Luna de sangre CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Sophia ataca

La noche cayó sobre Raven Creek con un manto de nubes grises que tapaban la luna menguante.

Claire estaba en la cabaña del bosque, sentada en el porche con Grant, disfrutando de la primera noche de tranquilidad desde la revelación de Nathan.

El bosque cantaba con los sonidos nocturnos: grillos, búhos, el viento entre las copas de los pinos.

Y, de fondo, la presencia constante de Grant en el vínculo, un zumbido cálido que le decía que estaba a salvo.

Entonces lo sintió. Una alteración en el vínculo, un destello de alarma que le recorrió la mente como una descarga eléctrica. Grant se puso en pie de un salto, con los ojos dorados brillando en la penumbra y los músculos tensos como resortes a punto de soltarse.

—Claire, dentro. Ahora.

—¿Qué pasa?

—Sophia. Viene. Y no viene sola.

Claire entró en la cabaña y se escondió detrás de la puerta, con el corazón desbocado. A través del vínculo, sentía lo que sentía Grant: una mezcla de furia y de miedo, de protectoría intensa y de necesidad de luchar. Se asomó por la ventana y los vio.

Tres lobos enormes emergieron de la oscuridad del bosque.

El del centro era negro como la noche, con los ojos violetas que brillaban con una luz fría.

Sophia. Los otros dos eran más pequeños, de pelaje gris y marrón, con ojos dorados que los identificaban como miembros de la manada.

Licántropos en forma de lobo, listos para el combate.

Grant se transformó. Claire lo había visto hacerlo una vez, de lejos, pero nunca tan de cerca.

Fue a la vez horrible y fascinante: los huesos crujieron, los músculos se reorganizaron, la piel se cubrió de pelo negro, y en menos de cinco segundos, el hombre había desaparecido y en su lugar había un lobo enorme, más grande que cualquiera de los tres que lo enfrentaban, con los ojos dorados ardientes y los colmillos brillando a la luz de las estrellas.

El combate fue rápido y brutal. Grant se lanzó sobre el primer lobo gris, lo derribó de un mandoble y le clavó los colmillos en el cuello.

El lobo aulló de dolor y se rindió, rodando sobre sí mismo para mostrar el vientre en señal de sumisión.

El segundo lobo, el marrón, atacó por la espalda, pero Grant lo esquivó con una agilidad que desafiaba su tamaño y le dio un zarpazo en el flanco que lo dejó cojeando.

Sophia no se movió. Se quedó al borde del claro, observando, con los ojos violetas fijos en Grant. Y cuando los dos lobos heridos se retiraron cojeando hacia el bosque, ella se transformó.

Era hermosa y aterradora a la vez. De pie en el claro, desnuda, con el pelo negro cayéndole sobre los hombros como una cortina de seda y la piel pálida brillando bajo las estrellas, parecía una diosa antigua, algo que no pertenecía a este mundo.

Pero sus ojos eran los de una depredadora, fríos y calculadores, y su sonrisa era la de alguien que sabe que aún tiene cartas por jugar.

—Grant. Qué bárbaro. Has herido a dos de tu propia manada por defender a una humana. ¿No ves lo que te está haciendo?

Grant se transformó también. Se incorporó, desnudo, sangrando por un corte en el hombro que Sophia le había infligido sin que Claire lo viera, y la miró con una furia que Claire sintió a través del vínculo como una oleada de calor.

—Sophia, te dije que no te acercaras a ella. Te lo dije claramente. Si vuelves a traer lobos a mi territorio, te mataré.

—¿Me matarás? ¿A la loba que tu madre eligió para ti? ¿A la última Blackwood de pura sangre? Hazlo, Grant. Y verás cómo la manada te da la espalda.

—La manada sigue al alfa. Y yo soy el alfa.

—Por ahora.

Sophia miró hacia la cabaña, directamente a la ventana donde Claire se ocultaba, y sonrió.

—Claire, querida. Sé que estás ahí. Sal. Hablemos como mujeres civilizadas.

Claire salió de la cabaña. No por valentía, sino porque la alternativa era esconderse como una cobarde mientras Grant luchaba sus batallas. Se plantó en el porche, con la barbilla en alto y los puños cerrados, mirando a Sophia a los ojos.

—¿Qué quieres, Sophia?

—Quiero que sepas algo. Algo que Grant no te ha contado.

Cuando una compañera humana consuma el vínculo y se transforma, hay un periodo de vulnerabilidad.

Tres noches después de la primera luna llena, la nueva loba es débil, desorientada, incapaz de controlarse.

