Luna de sangre CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El Primer Beso

Claire no dijo que no. No pudo. Las palabras se le quedaron atravesadas en la garganta, ahogadas por el latido desbocado de su corazón y por el deseo que le recorría el cuerpo como una corriente eléctrica. En su lugar, cerró los ojos y acortó la distancia que los separaba.

Los labios de Grant se encontraron con los suyos.

El beso fue suave al principio, un roce apenas, una pregunta.

Pero cuando Claire no se apartó, cuando inclinó la cabeza y abrió los labios para recibirlo, la suavidad desapareció.

Grant la agarró por la nuca con una mano, firme pero sin hacerle daño, y la besó con una intensidad que la dejó sin aire.

Su boca era caliente, exigente, experta.

La recorría como si la conociera de memoria, como si llevara años imaginando cómo sabría, cómo se sentiría, cómo cedería bajo la suya.

Claire le agarró la camisa con los puños y se apretó contra él, perdiéndose en la sensación de sus labios, de su lengua, del calor que emanaba de su cuerpo.

Había besado a otros hombres antes, chicos del instituto, compañeros de universidad, pero ninguno la había besado así.

Ninguno la había hecho sentir que el mundo se disolvía a su alrededor y solo quedaban ellos dos, suspendidos en un instante que no tenía principio ni fin.

Grant le acarició la espalda, bajando por la columna vertebral hasta la cintura, y Claire sintió un escalofrío que le puso la piel de gallina.

Las manos de él eran grandes y calientes, y cada punto de contacto era como una chispa que le incendiaba la piel.

Se arqueó contra él, buscando más contacto, más presión, más de esa locura que la estaba consumiendo.

Él gimió contra su boca, un sonido grave y animal que le vibró en el pecho.

Y entonces la levantó como si no pesara nada, la sentó en su regazo y la agarró por las caderas con ambas manos.

Claire le rodeó el cuello con los brazos y le enterró los dedos en el pelo, tirando de los mechones negros mientras el beso se profundizaba, se volvía más húmedo, más desesperado.

—Claire —jadeó Grant contra sus labios—. Claire, para. Si seguimos así no podré detenerme.

Ella se apartó un centímetro, con la respiración agitada y los labios hinchados.

Los ojos de Grant brillaban con una luz dorada más intensa que antes, casi sobrenatural, y Claire vio que sus pupilas se habían alargado, volviéndose verticales como las de un felino.

Estaba perdiendo el control. Su lobo estaba saliendo.

—Quiero ir a la cabaña —susurró Claire.

Grant cerró los ojos y apoyó la frente contra la suya, con la respiración entrecortada.

—Claire, si te llevo allí…

—Lo sé. Y lo quiero.

—¿Estás segura?

Claire le besó la comisura de los labios, la mandíbula, el cuello. Sintió cómo los músculos de él se tensaban bajo sus labios, cómo el pulso le latía en la garganta, acelerado y fuerte.

—Estoy segura.

Grant la levantó en brazos como si fuera una muñeca de trapo y bajó las escaleras del porche.

Antes de que Claire pudiera protestar, el bosque se movía a su alrededor en un borrón de troncos y hojas, transportados a una velocidad que ningún ser humano podía alcanzar.

En menos de un minuto, estaban frente a la cabaña del claro.

Grant abrió la puerta de una patada y la llevó dentro. La chimenea estaba encendida, como si alguien la hubiera preparado, y la estancia estaba bañada por una luz cálida y dorada. La tumbó en el sofá de cuero con delicadeza, como si fuera algo frágil y valioso, y se inclinó sobre ella.

—Te voy a amar toda la noche, Claire. Y cada noche después de esta. Hasta que la última estrella se apague.

Claire le agarró la camisa y tiró de él hacia abajo.

—Entonces empieza ya.

Grant la besó de nuevo, y esta vez no hubo suavidad ni contención.

Sus manos le quitaron el abrigo, la camiseta, el sujetador, con una destreza que revelaba urgencia pero también reverencia.

Cada prenda que caía era seguida por un beso, una caricia, una palabra susurrada que hacía que el cuerpo de Claire se incendiara.

Cuando sus pechos quedaron al descubierto, Grant se detuvo un momento para mirarla. La luz del fuego le doraba la piel, y Claire se sintió vulnerable y poderosa a la vez, expuesta y deseada como nunca antes.

—Eres hermosa —murmuró él, con la voz rota—. Más de lo que imaginé. Más de lo que soñé.

Bajó la cabeza y le besó un pecho, luego el otro, trazando círculos con la lengua alrededor de los pezones endurecidos.

Claire arqueó la espalda y se agarró a su pelo, con un gemido que sonó extraño en sus propios oídos, gutural y salvaje.

El placer la recorrió como oleadas cálidas, concentrándose en el bajo vientre y extendiéndose por las piernas.

Grant la adoró con la boca, bajando por el esternón, por el abdomen, deteniéndose en cada cicatriz, en cada lunar, como si estuviera cartografiando un territorio que quería hacer suyo. Claire temblaba bajo él, con la respiración entrecortada y la mente embotada por el deseo.

—Grant, por favor…

—Paciencia, Claire. Quiero disfrutar cada centímetro de ti.

