Luna de sangre CAPÍTULO 12
24%

CAPÍTULO 12

Victoria Thorne

A la mañana siguiente, Grant la fue a buscar a la cabaña de Martha con una jeep negra de cristales tintados.

Claire subió sin decir palabra, con el estómago encogido por los nervios.

Iba a conocer a la matriarca de los Thorne, la licántropa más antigua de la manada, la mujer que según las leyendas había vivido más de doscientos años y que gobernaba desde las sombras con una autoridad que ni el propio Grant se atrevía a cuestionar.

Condujeron en silencio por carreteras comarcales que Claire no conocía, adentrándose en el bosque por caminos cada vez más estrechos y empinados.

Después de media hora, llegaron a una mansión victoriana de tres plantas, rodeada de cedros centenarios y con una verja de hierro forjado que rodeaba la propiedad.

La casa tenía torreones, buhardillas y un porche que daba la vuelta a todo el perímetro, y parecía sacada de una novela de terror gótico.

—Bienvenida a Thorne Manor —dijo Grant, deteniendo el jeep frente a la escalera de entrada.

—Es impresionante.

—Mi madre la hizo construir en 1890. Lleva aquí más tiempo que cualquier edificio del pueblo.

Bajaron del coche y subieron la escalera. Antes de que Grant llegara a la puerta, esta se abrió desde dentro. Una mujer mayor apareció en el umbral, y Claire tuvo que contener una exclamación de sorpresa.

Victoria Thorne no parecía tener la edad que se le suponía.

Era alta y delgada, con el pelo blanco recogido en un moño apretado, la piel de porcelana sin arrugas y los ojos de un dorado tan claro que casi parecían plateados.

Llevaba un vestido negro de cuello alto y mangas largas, y se movía con una elegancia felina que desmentía su supuesta edad.

Podía pasar por una mujer de cincuenta años, no por alguien que había superado los dos siglos.

—Así que tú eres Claire Bennett —dijo, con una voz que sonaba como hojas secas arrastradas por el viento—. Te pareces a tu madre.

—Usted la conoció.

—La conocí. Y la odié. Pero ese es un tema del que hablaremos otro día. Pasa.

Victoria los condujo por un vestíbulo de madera oscura y papel pintado con motivos florales, pasando por salones adornados con muebles antiguos y cuadros de paisajes, hasta llegar a una biblioteca de techo alto con paredes cubiertas de estanterías hasta el último rincón.

Una chimenea de mármol presidía la estancia, y junto a ella, dos sillones de cuero facing un café servido en tazas de porcelana.

—Siéntate, Claire. Hablemos.

Claire se sentó en uno de los sillones. Victoria ocupó el otro, y Grant se quedó de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados y la mirada fija en su madre.

—Mi hijo me ha contado que conoces la verdad sobre nosotros. Sobre lo que somos, sobre la muerte de tus padres, sobre el vínculo. Es más de lo que cualquier humano ha sabido en los últimos cien años sin acabar muerto. Así que debes entender que tu situación es excepcional.

—Lo entiendo.

—Bien. Entonces también entenderás lo que voy a decirte.

El vínculo que Grant siente por ti es una anomalía, Claire.

En toda la historia de nuestra especie, solo ha habido tres casos documentados de un licántropo que transfiere su vínculo de una humana a su hija.

Es una rareza genética, una mutación que ocurre cuando la compañera original muere antes de que el vínculo se consuma y la hija hereda parte de la esencia del vínculo materno.

—¿Qué significa eso?

—Significa que Grant no eligió quererte, Claire. Del mismo modo que tú no elegiste sentir lo que sientes por él. El vínculo os elige a los dos. Y, una vez formado, solo hay dos formas de romperlo: que uno de los dos muera, o que el vínculo se consuma y se complete.

—Grant me dijo que la consumación física me transformaría en licántropa.

—Es cierto. Pero hay algo que mi hijo no te ha contado, porque no lo sabe.

Yo llevo doscientos años estudiando los vínculos, Claire.

Y he descubierto que, en los casos de transferencia, la transformación no es completa.

La compañera adquiriere la capacidad de transformarse en loba, sí.

Pero también conserva su humanidad de una forma que los licántropos de pura sangre no pueden.

Se convierte en un puente entre los dos mundos. En algo que no ha existido nunca.

—¿Y eso es bueno o malo?

Victoria sonrió, y Claire vio que sus colmillos eran ligeramente más largos de lo normal.

—Depende de a quién le preguntes. Para la manada, es una bendición.

Un puente entre especies podría traer la paz que llevamos siglos buscando.

Para los puristas, los que creen que la sangre licántropa debe mantenerse pura, es una abominación.

Para mi hijo Ethan, que cree que los humanos son ganado, es una amenaza que debe ser eliminada.

—¿Ethan me mataría si el vínculo se consumara?

