CAPÍTULO 8
La Manada
A la mañana siguiente, Claire se despertó con los ojos hinchados y la garganta seca.
Se duchó con agua casi helada para despejarse, se vistió con ropa limpia y bajó a la cocina a prepararse un café.
La tormenta había pasado, y la luz dorada del amanecer entraba por las ventanas con una claridad que parecía burlarse de su estado de ánimo.
Mientras bebía el café, tomó una decisión. No podía quedarse encerrada en la cabaña esperando a que Grant volviera. Iba a investigar por su cuenta. Iba a descubrir todo lo que pudiera sobre los Thorne, sobre la manada, sobre los extraños sucesos de Raven Creek. Y para eso necesitaba aliados.
Su primera parada fue la biblioteca pública del pueblo, un edificio de ladrillo rojo en la calle principal que olía a papel viejo y a polvo. La bibliotecaria, una mujer mayor llamada Mrs. Henderson, la recibió con una sonrisa.
—Claire Bennett. Cuánto tiempo. ¿En qué puedo ayudarte?
—Busco información sobre la familia Thorne. Historia, archivos antiguos, lo que tenga.
Mrs. Henderson arqueó las cejas, pero no hizo preguntas. La condujo a la sección de historia local, un rincón lleno de estanterías con libros de tapas duras y carpetas de recortes de prensa. Claire se sentó en una mesa y empezó a hojear.
Lo que encontró la dejó sin aliento. Los Thorne habían fundado Raven Creek en 1872, cuando un tal Elijah Thorne compró miles de acres de bosque y estableció la empresa maderera que seguía siendo el motor económico del pueblo.
A lo largo de los decades, la familia había amasado una fortuna y una influencia que rayaba en la realeza.
Pero lo que más llamó la atención de Claire fueron los recortes de prensa sobre desapariciones y muertes extrañas.
En 1934, dos leñadores desaparecieron en el bosque y nunca se encontraron sus cuerpos.
En 1958, una joven llamada Mary Whitfield fue encontrada muerta en el claro del lago Mirror, con el cuerpo desgarrado por lo que el forense describió como «un animal de gran tamaño no identificado».
En 1971, tres cazadores murieron en circunstancias misteriosas durante una noche de luna llena.
En 1992, una pareja de excursionistas fue atacada por algo que los testigos describieron como «un lobo gigantesco de ojos dorados».
Y en octubre de 2016, Robert y Margaret Bennett murieron en un accidente de tráfico en la carretera 14. Sin testigos. Sin explicación.
Claire cerró la carpeta con las manos temblorosas. La frecuencia de los incidentes era demasiado alta para ser casualidad. Cada veinte o treinta años, algo oscuro sacudía Raven Creek, y siempre acababa con muertos y sin respuestas. ¿Eran los Thorne? ¿La manada? ¿Grant?
Salió de la biblioteca con la cabeza llena de preguntas y se dirigió al taller de Morrison, donde sabía que encontraría a Jake.
El taller estaba en las afueras del pueblo, un cobertizo de chapa metálica lleno de coches en reparación y olor a aceite.
Jake estaba debajo de una pickup, con las piernas asomando por debajo del parachoques.
—Jake. Necesito hablar contigo.
Él salió rodando en el carrito, con la cara manchada de grasa y una llave inglesa en la mano. Al verla, se puso en pie y se limpió las manos en un trapo.
—Claire. ¿Qué tal tu tía?
—Mejor. Jake, necesito que me cuentes todo lo que sabes sobre los Thorne. Lo que no me dijiste en el diner. Lo que el pueblo sabe pero no dice en voz alta.
Jake la miró durante un largo momento, como si sopesara si confiar en ella. Finalmente, suspiró y le hizo un gesto para que lo siguiera a la trastienda del taller, un cuarto pequeño con una nevera, una mesa plegable y dos sillas.
—Siéntate. Esto es largo.
Claire se sentó. Jake sacó dos cervezas de la nevera, le ofreció una y, cuando ella negó, la abrió para él mismo. Bebió un trago largo antes de hablar.
—Los Thorne son hombres lobo, Claire. Sé que suena a película de terror, pero es verdad.
Lo sé porque lo vi con mis propios ojos cuando tenía doce años.
Estaba cazando con mi padre en el bosque, una noche de luna llena, y vimos a tres de ellos transformarse.
Uno era Grant. Lo reconocí por la cicatriz de la ceja.
Los otros dos eran su hermano Ethan y un tipo más joven que después supe que se llama Derek.
Claire no dijo nada. No se sorprendió. Después del diario de su madre y de la confesión de Grant, nada podía sorprenderla ya.