Es el momento en que más compañera y alfa necesitan protección.

Y es el momento en que son más vulnerables a un ataque.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy informando, Claire. La luna llena es dentro de dos noches. Tres noches después, serás mía. Y ni Grant, ni Derek, ni Nathan podrán evitarlo.

Sophia se transformó de nuevo en lobo, dio media vuelta y desapareció en la oscuridad del bosque con un par de saltos silenciosos. Grant se dejó caer de rodillas en el claro, con la respiración agitada y la sangre del hombro cayendo sobre la hierba.

Claire corrió hacia él, se arrodilló a su lado y le examinó la herida. No era profunda, pero sangraba abundantemente.

—Grant, ¿es verdad? ¿Habrá un periodo de vulnerabilidad?

Después de la escaramuza con Sophia y sus lobos, Grant llamó a Nathan y a Derek para que acudieran a la cabaña. Los tres lobos, en forma humana, se sentaron alrededor de la mesa de la cabaña y discutieron la situación con una seriedad que Claire, sentada en un rincón, encontró aterradora.

—Sophia no actuó sola —dijo Derek, con la mandíbula tensa—. Los dos lobos que trajo son de la facción de Ethan. Significa que los partidarios de Ethan se están agrupando alrededor de Sophia. Y que Vincent Blackwood podría estar detrás de todo.

—Vincent lleva treinta años exiliado, Derek. No puede entrar en el territorio sin provocar una guerra.

—Pero puede mandar mensajes, Grant. Puede prometer apoyo, puede alimentar el resentimiento, puede mover los hilos desde la distancia. Y si Sophia es su hija, es probable que esté en contacto con él.

Nathan asintió con la cabeza.

—Grant, si Vincent vuelve, tendremos un problema mucho mayor que Sophia o Ethan. Vincent es el lobo más antiguo y poderoso que conozco. Tu madre lo exilió porque no podía matarlo. Y si vuelve, será para reclamar lo que cree suyo: el liderazgo de la manada y la cabeza de los Thorne.

Claire escuchaba con el corazón en un puño.

Vincent Blackwood. Otro nombre que se sumaba a la lista de amenazas.

Ethan, Sophia, y ahora Vincent. Parecía que cada paso que daba hacia Grant la acercaba más al peligro.

Pero también la acercaba más a la verdad.

Y la verdad, por dura que fuera, era lo que necesitaba.

—Grant, ¿qué vamos a hacer?

—Prepararnos, Claire. Reforzar las patrullas. Convocar a los leales. Y esperar. Si Vincent viene, lo recibiremos. Y si no viene, seguiremos viviendo. Pero estaremos listos.

—¿Y yo? ¿Qué puedo hacer?

—Entrenar, Claire. Cada día, cada hora. Tu loba es fuerte, pero necesita control. Si Vincent ataca, no quiero que estés indefensa. Quiero que puedas defenderte, y defenderte bien.

Claire asintió con una determinación que la sorprendió.

Hacía meses, habría huido ante la perspectiva de un combate.

Ahora, con el vínculo latiendo en su pecho y la loba creciendo en su interior, Claire estaba lista para luchar.

Por Grant, por su hijo, por sí misma. Por todo lo que había llegado a importarle.

Después de la amenaza de Sophia en el lago Mirror, Claire tuvo pesadillas cada noche.

Soñaba con ojos violetas que la perseguían en la oscuridad, con garras que le desgarraban la piel, con un aullido que la llamaba desde el bosque y que ella no podía resistir.

Se despertaba sudando, con el corazón desbocado, y Grant la sostenía contra su pecho hasta que el temblor se le pasaba.

—Claire, son solo sueños. Sophia no puede hacerte daño mientras yo esté aquí.

—Lo sé, Grant. Pero los sueños se sienten reales. Y en ellos, siempre pierdo. Siempre.

—No vas a perder, Claire. No mientras yo viva. Y pienso vivir mucho tiempo.

Claire se aferraba a él, buscando en su calor la seguridad que los sueños le robaban.

Y poco a poco, el temblor se retiraba, y la presencia de Grant en el vínculo le decía que estaba a salvo, que nadie la tocaría, que el hombre lobo que la abrazaba daría su vida por ella sin dudarlo.

Y Claire, a pesar de las pesadillas, a pesar de las amenazas, a pesar de todo, se quedaba dormida con una sonrisa en los labios.

Porque estaba con Grant. Y con Grant, estaba en casa.

—Sí. Pero no permitirá que nadie te toque, Claire. Te lo juro. Aunque tenga que matar a Sophia con mis propias manos.