Luna de sangre CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El Fuego del Vínculo

Grant se tendió sobre ella con el peso cuidado de quien sabe que podría romperla si no se controlaba.

Su piel ardía contra la de Claire, y cada punto de contacto era como un cable de alta tensión que le recorría el cuerpo con descargas de placer.

Claire le pasó las manos por la espalda, sintiendo los músculos que se flexionaban bajo sus dedos, la suavidad de la piel sobre la dureza del músculo, el calor que emanaba de él como de una estufa encendida.

Grant la besó en la boca, en el cuello, en los pechos, mientras sus manos le abrían las piernas con una firmeza que no admitía resistencia pero tampoco la lastimaba.

Claire se dejó abrir, se dejó acariciar, se dejó llevar por la corriente de sensaciones que la arrastraba hacia un lugar del que no quería volver.

Los dedos de Grant la encontraron caliente y húmeda, dispuesta, y Claire gimió cuando la acarició con una destreza que la dejó sin aliento.

Conocía su cuerpo mejor que ella misma, como si el vínculo le permitiera sentir lo que ella sentía, saber dónde tocar, cuánta presión aplicar, cuándo acelerar y cuándo detenerse.

—Grant, te necesito…

—Lo sé, Claire. Lo sé.

Se colocó entre sus piernas y la miró a los ojos.

Claire vio que sus iris habían cambiado: ya no eran dorados, sino de un ámbar brillante con vetas rojas, y sus pupilas eran verticales como las de un lobo.

Estaba al borde de la transformación, conteniendo a la bestia con un esfuerzo que le marcaba las venas del cuello.

—Claire, escúchame. Esto va a doler al principio. El vínculo, cuando se inicia, tiene un precio físico. Sentirás mi esencia entrar en ti, y tu cuerpo tendrá que adaptarse. Si es demasiado, dime y paro.

—No pares. No te atrevas a parar.

Grant la penetró con un movimiento lento y profundo, y Claire gritó.

No de dolor, sino de la intensidad de la sensación.

Era como ser atravesada por una descarga eléctrica que le recorrió cada nervio, cada célula, cada rincón de su cuerpo.

Y junto con la penetración llegó algo más: una presencia en su mente, una voz que no era la suya, una corriente de emociones que reconoció como las de Grant.

Deseo. Amor. Miedo. Esperanza. Culpa. Una avalancha de sentimientos que la arrastró como una ola y la dejó sin aliento.

Grant se quedó quieto dentro de ella, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa, como si estuviera luchando por no perder el control. Claire le acarició la cara, le trazó la línea de la mandíbula, le besó la comisura de los labios.

—Estoy bien. Muévete.

Él abrió los ojos. Brillaban como dos brasas doradas en la penumbra de la cabaña. Y empezó a moverse.

El ritmo fue lento al principio, deliberado, cada embestida una declaración, cada retirada una promesa de regreso.

Claire se agarró a sus hombros y cabalgó la ola de sensaciones, perdiéndose en el placer que la iba construyendo ladrillo a ladrillo, capa a capa, hasta que todo su cuerpo fue un solo punto de tensión a punto de estallar.

—Grant, más rápido…

Él aceleró. Las embestidas se volvieron más profundas, más urgentes, más desesperadas.

Claire sentía la cama del sofá crujir bajo ellos, el cuero pegarse a su espalda, el sudor de Grant deslizándose por su piel.

Y con cada embestida, la presencia en su mente se hacía más fuerte, más clara, más íntima.

Podía sentir lo que él sentía: el calor de su cuerpo, la presión de su interior, la dicha de estar unido a ella, el miedo de hacerle daño.

—Claire, voy a…

—Sí. Conmigo.

El orgasmo los alcanzó a los dos al mismo tiempo, como una detonación que les recorrió el cuerpo desde la coronilla hasta las puntas de los pies.

Claire gritó, arqueando la espalda, y Grant aulló, un sonido que no era humano, que llenó la cabaña y se perdió en la noche como el lamento de una bestia salvaje.

La sintió derramarse dentro de ella, caliente y pulsante, y con cada espasmo, el vínculo se estrechó un poco más, como una cuerda que se tensaba entre sus almas.

Grant se desplomó sobre ella, con el rostro enterrado en su cuello y la respiración agitada.

Claire le acarició el pelo, la espalda, los hombros, sintiendo los músculos que poco a poco se relajaban bajo sus dedos.

La presencia en su mente era ahora constante, un zumbido cálido que le decía que no estaba sola, que nunca volvería a estarlo.

—¿Estás bien? —preguntó Grant contra su piel.

—No lo sé. Creo que sí.

Él levantó la cabeza y la miró. Sus ojos habían vuelto a la normalidad, aunque todavía brillaban más de lo habitual. Había una ternura en ellos que Claire no había visto antes, una vulnerabilidad que contrastaba con la bestia que había entre ellos.

—Lo siento, Claire. No quería… perdí el control al final. ¿Te he hecho daño?

—No. No me has hecho daño.

Grant se retiró de ella con cuidado y se tendió a su lado, atrayéndola contra su pecho.

Claire se acurrucó contra él, con la cabeza en su hombro y la mano en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón desacelerarse poco a poco.

El fuego crepitaba en la chimenea. La noche envolvía la cabaña como un manto protector.

Y por primera vez en semanas, Claire se sintió en paz.

—Grant. ¿Qué pasa ahora?

—Ahora duermes. Mañana hablaremos. Pero ahora, descansa, Claire. Yo velaré tu sueño.

Hicieron el amor tres veces esa noche. La primera fue urgente, desesperada, como si el mundo fuera a acabarse al amanecer.

La segunda fue lenta, deliberada, cada movimiento una declaración, cada beso una promesa.

