Luna de sangre CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El Sheriff Hudson

Claire condujo de vuelta a la cabaña con las manos agarrotadas en el volante y el corazón latiéndole en las sienes.

La entrevista con Sophia la había dejado agotada y aterrorizada a partes iguales, pero también le había dado algo que no esperaba: claridad.

Ahora sabía que no solo Grant la vigilaba.

También Sophia la amenazaba. Y entre ambos, entre el deseo del uno y el odio de la otra, Claire era una pieza en un tablero que apenas empezaba a comprender.

Necesitaba aliados. Humanos que supieran la verdad y que pudieran protegerla. Jake era uno. Pero necesitaba más. Y entonces pensó en el sheriff.

William Hudson, conocido por todos como Bill, llevaba treinta años al frente de la oficina del sheriff de Raven Creek.

Era un hombre corpulento, de cincuenta y cinco años, con el pelo cano cortado al rape, las manos enormes de leñador y una mirada gris que parecía capaz de ver a través de las paredes.

Claire lo recordaba de su infancia: era el hombre que había venido a su casa la noche del accidente para darle la noticia, el que la había abrazado mientras ella lloraba, el que la había acompañado al hospital donde Martha la esperaba.

Si alguien EL SECRETO DE RAVEN CREEK sabía más de lo que decía, era Bill Hudson.

Claire lo encontró en la comisaría, un edificio de ladrillo de una sola planta en la calle principal, con una bandera estadounidense ondeando en el mástil del jardín y un cartel de neón que decía SHERIFF en letras azules.

El despacho de Hudson olía a café rancio y a desinfectante, y las paredes estaban cubiertas de mapas del condado, fotos de fugitivos y recortes de prensa.

—Claire Bennett. Pensé que vendrías a verme tarde o temprano. Siéntate.

Claire se sentó frente al escritorio metálico. Hudson se reclinó en la silla, que crujió bajo su peso, y la miró con esa expresión de tranquilidad forzada que tienen los hombres acostumbrados a tratar con gente asustada.

—Sheriff, quiero hablarle sobre la muerte de mis padres.

—Lo imaginaba. ¿Qué quieres saber?

—La verdad. No la versión oficial. La verdad.

Hudson suspiró, se frotó la nuca con una mano y miró por la ventana durante un largo momento. Cuando volvió a girarse hacia ella, su expresión había cambiado. Ya no era la del funcionario amable. Era la de un hombre que llevaba un secreto demasiado tiempo y que estaba cansado de cargarlo.

—Claire, lo que voy a contarte no puede salir de esta habitación. ¿Entendido? Si se entera alguien, especialmente los Thorne, los dos estaremos en peligro.

—Lo entiendo.

Hudson se levantó, cerró la puerta del despacho con llave y volvió a sentarse. Sacó una carpeta de un cajón con candado y la puso sobre la mesa.

—La noche del 29 de octubre de 2016, yo estaba de guardia.

Recibí una llamada de un testigo que había visto luces en la carretera 14, cerca del barranco de Coyote Creek.

Fui hasta allí. Cuando llegué, el coche de tus padres estaba volcado en la cuneta.

Tu padre estaba muerto, a unos veinte metros del vehículo.

Tu madre estaba en el suelo, junto al barranco, con un golpe en la cabeza.

Ambos habían muerto hacía menos de una hora.

—¿Qué vio, sheriff?

—Vi marcas, Claire. Marcas que no correspondían a ningún animal conocido.

Huellas enormes, de lobo pero del tamaño de una mano humana abierta.

Garrazos en la carrocería del coche, tan profundos que habían atravesado el metal.

Y sangre. No solo la de tus padres. Había otra sangre, más oscura, que el laboratorio identificó como no humana.

Claire contuvo la respiración. sangre no humana. La sangre de Grant, herido por el rifle de su padre.

—¿Por qué no lo dijo en el informe, sheriff?

—Porque me visitaron, Claire. La mañana después del accidente, antes de que pudiera presentar el informe, Grant Thorne entró en mi despacho.

Se sentó en esa misma silla donde tú estás ahora.

Y me dijo, con toda calma, que si escribía una palabra sobre lobos, huellas o sangre no humana, mi esposa y mis hijas aparecerían muertas en circunstancias igualmente inexplicables.

Y que nadie en el condado movería un dedo para investigar, porque los Thorne controlaban el condado.

—Dios mío.

—Tenía cuarenta años entonces, Claire. Mis hijas tenían ocho y diez. ¿Qué habría hecho? ¿Denunciar a un hombre lobo sin pruebas? ¿Provocar una guerra con la manada? No podía. Así que escribí el informe como me lo pidieron. Accidente por superficie mojada. Caso cerrado.

Hudson abrió la carpeta y la deslizó hacia Claire.

Dentro había fotos que no habían aparecido en el informe oficial: las huellas, los garrazos en el coche, una imagen borrosa de lo que parecía una pata enorme impresa en el barro.

Y un informe del laboratorio que decía, en letras rojas: «Muestra de sangre no coincide con ningún perfil animal conocido. Análisis inconcluso.»

