Luna de sangre CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

La Luna Llena

La noche de la luna llena llegó con un cielo despejado y una brisa fría que aullaba entre los pinos.

Claire estaba en la cabaña del bosque, sentada junto al fuego, con Grant a su lado y Victoria en un sillón frente a ella.

Derek montaba guardia en el exterior. Nathan, que había aceptado la situación con una calma que Claire envidiaba, estaba en el claro, preparándose para la transformación que también le llegaría a él.

Claire llevaba un vestido blanco sencillo que Victoria le había dado, sin ropa interior, sin joyas, sin nada que pudiera estorbar la transformación.

El tejido era suave y ligero, casi translúcido, y Claire se sentía vulnerable bajo la mirada de la matriarca de los Thorne.

Pero Victoria la observaba con algo que, si no era afecto, al menos era respeto.

—Claire, escúchame —dijo Victoria, con su voz de hojas secas—. Cuando la transformación empiece, no luches contra ella. Cuanto más te resistas, más dolorosa será. Deja que la loba tome el control. Confía en ella. Es parte de ti.

—Lo haré.

—Y si sientes que no puedes más, si sientes que te vas a perder, busca a Grant en el vínculo. Su presencia te anclará. Es lo que hacen los compañeros: se mantienen juntos cuando todo lo demás se desmorona.

Claire asintió. La luz de la luna empezaba a colarse por las ventanas, plateada y fría, y Claire sintió un cosquilleo en la piel que le anunciaba lo que venía. Grant le cogió la mano y la apretó con fuerza.

—Estoy aquí, Claire. No te suelto.

Las horas previas a la puesta de sol fueron las más largas de la vida de Claire.

Estaba sentada en la mecedora junto al fuego, con las manos en el regazo y la mirada perdida en las llamas.

Grant estaba a su lado, en el suelo, con la espalda apoyada en sus rodillas y la cabeza inclinada hacia atrás, mirándola con una ternura que le partía el corazón.

Victoria había traído una infusión de hierbas que, según ella, ayudaría a relajar los músculos y a preparar el cuerpo para el cambio. Claire la bebió obedientemente, aunque el sabor era amargo y medicinal, y sintió cómo se extendía por su estómago como una oleada de calor.

—Claire, ¿hay algo que quieras hacer antes de que empiece? —preguntó Grant, con la voz suave y controlada que usaba cuando intentaba ocultar su propia tensión.

—Quiero que me prometas algo.

—Lo que sea.

—Si la transformación sale mal, si mi cuerpo no la acepta, no quiero que te culpes. Quiero que sigas viviendo, Grant. Que cuides de Nathan. Que seas el alfa que esta manada necesita. No te destruyas por mí.

Grant cerró los ojos y negó con la cabeza, con una expresión de dolor que le arrugó la cara.

—No puedo prometerte eso, Claire. Si te pierdo, no habrá alfa, no habrá manada, no habrá nada. Solo un lobo roto esperando a morir.

—Entonces prométeme que lo intentarás. Que al menos lo intentarás.

—Eso sí puedo prometértelo. Pero reza porque no tenga que cumplirlo.

Claire le acarició el pelo, pasando los dedos por los mechones negros y gruesos que tantas veces había agarrado durante la noche. La intimidad del gesto la reconfortó. Grant estaba ahí. Grant estaría ahí siempre. Y con él a su lado, podía enfrentar lo que viniera.

Nathan llegó al atardecer con un botiquín médico y una expresión profesional que ocultaba su preocupación. Le tomó el pulso, le miró los ojos, le palpó el abdomen. Y al final, asintió con la cabeza.

—Todo está preparado, Claire. Tu cuerpo está listo. La loba está lista. Solo falta la luna.

—¿Tú también te transformarás esta noche, Nathan?

—Sí, como cada luna llena. Pero estaré cerca. Si algo sale mal, podré ayudarte. Aunque, entre nosotros, creo que no necesitarás ayuda. Eres más fuerte de lo que crees.

Derek llegó poco después, en forma de lobo, y se apostó en el borde del claro como un centinela.

Claire lo vio a través de la ventana: un lobo gris enorme, con los ojos azules brillando en la penumbra, alerta a cualquier amenaza.

La manada estaba en movimiento, los leales patrullando el perímetro para evitar que Ethan o Sophia aprovecharan la noche para atacar.

El sol se puso. El cielo se tiñó de rojo y de naranja, y luego de violeta y de azul oscuro. Las estrellas aparecieron, una a una, como puntos de plata sobre terciopelo negro. Y en el horizonte, redonda y blanca, la luna empezó a elevarse.

Claire la sintió antes de verla. Un tirón en el centro de su pecho, como un imán que la atraía hacia el cielo. Su loba se agitó, inquieta, presionando contra los límites de su conciencia. Y cuando el primer rayo de luna entró por la ventana y tocó su piel, el dolor empezó.

Las horas previas a la transformación fueron las más intensas que Claire había vivido.

Sentía la loba empujando contra los límites de su conciencia, como una marea que sube antes de la tormenta.

Su cuerpo estaba caliente, demasiado caliente, como si tuviera fiebre.

Y sus sentidos estaban desbocados: podía oler cada hoja del bosque, oír cada latido del corazón de Grant, ver en la oscuridad como si fuera de día.

—Victoria, ¿es normal esto? —preguntó Claire, con la voz temblorosa.

—Es la luna llamándote, Claire. Tu loba la siente y quiere responder. Déjala. No luches. Cuando la luna te llame, ve con ella. Es la única forma.

—¿Y si duele?

—Dolerá, Claire. Más de lo que puedas imaginar. Pero el dolor es pasajero. Y lo que viene después es la libertad más pura que existe. Confía en tu loba. Confía en Grant. Y confía en ti misma. Todo va a estar bien.

Claire cerró los ojos y respiró hondo. La loba empujaba, empujaba, empujaba. Y Claire, con un acto de voluntad que le costó todo lo que tenía, dejó de resistirse. Se entregó a la loba, a la luna, al vínculo. Y cuando el primer rayo de luna llena tocó su piel, la transformación empezó.

La luna se elevó sobre las copas de los árboles. Sus rayos entraron por la ventana y bañaron a Claire con una luz que parecía viva, que parecía llamarla. Y entonces, el dolor empezó.