CAPÍTULO 16
La Mañana Después
Claire se despertó con la luz dorada del amanecer colándose entre las cortinas de la cabaña y el brazo de Grant cruzado sobre su cintura como un cinturón de seguridad.
Estaba tibia, relajada, con el cuerpo dolorido de una forma que no era desagradable.
A su espalda, sentía el pecho de Grant subir y bajar con cada respiración, y su aliento cálido le acariciaba la nuca.
No quiso moverse. No quiso romper el momento.
Pero su mente ya estaba despierta, y con ella llegaron las preguntas, los miedos, las dudas.
¿Qué había hecho? Se había acostado con el hombre que había matado a sus padres.
Había iniciado un vínculo que la transformaría en algo que no era humana.
Había traicionado la memoria de su madre, de su padre, de todo lo que creía saber sobre sí misma.
Y, sin embargo, no se arrepentía.
Se giró con cuidado para no despertar a Grant y lo miró.
Dormido, parecía más joven, más humano. La tensión habitual de su mandíbula se había suavizado, y los párpados cerrados le daban un aire vulnerable que contrastaba con la bestia que Claire había visto la noche anterior.
Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, y Grant abrió los ojos de golpe, con la alerta de un animal que siempre está listo para el peligro.
—Claire. ¿Has dormido bien?
—Como nunca.
Él sonrió, y Claire vio que era una sonrisa diferente a las que le había visto antes. No era la sonrisa depredadora del diner, ni la sonrisa triste de la confesión. Era una sonrisa abierta, casi infantil, que le iluminaba la cara y le arrugaba las comisuras de los ojos.
—Me alegro. ¿Tienes hambre?
—Mucha.
Grant se levantó del sofá con la agilidad de un felino, se puso los pantalones y fue a la cocina.
Claire lo observó moverse por la cabaña con una familiaridad que revelaba que aquel era su refugio, su verdadero hogar.
Mientras él preparaba huevos y café, Claire se envolvió en una manta y se sentó en el escalón de la puerta, mirando el claro bañado por la luz de la mañana.
El bosque estaba vivo. Pájaros cantaban en las copas de los árboles, ardillas saltaban entre las ramas, y un ciervo pastaba al borde del claro, ajeno a la presencia de los dos humanos.
Todo parecía normal, pacífico, seguro. Pero Claire sabía que bajo esa superficie apacible se escondía un mundo de secretos y peligros.
—Claire. Necesitamos hablar.
Grant se sentó a su lado con dos tazas de café y un plato de huevos revueltos que dejaron entre los dos. Su expresión se había vuelto seria, y Claire sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué pasa?
—Anoche iniciamos el vínculo. Eso significa que ya podemos sentirnos el uno al otro. ¿Lo has notado?
Claire asintió. Desde que se había despertado, sentía una presencia constante en el borde de su mente, como una canción que sonara muy bajo. Podía sentir las emociones de Grant: una mezcla de dicha, de miedo, de protectividad intensa.
—Lo siento. Es como tener una voz en la cabeza.
—Es mi esencia. Mi lobo. A partir de ahora, estará contigo siempre. Y tú estarás conmigo. Si te hieren, lo sentiré. Si tengo miedo, lo sabrás. Es parte del vínculo.
—¿Y la transformación? ¿Cuándo empezaré a notarla?
—No lo sé con certeza. Cada vínculo es diferente. Pero mi madre dice que los primeros cambios son sutiles: mejor oído, mejor vista, más fuerza. La primera transformación en loba no ocurrirá hasta la luna llena siguiente.
—La luna llena es dentro de dos días.
—Lo sé.
Claire bebió un trago de café y miró el bosque. Dos días. En dos días, si el vínculo seguía su curso, se transformaría en algo que no era humana. Y con esa transformación llegarían las consecuencias: Ethan la atacaría, Sophia la odiaría más, la manada se dividiría.
—Grant, ¿qué va a pasar con Ethan?
—Mi hermano no se atreverá a desafiarme mientras mi posición sea fuerte. Pero si la manada ve que me he debilitado por ti, si creen que una humana me ha vuelto blando, Ethan los aglutinará a su alrededor y me desafiará.
—¿Y si te desafía?
