CAPÍTULO 22
El Entrenamiento
Los días siguientes fueron un torbellino de entrenamiento, descubrimiento y pasión.
Claire se despertaba al amanecer con Grant, corría por el bosque a velocidades que la dejaban sin aliento, aprendía a rastrear olores, a distinguir sonidos, a usar su fuerza sobrenatural sin romper nada.
Y por las noches, cuando el cansancio la vencía, Grant la llevaba a la cabaña y la amaba con una intensidad que la dejaba temblorosa y satisfecha.
El vínculo entre ellos se profundizaba con cada día que pasaba.
Claire podía sentir las emociones de Grant como si fueran suyas: su orgullo cuando ella lograba algo nuevo, su miedo cuando la veía sufrir, su deseo cuando la miraba desnuda junto al fuego.
Y Grant podía sentir lo mismo en ella, una intimidad que iba más allá de las palabras, más allá del tacto, más allá de todo lo que Claire había experimentado.
La tercera noche de entrenamiento, Claire logró transformar parcialmente sus manos en garras.
Fue un momento de éxtasis y de terror a partes iguales: las uñas se alargaron, se curvaron, se volvieron negras y afiladas como cuchillos.
Grant las examinó con una sonrisa de orgullo que le iluminó la cara.
—Eres increíble, Claire. La mayoría de compañeros transferidos tardan semanas en lograr algo así.
—¿Y la transformación completa? ¿Cuándo podré convertirme en loba?
—La luna llena es pasado mañana. Si el vínculo sigue su curso, esa noche te transformarás por primera vez. Será doloroso, pero estaré contigo. Siempre estoy contigo.
Claire miró sus manos, con las garras aún extendidas. Eran hermosas y aterradoras a la vez, una prueba visible de lo que se estaba convirtiendo. Una parte de ella sentía miedo: ¿seguiría siendo ella misma después de la transformación? ¿O la bestia la consumiría y perdería su humanidad para siempre?
—Grant. Tengo miedo.
—Lo sé. Lo siento. Pero no estás sola, Claire. Yo pasaré por ello contigo. Y mi madre también. Victoria ha prometido supervisar tu primera transformación para asegurarse de que todo va bien.
—¿Tu madre? Pensaba que me odiaba.
—Mi madre odia lo que representas, no lo que eres. Es diferente. Y ahora que el vínculo se ha iniciado y tu loba ha despertado, ve en ti una oportunidad. La oportunidad de crear el puente entre especies que lleva siglos esperando.
Claire recogió las garras, observando cómo las uñas volvían a la normalidad con un cosquilleo que le recorrió los dedos. La transformación era cada vez más fácil, más natural. Como si su cuerpo se estuviera adaptando a la nueva realidad a un ritmo que no tenía nada que ver con la biología humana.
—Grant, necesito ir a ver a mi tía Martha. Llevo días sin visitarla y debe de estar preocupada.
—Te llevaré. Pero no te quedarás sola en el hospital. Derek vendrá con nosotros. Es el único de la manada en quien confío plenamente, aparte de ti.
Claire asintió. La idea de tener a Derek cerca le daba cierta tranquilidad.
El beta la trataba con respeto, sin la hostilidad de Sophia ni la frialdad de Victoria, y Claire sabía que daría su vida por protegerla.
Había algo en él, una lealtad silenciosa y firme, que le recordaba a un perro guardián: no demostrativo, pero siempre presente.
Llegaron al hospital a media mañana. Martha estaba sentada en la cama, con el color recobrado a las mejillas y la mirada alerta. Cuando vio a Claire, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Claire, niña mía. ¿Dónde has estado? Llevo días llamándote y no contestabas.
—Lo siento, tía. He estado… ocupada.
—¿Con Grant Thorne?
Claire no respondió, pero su silencio fue suficiente. Martha cerró los ojos y negó con la cabeza, con una expresión de dolor que le arrugó la cara.
—Claire, no. Te lo rogué. Te dije que te alejaras de él.
—Tía, sé lo que eres. Sé lo que es Grant. Sé lo del vínculo. Sé todo.
Martha la miró con los ojos desorbitados.
—¿Qué has hecho, Claire?
—Lo que tenía que hacer. Y no me arrepiento.
Martha se dejó caer contra las almohadas, con la respiración agitada y los ojos húmedos. Claire le cogió la mano buena y la sostuvo, esperando a que su tía encontrara las palabras. Derek se quedó de guardia en el pasillo, y Grant esperaba fuera de la habitación, dándoles privacidad.
—Claire, ¿sabes lo que significa el vínculo? ¿Sabes lo que te va a pasar?
—Sí, tía. Grant me lo ha explicado. Y también Victoria. Sé que me voy a transformar. Sé que seré una de ellos. Y sé lo que eso implica.
—Entonces sabes que es una locura. Que Grant mató a tus padres. Que es un monstruo, Claire. Un monstruo que te ha hechizado.
—No me ha hechizado, tía. El vínculo no es un hechizo. Es una conexión real, algo que sentimos los dos. Y lo que siento por él… es mío. No me lo ha impuesto nadie.
Martha la miró durante un largo momento, y Claire vio en sus ojos algo que no esperaba: culpa.
—Claire, hay algo que no te he contado. Algo que debí decirte hace años pero que no me atreví. Sobre tu madre. Sobre Grant. Sobre lo que realmente pasó.