—Ethan te mataría ahora mismo si pudiera. Eres una humana que conoce nuestro secreto. Para él, ya eres una amenaza. Pero si el vínculo se consumara y te transformaras, serías mucho más poderosa de lo que imaginas. Y eso lo aterrorizaría.

Claire miró a Grant, que seguía de pie junto a la chimenea con la mandíbula tensa. Su madre le estaba diciendo cosas que él no sabía, y no parecía gustarle.

—Madre, ¿por qué no me contaste esto antes?

—Porque antes no había una compañera transferida viva, Grant. Las anteriores murieron antes de que el vínculo se completara. Claire es la primera en doscientos años que tiene la oportunidad de consumar la transferencia y sobrevivir. Necesitaba verla, olerla, evaluarla antes de decírtelo.

—¿Y qué has evaluado?

Victoria se inclinó hacia Claire y le cogió la mano. Claire sintió un escalofrío: la piel de la anciana estaba fría como el hielo, pero en sus dedos había una fuerza que podría haberle roto los huesos sin esfuerzo.

—He evaluado que eres fuerte, Claire. Más fuerte de lo que crees. Tienes la voluntad de tu madre y el coraje de tu padre, una combinación peligrosa. Si decides consumar el vínculo, serás una compañera formidable. Y si decides rechazarlo…

—¿Qué pasará si lo rechazo?

—Si lo rechazas, el vínculo no se romperá. Solo se dormirá. Grant seguirá sintiéndolo, y tú también. Viviréis con un vacío en el pecho que nada podrá llenar. Y cuando uno de los dos muera, el otro lo sentirá como si le arrancaran el corazón. Es un destino cruel, Claire. Más cruel que la muerte.

Claire retiró la mano y se levantó del sillón. La cabeza le daba vueltas. Demasiada información, demasiado rápido. Necesitaba salir de aquella casa, respirar aire fresco, pensar.

—Necesito irme.

—Claro —dijo Victoria—. Pero piensa en lo que te he dicho, Claire. Y recuerda una cosa: en este mundo, no hay decisiones fáciles. Solo decisiones que puedes vivir con y decisiones que no. Elige sabiamente.

Grant la acompañó hasta el jeep en silencio. Antes de subir, Claire se volvió hacia él.

—¿Sabías lo del puente entre mundos?

—No. Mi madre guarda sus secretos como el dragón guarda su oro.

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

Grant le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, un roce tan suave que Claire pudo haberlo imaginado, pero que le envió un escalofrío desde la mandíbula hasta las rodillas.

Victoria le mostró la galería de retratos de los Thorne.

Era un pasillo largo en la segunda planta de la mansión, con paredes cubiertas de pinturas al óleo que representaban a las generaciones anteriores de la familia.

Claire los miró con fascinación: rostros de hombres y mujeres de distintas épocas, todos con los mismos ojos dorados, la misma mandíbula angular, la misma expresión de poder contenido.

—Elijah Thorne, 1650-1720 —dijo Victoria, señalando el primer retrato—.

El fundador. Llegó a este continente huyendo de los cazadores europeos.

Compró estas tierras, construyó la primera cabaña, y empezó la manada.

Era un hombre brutal, Claire. Mató a su propio hermano por el liderazgo.

Pero también nos dio un hogar, y por eso lo respetamos.

—¿Y ella? —preguntó Claire, señalando el retrato de una mujer de pelo rojo y ojos verdes.

—Eleanor Thorne, 1680-1750. La primera compañera transferida documentada.

Era humana, como tú. Se transformó después de consumar el vínculo con el hijo de Elijah.

Y murió dando a luz al primer mestizo de la manada.

Su hijo, Nathaniel, fue el primer puente entre especies.

Pero no sobrevivió al primer invierno. Los puristas lo envenenaron.

Claire miró el retrato de Eleanor con un nudo en el estómago. Una compañera transferida. Una puente. Un hijo que murió envenenado. ¿Era ese su futuro? ¿El futuro de su hijo?

—Victoria, ¿por qué me cuentas esto? ¿Para asustarme?

—No, Claire. Para prepararte. La historia se repite, pero no tiene por qué repetirse igual. Tú tienes algo que Eleanor no tenía: el apoyo de la matriarca. Yo no permitiré que tu hijo corra la misma suerte que Nathaniel. Pero necesitas saber lo que pasó para entender lo que está en juego.

—¿Los puristas siguen siendo una amenaza?

—Siempre lo serán. Ethan era uno de ellos. Sophia es otra. Vincent Blackwood, el padre de Sophia, es el peor de todos. Lleva treinta años exiliado, pero su influencia sigue viva en ciertos sectores de la manada. Si se enteran de que estás embarazada de un puente, vendrán por ti. Y por tu hijo.

Claire tragó saliva. La amenaza era real. Más real de lo que había imaginado. Y la única protección que tenía era Grant, la manada leal, y la propia Victoria. Una alianza frágil, pero era lo que había.

