Luna de sangre CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Deseo Prohibido

Claire retiró el rostro de la mano de Grant y se levantó del sillón con las piernas temblorosas.

Se alejó hasta la ventana, donde la lluvia golpeaba los cristales con una furia que parecía reflejar la tormenta que rugía en su interior.

No podía procesar lo que acababa de oír.

No podía aceptar que el hombre que había confesado haber matado a sus padres le estuviera diciendo que la deseaba, que la consideraba su compañera, como si el amor que había sentido por su madre pudiera simplemente transferirse a ella como una herencia incómoda.

—Tienes que irte —dijo sin volverse—. Ahora mismo.

—Claire…

—¡He dicho que te vayas! No puedo… no puedo pensar con tú aquí. No puedo respirar. Tienes que irte.

Grant se puso en pie lentamente. Claire oyó el crujido de sus botas sobre la madera, el roce de su chaqueta de cuero, el peso de su presencia acercándose.

No se dio la vuelta. Si lo hacía, si lo miraba de nuevo, sabía que no resistiría.

Había algo en esos ojos dorados que la desarmaba, que anulaba toda su voluntad, toda su razón. Y la aterrorizaba.

—Volveré, Claire. No puedo alejarme de ti. Físicamente no puedo. Es parte del vínculo. Pero te daré tiempo. Volveré mañana, y pasado mañana, y todos los días que haga falta hasta que estés lista para hablar.

—No quiero volver a verte, Grant.

—Mientes. Tu corazón se acelera cuando estoy cerca. Tu cuerpo se inclina hacia mí sin que te des cuenta. Tu olor cambia, Claire. Ahora mismo hueles a deseo y a miedo a partes iguales, y es la combinación más embriagante que he respirado en mi vida.

Claire se volvió, furiosa. La descaro de ese hombre, la forma en que leía su cuerpo como un libro abierto, la sacaba de quicio.

—¡No me leas como si fuera un animal!

—Lo siento. Es lo que soy.

La sinceridad de la respuesta la desarmó.

Grant la miraba con una intensidad que le hacía daño, como si cada segundo que pasaba lejos de ella le causara sufrimiento físico.

Y Claire, a pesar de todo, de la confesión, del diario, de la muerte de sus padres, sintió una punzada de compasión que la llenó de vergüenza.

Grant se dio la vuelta y abrió la puerta. La lluvia entró en ráfagas, mojando el suelo de madera. En el umbral, se detuvo y la miró por encima del hombro.

—Hay una cosa más que debes saber, Claire.

No soy el único que te vigila. Mi hermano Ethan sabe que has vuelto.

Y él no siente por ti lo que yo siento. Para él, eres una amenaza.

Un humano que conoce nuestro secreto. Si te encuentra sola, te matará sin dudarlo.

Cierra las puertas. No salgas de noche. Y si oyes aullidos, no mires por la ventana.

Salió de la cabaña y desapareció en la oscuridad del bosque con una rapidez que desafiaba la física.

Un instante después, Claire oyó un aullido largo y desgarrador que cortó el sonido de la lluvia como un cuchillo, y supo que Grant se había transformado, que el hombre se había convertido en bestia, y que la noche lo había reclamado como suya.

Cerró la puerta con cerrojo, bajó las persianas y se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, temblando. El diario de su madre seguía en el sillón, abierto por la última página, como una acusación silenciosa.

¿Qué iba a hacer ahora? ¿Ir a la policía con el diario?

¿Contarles que Grant Thorne era un hombre lobo que había confesado un doble asesinato?

Se la reirían en la cara. O peor: pensarían que estaba loca.

Sin un cuerpo, sin pruebas, sin testigos, la confesión verbal de un hombre no servía de nada.

Y si mostraba el diario, dirían que era una falsificación, que Margaret Bennett había escrito cualquier cosa en un momento de delirio.

No, no podía ir a la policía. No todavía.

Necesitaba pruebas. Necesitaba entender qué era Grant en realidad, qué era la manada, qué significaba eso del vínculo y del impronta.

Necesitaba saber si ella misma era humana del todo o si llevaba en la sangre algo que la conectaba con aquel mundo imposible.

Y, sobre todo, necesitaba entender por qué, a pesar de todo, no podía dejar de pensar en Grant Thorne.

Se arrastró hasta la cama y se acostó vestida, con el diario bajo la almohada como si fuera un talismán.

Cerró los ojos, pero el sueño no llegó. En su lugar, las imágenes se agolparon: Grant arrodillado frente a ella, Grant con los ojos humedecidos, Grant acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos.

Y la voz de él, grave y rota, resonando en su cabeza como un eco.

«Eres mía. Como compañera.»

Claire se apretó las sábanas contra el pecho y mordió la almohada para no gritar.

Estaba perdida. Lo supo en ese instante, con la claridad brutal de quien se asoma a un abismo y ve el fondo.

Estaba perdida porque, por mucho que su mente lo rechazara, su cuerpo y su corazón tiraban de ella hacia el hombre lobo que había destruido a su familia.