—Lo mataré. O él me matará a mí. No hay término medio en un combate por la jefatura.
Claire le cogió la mano. La de Grant era grande y callosa, con los nudillos marcados de peleas antiguas. La apretó con fuerza.
—No voy a dejar que te mate.
Grant sonrió, pero había tristeza en sus ojos.
—Claire, no puedes evitarlo. Es la ley de la manada.
—Entonces cambiaremos la ley.
Él la miró con una expresión que mezclaba admiración e incredulidad.
—Eres imposible, Claire Bennett.
—Y tú me quieres por eso.
Grant la besó. Un beso lento, profundo, que le hizo cosquillas en el estómago y le encendió de nuevo el deseo en el bajo vientre. Cuando se separaron, Claire vio en sus ojos dorados la misma mezcla de deseo y de miedo que sentía ella.
—Claire, hay algo más que debes saber. El vínculo tiene otra consecuencia. Una que mi madre no te contó.
—¿Qué?
—La fertilidad. Cuando una compañera humana inicia el vínculo con un licántropo, su cuerpo cambia. Se vuelve más fértil. Los anticonceptivos humanos dejan de ser efectivos después de la primera unión. Si seguimos juntos, si completamos el vínculo, es muy probable que quedes embarazada.
Claire se quedó inmóvil, con la taza de café a medio llevar a los labios. Embarazada. De un hombre lobo. De un hijo que sería mitad licántropo, mitad humano. La idea la aterrorizó y la fascinó a partes iguales.
—¿Estás diciendo que los anticonceptivos no funcionan?
—Tomaba pastillas, ¿verdad?
—Sí. Desde los dieciséis.
—A partir de anoche, es posible que ya no sirvan.
Tu cuerpo está cambiando, Claire. La esencia del vínculo altera tu biología.
Sé que tomas la píldora cada día y que no has olvidado ninguna dosis; precisamente por eso necesito que entiendas que esto no sería un fallo tuyo.
Si quieres evitar un embarazo, tendremos que extremar las precauciones.
Claire asintió, con la mente en ebullición. Un hijo. Un hijo de Grant. La idea le revolvió el estómago de una forma que no podía identificar: ¿miedo? ¿deseo? ¿ambos?
—Grant, necesito tiempo para asimilar todo esto.
Claire y Grant pasaron la mañana en la cabaña del bosque, hablando de todo y de nada, con la intimidad nueva de dos personas que habían cruzado un umbral del que no había vuelta atrás.
Grant le preparó el desayuno: huevos revueltos con hierbas del bosque, bacon crujiente, pan tostado con miel, y un café fuerte que Claire bebió en silencio mientras lo miraba moverse por la cocina con una familiaridad que la reconfortaba.
—Grant, ¿cuánto tiempo llevas en esta cabaña?
—Desde que la construí, hace unos ciento cincuenta años. La he reconstruido varias veces, pero los cimientos son los mismos. Es el lugar donde me siento más yo mismo, donde puedo ser Grant sin tener que ser el alfa.
—¿Y mi madre? ¿Venía aquí mucho?
—Cada semana, los jueves. Le decía a Robert que iba a la clase de cerámica del centro cultural. Y venía aquí. Pasábamos la tarde juntos, hablando, amando, siendo. Eran las mejores horas de mi semana, Claire. Y las peores, porque cada vez que se iba, sentía que me arrancaban algo.
Claire lo miró con un nudo en la garganta.
La imagen de su madre, joven y enamorada, viniendo a esta cabaña semana tras semana para estar con el hombre que amaba, era a la vez hermosa y desgarradora.
Y ahora, Claire estaba sentada en el mismo sofá, en la misma cabaña, con el mismo hombre.
La historia se repetía. Pero esta vez, Claire estaba decidida a que el final fuera diferente.
—Grant, voy a quedarme aquí unos días. Necesito estar cerca de ti mientras el vínculo se asienta. ¿Puede ser?
—Claire, esta cabaña es tuya tanto como mía. Quédate el tiempo que quieras. Siempre.
Claire sonrió. Se sentó en el escalón de la puerta, con el café en la mano y el sol de la mañana calentándole la cara.