—Tía, ya sé lo que pasó. Grant me lo contó. Y el diario de mi madre lo confirma.
El entrenamiento de Claire era intensivo y múltiple.
Por la mañana, Grant le enseñaba a controlar su loba: a llamarla, a recogerla, a usar sus sentidos sin perder su mente humana.
Por la tarde, Derek le daba clases de combate cuerpo a cuerpo, porque una compañera del alfa debía saber defenderse.
Y por la noche, Nathan le enseñaba anatomía licántropa: cómo funcionaban los músculos en forma de lobo, cómo se regeneraban las heridas, cómo se diferenciaba la biología de los licántropos de la de los humanos.
—Claire, lo más importante que debes saber sobre tu cuerpo —le dijo Nathan una noche, mientras repasaban diagramas en la cabaña— es que estás en transición.
Tu biología está cambiando, adaptándose a la dualidad humano-lobuna.
Durante los primeros meses, serás más fuerte que un humano pero menos que una loba de pura sangre.
Tus sentidos serán más agudos, pero no llegarán a su pleno potencial hasta después de la primera luna llena.
Y tu capacidad de regeneración será intermedia: sanarás más rápido que un humano, pero más lento que un licántropo nacido.
—¿Y después de la luna llena?
—Después de la primera transformación, tu cuerpo se estabilizará.
Serás plenamente licántropa, con todas las capacidades que eso implica.
Pero también heredarás las debilidades: la sensibilidad al fuego, la vulnerabilidad a la decapación, y la dependencia del vínculo.
Si Grant muere, Claire, sentirás su muerte como si te arrancaran el corazón.
Y si la pierda es demasiado grande, podrías morir tú también.
—¿Eso le pasó a mi madre? ¿Cuando Grant…?
—No. Tu madre era humana, Claire. No tenía el vínculo completo.
Pero sentía algo parecido, una conexión emocional que era casi telepática.
Cuando murió, Grant lo sintió como una puñalada en el pecho.
Y durante años, llevó ese dolor como una herida que no cicatrizaba.
Tu llegada, el vínculo transferido, fue lo que le devolvió la razón para vivir.
Si te pierde ahora, Claire, no sobrevivirá.
Claire procesó la información con un nudo en el estómago.
La idea de que Grant pudiera morir por su pérdida era aterradora y, al mismo tiempo, le dio una medida de la responsabilidad que caía sobre ella.
No era solo su vida la que estaba en juego.
Era la de él también. Y la del hijo que quizás llevaría en el vientre algún día.
—Nathan, ¿hay alguna forma de romper el vínculo? ¿Si yo quisiera?
—Solo dos, Claire. La muerte de uno de los dos. O la consumación completa, que lo hace permanente pero también lo estabiliza. Si no se consume, el vínculo queda en suspenso, latente, como una herida que no cierra. Ni vivo ni muerto. Un purgatorio del que no se puede escapar.
—¿Y si se consume y luego me arrepiento?
—No hay arrepentimiento posible, Claire. La consumación es irreversible. Por eso Grant te ha dado tiempo. Por eso no te ha presionado. Porque sabe que, una vez que des el paso, no habrá vuelta atrás. Y quiere que estés segura.
El entrenamiento intensivo de Claire atrajo la atención de la manada.
Los lobos que patrullaban el bosque la veían correr con Grant al amanecer, la oían practicar la transformación parcial en el claro, la sentían a través del vínculo como una presencia nueva y poderosa.
Y poco a poco, la aceptación que Claire había buscado empezó a llegar.
Derek fue el primero en ofrecerle entrenamiento de combate.
El beta era un luchador experto, con décadas de experiencia en peleas de manada y en defensa del territorio.
Le enseñó a Claire a usar su fuerza sobre-humana sin perder el control, a transformar sus manos en garras en una fracción de segundo, a moverse con la agilidad de un lobo en forma humana.
—Claire, lo más importante en un combate no es la fuerza. Es la cabeza. Si pierdes los nervios, pierdes la pelea. Si te dejas llevar por la rabia, te vuelves predecible. Y un lobo predecible es un lobo muerto. Respira, evalúa, actúa. En ese orden. Siempre.
—¿Y si el enemigo es más fuerte?
—Entonces usa su fuerza contra él. Un lobo grande es un lobo lento. Un lobo rápido es un lobo frágil. Cada enemigo tiene una debilidad, Claire. Tu trabajo es encontrarla antes de que él encuentre la tuya.
Claire practicó cada día, durante horas, hasta que los movimientos se volvieron instintivos.
Derek era un maestro exigente pero justo, y Claire respetaba su disciplina.
Y cuando, al cabo de dos semanas, logró esquivar tres de cada cinco ataques de Derek en combate de entrenamiento, el beta le dedicó una sonrisa que Claire no le había visto nunca.
—Claire, eres mejor de lo que esperaba. Si sigues así, en un mes serás capaz de defenderte de cualquier lobo de la manada. Excepto de Grant, claro.
—¿Grant es el mejor luchador?
—Grant es el alfa, Claire. Es el mejor en todo. Por eso es el alfa.
—No, Claire. No lo sabes todo. Hay algo que Margaret no escribió en el diario. Algo que solo yo sé, porque ella me lo contó la noche antes de morir.