Luna de sangre CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

La Verdad de Martha

Claire se sentó en el borde de la cama, con el corazón latiéndole en las sienes.

¿Qué más podía haber? ¿Qué secreto podía superar todo lo que ya sabía?

Su madre había tenido una aventura con un hombre lobo.

Grant había matado a sus padres. Ella misma se estaba transformando en una licántropa. ¿Qué más podía salir a la luz?

Martha le apretó la mano con los dedos temblorosos, y Claire vio que su tía luchaba por encontrar las palabras.

La luz de la tarde entraba por la ventana del hospital, pintando rayos dorados sobre la manta blanca, y en el pasillo se oía el ruido lejano de los carros de medicación.

Un momento cualquiera, un momento que iba a cambiarlo todo.

—Claire, tu madre y Grant no solo tuvieron una aventura. Tuvieron un hijo.

Las palabras golpearon a Claire como un mazazo en el centro del pecho.

Un hijo. Su madre y Grant habían tenido un hijo.

¿Un hermano suyo? ¿Un medio hermano? La idea le revolvió el estómago de una forma que no podía articular, como si el mundo que creía conocer se hubiera tambaleado en sus cimientos y estuviera a punto de derrumbarse.

—¿Qué? ¿Un hijo? ¿Cómo? ¿Cuándo?

—En 1999, antes de que tú nacieras. Tu madre se quedó embarazada de Grant.

Un niño. Lo dio en adopción en secreto, porque Robert no podía saberlo y porque un hijo de un licántropo habría puesto en peligro a toda la familia.

Margaret lo entregó a una familia de Portland que no tenía relación con Raven Creek.

Le puso de nombre Nathan. Nathan Brooks.

El nombre golpeó a Claire con una fuerza que la dejó sin aire.

Nathan Brooks. Lo conocía. Era el médico de la manada, el doctor joven que Victoria había mencionado, el licántropo tranquilo que trataba tanto a humanos como a lobos.

Lo había visto en Thorne Lumber, una vez, hablando con Derek.

Joven, de unos veintitrés años, con el pelo castaño claro y los ojos de un dorado más suave que el de Grant.

¿Era su hermano? ¿El hijo de su madre y de Grant?

—Nathan Brooks es… mi hermano.

—Tu medio hermano, Claire. Hijo de Margaret y Grant.

Tu madre lo dio en adopción, pero los Brooks eran una familia de la manada que vivía en Portland.

Lo criaron como licántropo. Cuando cumplió dieciocho años, volvió a Raven Creek para unirse a la manada de su padre biológico. Grant lo sabe. Siempre lo supo.

Claire se levantó de la cama de un brinco y empezó a caminar por la habitación, con las manos en la cabeza y la respiración agitada.

¿Grant tenía un hijo con su madre? ¿Un hijo que era su hermano?

¿Y no se lo había dicho? ¿Le había ocultado algo tan enorme, tan fundamental, después de toda la publicidad que había hecho de la sinceridad?

—¿Por qué no me lo dijo? Me habló del vínculo, de la muerte de mis padres, de la transformación. ¿Por qué no me dijo que tenía un hijo con mi madre?

—Porque te prometí que no te lo diría —dijo una voz desde la puerta.

Claire se volvió. Grant estaba en el umbral, con la mandíbula tensa y los ojos dorados oscurecidos por una sombra que ella no le había visto antes. Culpa. La misma culpa que había sentido cuando le confesó la muerte de sus padres, pero más profunda, más antigua.

—¿Le prometiste a mi madre que no me lo dirías?

—Se lo prometí a Nathan. Él no quería que supieras. No quería que su existencia te condicionara, Claire. Quería que decidieras sobre el vínculo sin la presión de saber que el hombre que te lo ofrecía era el padre de tu hermano.

—¡Es mi hermano, Grant! ¡Tenía derecho a saberlo!

—Lo sé. Y ahora lo sabes. Martha ha roto la promesa, y entiendo por qué. Pero Nathan va a…

—¿Nathan va a qué? —dijo otra voz.

Claire se volvió. En la puerta, junto a Grant, había un hombre joven que ella reconoció al instante.

Nathan Brooks. Alto, delgado, con el pelo castaño claro y los ojos dorados suaves que brillaban con una mezcla de tristeza y de resignación.

Llevaba una bata blanca de médico y tenía las manos en los bolsillos, como si no supiera qué hacer con ellas.

—Nathan… —susurró Claire.

—Hola, Claire. Supongo que Martha te lo ha contado todo.

—¿Sabías que iba a venir? ¿Grant te llamó?

—Lo sentí a través del vínculo, Claire. No el vínculo entre compañeros, sino el vínculo de sangre. Soy licántropo, y Grant es mi padre. Cuando tus emociones se desbordan, yo las siento. Y lo que sentí hace cinco minutos fue una confusión tan grande que supe que alguien te había hablado de mí.

Claire lo miró, buscando en su rostro los rasgos de su madre. Y los encontró: la forma de los ojos, la curva de la sonrisa, la inclinación de la cabeza. Nathan tenía la mandíbula de Grant y los ojos de Margaret, una combinación que lo hacía a la vez familiar y extraño.

—¿Por qué no me lo dijiste? Nos conocimos en el almacén, hablamos. ¿Por qué no me dijiste quién eras?

—Porque quería que me conocieras primero como Nathan, no como el hijo secreto de tu madre. Quería que vieras en mí a una persona, no a un símbolo. ¿Me equivocaba?

Claire negó con la cabeza, lentamente. No se equivocaba. Si le hubiera dicho quién era en el primer encuentro, Claire habría huido. O habría atacado. O habría hecho algo estúpido. La verdad necesitaba tiempo para ser asimilada, y Nathan se lo había dado.

—No te equivocabas. Pero ahora lo sé. Y necesito tiempo para procesarlo.

—Lo tienes, Claire. Tengo toda la vida. Y ahora, técnicamente, tú también.

Claire sonrió a pesar de todo. Nathan tenía el humor seco de su madre, una ironía suave que suavizaba las situaciones más tensas. Y en ese momento, con el mundo desmoronándose a su alrededor, Claire supo que había ganado algo que no esperaba: un hermano.