Luna de sangre CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La Tentación

Los días siguientes fueron un tormento. Claire intentó retomar una rutina: visitaba a Martha en el hospital, compraba provisiones en el ultramarinos, paseaba por el pueblo, cenaba en el Blackwood Diner.

Pero todo le recordaba a Grant. El olor del bosque, el sonido del viento, la luz dorada del atardecer: todo la llevaba de vuelta a él, a sus ojos, a su voz, a la promesa que latía en sus palabras.

Grant cumplió su palabra. No se impuso, no la buscó, no la presionó.

Pero estaba en todas partes. Lo veía en la esquina del diner, bebiendo café solo.

Lo veía en la puerta de Thorne Lumber, supervisando la carga de los camiones.

Lo veía al final de Creekside Lane, apoyado en su jeep, mirando la cabaña de Martha con una paciencia que rayaba en la obsesión.

Y cada noche, cuando Claire se acostaba, sentía su presencia en el borde del bosque. No lo veía, pero sabía que estaba ahí, velando por ella como un perro guardián, como había hecho durante siete años.

La quinta noche, Claire no pudo dormir. Se sentó en el porche con una manta sobre los hombros y una taza de té humeante entre las manos, mirando la oscuridad del bosque. La luna estaba casi llena, una esfera blanco-amarillenta que flotaba entre las copas de los abedules como un faro fantasmal.

—No deberías estar sola de noche —dijo una voz a su espalda.

Claire no se sobresaltó. Lo había sentido llegar, había notado el cambio en el aire, el aumento de temperatura, el olor a cuero y a bosque que siempre anunciaba su presencia.

—No estoy sola. Tú estás aquí.

Grant rodeó el porche y se sentó en la mecedora de junto a ella, con los codos en las rodillas y las manos cruzadas. La luz de la luna le plateaba los rasgos, y Claire vio que tenía ojeras, como si él tampoco durmiera.

—¿Cómo está tu tía?

—Mejor. Dicen que la darán de alta la semana que viene.

—Bien.

Silencio. Los grillos cantaban en la hierba. Un búho ululó en la distancia. Y entre los árboles, muy lejos, un aullido largo y grave resonó como el lamento de un alma en pena.

—Eso no eres tú —dijo Claire.

—No. Es Derek. Está patrullando el perímetro. Ethan se ha estado moviendo más de la cuenta últimamente, y no me fío.

—¿Crees que Ethan intentará algo?

—Lo sé. Mi hermano lleva años esperando su oportunidad. Y tu llegada se la ha dado. Si te mata, Claire, yo perderé el control. Y si pierdo el control, él me desafiará y me matará. Es su plan.

Claire se volvió hacia él. A la luz de la luna, sus ojos dorados parecían brillar con luz propia, y Claire vio en ellos un cansancio que no tenía nada que ver con la falta de sueño. Era el cansancio de quien lleva demasiado tiempo luchando solo.

—¿Por qué no lo matas primero? Si sabes lo que planea…

—Es mi hermano, Claire. Por mucho que me odie, por mucho que quiera matarme, es mi sangre. Y la sangre es sagrada para nosotros.

—Tu hermano no tiene los mismos escrúpulos.

—Lo sé. Pero yo no soy él.

Claire dejó la taza en la barandilla del porche y se acercó a Grant. No sabía qué hacía, no pensaba, solo se dejaba llevar por un impulso más fuerte que ella. Se sentó en el borde de la mecedora de él, a centímetros de sus piernas, y le miró a la cara.

—Grant. Si decidiera… si decidiera aceptar el vínculo… ¿qué pasaría?

Él la miró con una intensidad que le robó el aliento.

—¿Estás diciendo que lo estás considerando?

—Estoy diciendo que no puedo dejar de pensar en ti. Que cada noche, cuando cierro los ojos, te veo. Que cada vez que me tocas, siento algo que no puedo explicar, algo que me asusta y me atrae a partes iguales. Y necesito saber qué significaría si… si cediera a eso.

Grant levantó la mano y le acarició el pelo, despacio, como si estuviera tocando algo frágil y precioso. Claire cerró los ojos y se inclinó hacia la caricia, como una gata buscando calor.

—Si cederas, Claire, empezaría por besarte.

Y no podría parar. Te llevaría a la cabaña del bosque y te haría mía de todas las formas en que un hombre puede hacer suya a una mujer.

Te marcaría, te poseería, te consumiría hasta que no quedara rincón de tu cuerpo que no hubiera tocado.

Y cuando terminara, el vínculo habría comenzado a completarse.

Sentirías mi presencia en tu mente como una segunda voz.

Sentirías mis emociones como si fueran tuyas.