—Mi padre me prohibió contar lo que habíamos visto.
Dijo que los Thorne eran peligrosos, que si hablábamos nos matarían, que la única forma de sobrevivir EL SECRETO DE RAVEN CREEK era fingir que no sabíamos nada.
Y así ha sido desde entonces. Todo el pueblo sabe, Claire.
Todos saben lo que son. Pero nadie habla. Tienen miedo.
—¿Cuántos son?
—La manada tiene unos veinte miembros, creo.
Los Thorne son la familia dominante: Grant es el alfa, Ethan es el segundo en la línea de sucesión, y su madre Victoria es la matriarca.
Luego están los Hale, los Blackwood, los Brooks…
Familias que llevan aquí tanto tiempo como los Thorne y que comparten la misma sangre.
Los humanos que nos cruzamos con ellos somos el ganado, Claire.
Nos toleran porque les resulta útil, pero si nos convertimos en un problema, desaparecemos.
—¿Como mis padres?
Jake la miró con sorpresa.
—¿Lo sabes?
—Lo sé. Grant me lo contó anoche.
—¿Te lo contó? ¿Grant Thorne te confesó que mató a tus padres?
—Sí.
Jake dejó la cerveza en la mesa con un golpe seco.
—Claire, ¿estás bien? ¿Necesitas que vayamos a la policía?
—¿Y qué les diríamos, Jake? ¿Que un hombre lobo confesó un asesinato? Sin pruebas, sin cuerpos, sin testigos. No me creerían.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
Claire se quedó mirando las manos, manchadas de tinta del diario de su madre.
—No lo sé. Pero necesito entender qué es Grant. Qué soy yo para él. Y qué quiere de mí.
Jake la agarró del brazo, con fuerza.
—Claire, escúchame. Lo que Grant quiere de ti es lo mismo que quería de tu madre. Usarte. Consumirte. Descartarte cuando termine. No es amor, es obsesión. Es instinto animal disfrazado de sentimiento. No te dejes engañar.
—Lo sé, Jake. Lo sé.
Pero mientras lo decía, una parte de ella, la parte que había sentido el roce de los dedos de Grant en su mejilla, la parte que había visto la ternura en sus ojos dorados, le decía que Jake se equivocaba.
Que lo que Grant sentía no era solo instinto.
Que había algo más, algo más profundo y más aterrador, porque era real.
Salió del taller y caminó hacia la camioneta.
A medio camino, se detuvo. Un coche negro aparcado en la acera de enfrente llamó su atención.
En el asiento del copiloto, una mujer la observaba con unos ojos violetas que parecían dos gemas oscuras.
Era hermosa, de rasgos afilados, pelo negro liso hasta la cintura y una piel pálida que brillaba bajo el sol de octubre como mármol pulido.
La mujer sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa lenta, depredadora, que le erizó el vello de los brazos. Y luego, con un movimiento de labios que Claire leyó sin dificultad, articuló:
Jake le contó más cosas en el taller. Cosas que Claire no sabía, que nadie le había contado, y que le daban una perspectiva nueva del pueblo en el que había crecido.
Raven Creek no era solo un pueblo maderero perdido en Oregón: era un punto de encuentro entre dos mundos, un lugar donde humanos y licántropos habían coexistido, en tensión y en silencio, durante más de un siglo.
—Claire, ¿sabes por qué este pueblo se llama Raven Creek?
Por los Blackwood, la familia de lobos que vivía aquí antes de que llegaran los Thorne.
Los Blackwood eran los dueños originales de estas tierras.
Los Thorne los desplazaron hace trescientos años, se hicieron con el territorio, y desde entonces, las dos familias han vivido en una guerra fría que nunca se ha resuelto del todo.
—¿Sophia es una Blackwood?
—Sí. La última de pura sangre. Los Thorne la mantienen en la manada porque matarla sería desencadenar una guerra civil.
Pero Sophia no ha olvidado lo que los Thorne le hicieron a su familia.
Y usa su posición como compañera legítima de Grant para mantener viva la reivindicación.
Si Grant la rechaza, como ha hecho con tu madre y contigo, Sophia se convierte en una bomba de relojería. Y todos lo saben.
—Jake, ¿por qué sabes todo esto? Eres humano.
—Mi padre era un cazador, Claire. Conocía el bosque mejor que nadie, y los Thorne lo respetaban porque les traía información sobre los movimientos de los cazadores externos.
A cambio, le dejaban cazar en su territorio.
Mi padre vio cosas que ningún humano debería ver.
Y me las contó, para que yo supiera con qué lidiar si decidía quedarme en el pueblo.
