CAPÍTULO 19
El Asedio
Claire retrocedió hasta el centro de la sala, con el corazón latiéndole en las sienes. Ethan estaba al otro lado de la puerta. Solo. Sin Grant para protegerla. Si la puerta cedía, estaba perdida.
—¿Qué quieres, Ethan?
—Lo que siempre quise. Destruir lo que mi hermano ama. Y ahora que te ha elegido como compañera, destruirte a ti es destruirlo a él.
—Si me matas, la manada te ejecutará. Matar a la compañera del alfa es traición.
—¿Quién va a testificar? ¿Los lobos que me son leales? Tengo veinte miembros de la manada de mi parte, humana. Grant solo tiene a Derek y a unos pocos idealistas. Cuando lo desafíe y lo mate, nadie levantará un dedo contra mí.
Claire miró alrededor, buscando algo con qué defenderse. La chimenea tenía un atizador de hierro. Lo cogió con ambas manos y se colocó de espaldas a la pared, mirando la puerta.
—Grant vendrá. Lo sentirá.
—Lo sé. Por eso vine ahora. Mi hermano está atrapado en la mansión, discutiendo con mi madre y los ancianos. Tengo tiempo de sobra. Y cuando llegue, te encontrará muerta y el vínculo se romperá. Y él será mío.
La puerta crujió bajo un golpe. Claire gritó. El cerrojo aguantó, pero la madera se rajó. Otro golpe. El cerrojo cedió con un chasquido metálico y la puerta se abrió de par en par.
Ethan Thorne entró en la cabaña como una exhalación.
Era parecido a Grant en los rasgos: la misma mandíbula angular, la misma complexión poderosa.
Pero donde Grant tenía ojos dorados, los de Ethan eran de un rojo oscuro que brillaba en la penumbra como brasas.
Y donde Grant transmitía control, Ethan irradiaba crueldad.
—Hola, humana. Huelo a mi hermano en ti. Asqueroso.
Claire levantó el atizador.
—No te acerques.
Ethan sonrió, enseñando unos colmillos que se habían alargado hasta alcanzar el labio inferior.
¿Con eso me vas a asustar, niña?
Se movió tan rápido que Claire no lo vio venir.
Un instante estaba en la puerta, y al siguiente la tenía agarrada del cuello, levantándola del suelo como si no pesara nada.
El atizador cayó al suelo con un estrépito metálico.
Claire pataleó, intentando liberarse, pero la mano de Ethan era una tenaza de acero.
—Mi hermano tiene mal gusto, ¿lo sabías? Primero tu madre. Ahora tú. Humanas de mierda que no valen nada. En mi manada, seréis ganado. Ganado para trabajar, para reproducir, para comer cuando haga falta.
Claire sentía los pulmones arder. La visión se le nublaba. Pero en el borde de su conciencia, sentía algo crecer. No era el vínculo de Grant. Era algo propio, algo que brotaba de algún lugar profundo de su interior. Rabia. Una rabia ardiente que le recorría las venas como lava.
Ethan no vino solo. Aunque se jactaba de su fuerza, no era estúpido.
Trajo a dos lobos jóvenes que le eran leales, lobos que habían sido partidarios de su causa y que esperaban subir en la jerarquía si Ethan llegaba al poder.
Los tres se acercaron a la cabaña de Martha en forma de lobo, moviéndose entre las sombras con una sigilo que ningún humano habría detectado.
Pero Claire no era una humana cualquiera. Su loba, recién despertada, sintió la amenaza antes de que llegara. Un hormigueo en la nuca, una tensión en los músculos, un olor extraño que se colaba por las rendijas de las ventanas. Algo se acercaba. Algo malo.
—¿Quién es? —preguntó Claire, poniéndose en pie.
—Soy yo, humana. Abre la puerta.
La voz era la de Grant, pero algo no encajaba.
El tono era ligeramente diferente, más agudo, más forzado.
Y el olor que acompañaba la voz no era el de Grant.
Era similar, sí, pero con un matiz de crueldad que el olor de Grant nunca tenía.
Claire se quedó paralizada, con la mano en el cerrojo, intentando decidir.
—Grant, ¿qué dijo Victoria en el consejo?
Silencio al otro lado. Luego, una risa baja que heló la sangre de Claire.
—No soy Grant, humana. Soy Ethan. Abre la puerta o la derribo.
Claire retrocedió hasta el centro de la sala. Sabía que no podía contender con un licántropo en fuerza física, al menos no sin que su loba despertara del todo. Pero tenía algo que Ethan no esperaba: inteligencia. Y una olla de agua hirviendo en la estufa.
Agarró el cazo del agua con un guante de cocina y lo sostuvo junto a la puerta. Si Ethan entraba, le lanzaría el agua hirviendo a la cara. No lo mataría, pero le daría unos segundos. Y unos segundos podían ser la diferencia entre la vida y la muerte.
El primer golpe sacudió la puerta. El cerrojo aguantó, pero la madera crujió. Claire calculó que tendría dos, tal vez tres golpes antes de que cediera. Suficiente tiempo para prepararse.
Segundo golpe. Las bisagras gemían. El agua del cazo seguía hirviendo, echando vapor que se condensaba en el aire frío de la cabaña.
Tercer golpe. El cerrojo cedió con un chasquido metálico. La puerta se abrió de par en par. Y Ethan Thorne entró en la cabaña como una exhalación.
—Suéltame —jadeó.