CAPÍTULO 18
Ethan Thorne
La noche cayó sobre Raven Creek con un manto de estrellas y un viento frío que aullaba entre los pinos.
Claire estaba en la cabaña de Martha, sentada en el porche con una manta y un libro que no leía, cuando sintió algo que la puso en alerta.
No fue un sonido ni un olor. Fue una sensación en el vínculo, un destello de tensión que le recorrió la mente como una descarga eléctrica.
Grant. Sentía que algo lo alteraba. Una urgencia, un miedo que no era para él sino para ella.
—Claire, no salgas de la cabaña. Cierra todo. Ethan sabe lo del vínculo. Está enfurecido. No salgas.
La voz de Grant resonó en su mente con una claridad que la sobresaltó. Era la primera vez que la hablaba así, telepáticamente, y la intimidad de aquella comunicación le erizó el vello de los brazos.
—¿Dónde estás? —pensó ella, sin saber si funcionaría.
—En la mansión. Mi madre ha convocado consejo. Ethan quiere desafiar mi derecho a elegir compañera. Necesito que te quedes dentro, Claire. Prométemelo.
—Te lo prometo.
Claire entró en la cabaña, echó el cerrojo y bajó las persianas. Se sentó en el sillón con el corazón desbocado y la mirada fija en la puerta. La presencia de Grant en su mente era ahora un zumbido constante de tensión, como un cable de alta tensión vibrando al borde de la ruptura.
Pasaron las horas. Claire no se atrevió a moverse. A medianoche, alguien llamó a la puerta. Tres golpes lentos, graves.
—Claire, soy yo. Abre.
Era la voz de Grant, pero sonaba extraña. Ronca, forzada, como si le costara hablar. Claire se acercó a la puerta con cautela.
—Grant, ¿estás bien? Siento que algo va mal.
—Estoy bien. Abre, Claire. Necesito verte.
Algo no encajaba. El vínculo le decía que Grant estaba en peligro, pero la voz de detrás de la puerta sonaba tranquila, casi indiferente. Claire se detuvo con la mano en el cerrojo.
—Grant, ¿qué dijo Victoria en el consejo?
Silencio al otro lado de la puerta. Luego, una risa baja que no era la de Grant.
Mientras Claire esperaba en la cabaña, en la mansión de los Thorne se desarrollaba una escena muy diferente.
Victoria había convocado el consejo de ancianos en el gran salón, y Grant estaba de pie frente a ellos, defendiendo su derecho a elegir compañera.
Ethan estaba al otro lado de la sala, con los brazos cruzados y una sonrisa que no tenía nada de amable.
—Hermano, has deshonrado a la manada —dijo Ethan, con la voz alta y clara para que todos lo oyeran—.
Has tomado por compañera a la hija de la mujer que causó la muerte de nuestro padre.
Una humana. Una humana que ahora se cree loba.
¿Es eso lo que queremos para los Thorne?
¿Sangre mezclada? ¿Cachorros mestizos? ¿El fin de nuestra línea?
—Mi compañera es asunto mío, Ethan —respondió Grant, con una calma que irritaba a su hermano—. Las leyes de la manada dicen que el alfa elige. Yo he elegido. Si tienes un problema con eso, puedes desafiar mi derecho. Aquí estoy.
—No quiero desafiarte, Grant. Quiero que veas la razón. Que abandones a esta humana. Que tomes por compañera a Sophia, como debería haber sido desde el principio. Es lo correcto para la manada.
—Lo correcto para la manada es que el alfa sea fuerte. Y yo soy más fuerte con Claire que sin ella. Si no puedes verlo, es porque no quieres verlo.
Victoria, sentada en su sillón de matriarca, observaba a sus hijos con una expresión impenetrable. El consejo de ancianos, siete lobos de edades avanzadas, escuchaba en silencio. Y en el borde de la sala, Derek montaba guardia, listo para intervenir si la discusión subía de tono.
—Grant tiene razón —dijo Victoria finalmente, con su voz de hojas secas—. El alfa elige. Es la ley. Si Ethan quiere cambiar eso, tendrá que desafiar el liderazgo de Grant en combate formal. ¿Es eso lo que quieres, Ethan?
Ethan miró a su madre con odio. Sabía que no podía ganar un combate contra Grant, no todavía. Necesitaba más tiempo, más aliados, más preparación. Así que negó con la cabeza, forzó una sonrisa, y se sentó.
—No, madre. No quiero combatir. Solo quiero lo mejor para la manada.
—Entonces confía en tu hermano. Y ten paciencia.
Pero mientras el consejo continuaba, Ethan ya estaba planeando su siguiente movimiento.
Si no podía derrotar a Grant en combate, podía herirlo donde más le dolía.
En su compañera. Y esa misma noche, mientras Grant estaba atrapado en la mansión discutiendo con ancianos, Ethan saldría hacia la cabaña de Martha.
Mientras el consejo se desarrollaba en la mansión, Claire estaba sola en la cabaña de Martha, intentando mantener la calma.
Había sentido la tensión de Grant a través del vínculo desde el momento en que llegó a Thorne Manor, y cada minuto que pasaba sin noticias la ponía más nerviosa.
Se sentó en el porche con una taza de té que no bebía, mirando el bosque que se oscurecía con el atardecer, y esperó.
Lily Reeves la llamó al móvil a las ocho de la tarde. Claire lo cogió con manos temblorosas, agradecida por la distracción.
—Claire, ¿estás bien? Me dijiste que vendrías a verme esta tarde y no apareciste.
—Lo siento, Lil. Se me olvidó. He tenido… problemas.
—¿Problemas? ¿Con Grant?
—No exactamente. Lily, ¿puedes venir? Necesito hablar con alguien.
Lily llegó en menos de media hora. Se sentaron en el porche de la cabaña de Martha, con dos cervezas y la oscuridad del bosque envolviéndolo todo.
Claire no le contó todo: no le habló del vínculo, ni de la transformación, ni de la manada.
Pero le contó lo suficiente para que Lily entendiera que la situación era grave.
—Claire, ¿estás segura de que quieres seguir con esto? Suena peligroso. Y complicado. Y francamente aterrador.
—Lo sé, Lil. Pero no puedo dejarlo. No puedo explicar por qué, pero no puedo. Es como si mi cuerpo hubiera decidido por mí, y mi mente solo tuviera que seguir.
—Eso no es amor, Claire. Es obsesión.
—¿Y si es las dos cosas? ¿Y si el amor y la obsesión no están tan lejos la una de la otra?
Lily la abrazó, y Claire lloró sobre su hombro.
No sabía cuándo volvería a ver a su amiga con normalidad, sin el peso de los secretos entre ellas.
Pero en ese momento, con el abrazo de Lily y la presencia de Grant latiendo en el vínculo, Claire se sintió un poco menos sola.
Y un poco más preparada para lo que venía.
—No soy Grant, humana. Soy Ethan. Abre la puerta o la derribo.