CAPÍTULO 26
Preparativos para la Luna
Las cuarenta y ocho horas siguientes fueron un torbellino de preparativos.
Grant convocó a los miembros leales de la manada en Thorne Manor y les informó de la situación: Sophia había amenazado a Claire, y había que prepararse para un ataque durante el periodo de vulnerabilidad que seguiría a la luna llena.
Derek se ofreció a liderar la guardia. Nathan prometió estar cerca con suministros médicos.
Incluso Victoria, que hasta entonces había mantenido una distancia fría con Claire, se involucró en los preparativos con una determinación que sorprendió a su hijo.
—Si la chica se transforma y sobrevive, será la primera compañera transferida en completar el vínculo en doscientos años —le dijo Victoria a Grant mientras Claire escuchaba desde un rincón de la biblioteca—. No permitiré que una Blackwood resentida destruya algo tan valioso por celos.
—Madre, desde cuándo te importa Claire?
—Desde que supe que es el puente. Que de su supervivencia depende el futuro de toda nuestra especie. No la quiero, Grant. Aún veo a Margaret en ella y me revuelve el estómago. Pero la necesito. Y en este mundo, la necesidad es más fuerte que el afecto.
Claire procesó aquellas palabras en silencio. Victoria no la quería, pero la protegería. No era mucho, pero era algo. En el mundo de la manada, la alianza por interés era a veces más sólida que la alianza por amor.
La noche antes de la luna llena, Claire estaba en la cabaña del bosque, sola con Grant.
Habían cenado en silencio, con la tensión de lo que se acercaba flotando entre ellos como una tercera presencia.
Grant estaba sentado en el suelo junto al fuego, con la espalda apoyada en el sofá y las piernas estiradas.
Claire estaba tumbada a su lado, con la cabeza en su regazo y los ojos cerrados, disfrutando del contacto físico que tanto la reconfortaba.
—Grant. ¿Qué va a pasar mañana?
—La luna se elevará a las nueve y veinte.
Cuando sus rayos te toquen, la transformación empezará.
Será dolorosa, Claire. Tus huesos se romperán y se reorganizarán, tus músculos se desgarrarán y se reconstruirán, tu piel se cubrirá de pelo.
Durará entre cinco y diez minutos, y durante ese tiempo no podrás hacer nada más que gritar.
Yo estaré contigo. Te sostendré. Y cuando termines, serás una loba.
—¿Y después?
—Después correremos juntos. La primera luna llena de un licántropo es sagrada, Claire.
Es la noche en que la bestia y el humano se reconcilian, en que el lobo acepta a la persona y la persona acepta al lobo.
Correremos por el bosque, cazaremos, y al amanecer, volverás a ser humana. Pero ya no serás la misma. Serás más.
Claire le acarició la mejilla, trazando la línea de la mandíbula con los dedos. Grant cerró los ojos y se inclinó en su mano, como un animal buscando calor. La vulnerabilidad del gesto la conmovió.
—¿Tienes miedo, Grant?
—Sí. Miedo de perderte. La transformación es peligrosa, Claire. No todas las compañeras transferidas la sobreviven. Si tu cuerpo no acepta el cambio, si tu loba rechaza la forma humana…
—Lo aceptará. ¿Cómo no voy a aceptar algo que es parte de ti?
Victoria insistió en que Claire se sometiera a un ritual de purificación la noche anterior a la luna llena.
Era una ceremonia antigua, explicó la matriarca, que consistía en bañarse en las aguas del lago Mirror bajo la luz de las estrellas, mientras los ancianos de la manada recitaban plegarias en la orilla.
Claire accedió, aunque la idea de sumergirse desnuda en un lago helado a medianoche no le hacía ninguna gracia.
—Es necesario, Claire —le dijo Victoria mientras caminaban juntas por el sendero que llevaba al lago—. El ritual limpia tu cuerpo de las impurezas humanas y prepara tu espíritu para la transformación. Sin él, la primera luna puede ser más dolorosa de lo necesario.
—¿Cuántas compañeras transferidas han hecho este ritual?
