Luna de sangre CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Sophia Blackwood

Claire se quedó paralizada en la acera, mirando el coche negro que arrancaba y se alejaba con un rugido sordo.

La mujer de los ojos violetas había desaparecido, pero su sonrisa y sus palabras labiadas seguían grabadas en la mente de Claire como una amenaza escrita con fuego.

«Aléjate de él, humana. O te destruiré.» ¿Quién era? ¿Otra miembro de la manada? ¿Una rival?

Condujo de vuelta a la cabaña con la vista fija en la carretera y las manos agarrotadas sobre el volante.

Al llegar, encontró algo que la sobresaltó: la puerta del porche estaba abierta, a pesar de que ella la había cerrado con cerrojo.

Salió de la camioneta con cautela, mirando alrededor, y empujó la puerta con el hombro.

El interior estaba exactamente como lo había dejado. Nada había sido robado ni revuelto. Pero sobre la mesa del comedor, donde no había nada antes, había una nota escrita a mano en un papel de pergamino amarillento:

«Claire Bennett. Nos conocemos pronto. Te estaré esperando en el claro del lago Mirror al atardecer. Si no vienes, vendré a buscarte. —Sophia Blackwood.»

Claire cogió la nota con dedos temblorosos.

Sophia Blackwood. El nombre le resultaba familiar, y tardó un momento en situarlo: el diario de su madre.

Margaret había escrito sobre una loba llamada Sophia que la odiaba por celos, una Blackwood de pura sangre que se consideraba la compañera legítima de Grant y que nunca había perdonado a Margaret por arrebatarle su lugar.

Si Sophia era la misma mujer de los ojos violetas, y si sentía por Claire la misma rivalidad que había sentido por Margaret, entonces Claire estaba en peligro.

Pero también tenía una oportunidad: Sophia podía darle información que Grant no le había dado.

Información sobre la manada, sobre el vínculo, sobre las debilidades de Grant.

Decidió ir al lago Mirror. No por valentía, sino porque quedarse de brazos cruzados la consumiría. Necesitaba respuestas, y Sophia parecía dispuesta a dárselas. O al menos a darle su versión de la historia.

El lago Mirror estaba a unos quince kilómetros de la cabaña, al final de un camino de tierra que serpenteaba entre los pinos hasta desembocar en un claro circular rodeado de abedules plateados.

El agua del lago era tan quieta y transparente que reflejaba el cielo como un espejo, de ahí su nombre.

Claire aparcó la camioneta junto a la orilla y esperó.

El atardecer pintó el cielo de rojo y naranja. Los pájaros callaron. El bosque se quedó en silencio, como si contuviera la respiración. Y entonces, entre los árboles, apareció Sophia Blackwood.

Caminaba descalza sobre la hierba, con un vestido negro que le llegaba hasta los tobillos y el pelo negro suelto ondeando al viento como una bandera de luto. Sus ojos violetas brillaban con una luz propia, y su sonrisa era la misma que Claire había visto en el coche: fría, calculadora, peligrosa.

—Claire Bennett. Qué amable de tu parte aceptar mi invitación.

—No tenía mucho dónde escoger, ¿verdad? Dijiste que vendrías a buscarme.

—Era una forma de hablar. Pero me gusta que tomes iniciativas. Demuestra carácter. Margaret también lo tenía.

—Conociste a mi madre.

—La conocí muy bien. La odié durante años. Y la lloré cuando murió, aunque te cueste creerlo. No porque la quisiera, sino porque su muerte destruyó a Grant, y un Grant destruido es un alfa débil. Y un alfa débil pone en peligro a toda la manada.

Claire la estudió con atención. Sophia era hermosa de una forma sobrenatural, como si la perfección de sus rasgos fuera demasiado simétrica para ser humana.

Pero había algo en ella, una dureza en la mandíbula, una frialdad en la mirada, que la hacía parecer una estatua viviente más que una mujer de carne y hueso.

—¿Por qué me has llamado aquí, Sophia?

—Para advertirte. Y para ofrecerte un trato.

Sophia se sentó en una roca junto a la orilla del lago y le hizo un gesto a Claire para que se sentara frente a ella, como si fuera una audiencia con una reina. Claire se sentó en la hierba, manteniendo la distancia.

—Cree que eres su compañera, Claire. Lo cree desde el día en que naciste.

Cuando te miró por primera vez, hace veintitrés años, supo que el vínculo que tenía con Margaret se había transferido a ti.

Y desde entonces, te ha esperado. Te ha vigilado.

Te ha protegido de lejos, como un perro guardián que aguarda el momento de reclamar lo que cree suyo.

—Lo sé. Me lo dijo.

—¿Te dijo también lo que eso significa? ¿Te dijo que, si aceptas el vínculo, te convertirás en su compañera de por vida? ¿Que no podrás abandonarlo nunca, que estarás unida a él hasta que uno de los dos muera? ¿Que cualquier hijo que tengas será un licántropo, un monstruo como él?

—No me dijo tanto. Pero tampoco me importa. No voy a aceptar ningún vínculo con el hombre que mató a mis padres.

Sophia sonrió, y esta vez hubo algo parecido a la aprobación en sus ojos violetas.

—Bien. Entonces estamos del mismo lado. Yo tampoco quiero que aceptes el vínculo.

Grant es mi compañero legítimo, Claire. Los Blackwood y los Thorne llevan siglos uniendo sus sangres.

Mis padres lo acordaron con los suyos antes de que yo naciera.

Soy la loba destinada a gobernar a su lado. Y una humana no puede ocupar ese lugar.

—¿Y qué quieres de mí?

—Que te vayas de Raven Creek. Esta misma noche. Coge tu maleta, sube a tu camioneta y no mires atrás. Deja a Grant para mí, y te dejaré vivir.

