CAPÍTULO 11
La Cabaña del Bosque
Tres días pasaron sin que Claire volviera a ver a Grant.
Tres días de silencio, de noches en vela, de lecturas obsesivas del diario de su madre y de la carpeta del sheriff Hudson.
Tres días durante los cuales Claire intentó convencerse de que podía mantenerse alejada del hombre lobo, de que su resolución era más fuerte que el deseo que le corroía las entrañas.
No lo era.
Cada noche, al acostarse, cerraba los ojos y veía los dorados de Grant fijos en ella.
Cada mañana, al despertar, su primer pensamiento era para él.
Y cada vez que el viento sacudía los abedules de la cabaña, Claire se asomaba a la ventana esperando ver su silueta en el borde del bosque, y se sentía decepcionada y aliviada a partes iguales cuando no lo encontraba.
La cuarta noche, no pudo más. Salió al porche con una linterna y caminó hacia el bosque.
No sabía adónde iba, ni qué iba a hacer cuando llegara.
Solo sabía que necesitaba verlo, que necesitaba oír su voz, que necesitaba entender qué era esa cosa que tiraba de ella como un hilo invisible atado al centro de su pecho.
Caminó entre los abedules, con la linterna apuntando al suelo y los sentidos en alerta.
El bosque estaba en silencio, como si los animales hubieran huido.
El olor a pino y a tierra húmeda se mezclaba con algo más, algo que Claire reconoció al instante: el olor de Grant.
Un aroma a cuero, a madera quemada, a algo salvaje y masculino que le aceleró el pulso.
Siguió el olor entre los árboles, sorteando raíces y piedras, hasta que llegó a un claro que no había visto nunca.
En el centro del claro, oculta por los árboles, había una cabaña de troncos con el tejado de pizarra y las ventanas iluminadas.
Una columna de humo salía de la chimenea, y la puerta estaba entreabierta.
Claire se detuvo en el borde del claro, con el corazón desbocado. Sabía cuya era esa cabaña. Su madre la había descrito en el diario: era el lugar donde se veían en secreto, el refugio de Grant en el corazón del bosque, lejos de los ojos del pueblo y de la manada.
Se acercó con paso lento y empujó la puerta.
El interior era cálido y acogedor, con una chimenea de piedra en la que crepitaba un fuego, un sofá de cuero gastado frente a la hoguera, estanterías llenas de libros y, en las paredes, fotos enmarcadas que Claire no se atrevió a mirar todavía. El aire olía a leña y a hombre lobo.
Grant estaba de pie junto a la chimenea, con las manos apoyadas en la repisa y la cabeza inclinada, como si hubiera estado esperándola.
Llevaba una camisa oscura abotonada hasta la mitad, que dejaba ver el comienzo de su pecho musculoso, y vaqueros que le ajustaban las piernas largas.
No se había afeitado, y la sombra de barba le oscurecía la mandíbula.
—Sabía que vendrías —dijo sin volverse.
—No debía haberlo hecho.
—Y, sin embargo, aquí estás.
Claire cerró la puerta detrás de ella y se quedó de pie en el centro de la estancia, con las manos apretadas en los bolsillos del abrigo. La cercanía de Grant, el calor del fuego, el olor de la cabaña, todo contribuía a crear una intimidad que la desarmaba.
—He venido a hacerte una propuesta.
Grant se giró. Sus ojos dorados brillaron a la luz del fuego, y Claire vio en ellos una mezcla de esperanza y de cautela.
—Te escucho.
—Quiero que me cuentes todo. Sobre la manada, sobre las leyes, sobre lo que eres, sobre lo que soy yo para ti. Todo, Grant. Sin secretos. Sin medias verdades. Y a cambio, yo te escucharé. No prometo perdonarte. No prometo aceptar el vínculo. Pero te escucharé.
Grant la miró durante un largo momento, como si sopesara el alcance de lo que ella le pedía. Luego, asintió con la cabeza y le indicó el sofá.
—Siéntate. Esto va a tardar.
Claire se sentó en un extremo del sofá, lo más lejos posible de él.
Grant se sentó en el otro extremo, con un brazo apoyado en el respaldo y las piernas abiertas.
La distancia entre ellos era de menos de un metro, y Claire podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo como el de una estufa encendida.
—La manada de Raven Creek lleva en estos bosques más de trescientos años —empezó Grant, con la voz grave y pausada—.
Los primeros Thorne llegaron de Europa en el siglo XVII, huyendo de la persecución de los cazadores.
Compraron estas tierras, fundaron el pueblo y se establecieron como la familia dominante.
Desde entonces, cada generación de Thorne ha sido el alfa, y cada alfa ha gobernado la manada según las leyes antiguas.
—¿Qué leyes son esas?
