Luna de sangre CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La Recuperación

Grant la llevó en brazos hasta la cabaña del bosque, lejos de la de Martha, donde Ethan podría regresar con refuerzos.

La noche era fría y estrellada, y el bosque se movía a su alrededor en un borrón de troncos y sombras mientras Grant corría a una velocidad que ningún humano podría igualar.

Claire se agarraba a su cuello con la cara enterrada en su pelo, sintiendo el calor de su piel y el latido de su corazón contra el suyo.

Cuando llegaron a la cabaña del claro, Grant la tumbó en el sofá junto al fuego y la cubrió con una manta. Luego se sentó en el suelo, a su lado, con la espalda apoyada en el sofá y la cabeza inclinada hacia atrás, cerrando los ojos. Claire vio que temblaba, y no de frío.

—Grant. Estoy bien.

—Casi te mata. Casi te mata y yo estaba atrapado en esa maldita reunión, discutiendo con mi madre y mi hermano mientras tú estabas sola enfrentándote a un licántropo. Si tu loba no hubiera despertado…

—Pero despertó. Estoy aquí. Estoy viva.

Grant giró la cabeza y la miró. Sus ojos dorados brillaban a la luz del fuego con una intensidad que le cortó la respiración.

Había en ellos un dolor tan profundo que Claire sintió que se le rompía algo en el pecho.

A través del vínculo, sentía lo que él sentía: el miedo aún latente, la culpa, el amor feroz y desesperado que le quemaba por dentro como un fuego que no se podía apagar.

—Claire, no puedo perderte. No puedo. Si te pierdo, no soy nada. Soy un animal sin rumbo, una bestia sin alma. Eres lo único que me mantiene humano, lo único que me impide convertirme en lo que mi hermano quiere que sea.

Claire le acarició el pelo, pasando los dedos por los mechones negros y gruesos.

La intimidad del gesto la sorprendió. Hacía apenas unos días que conocía a Grant, y sin embargo lo tocaba con la familiaridad de quien lleva años amándolo.

El vínculo los había unido de una forma que desafiaba la lógica y el tiempo.

—No me vas a perder, Grant. Pero tenemos que ser más listos que Ethan. No puede volver a pillarme desprevenida.

—No lo hará. A partir de ahora, no te separarás de mí. Te quedarás aquí, en la cabaña, donde puedo protegerte.

—No puedo quedarme escondida en el bosque, Grant. Tengo una vida. Mi tía está en el hospital. Mis amigos en el pueblo. No puedo desaparecer.

—Claire, tu vida cambió la noche en que iniciamos el vínculo. Ya no eres una humana cualquiera. Eres la compañera del alfa. Y eso te convierte en un objetivo.

—Entonces tendré que aprender a defenderme. ¿Puedes enseñarme a usar esto? —levantó las manos y las miró—. Esta fuerza que ha despertado en mí. ¿Puedes enseñarme a controlarla?

Grant la estudió durante un largo momento, como si sopesara la solicitud. Luego asintió.

—Puedo enseñarte. Pero será duro. Tu cuerpo está cambiando, y los primeros días de la transformación son los más difíciles. Tendrás que aprender a controlar tu loba antes de que ella te controle a ti.

—¿Cuándo empezamos?

—Mañana. Ahora descansa. Has estado a punto de morir, Claire. Tu cuerpo necesita recuperarse.

Claire se quedó dormida en el sofá, con la cabeza en el regazo de Grant y su mano acariciándole el pelo.

Durmió sin sueños, sin pesadillas, abrazada por la presencia cálida del vínculo que le decía que estaba a salvo, que alguien velaba por ella, que no estaba sola.

Y en algún punto de la noche, entre el sueño y la vigilia, sintió que Grant la levantaba y la llevaba a la cama, donde la acurrucó entre sábanas limpias y se tendió a su lado, abrazándola por la cintura como si temiera que se desvaneciera si la soltaba.

A la mañana siguiente, Grant la despertó con un desayuno de huevos, bacon y café fuerte.

Comieron en silencio, mirándose de vez en cuando, con la intimidad nueva de dos personas que habían compartido algo que las unía para siempre.

Después, Grant la llevó fuera de la cabaña, al claro donde la luz de la mañana bañaba la hierba con un dorado líquido.

—Lo primero que debes saber sobre tu loba —dijo Grant, de pie frente a ella con los brazos cruzados— es que no es un animal separado de ti.

Eres tú. Es la parte de ti que es instinto, que es salvaje, que es libre.

Cuando la sientas emerger, no la rechaces.

Acéptala. Si la reprimes, saldrá de formas incontrolables.

—¿Y cómo la acepto?

—Cierra los ojos. Respira. Y busca la presencia que sientes en el fondo de tu mente. No la mía, que es el vínculo. La tuya. La que despertó anoche cuando Ethan te atacó.

Claire cerró los ojos. Respiró hondo. Y buscó.

Al principio solo encontró la presencia de Grant, cálida y reconfortante.

Pero debajo, en un rincón más profundo, sintió algo más.

Algo propio, algo antiguo, algo que latía con un ritmo diferente al suyo.

Era como un segundo corazón, como una voz que le susurraba palabras que no entendía.

—La siento —dijo Claire—. Es… cálida. Como un fuego en el estómago.