Claire la miró fijamente. La amenaza era clara, pero también lo era la inseguridad que se escondía detrás. Sophia tenía miedo. Miedo de que Claire aceptara el vínculo, miedo de que Grant la eligiera a ella por segunda vez, miedo de perder lo que consideraba suyo por derecho de nacimiento.

—¿Y si no me voy?

Sophia se inclinó hacia delante, y Claire vio que sus ojos se habían vuelto de un dorado brillante, idénticos a los de Grant pero más fríos, más letales.

—Entonces te mataré, Claire. Con la misma facilidad con la que te estoy hablando.

Te desgarraré la garganta y dejaré tu cuerpo en el bosque para que los cuervos lo devoren.

Y Grant no podrá hacer nada para evitarlo, porque si ataca a un miembro de la manada sin causa justa, perderá su posición de alfa y su propio hermano lo matará.

¿Entiendes? No puedes ganar. La única opción que tienes es irte.

Claire se puso en pie, con las piernas temblorosas pero la barbilla en alto.

—No me voy a ir, Sophia. No hasta que descubra toda la verdad sobre mis padres.

Y no hasta que decida yo misma qué hacer con Grant.

Si quieres matarme, hazlo ahora. Pero te advierto una cosa: si me matas, Grant te perseguirá hasta el fin del mundo.

Y no como alfa, sino como hombre. Porque me ama, Sophia.

Me ama de la misma forma en que amó a mi madre.

Y eso te aterra más que cualquier otra cosa.

Sophia se quedó inmóvil, con los ojos dorados fijos en Claire, y durante un instante, Claire creyó que iba a saltar sobre ella y desgarrarle la garganta ahí mismo. Pero la loba se contuvo. Se puso en pie lentamente, se alisó el vestido y le dio la espalda.

—Tienes una semana, Claire. Después de eso, no responderé de mis actos.

El lago Mirror era uno de los lugares más antiguos de Raven Creek.

Según la leyenda, había sido creado por un meteorito que cayó hacía miles de años, y su agua, alimentada por manantiales subterráneos, era tan pura y fría que nunca se congelaba, ni siquiera en los peores inviernos.

Los lobos de la manada lo consideraban sagrado: era el lugar donde se celebraban las ceremonias más importantes, donde los cachorros se transformaban por primera vez, donde los alfas renovaban su juramento ante la luna llena.

Y era el lugar, le había contado Victoria, donde las compañeras transferidas debían realizar el ritual de purificación antes de su primera transformación.

Sophia eligió el lago para la reunión con Claire a propósito.

Era su territorio, el lugar donde se sentía más fuerte, más conectada con su loba.

Y quería que Claire lo viera, que entendiera que ella era parte de aquel mundo de una forma que Claire, por mucho que se transformara, nunca llegaría a ser.

Sophia era Blackwood de pura sangre, con trescientos años de historia en las venas.

Claire era una Bennett, una humana que se había colado en un mundo que no le pertenecía.

—Sophia, ¿por qué me odias? —preguntó Claire, mientras la loba la estudiaba con sus ojos violetas—. Ni siquiera me conoces.

—Te odio por lo que representas, Claire.

Eres la prueba de que Grant no me eligió.

Que prefirió a una humana, a la hija de su amante, antes que a una loba de pura sangre que llevaba esperándolo toda la vida.

¿Sabes lo que es eso? ¿Esperar a alguien durante treinta años, prepararte para ser su compañera, soñar con el día en que te reclame, y que al final elija a otra?

Es una humillación, Claire. Una humillación que no voy a olvidar ni a perdonar.

—Sophia, el vínculo no es una elección. Grant no me eligió más de lo que yo lo elegí a él. Nos pasó. Como le pasó con mi madre. No es algo que se pueda controlar.

—Eso es lo que dicen los lobos que no quieren asumir su responsabilidad.

El vínculo es una excusa, Claire. Una forma elegante de decir «no podía evitarlo».

Pero siempre se puede evitar. Grant podría haberme elegido a mí.

Podría haber resistido el vínculo, como otros alfas han hecho antes que él.

Pero no quiso. Porque es débil. Porque prefiere el confort de una humana fácil al desafío de una loba que lo desafiaría.

—¿Fácil? ¿Crees que ser la compañera de un hombre lobo que mató a mis padres es fácil? ¿Que vivir con el peso de una verdad que me destruye es fácil? Sophia, no sabes nada de mí. Y no sabes nada de Grant.

Sophia la miró con una intensidad que Claire sintió como un golpe físico.

Y por un instante, detrás de la hostilidad, Claire creyó ver algo diferente: dolor.

Un dolor profundo, antiguo, que Sophia llevaba cargando treinta años.

Era una mujer lobo que había amado a un hombre que no la amaba, y que no había encontrado la forma de seguir adelante.

Y en lugar de compasión, Claire sintió algo que la sorprendió: empatía.

—Sophia, lo siento. De verdad lo siento.

No sabía lo que sentías. Pero te juro que no busqué esto.

No busqué a Grant, ni el vínculo, ni nada de lo que ha pasado.

Y si pudiera devolverte lo que perdiste, lo haría.

Pero no puedo. Lo único que puedo hacer es pedirte que no me castigues por algo que no controlé.

—Las palabras no me devuelven treinta años, Claire. Nada me los devuelve. Pero te daré una semana, como dije. Una semana para que te vayas. Y si no te vas, haré lo que tenga que hacer.

Y desapareció entre los árboles con la velocidad de una sombra, dejando a Claire sola junto al lago, temblando de miedo y de una adrenalina que le zumbaba en las sienes como una avispa enjaulada.