Luna de sangre CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La Transformación

El dolor empezó al ponerse el sol. Un calambre en el bajo vientre que se extendió por las extremidades como un rayo, seguido de una presión en los huesos que hizo a Claire gritar.

Grant la sostuvo contra su pecho, susurrándole palabras de ánimo al oído, mientras Victoria observaba con una serenidad que contrastaba con el caos que se desarrollaba ante ella.

Los huesos de Claire crujieron, se rompieron, se reorganizaron.

Su columna vertebral se curvó, sus piernas se acortaron, sus brazos se retrajeron.

El vestido blanco se rasgó y cayó al suelo en tiras, revelando una piel que se cubría de pelo rojizo, del mismo color que su cabello.

El rostro se le alargó, los dientes se le afilaron, los ojos se le volvieron dorados.

Y con un último grito que se convirtió en aullido, Claire Bennett dejó de existir como humana y nació como loba.

La loba era hermosa. Más grande que cualquier lobo natural, de pelaje rojizo con reflejos dorados, con ojos color ámbar que brillaban con una inteligencia que no era animal.

Se incorporó sobre cuatro patas temblorosas, mirando alrededor con una confusión que era al mismo tiempo suya y de la criatura que acababa de nacer.

Grant se arrodilló frente a ella, en forma humana, con la mano extendida.

—Claire. Soy yo. ¿Me reconoces?

La loba lo olfateó. Y Claire, desde algún lugar profundo de la bestia, sintió una oleada de reconocimiento, de amor, de pertenencia. Le lamió la mano, le frotó la cabeza contra su palma, y Grant sonrió con una alegría que le iluminó la cara.

—Lo lograste, Claire. Lo lograste.

Victoria se acercó, con una expresión que, por primera vez, contenía algo parecido a la admiración.

—Es hermosa. Y fuerte. La primera compañera transferida que sobrevive a la transformación en doscientos años. La manada tiene una nueva luna.

Grant se transformó también. El lobo negro enorme se plantó frente a la loba rojiza y la tocó con el hocico, un gesto de intimidad que Claire sintió en el vínculo como una caricia. Y luego, juntos, salieron de la cabaña y corrieron hacia el bosque.

Correr como loba era una experiencia que ningún lenguaje humano podía describir.

El bosque se desdibujaba a su alrededor en un torbellino de olores, sonidos y sensaciones.

Cada brizna de hierba, cada insecto, cada hoja era un universo de información que su loba procesaba con una velocidad que dejaba a su mente humana atónita.

Y junto a ella, el lobo negro de Grant corría con la misma libertad, con la misma alegría salvaje.

Cazaron. Un ciervo que no tuvo oportunidad.

La carne cruda, caliente, sabrosa de una forma que la Claire humana habría encontrado repulsiva pero que la Claire loba devoró con un hambre que no era solo físico.

Y cuando terminaron, se tumbaron juntos en un claro, lamiéndose el uno al otro, con el vínculo vibrando entre ellos como una cuerda de arpa.

Al amanecer, la transformación se revirtió.

Los huesos crujieron de nuevo, los músculos se reorganizaron, el pelo se retiró.

Y Claire se encontró tumbada en el claro, desnuda y humana, con Grant a su lado, igualmente desnudo e igualmente humano.

El sol salía entre los árboles, pintando el bosque de oro y de ámbar, y Claire sintió algo que no había sentido nunca: una paz total, una completitud que le llenaba cada rincón del cuerpo y del alma.

Cuando Claire volvió a la forma humana, al amanecer, el primero en acercarse a ella fue Grant.

Estaba arrodillado a su lado, desnudo como ella, con los ojos dorados brillando de orgullo y de amor.

Le apartó el pelo de la cara, le besó la frente, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

Y Claire, agotada pero más viva que nunca, le devolvió la sonrisa.

—Lo lograste, Claire. Eres una de nosotros. Eres mi loba.

—Fue… no tengo palabras, Grant. Fue lo más intenso que he vivido. El bosque, la caza, la carrera… todo era tan real, tan vivo. Y tú estabas conmigo, todo el tiempo. Te sentía en cada paso.

—El vínculo se ha completado, Claire. A partir de ahora, mi lobo y tu loba serán uno. Correremos juntos, cazaremos juntos, viviremos juntos. Hasta el final.

Nathan los encontró así, abrazados en el claro, cubiertos de rocío y de tierra, con la sonrisa de quienes han cruzado un umbral del que no hay vuelta atrás. El médico los examinó a ambos con una seriedad profesional que no ocultaba su alegría.

—Claire, tu transformación fue perfecta. Más rápida, más fluida, más completa de lo que había visto nunca. Tu cuerpo ha aceptado el cambio como si hubiera nacido para esto.

—¿Y ahora qué?

—Ahora descansas. Las primeras transformaciones son agotadoras, y tu cuerpo necesita recuperarse. Pero a partir de hoy, Claire, eres una licántropa. Una loba del alfa de Raven Creek. La primera compañera transferida que ha sobrevivido en doscientos años.

Claire miró a Grant, que la sostenía contra su pecho como si fuera lo más precioso del mundo. Y supo que, a pesar del dolor, a pesar del miedo, a pesar de todo lo que había pasado para llegar hasta aquí, no cambiaría nada. Era loba. Era compañera. Era suya. Y eso era todo lo que importaba.

La primera transformación de Claire fue, según Victoria, la más espectacular que la matriarca había presenciado en doscientos años.

Claire no se transformó en una loba común.

Se transformó en algo diferente: una loba de pelaje rojizo con reflejos dorados, más grande que cualquier loba de la manada, con ojos de un ámbar que brillaba con una luz propia.

Y cuando abrió la boca y aulló por primera vez, el sonido que emergió no era el aullido de un lobo.

Era algo más profundo, más antiguo, más poderoso.

Un aullido que resonó en el bosque y que hizo que todos los lobos de la manada, desde Thorne Manor hasta el lago Mirror, levantaran la cabeza y prestaran atención.

—Es el puente —susurró Victoria, con una voz que temblaba de emoción—. Es la primera puente que ha sobrevivido a la transformación en trescientos años. La manada tiene una nueva luna.

Grant, en forma de lobo negro, se acercó a la loba rojiza y le frotó el hocico contra el cuello. La loba lo olfateó, lo reconoció, y le devolvió el gesto. Y juntos, alfa y compañera, salieron de la cabaña y corrieron hacia el bosque.

Corrieron bajo la luna llena, dos lobos, uno negro y uno rojizo, saltando entre los árboles, cruzando arroyos, persiguiendo sombras.

Claire, desde algún lugar profundo de la bestia, sentía una libertad que no había experimentado nunca.

Era libre. Era salvaje. Era loba. Y, al mismo tiempo, era humana, era Claire, era compañera.

Era todo a la vez, sin contradicción, sin conflicto.

El puente que Victoria había anunciado, hecho carne y sangre y pelo y garras.

—Lo lograste —dijo Grant, besándole la frente—. Eres una de nosotros, Claire. Eres mi loba.