—Bien. Ahora llámala. Deja que suba. Solo un poco, lo suficiente para que la sientas en tu cuerpo.

Claire lo hizo. Y la sensación fue como sumergirse en agua caliente.

La energía recorrió sus venas, le afiló los sentidos, le tensó los músculos.

Abrió los ojos y el mundo era diferente: más nítido, más colorido, más vivo.

Podía ver cada brizna de hierba, cada gota de rocío, cada insecto que se movía en el suelo.

Podía oler a Grant, a los pinos, a un ciervo que pastaba a quinientos metros de distancia. Podía oír los latidos de su corazón.

—Lo lograste —dijo Grant, sonriendo—. ¿Cómo te sientes?

—Viva. Increíblemente viva.

Claire descubrió en los días siguientes que la cabaña del bosque era un universo en miniatura.

Cada rincón tenía una historia, cada objeto un significado.

La guitarra que colgaba de la pared había pertenecido a un amigo de Grant que murió en la Guerra Civil.

Los libros de la estantería eran una biblioteca de dos siglos de lectura, con anotaciones de Grant en los márgenes que revelaban sus pensamientos sobre cada obra.

Y el piano del rincón, que Claire había visto el primer día pero que no se había atrevido a tocar, era un Steinway de cola del año 1890 que Grant había comprado nuevo y que nadie había tocado desde la muerte de Margaret.

—Grant, ¿por qué no tocas el piano? —preguntó Claire una tarde, mientras lo miraba desde el sofá.

—Margaret tocaba. Cuando murió, no pude volver a oírlo. Lo tapé y lo dejé ahí. Como un monumento.

—¿Te importaría que lo toque yo?

Grant la miró con una expresión que Claire no supo descifrar. ¿Dolor? ¿Esperanza? ¿Ambas cosas?

—Si quieres hacerlo, hazlo. Quizás es hora de que vuelva a sonar.

Claire se sentó en el banquillo del piano, levantó la tapa que lo cubría, y tocó las teclas con dedos cuidadosos.

El sonido que emergió era cristalino, puro, hermoso.

Un sonido que no se había oído en aquella cabaña desde hacía siete años.

Claire tocó una pieza que su madre le había enseñado: el Nocturno Op.

9 No. 2 de Chopin. Las notas llenaron la cabaña como un suspiro, y Claire cerró los ojos y se dejó llevar por la música.

Cuando terminó, abrió los ojos y vio a Grant de pie junto a la chimenea, con los ojos humedecidos y la mandíbula tensa.

Claire sintió a través del vínculo lo que él sentía: una mezcla de dolor y de alegría, de recuerdo y de renovación.

Margaret había tocado esa misma pieza, en ese mismo piano, más de veinte años atrás.

Y ahora, Claire la tocaba. La historia se repetía.

Pero esta vez, el final sería diferente.

—Claire. ¿Dónde aprendiste a tocar así?

—Mi madre. Me enseñó cuando era niña. Es una de las pocas cosas que conservo de ella.

—Tu madre tocaba como los ángeles, Claire. Y tú tocas igual. Es… es como si estuviera aquí.

Grant se acercó al piano, se arrodilló junto al banquillo, y apoyó la cabeza en el regazo de Claire. Claire le acarició el pelo, tocando la melodía con la otra mano, y los dos se quedaron así, en silencio, con la música llenando la cabaña y el vínculo latiendo entre ellos como un segundo corazón.

Claire descubrió que la cabaña del bosque tenía un sótano que Grant usaba como refugio personal.

Era un espacio excavado en la tierra, con paredes de piedra y un suelo de madera, iluminado por velas y lleno de objetos que contaban la historia de doscientos años de vida.

Había armas antiguas en las paredes: espadas, dagas, rifles de diferentes épocas.

Había libros en estanterías de madera, con lomos de cuero y páginas amarillentas.

Y había, en un rincón, un baúl de hierro con un candado oxidado.

—Grant, ¿qué hay en el baúl?

—Cosas de mi pasado, Claire. Cosas que no he mirado en mucho tiempo.

—¿Puedo verlo?

Grant la miró durante un largo momento, como si decidiera si abrir aquella puerta.

Finalmente, sacó una llave que llevaba colgada del cuello, debajo de la camisa, y abrió el candado.

Dentro del baúl había fotos, cartas, objetos personales.

Y en el fondo, envuelto en un paño de seda, un collar de oro con un colgante de media luna idéntico al que Grant llevaba tatuado en la muñeca.

—Este collar era de mi madre, Claire. Me lo dio antes de morir, y me dijo que se lo diera a mi compañera cuando la encontrara. Lo he guardado durante doscientos años, esperando. Y ahora, quiero que sea tuyo.

Claire cogió el collar con manos temblorosas. Era pesado, de oro macizo, con la media luna tallada a mano. Y en el reverso, una inscripción en un idioma antiguo que Claire no supo leer.

—¿Qué dice la inscripción?

—Dice: «Para mi luna, con todo mi amor.» Es lo que mi padre le dijo a mi madre cuando le dio el collar. Y es lo que yo te digo a ti ahora, Claire. Eres mi luna. Y te amo con todo lo que soy.

—Bien. Esa es tu loba. Ahora vamos a enseñarle a obedecer.