Y la tercera fue algo que Claire no tenía palabras para describir: una comunión de cuerpos y almas que la dejó temblorosa y llorosa, con Grant abrazándola contra su pecho y susurrándole palabras de amor en un idioma que ella no entendía pero que sentía en el vínculo como caricias.

—Grant, ¿qué me has hecho? —susurró Claire, con la voz cansada y la mirada perdida en las brasas del fuego.

—Te he hecho mía, Claire. Y me he hecho tuyo. Es lo que hace el vínculo. Nos une de una forma que no tiene vuelta atrás.

—Siento tu presencia en mi mente. Es como tener una segunda voz.

—Lo sé. Y yo siento la tuya. Es… es más de lo que imaginé. Más intenso. Más completo. Eres parte de mí ahora, Claire. Y yo soy parte de ti. Para siempre.

Claire le acarició el pecho, trazando la línea de la cicatriz del disparo. A través del vínculo, sintió lo que Grant sentía al ser tocado allí: un dolor antiguo, sí, pero también gratitud. Porque aquella herida lo había llevado a esta noche. A ella.

—Grant, ¿te duele aún?

—No. Desde que te tengo, no me duele nada.

—Mentiroso.

—Solo para ti, Claire. Solo para ti.

Después de la primera vez, Grant la llevó a la cama de la cabaña y la adoró con una lentitud que volvía loca a Claire.

Las sábanas eran de algodón suave, la almohada olía a Grant, y la luz de la luna entraba por la ventana bañándolo todo con un resplandor plateado.

Claire estaba tumbada boca abajo, con la cara hundida en la almohada y los puños agarrando las sábanas, mientras Grant la besaba en la nuca, en los omóplatos, en la columna vertebral, bajando con una paciencia que la hacía gemir de frustración y de deseo.

—Grant, por favor…

—Paciencia, Claire. Toda la noche. Tenemos toda la noche.

Sus manos le recorrieron la espalda, los costados, las caderas, con una destreza que mezclaba la fuerza y la ternura.

Claire sentía cada dedo como una marca de fuego, cada caricia como una promesa.

Y cuando Grant la giró con cuidado y la miró a los ojos, Claire vio en sus dorados una mezcla de deseo y de devoción que le cortó la respiración.

—Eres hermosa, Claire. Más de lo que soñé. Más de lo que merezco.

—No digas eso. Solo ámame.

Y Grant la amó. Con la boca, con las manos, con el cuerpo entero.

La recorrió como un viajero recorre un territorio desconocido, deteniéndose en cada valle, en cada colina, en cada rincón que hacía que Claire se arqueara y gemir.

Y cuando finalmente la penetró de nuevo, fue con una suavidad que contrastaba con la ferocidad de la primera vez, como si quisiera hacer durar cada segundo, como si quisiera grabar en la memoria cada sensación.

Claire le rodeó la cintura con las piernas y le agarró las nalgas, tirando de él hacia dentro con cada embestida.

El ritmo era lento, profundo, delicioso.

Y con cada movimiento, el vínculo se estrechaba más, como una cuerda que se tensaba entre sus almas, haciéndolos uno.

Claire podía sentir lo que Grant sentía: el calor de su interior, la presión de sus muslos, la dicha de estar unido a ella.

Y Grant podía sentir lo que ella sentía: la plenitud, el placer, la entrega.

Era como hacer el amor con espejos, como ser dos y uno al mismo tiempo.

El segundo orgasmo los alcanzó como una ola lenta, dorada, que los elevó y los sostuvo en la cresta durante lo que pareció una eternidad.

Claire lloró, sin saber por qué, con lágrimas de placer y de algo más profundo que no tenía nombre.

Y Grant la sostuvo contra su pecho, besándole el pelo, susurrándole palabras de amor en un idioma que ella no entendía pero que sentía en el vínculo como caricias.

La tercera vez que hicieron el amor fue diferente.

Grant la tumbó boca arriba en la cama, le besó la frente, los ojos, la nariz, los labios.

Y luego bajó, con una lentitud exasperante, por el cuello, el pecho, el estómago, deteniéndose en cada zona para mordisquear, lamer, soplar.

Claire se retorcía bajo él, entre risas y gemidos, con las manos agarrando las sábanas y los arcos de los pies curlados de placer.

—Grant, eres cruel.

—Soy minucioso, Claire. Hay una diferencia.

—Eres exasperante.

—Eres hermosa cuando te desesperas.

Cuando Grant llegó al centro de su placer, Claire arqueó la espalda y gritó.

No de dolor, sino de la intensidad de la sensación.

Grant la adoró con la boca con una destreza que dejaba sin aliento, y Claire se agarró a su pelo con ambas manos, guiándolo, pidiendo más, perdiéndose en el placer que la construía ladrillo a ladrillo.

El orgasmo la alcanzó como una explosión de luz blanca.

Claire gritó su nombre, se arqueó, y se deshizo en mil pedazos bajo la boca de Grant.

Y cuando los pedazos se reunieron, cuando el mundo dejó de girar, Claire abrió los ojos y vio a Grant sonriéndole desde abajo, con la barbilla apoyada en su muslo y los ojos dorados brillando de satisfacción.

—Te odio —murmuró Claire, sin aliento.

—Lo sé. Por eso lo hago.

Y la amó de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Hasta que el sol salió sobre el bosque y los pájaros cantaron el amanecer y Claire, agotada y satisfecha, se quedó dormida en brazos de su hombre lobo con una sonrisa que no se borró en toda la noche.

Claire cerró los ojos. Y antes de dormirse, con la voz de Grant resonando en su mente como una canción de cuna, supo que su vida había cambiado para siempre. Que el vínculo había comenzado. Y que, quisiera o no, ya no pertenecía solo a sí misma.