—He guardado esto durante siete años, Claire. Esperando el momento adecuado. Esperando a que alguien viniera a preguntarme. Y ahora estás tú.

—¿Qué quiere que haga, sheriff?

—Quiero que tengas cuidado. Grant Thorne no es el hombre que crees.

Es un depredador, Claire. Muy antiguo, muy poderoso, muy peligroso.

Si te ha puesto el ojo encima, es porque cree que eres suya, y un licántropo que cree poseer a una hembra no se detiene ante nada.

Pero tampoco es invencible. Tiene debilidades. Y la principal eres tú.

—¿Yo?

—El vínculo del que hablan las leyendas, el impronta, funciona en los dos sentidos, Claire. Si él te necesita, tú también tienes poder sobre él. Si aprendes a usarlo, puedes controlar lo que hace. E incluso, si llegas al punto, destruirlo.

Claire cogió la carpeta y la sostuvo contra su pecho como un escudo. Por primera vez desde su llegada a Raven Creek, no se sentía sola. Tenía a Jake. Tenía al sheriff Hudson. Y tenía un arma: la verdad.

—Sheriff, ¿estaría dispuesto a testificar si yo encontrara la forma de llevar el caso ante un tribunal?

Hudson la miró con una mezcla de admiración y compasión.

—Testimoniaría contra Grant Thorne si tuviera una oportunidad real de que se hiciera justicia. Pero los tribunales humanos no pueden juzgar a un licántropo, Claire. Si quieres justicia para tus padres, tendrás que buscarla en su propio mundo. En el mundo de la manada.

—¿Y cómo hago eso?

—Descubriendo sus leyes. Sus debilidades. Sus secretos. Y para eso, necesitarás algo que yo no puedo darte: entrar en su mundo. Acercarte a ellos. Ganarte su confianza. Y para eso, Claire, tendrás que acercarte a Grant.

Claire tragó saliva. Acercarse a Grant. Al hombre que había matado a sus padres. Al hombre que la deseaba. Al hombre del que no podía dejar de pensar, a pesar de todo.

—Lo haré, sheriff. Descubriré la verdad. Y haré que paguen por lo que hicieron.

Hudson asintió con la cabeza y le puso una mano en el hombro.

—Cuidate, muchacha. Y si necesitas ayuda, aquí estaré. Es lo mínimo que puedo hacer por la hija de Margaret Bennett.

Claire salió de la comisaría con la carpeta bajo el brazo y una determinación nueva encendiéndole el pecho. Iba a entrar en el mundo de la manada. Iba a acercarse a Grant. Iba a descubrir todos sus secretos. Y luego decidiría qué hacer con ellos.

Después de la visita al sheriff, Claire condujo hasta el cementerio de Raven Creek.

Era un terreno pequeño en la colina que dominaba el pueblo, con lápidas de mármol y granito que se remontaban al siglo XIX, rodeado de cedros centenarios y cercado por una verja de hierro forjado.

Las tumbas de Robert y Margaret Bennett estaban en la esquina noreste, bajo un arce cuyo follaje se teñía de rojo en otoño.

Claire se arrodilló frente a las lápidas y las limpió de hojas con las manos.

«Robert Bennett. 1965-2016. Querido esposo y padre.»

«Margaret Bennett. 1968-2016. Querida esposa y madre.»

Dos lápidas idénticas, separadas por treinta centímetros de hierba. Dos vidas cortadas la misma noche, en la misma carretera, por la misma mano. Claire las miró durante un largo rato, con las manos en el regazo y las lágrimas cayendo silenciosamente sobre la hierba.

—Mamá. Papá. Lo siento. Lo siento por no haber vuelto antes.

Por no haber buscado la verdad cuando todavía era posible.

Por haber vivido seis años en Portland como si nada hubiera pasado, como si pudiera olvidarlos.

No los olvidé. Nunca los olvidé. Cada día, cada noche, los eché de menos.

Cada cumpleaños, cada Navidad, cada vez que alguien me preguntaba por mi familia, sentí el vacío que dejaron.

Y ahora que he vuelto, ahora que sé la verdad, no sé qué hacer con ella.

—Papá, Grant mató. Lo confesó. Dijo que fue en defensa de la manada, que ibas a revelar el secreto, que no tuvo elección.

No sé si le creo. No sé si puedo creerle.

Pero también sé que mamá lo amaba, que lo amó hasta el último aliento, y que me pidió que lo cuidara.

¿Cómo hago eso, papá? ¿Cómo cuido del hombre que te mató? ¿Cómo perdono lo imperdonable?

—Mamá, el diario me lo contó todo. Tu amor por Grant, la culpa que sentías, el sacrificio de renunciar a él por mí.

Te agradezco que me protegieras. Te agradezco que me dieras una infancia normal, lejos de los lobos y los secretos.

Pero ahora estoy aquí, mamá. Estoy en el mundo que dejaste, y no sé cómo moverme en él.

Grant dice que me ama. Dice que el vínculo que tenían se transfirió a mí.

Dice que soy su compañera. ¿Es verdad, mamá?

¿Puedo amar al hombre que amaste? ¿Es traicionarte, o es continuar lo que tú empezaste?