Le quitó los pantalones, las medias, la ropa interior, y cuando Claire estuvo completamente desnuda bajo él, Grant se apartó un momento para mirarla.

La luz del fuego le iluminaba la piel, dibujando sombras en las curvas de su cuerpo, y Claire vio en los ojos de él una mezcla de deseo y de adoración que la hizo sentir como una diosa.

—Ahora tú —dijo ella, con la voz ronca—. Quiero verte.

Grant se desabrochó la camisa con dedos que temblaban ligeramente y la dejó caer.

Claire contuvo la respiración. Su torso era una obra de arte de músculos y sombras: los pectorales definidos, los abdominales marcados como tabletes de chocolate, una línea de vello negro que descendía desde el ombligo hasta el borde de los vaqueros.

Y en el hombro izquierdo, una cicatriz redonda que Claire reconoció al instante: la marca del disparo de su padre.

—Grant…

—No te fijes en eso. Mírame a mí.

Se desabrochó los vaqueros y se los quitó junto con los calzoncillos. Claire abrió los ojos cuanto pudo. Era hermoso y aterrador a la vez, poderoso y masculino, con una erección que evidenciaba el deseo que llevaba contenido desde que la había visto por primera vez.

—Claire, ¿estás bien?

Grant la adoró con una paciencia que desmentía la urgencia que Claire sentía latir en el vínculo.

Cada beso era una pregunta, cada caricia un permiso, y Claire se encontró respondiendo con un abandono que no sabía que era capaz de dar.

Era como si el vínculo le quitara las barreras que había construido durante años, las defensas, los miedos, la timidez.

Con Grant, no había nada que ocultar. Él la veía entera, y la amaba entera.

Cuando sus manos le recorrieron los muslos, abriéndola, Claire jadeó.

La intimidad del gesto, la confianza que requería, la vulnerabilidad de estar completamente expuesta ante él, todo contribuyó a crear una intensidad que la dejó sin aliento.

Grant la miró como si fuera lo más hermoso que había visto en doscientos años, y Claire se sintió poderosa y frágil a la vez, como una diosa que se ofrece a su creyente.

—Claire, eres perfecta —murmuró él, con la voz rota de deseo—. Más de lo que soñé. Más de lo que merezco.

—No digas eso. No esta noche.

—Entonces no digo nada. Solo siento.

Y la adoró con la boca. Claire arqueó la espalda y se agarró a su pelo con ambas manos, mientras oleadas de placer la recorrían como mareas cálidas.

Grant conocía su cuerpo mejor que ella misma, como si el vínculo le diera un mapa de cada terminación nerviosa, de cada punto sensible, de cada lugar que la hacía gemir.

Y usaba ese conocimiento con una generosidad que la desarmaba.

Cuando el primer orgasmo la alcanzó, Claire gritó.

No le importó quién pudiera oírla, no le importó nada.

Solo existía el placer, blanco y cegador, que la recorrió desde el centro de su ser hasta las puntas de los dedos.

Y Grant la sostuvo durante, con las manos en sus caderas y la boca en su interior, absorbiendo cada espasmo como si fuera un regalo.

—Grant, ven aquí. Te necesito.

—Ya estoy aquí, Claire. Siempre estaré aquí.

La cabaña del bosque estaba bañada por la luz de la luna cuando Grant llevó a Claire dentro.

El fuego crepitaba en la chimenea, como si alguien lo hubiera encendido para ellos, y las velas repartidas por la estancia creaban un ambiente de intimidad que Claire encontró a la vez reconfortante y estimulante.

Grant la tumbó en el sofá de cuero con delicadeza, como si fuera algo frágil y valioso, y se inclinó sobre ella.

—Claire, antes de que sigamos, necesito que sepas algo. Una vez que crucemos este umbral, no habrá vuelta atrás. El vínculo se iniciará, y tu cuerpo empezará a cambiar. No podré parar, y no querrás que pare. ¿Estás preparada para eso?

—Grant, llevo semanas preparándome. Cada noche, cuando cierro los ojos, te veo. Cada mañana, cuando despierto, eres lo primero en lo que pienso. No necesito más preparación. Lo que necesito eres tú.

Grant la besó. Y esta vez, el beso fue diferente a todos los anteriores.

No fue una pregunta ni una promesa. Fue una declaración.

Una declaración de intenciones, de propiedad, de destino.

Grant la besó como si fuera lo último que haría en su vida, y Claire respondió con un abandono que la sorprendió, como si su cuerpo supiera lo que su mente aún no aceptaba: que pertenecía a este hombre, a esta bestia, a este destino, desde antes de nacer.

Las manos de Grant le quitaron la ropa con una urgencia que contrastaba con la delicadeza de sus besos.

Cada prenda que caía era seguida por un beso, una caricia, una palabra susurrada que hacía que el cuerpo de Claire se incendiara.

Y cuando Claire quedó completamente desnuda bajo él, Grant se apartó un momento para mirarla, con unos ojos que ya no eran completamente dorados sino de un ámbar ardiente con vetas rojas.

—Eres la cosa más hermosa que he visto en doscientos años, Claire. Y soy el hombre más afortunado del mundo por estar aquí contigo.

—Estoy bien. Ven aquí.