—Tres en los últimos doscientos años. Las tres murieron durante la transformación, pero no por culpa del ritual.
Sus cuerpos no aceptaron el cambio. Tú eres diferente, Claire.
Tú tienes algo que ellas no tenían: la fuerza de Margaret y el amor de Grant.
Es una combinación que no se había dado nunca.
Claire no respondió. La idea de que las tres compañeras anteriores hubieran muerto la aterrorizaba, pero se negó a dejar que el miedo la paralizara. Había elegido este camino, y iba a recorrerlo hasta el final, viniera lo que viniera.
El lago Mirror brillaba bajo la luz de las estrellas como un espejo de plata.
Los ancianos de la manada, siete lobos de edades avanzadas, estaban sentados en la orilla con túnicas blancas, entonando un canto bajo y monótono que resonaba en el bosque como el zumbido de una colmena.
Victoria le indicó a Claire que se desnudara y entrara en el agua.
El frío la golpeó como un mazo. El agua del lago, alimentada por manantiales subterráneos, estaba a unos grados sobre cero, y Claire sintió cada célula de su cuerpo gritar de protesta.
Pero se mantuvo firme, caminando hacia el centro del lago con el agua llegándole hasta la cintura, y se sumergió hasta el cuello.
Los ancianos intensificaron su canto. Y entonces, algo extraordinario sucedió.
Claire sintió una energía recorrer el agua, una fuerza que no era física sino espiritual, que la envolvió como un abrazo y le calentó la sangre.
Su loba, que hasta entonces había estado durmiendo en el fondo de su conciencia, se despertó de golpe, y Claire sintió su presencia como nunca antes: fuerte, ansiosa, lista.
Cuando salió del lago, Victoria la envolvió en una manta y la miró con una expresión que Claire no le había visto antes. Era algo parecido al respeto. Algo parecido a la esperanza.
—Estás lista, Claire. La loba te ha aceptado. Ahora solo falta que tú la aceptes a ella.
—La acepto, Victoria. Desde el momento en que despertó para salvarme de Ethan, la acepté.
—Bien. Entonces no hay nada más que hacer excepto esperar a la luna. Ven, volvamos a la cabaña. Grant te estará esperando.
La noche antes de la luna llena, Claire no podía dormir. Estaba tumbada en la cama de la cabaña del bosque, con Grant a su lado y la presencia de su loba latiendo en el fondo de su conciencia como un segundo corazón. La transformación se acercaba, y con ella, el momento que cambiaría todo.
—Grant, ¿tienes miedo? —preguntó Claire en la oscuridad.
—Sí, Claire. Mucho miedo. No de la transformación en sí, sino de lo que podría salir mal. De perderte. De no ser capaz de protegerte. De quedarme solo otra vez.
—No te quedarás solo, Grant. Voy a estar bien. Mi loba es fuerte. Y tú estarás conmigo.
—Lo sé. Pero el miedo no es racional, Claire. El miedo es instinto. Y mi instinto me dice que podría perderte. Y eso me aterra más que cualquier combate, más que cualquier enemigo, más que cualquier muerte que haya enfrentado en doscientos años.
Claire le acarició el pelo, pasando los dedos por los mechones negros que se plateaban a la luz de la luna.
Grant cerró los ojos y se inclinó en su mano, como un animal buscando calor.
Y Claire, con el corazón lleno de un amor que no sabía que era capaz de sentir, supo que tenía que volver.
Que tenía que sobrevivir a la transformación.
No por ella, no por la manada, no por el futuro.
Por Grant. Porque sin ella, Grant no tendría futuro.
Y ella no podía permitir que el hombre que amaba se quedara solo otra vez.
Grant la besó. Un beso lento, profundo, que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo.
Claire se aferró a él, sintiendo el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos, la urgencia contenida de un deseo que iba más allá de lo físico.
Esa noche hicieron el amor con una intensidad que bordeaba la desesperación, como si cada caricia, cada beso, cada susurro pudiera ser el último.
Y cuando cayeron exhaustos en la cama, con los cuerpos entrelazados y los corazones latiendo al unísono, Claire supo que, viniera lo que viniera, no se arrepentía de nada.