—Victoria, ¿por qué me proteges? No me quieres. Lo sé.

—No te quiero, Claire. Pero necesito lo que representas.

La manada lleva siglos estancada, escondida, afraid.

Necesitamos cambiar o moriremos. Y tú eres el cambio.

Si sobrevives, si tu hijo sobrevive, será el principio de una nueva era.

Para eso te protejo. No por amor, sino por supervivencia.

Y en este mundo, Claire, la motivación no importa. Solo importan los resultados.

Victoria le mostró más cosas en Thorne Manor.

La llevó a una sala subterránea que Claire no habría encontrado nunca: una biblioteca secreta, oculta detrás de una estantería giratoria en el despacho de Victoria, que contenía siglos de documentos sobre la manada.

Libros de contabilidad, diarios, mapas, cartas, tratados.

La historia completa de los Thorne y de Raven Creek, guardada como un tesoro que solo la matriarca conocía.

—Claire, esto es el archivo de la manada.

Todo lo que hemos sido, todo lo que somos, todo lo que seremos.

Está aquí. Y ahora que eres la compañera del alfa, tienes derecho a consultarlo.

Pero con una condición: lo que veas aquí no sale de aquí.

Los secretos de la manada se quedan en la manada. ¿Entendido?

—Entendido, Victoria.

Claire pasó horas explorando el archivo.

Encontró el diario de Elijah Thorne, el fundador, escrito en una caligrafía apresurada del siglo XVII.

Encontró las cartas de los alfas anteriores, con sus pensamientos, sus miedos, sus esperanzas.

Y encontró, en un cajón con la etiqueta «Compañeras Transferidas», un dossier sobre Eleanor Thorne, la primera y, hasta ahora, la única compañera transferida que había sobrevivido a la transformación.

Eleanor había sido humana, como Claire. Había nacido en Inglaterra, en una familia de campesinos, y había emigrado a América con los primeros colonos.

Conoció a Nathaniel Thorne, el hijo de Elijah, y el vínculo se formó al instante.

Eleanor se transformó, dio a luz a un hijo mestizo, y murió tres años después en circunstancias que el dossier no aclaraba del todo.

Victoria le había dicho que los puristas habían envenenado al hijo, pero el dossier sugería algo diferente: que Eleanor había muerto de tristeza después de perder a su bebé.

—Victoria, ¿qué le pasó de verdad a Eleanor? —preguntó Claire, con el dossier en las manos.

—Murió de corazón roto, Claire. Su hijo fue asesinado por los puristas, y ella no lo superó.

En cuestión de meses, su cuerpo se fue apagando, como una vela que se consume.

Y una noche de luna llena, se internó en el bosque y no volvió.

La encontramos al día siguiente, en forma de loba, muerta junto al lago Mirror.

El médico de la época dijo que fue un paro cardíaco.

Pero nosotros sabemos que fue el dolor. El dolor de perder a un hijo, de perder la razón para vivir.

Es la forma más cruel de morir, Claire. Y es lo que le pasará a Grant si te pierde.

Victoria le mostró la sala de ceremonias de Thorne Manor.

Era un espacio circular en el sótano de la mansión, con paredes de piedra y un suelo de tierra batida, iluminado por antorchas que la matriarca encendió con una chispa de su dedo.

En el centro de la sala había un círculo de piedras, y en medio del círculo, un altar de madera tallada con símbolos que Claire no reconoció.

—Esta es la sala de ceremonias, Claire. Aquí se celebran los rituales más importantes de la manada: la aceptación de nuevos miembros, la renovación del juramento del alfa, la ceremonia de la luna de sangre.

Y aquí, si decides completar el vínculo, se celebrará tu ceremonia de aceptación como compañera del alfa.

—¿Qué implica esa ceremonia?

—Implica que la manada te acepta formalmente como la compañera del alfa, con todos los derechos y deberes que eso conlleva.

Se celebra en luna llena, ante toda la manada reunida.

Grant te presenta, tú prestas el juramento, y los ancianos te bendicen.

Es sagrado, Claire. Y es vinculante. Una vez que se celebra, no se puede deshacer.

—¿Y si me niego a prestar el juramento?

—Entonces el vínculo queda en suspenso. No se rompe, pero no se completa. Vives con un pie en cada mundo, sin pertenecer del todo a ninguno. Es un purgatorio, Claire. No te lo recomiendo.

Claire miró el altar con una mezcla de fascinación y de miedo. Era real. Todo era real. Los lobos, la manada, el vínculo, la ceremonia. No era un sueño, no era una alucinación. Era su vida. Y la decisión de si completar o no el vínculo era la más importante que tomaría jamás.

—Pienso esperar a que decidas, Claire. Pienso estar a tu lado cuando lo hagas. Y pienso protegerte de todo y de todos, incluido de mí mismo si hace falta. Porque, vínculo o no, te amo. Y eso es lo único que sé con certeza.