—La principal es el secreto. Nunca revelarnos a los humanos.
El que lo hace, muere. La segunda es la jerarquía.
El alfa gobierna hasta que alguien lo desafía y lo vence en combate.
El que pierde, muere o se exilia. La tercera es la sangre.
Los licántropos de pura sangre son los que mandan.
Los mestizos, los que tienen un padre humano, son tolerados pero nunca alcanzaban posiciones de poder.
Y los humanos… los humanos son huéspedes.
Se les protege mientras sean útiles y se les elimina cuando son un peligro.
—¿Como mis padres?
Grant cerró los ojos, como si la pregunta le causara dolor físico.
—Como tus padres. Robert iba a revelar nuestro secreto.
Según las leyes, debía morir. Y todo humano que supiera la verdad debía morir con él.
Margaret incluida. Yo… yo no pude matar a Margaret, Claire.
La amaba demasiado. Y cuando ella cayó por el barranco, fue un accidente, pero también fue un castigo.
El castigo por amarla, por romper las leyes, por pensar que podía tenerla sin consecuencias.
—¿Y yo? Yo sé la verdad. Según tus leyes, también debería morir.
—Sí. Pero no voy a permitir que nadie te toque. Ni Ethan, ni Sophia, ni la propia Victoria. Eres mía, Claire. Mi compañera. Y cualquier mano que se levante contra ti la arrancaré de cuajo.
La ferocidad de sus palabras la estremeció. Grant la miraba con una intensidad que rayaba en la locura, y Claire comprendió que no exageraba. Mataría por ella. Moriría por ella. Era parte de lo que él era, parte del vínculo que los unía a pesar de todo.
—¿Qué es exactamente el vínculo, Grant? Necesito entenderlo.
Grant se inclinó hacia ella. El movimiento redujo la distancia entre ellos, y Claire pudo oler su aliento, cálido y limpio, y ver las motas doradas que brillaban en sus iris como astillas de sol.
—El vínculo es una conexión del alma, Claire.
Se forma cuando un licántropo encuentra a su compañera, la única persona en el mundo con la que puede formar un lazo permanente.
Una vez formado, no se puede romper. El lobo y la compañera comparten sensaciones, emociones, incluso pensamientos.
Si uno muere, el otro lo siente. Y si el vínculo se consuma…
si se completa físicamente… la compañera se transforma.
—¿Me transformaría en…?
—En una de nosotras. En una licántropa. La compañera humana que consuma el vínculo adquiere la capacidad de transformarse en loba. Pasa la luna llena, cura más rápido, vive más tiempo. Y queda unida al alfa para siempre.
Claire se levantó del sofá de un brinco, con el corazón desbocado.
—¿Estás diciendo que, si nos acostamos, me convertiré en un hombre lobo?
—No inmediatamente. La transformación completa lleva tiempo. Pero sí, el vínculo físico inicia el proceso. Por eso no he tocado, Claire. Por eso me he mantenido lejos. Porque sé que, si empiezo, no podré parar. Y una vez que empiece, no habrá vuelta atrás.
Claire caminó hasta la ventana y miró la oscuridad del bosque. La luna se elevaba entre las copas de los árboles, redonda y blanca, bañando el claro con su luz fantasmal. Dentro de dos días sería luna llena.
—Grant. Necesito tiempo para pensar.
—Lo sé. Tómate el tiempo que necesites. Pero no te alejes de mí, Claire. No puedo soportarlo.
Se acercó a ella por detrás, y Claire sintió su calor en la espalda sin que la tocara. Su presencia era como un imán, y ella tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no girarse y apoyarse en él.
—Mañana vendré a buscarte —dijo él—. Quiero presentarte a alguien. Alguien que puede ayudarte a entender lo que eres.
—¿A quién?
La cabaña del bosque era más de lo que Claire había imaginado.
Al entrar, vio que era un espacio amplio y acogedor, con techo de vigas de madera, suelo de tablones pulidos y una chimenea de piedra natural que ocupaba toda la pared norte.
Los muebles eran pocos pero de calidad: un sofá de cuero gastado frente al fuego, una mesa de roble con cuatro sillas, una estantería llena de libros en varios idiomas, un piano de cola en un rincón que parecía no haber sido tocado en años.
Y en las paredes, fotos enmarcadas que Claire se obligó a mirar.
La primera foto mostraba a Grant joven, sin barba, con el pelo más largo y una sonrisa que Claire no le había visto nunca. Estaba de pie junto a un hombre mayor que se le parecía, y ambos llevaban trajes anticuados. La foto estaba fechada en 1923.
La segunda foto mostraba a una mujer joven de pelo rojo y ojos verdes.
Margaret. Su madre. Estaba sentada en el sofá de la cabaña, con un vestido de flores y una taza de té entre las manos, mirando a la cámara con una sonrisa que le iluminaba la cara.