El bosque cantaba a su alrededor: pájaros, insectos, el viento entre las copas de los pinos.
Y en algún lugar, lejano pero perceptible, el aullido de un lobo saludaba la mañana.
Era Grant, en forma de lobo, corriendo por el bosque para marcar el territorio. Su lobo. Su compañero. Su hogar.
Después de hablar, Claire y Grant volvieron a hacer el amor.
Esta vez fue diferente: más juguetón, más exploratorio, como si estuvieran descubriendo los rincones del cuerpo del otro por primera vez.
Grant la tumbó en la cama y le besó cada centímetro de piel, empezando por los dedos de los pies y subiendo lentamente, con una dedicación que mezclaba la reverencia y el deseo.
Claire se retorcía bajo él, entre risas y gemidos, porque algunas zonas eran cosquillosas y otras eran puramente sensuales.
Grant encontró el punto detrás de su rodilla que la hacía reír, y el del interior del muslo que la hacía jadear.
Y se detuvo en cada uno, memorizando, cartografiando, como si el cuerpo de Claire fuera un mapa que quería conocer de memoria.
—Grant, eres imposible —dijo Claire, con la voz ronca de risa y de deseo.
—Soy minucioso. Es diferente.
—Eres exasperante.
—Eres hermosa cuando te enfadas.
—No me estoy enfadando. Estoy… oh.
Grant había encontrado el punto que la hacía callar. Claire cerró los ojos y se abandonó a la sensación, con las manos en el pelo de Grant y la espalda arqueada. Y cuando el placer la alcanzó, fue como una explosión de luz blanca que la dejó temblando y satisfecha.
—Te odio —murmuró Claire, sin abrir los ojos.
—Lo sé. Por eso lo hago.
Grant subió junto a ella y la abrazó, con Claire acurrucada contra su pecho y las piernas entrelazadas.
El sol de la mañana entraba por la ventana, dorado y cálido, y el bosque cantaba fuera con sus sonidos de siempre: pájaros, insectos, el viento.
Y Claire, en brazos de su hombre lobo, sintió una paz que no había experimentado nunca.
No era la paz del que no tiene problemas.
Era la paz del que sabe que, venga lo que venga, no estará solo.
Los días siguientes fueron los más felices de la vida de Claire.
Cada mañana se despertaba en brazos de Grant, con la luz del amanecer colándose por las cortinas y el canto de los pájaros en el bosque.
Cada tarde exploraban el bosque juntos, corriendo en forma de lobo o caminando en forma humana, descubriendo rincones que Claire no conocía.
Y cada noche se amaban con una pasión que no se agotaba, como si el vínculo les diera una energía inagotable que solo podía gastarse en el cuerpo del otro.
Claire descubrió cosas sobre Grant que la fascinaban.
Que tocaba el piano con una destreza que habría envidiado cualquier concertista.
Que hablaba cinco idiomas con fluidez y otros tres con soltura.
Que había vivido en una docena de países y había visto cosas que ningún humano vería en mil vidas.
Que tenía un humor seco que la hacía reír y una sensibilidad que la conmovía.
Y que, a pesar de los doscientos años de vida, conservaba una capacidad de asombro que Claire encontraba preciosa.
—Grant, ¿no te cansas? ¿De vivir tanto, de ver morir a la gente que conoces, de empezar una y otra vez?
—Me canso, sí. Pero luego encuentro algo que me hace seguir. Un libro, una pieza de música, un amanecer. O una persona. Tú, Claire. Tú eres mi razón para seguir. Y lo serás mientras viva.
Claire le acarició la mejilla, trazando la línea de la mandíbula con los dedos.
Grant cerró los ojos y se inclinó en su mano, como un animal buscando calor.
Y Claire, con el corazón lleno de un amor que no sabía que era capaz de sentir, supo que estaba exactamente donde debía estar.
En la cabaña del bosque, con el hombre lobo que había matado a sus padres y que, a pesar de todo, la amaba más que a su propia vida.
Era una paradoja. Era una locura. Pero era su vida.
Y por primera vez, Claire no quería cambiar nada.
—Lo sé. Vete a tu cabaña. Descansa. Piensa. Pero vuelve a mí esta noche, Claire. No puedo pasar otro día sin ti.