaban.
Grant estaba en ella, y ella estaba en Grant. Y si él caía, ella caería con él.
Grant besó a Claire con una desesperación que la dejó sin aliento. Y luego se transformó en lobo y desapareció en la oscuridad del bosque, dejándola con un vacío en el pecho que el vínculo apenas podía llenar.