Claire la cogió y la miró durante un largo momento, con un nudo en la garganta.
Su madre había estado allí, en aquella cabaña, sentada en aquel mismo sofá, amando al mismo hombre que ahora la miraba a ella.
—Esa foto la hice yo —dijo Grant desde la chimenea—.
Fue en el verano de 1999. Uno de los mejores días de mi vida.
Margaret había venido a pasar la tarde, y estaba tan relajada, tan feliz, que no pude evitar hacerle una foto.
Me dijo que odiaba que la retrataran, pero le salió una sonrisa tan bonita que no me atreví a borrarla.
—Se parece a mí.
—Te pareces a ella, Claire. Cada vez que te miro, la veo. Y cada vez que la veo, te veo a ti. Sois la misma persona en dos cuerpos diferentes. Es lo que hace el vínculo transferido: continua lo que el vínculo original dejó a medias.
Claire dejó la foto en su sitio y recorrió la estantería.
Los libros eran de todo tipo: novelas, ensayos, libros de historia, diccionarios en francés, alemán, latín.
Grant había vivido doscientos años, y en aquel tiempo había acumulado más conocimiento del que cualquier humano podría asimilar en diez vidas.
Claire sacó un libro al azar: era una edición antigua de «Drácula» de Bram Stoker, con anotaciones a lápiz en los márgenes.
Grant había escrito: «Inexacto. Los licántropos no tememos a la plata.
Es un mito de los cineastas de Hollywood. »
Claire se rió a pesar de todo. Grant la miró con curiosidad.
—¿Qué te hace gracia?
—Tus notas en Drácula. Pareces un crítico literario enfadado con Hollywood.
—Hollywood ha hecho mucho daño a nuestra reputación, Claire. Nos retratan como monstruos sedientos de sangre, cuando en realidad somos criaturas pacíficas que solo matan cuando es necesario. Bueno, la mayoría de nosotros. Ethan es la excepción, no la norma.
—¿Y la plata? ¿Los balas de plata no os matan?
—Las balas normales nos matan, Claire. Somos más resistentes que los humanos, sí, pero no inmortales.
Una bala en el corazón nos mata igual que a cualquiera.
La plata es un mito. Lo que nos daña de verdad es el fuego, y la decapación.
Y, por supuesto, la pérdida de la pareja.
Un licántropo que pierde a su compañera a veces muere de dolor, literalmente.
El corazón se detiene. Es la forma más cruel de matar a un lobo: matar a quien ama.
Claire pensó en esto. Si ella moría, Grant podría morir también.
La idea era aterradora y, al mismo tiempo, le dio una medida del poder que tenía.
No era una víctima en esta historia. Era, de alguna forma, la que tenía el control.
Porque el vínculo iba en los dos sentidos, como el sheriff Hudson había dicho.
Y si Grant la necesitaba tanto como ella a él, entonces no estaba a su merced. Estaban al nivel.
Grant le contó la historia de la manada en detalle, sentado frente al fuego de la cabaña del bosque, con la voz grave y pausada de un narrador que ha vivido lo que cuenta. Claire lo escuchaba fascinada, porque cada detalle era una pieza del rompecabezas que formaba el mundo al que ahora pertenecía.
—La manada de Raven Creek se divide en tres castas, Claire.
Los Thorne, que somos la familia dominante y aportamos el alfa.
Los Hale, que son los betas, la fuerza militar de la manada.
Y los Blackwood, que son los guardianes de las tradiciones, los que mantienen vivo el legado de los fundadores.
Cada casta tiene su papel, su responsabilidad, su territorio dentro del bosque. Y todas responden al alfa, que soy yo.
—¿Y los Brooks?
—Los Brooks son una familia mestiza, Claire.
Mi hijo Nathan lleva el apellido Brooks porque fue adoptado por una familia de lobos de Oregón que llevaba ese nombre.
Cuando Nathan volvió a Raven Creek, le permití conservar el apellido.
Es una excepción, porque normalmente los hijos del alfa llevarían el apellido Thorne.
Pero Nathan es especial, y merece su propio camino.
—¿Y yo? ¿Qué casta soy yo?
—Tú no perteneces a ninguna casta, Claire. Eres la compañera del alfa. Estás por encima de las castas. Eres la luna, y la luna no tiene casta. Brilla para todos por igual.
Claire sonrió. La metáfora era hermosa, y le daba un estatus que no había anticipado. No era una intrusa en la manada. Era la luna. La que iluminaba, la que guiaba, la que unía. Y si Grant decía que era su luna, Claire iba a creerle. Porque, en el mundo de los lobos, las palabras del alfa eran ley.
—A mi madre. Victoria Thorne.