Y poco a poco, tu cuerpo empezaría a cambiar.

—¿Y si no quiero transformarme?

—Entonces no deberías ceder, Claire. Porque una vez que empiece, no podré parar. Y una vez que el vínculo se complete, no habrá marcha atrás.

Claire abrió los ojos. La cara de Grant estaba a centímetros de la suya, y su aliento cálido le acariciaba los labios.

Podía ver cada línea de su rostro, la cicatriz de la ceja, la barba de tres días, las motas doradas de sus iris.

Y supo, con una certeza que le cortó la respiración, que iba a besarlo.

—Grant…

Esa noche, después de que Grant se fuera, Claire no pudo dormir.

Se sentó en el porche con una manta y una taza de té, mirando la luna casi llena que se elevaba sobre las copas de los abedules.

La presencia de Grant latía en el fondo de su mente, cálida y constante, y Claire podía sentir lo que él sentía: el dolor de la distancia, el deseo contenido, el miedo a perderla.

Era una intimidad que desarmaba, una cercanía que no tenía equivalente en el mundo humano.

Pensó en su madre. Margaret había sentido lo mismo, sin duda.

Había estado en el mismo porche, mirando la misma luna, sintiendo la misma presencia en el bosque.

Y había cedido. Había amado a Grant a pesar de todo, a pesar del riesgo, a pesar de la culpa.

Y cuando todo se desmoronó, cuando Robert descubrió la verdad y todo se fue al infierno, Margaret no se arrepintió.

Lo amó hasta el último aliento. Y con su último aliento, le pidió que cuidara de Claire.

¿Era ese el destino de las mujeres Bennett? ¿Amar a los Thorne hasta que las destruyera? ¿O había una forma de romper el patrón, de amar sin perderse, de elegir sin condenarse?

Claire no tenía respuestas. Pero sabía una cosa: no iba a huir.

No iba a coger la maleta y subirse al próximo autobús a Portland, como Sophia le había exigido.

No iba a dejar que el miedo dictara su vida.

Margaret no había huido. Martha no había huido.

Y ella, Claire Bennett, la hija de dos personas que habían muerto por amar demasiado, no iba a ser la primera en hacerlo.

Al día siguiente, Claire fue a la biblioteca del pueblo y buscó todo lo que pudo encontrar sobre licántropos.

No había mucho: algunas novelas de terror, un par de libros de folklore, una enciclopedia de criaturas mitológicas.

Pero entre las páginas de un viejo tomo sobre leyendas de Oregón, encontró algo que le llamó la atención: una descripción del vínculo entre licántropos y humanos que coincidía con lo que Grant le había contado.

El libro describía el impronta, la transferencia, la transformación de la compañera.

Y terminaba con una frase que Claire subrayó con el lápiz: «La compañera transferida es el puente entre dos mundos.

En ella reside la esperanza de reconciliación entre especies.

Pero también la semilla de la destrucción.

Pues el puente que une también puede separar, y la esperanza que da también puede quitar. »

Claire cerró el libro y se lo llevó a la cabaña.

Esa noche, cuando Grant apareció en el porche como siempre, ella estaba preparada.

Con la determinación que había heredado de su padre y la intuición de su madre, Claire Bennett iba a entrar en el mundo de los lobos. Y iba a hacerlo con los ojos abiertos.

La noche en el porche con Grant fue el punto de inflexión.

Claire sintió, por primera vez, que la decisión ya estaba tomada.

No por su mente, que seguía dudando. Por su cuerpo, que se inclinaba hacia Grant como una flor hacia el sol.

Por su loba, que emergía en los bordes de su conciencia y le susurraba palabras que no entendía pero que sentía como verdad.

Por el vínculo, que tiraba de ella con una fuerza que no se podía resistir.

—Grant, ¿qué pasaría si te besara ahora?

—Claire, si me besas, no podré parar. Y una vez que empiece, el vínculo se iniciará. Y tu vida cambiará para siempre.

—¿Y si quiero que cambie?

—Entonces bésame, Claire. Y confía en mí. Como tu madre confió en mí. Como la mujer que eres, no la niña que fuiste.

Claire lo miró. A la luz de la luna, Grant parecía más humano que nunca.

Los ojos dorados suavizados por la penumbra, la mandíbula relajada, la barba de tres días que le daba un aire salvaje y tierno a la vez.

Era hermoso. Era peligroso. Era suyo. Y Claire, con una determinación que le nació del fondo del alma, tomó la decisión que cambiaría todo.

Se inclinó hacia él. Y lo besó.

—Dime que no —susurró él—. Dime que no y me iré. Pero dilo ahora, Claire, porque si me besas, no respondó de mí.