El viento sopló entre los cedros, y las hojas del árbol cayeron sobre las lápidas como una lluvia de fuego.

Claire las recogió una a una, las guardó en el bolsillo, y se quedó arrodillada hasta que el sol se puso y las estrellas aparecieron sobre el cementerio.

Y entonces, con una decisión que le nació del fondo del alma, se puso en pie, besó cada lápida, y se fue.

No sabía si perdonaba a Grant. No sabía si podía amarlo. Pero sabía que iba a averiguarlo. Y que, viniera lo que viniera, sus padres la estarían mirando desde donde fuera que estuvieran, guiándola, protegiéndola, como siempre habían hecho.

Después de la visita al sheriff Hudson, Claire fue a ver a Martha de nuevo.

Su tía había mejorado: estaba sentada en la cama, con el color recobrado a las mejillas y la mirada alerta.

Claire se sentó a su lado y le contó todo: lo del diario, lo de la confesión de Grant, lo de la carpeta del sheriff, lo de los recortes de prensa en la biblioteca.

Martha la escuchó en silencio, con una expresión que mezclaba el alivio y la tristeza. Al final, cuando Claire terminó, le cogió la mano y la apretó con fuerza.

—Claire, hay algo más que debes saber. Sobre tu madre. Sobre por qué Grant la amaba tanto.

—Tía, ¿qué más puede haber?

—Margaret no era una humana cualquiera, Claire.

Tenía lo que los lobos llaman «la sangre de la luna».

Es una línea genética muy rara, que se da en ciertas familias humanas que han vivido cerca de los licántropos durante generaciones.

Los que tienen la sangre de la luna son más sensibles a los vínculos, más receptivos a la energía de los lobos, más compatibles con ellos.

Es por eso que los Thorne se sienten atraídos por las Bennett, Claire.

No es casualidad. Es genética. Es destino.

—¿Mi madre sabía que tenía la sangre de la luna?

—Lo descubrió cuando conoció a Grant. Él se lo dijo.

Y le explicó que era la razón por la que el vínculo entre ellos era tan fuerte.

Por eso tu madre no podía dejarlo, Claire.

No era solo amor. Era algo más profundo, más antiguo, más poderoso.

La sangre de la luna la llamaba hacia Grant, y la sangre de la luna en Grant la llamaba a ella.

Era una conexión que iba más allá de la voluntad.

—¿Y yo? ¿Tengo la sangre de la luna?

—Si la tenía tu madre, la tienes tú, Claire.

Es hereditaria. Y es probable que sea la razón por la que el vínculo se transfirió de Margaret a ti.

La sangre de la luna busca la sangre de los Thorne, generación tras generación.

Es una maldición, Claire. Pero también es un don. Depende de ti qué haces con él.

El sheriff Hudson le contó más cosas. Cosas que no estaban en la carpeta, que no estaban en ningún informe, que solo él sabía porque las había vivido.

—Claire, la noche del accidente, cuando llegué al lugar, vi algo más.

Algo que no puse en el informe porque nadie me habría creído.

Vi a Grant Thorne, en forma de lobo, arrodillado junto al cuerpo de tu madre.

La estaba oliendo, lamiéndole la cara, como un animal que intenta despertar a su pareja.

Y aullaba, Claire. Un aullido tan largo y tan desolado que me heló la sangre.

No era el aullido de un depredador. Era el aullido de un hombre que perdía lo que más amaba.

—¿Lo viste así? ¿En forma de lobo?

—Sí, Claire. Fue la primera vez que vi a un licántropo transformado.

Y la última. Grant se fue cuando oyó mi coche, pero el aullido siguió resonando en el bosque durante horas.

Lo oí toda la noche, mientras esperaba a la grúa y al forense.

Y cada vez que lo oía, sentía el dolor de un hombre que lo había perdido todo.

—Sheriff, ¿por qué no me contaste esto antes?

—Porque no me habrías creído, Claire. Y porque Grant me amenazó.

Pero también porque, a pesar de todo, vi algo esa noche que me hizo dudar.

Vi que Grant amaba a tu madre. De verdad.

No como un depredador ama a su presa, sino como un hombre ama a una mujer.

Y eso, Claire, lo cambia todo. No lo justifica. Pero lo cambia.

Claire salió de la comisaría con la mente llena de imágenes.

Grant, en forma de lobo, arrodillado junto al cuerpo de Margaret.

Aullando de dolor. La imagen era desgarradora y, al mismo tiempo, le dio una perspectiva que no tenía antes.

Grant no era un monstruo sin sentimientos.

Era un hombre, un lobo, que había cometido un error terrible y que lo pagaba cada día de su vida.

Y Claire, a pesar de todo, empezaba a entender por qué su madre lo había amado.

Pero mientras caminaba hacia la camioneta, una parte de ella, la parte que recordaba el roce de los dedos de Grant en su mejilla, la parte que había sentido la descarga eléctrica de su proximidad, le susurraba una verdad incómoda: ¿y si, al acercarse a él, no encontraba solo respuestas, sino algo que no quería encontrar?

¿Y si el vínculo del que hablaban era real, y ella no era tan libre como creía?