—¿Y te quedaste?
—Me quedé, Claire. Porque este es mi hogar. Y porque, a pesar de todo, los Thorne no son los monstruos que la gente cree. Son criaturas complejas, con sus leyes, su código, su honor. Si los respetas, te respetan. Si los amenazas, te destruyen. Es simple. Y peligroso. Pero es lo que hay.
Claire salió del taller con la cabeza llena de información nueva. Los Blackwood y los Thorne. Una guerra fría de tres siglos. Sophia como bomba de relojería. Y ella, Claire Bennett, en el centro de todo, sin saber todavía que su llegada iba a ser la chispa que encendiera la guerra.
Después de la conversación con Jake en el taller, Claire fue a la biblioteca del pueblo a buscar más información.
La bibliotecaria, Mrs. Henderson, la recibió con una sonrisa y la condujo a la sección de historia local, donde Claire pasó horas revisando recortes de prensa antiguos y libros sobre la historia de Raven Creek.
Lo que encontró la dejó sin aliento. Los Thorne habían fundado el pueblo en 1872, pero los Blackwood ya estaban allí.
Habían llegado antes, mucho antes, y habían vivido en el bosque durante generaciones.
Cuando los Thorne compraron las tierras y establecieron la empresa maderera, los Blackwood se integraron en la nueva comunidad, pero mantuvieron su identidad como una familia separada, con sus propias tradiciones y su propio orgullo.
La tensión entre las dos familias se remontaba a un conflicto territorial de finales del siglo XIX.
Elijah Thorne, el fundador, había reclamado el liderazgo de la manada combinada, y Vincent Blackwood, el entonces alfa de los Blackwood, se había negado a aceptarlo.
El conflicto se resolvió con un combate: Elijah ganó, Vincent fue exiliado, y los Thorne se convirtieron en la familia dominante de Raven Creek.
Pero los Blackwood no olvidaron. A lo largo de las generaciones, mantuvieron viva la reivindicación de su derecho al liderazgo.
Y cuando Victoria Thorne exilió al segundo Vincent Blackwood, treinta años atrás, la herida se reabrió.
Sophia Blackwood, la hija de Vincent, era la última de su línea, y llevaba toda su vida esperando el momento de reclamar lo que consideraba suyo: el liderazgo de la manada y la posición de compañera del alfa.
Claire cerró el libro de historia y se frotó los ojos.
La historia de Raven Creek era más compleja de lo que había imaginado.
No era solo una historia de lobos y humanos.
Era una historia de familias, de rencores, de guerras frías que duraban siglos.
Y ella, sin saberlo, se había metido en el centro de todo.
Como su madre antes que ella. Como las Bennett antes que Margaret.
Era un patrón que se repetía, una rueda que giraba, y Claire no sabía si podía detenerla o si, como las mujeres que la precedieron, iba a ser aplastada por ella.
Jake le contó más detalles sobre la manada en el taller.
Dibujó un mapa en una servilleta de papel, con las zonas del bosque que pertenecían a cada familia, los puntos de patrulla, las rutas que usaban los lobos para moverse entre el pueblo y el territorio.
Claire lo escuchaba con fascinación, porque cada detalle era una pieza del mundo que estaba descubriendo.
—Claire, los Thorne controlan la zona norte del bosque, donde está la mansión y la empresa maderera.
Los Hale controlan el este, donde está el taller y la zona residencial.
Los Blackwood controlaban el oeste, pero desde que Vincent fue exiliado, esa zona está en disputa.
Y el sur, donde está el lago Mirror, es territorio neutral, donde se hacen las ceremonias.
—¿Y los humanos? ¿Dónde encajamos?
—Los humanos viven en el pueblo, que es la zona central. Los lobos os respetan mientras no entren en el bosque de noche. Y ustedes les respetan mientras no salgan del bosque de día. Es un equilibrio frágil, Claire, pero ha funcionado durante generaciones.
—¿Y si se rompe?
—Entonces hay problemas. Como los que hubo con tus padres. Tu padre iba a romper el equilibrio, Claire. Iba a revelar el secreto. Y eso, para los lobos, era inaceptable.
Claire procesó la información con un nudo en el estómago.
Su padre no había sido un hombre malo. Solo era un hombre destrozado que quería proteger a su familia y que, en su furia, había amenazado con revelar un secreto que mantenía a todo un pueblo en equilibrio.
Y por esa amenaza, había muerto. No era justo.
Pero era lo que había pasado. Y Claire, ahora, tenía que vivir con ello.
«Aléjate de él, humana. O te destruiré.»