Claire intentó distraerse durante los días siguientes.

Se dedicó a limpiar la cabaña de Martha de arriba abajo, a organizar las pertenencias de su tía, a cocinar platos que luego no comía.

Cualquier cosa para no pensar en Grant, en sus ojos dorados, en la promesa que latía en sus palabras.

Pero nada funcionaba. Grant estaba en todas partes: en el olor del bosque, en el sonido del viento, en la luz dorada del atardecer que se colaba por las ventanas.

Y cada noche, cuando se acostaba, Claire lo sentía en el borde del bosque, velando por ella como un perro guardián, como había hecho durante siete años.

Una tarde, fue a visitar a su amiga Lily Reeves, la única persona EL SECRETO DE RAVEN CREEK con la que podía hablar sin filtros.

Lily era la hija del dueño de la farmacia del pueblo, una chica de veintiún años con el pelo rubio platino y la risa fácil, que había sido la mejor amiga de Claire en el instituto y que la recibió en su apartamento sobre la farmacia con un grito de alegría y un abrazo que casi la derriba.

—¡Claire! ¡Dios mío, cuánto tiempo! ¿Cuándo has vuelto? ¿Por qué no me llamaste?

—Lo siento, Lil. Ha sido todo muy rápido. Martha tuvo un derrame y vine enseguida.

—Lo sé, lo supe por mi madre. ¿Cómo está?

—Mejor. Se recuperará. Pero necesito hablar contigo, Lil. De algo serio.

Se sentaron en el sofá de Lily, con dos tazas de té y una caja de galletas que ninguna de las dos tocó.

Claire le contó todo: el encuentro con Grant, la advertencia de Martha, el diario de su madre, la confesión del hombre lobo.

No le contó la parte del vínculo, ni la transformación que la esperaba, porque sabía que Lily, siendo humana, no podría entenderlo.

Pero le contó lo suficiente para que su amiga captara la magnitud del problema.

—Claire, ¿estás diciendo que te atrae el hombre que pudo haber matado a tus padres? ¿El hombre al que todo el pueblo teme?

—Lo sé. Suena loco. Pero no puedo evitarlo, Lil. Cuando lo miro, siento algo que no puedo explicar. Como si lo conociera de toda la vida. Como si mis células lo reconocieran.

—Claire, eso no es amor. Es trauma. Es el síndrome de Estocolmo. Te atrae el hombre que te hizo daño porque te hace sentir segura. Es una reacción psicológica, no un sentimiento real.

—¿Y si no lo es? ¿Y si es algo más? ¿Algo que no tiene nombre?

Lily la miró con una mezcla de preocupación y compasión.

—Claire, prométeme que tendrás cuidado. Que no harás nada precipitado. Que te darás tiempo para pensar antes de tomar cualquier decisión.

—Te lo prometo, Lil.

Pero mientras lo decía, Claire sabía que la promesa era vacía. Porque el tiempo que necesitaba no era para pensar. Era para reunir el coraje necesario para hacer lo que ya sabía que iba a hacer: ir a Grant, aceptar el vínculo, y cambiar su vida para siempre.

Los días siguientes fueron un tormento emocional.

Claire intentaba mantenerse alejada de Grant, pero el vínculo tiraba de ella con una fuerza que la debilitaba.

Cada mañana se despertaba pensando en él.

Cada noche se acostaba soñando con él. Y cada vez que pasaba por Thorne Lumber Company y veía su jeep aparcado en la entrada, el corazón le daba un vuelco que la dejaba sin aliento.

Una tarde, fue a caminar por el bosque, buscando aire fresco y claridad mental.

Pero el bosque, con sus olores y sus sonidos, solo le recordaba más a Grant.

Los pinos tenían su aroma. Los arroyos murmuraban con su voz.

Y las sombras entre los árboles parecían ocultar su silueta, acechando, esperando.

Claire se detuvo en un claro y cerró los ojos, respirando hondo, intentando calmarse.

—Claire. ¿Puedo hablar contigo?

Abrió los ojos de golpe. Derek Hale estaba de pie a unos metros de ella, con las manos en los bolsillos y una expresión que ella no supo descifrar. Claire no lo había oído llegar, lo cual era extraño, porque su oído se había agudizado desde que el vínculo se había iniciado.

—Derek, ¿cómo me has encontrado?

—Grant me pidió que te vigilara. No para espiarte, sino para protegerte. Hay cosas en este bosque que son peligrosas para una humana, Claire. Incluso para una humana con el vínculo iniciado.

—¿Grant te pidió que me vigilaras? ¿Sin decírmelo?

—Lo siento, Claire. Pero Grant está preocupado por ti. Siente tu conflicto a través del vínculo, y no sabe cómo ayudarte. Me pidió que estuviera cerca, por si me necesitaras.

Claire quiso enfadarse, pero no pudo. La idea de que Grant estuviera tan preocupado por ella que hubiera pedido a su beta que la vigilara era a la vez invasiva y conmovedora.

Era la forma de un hombre lobo de proteger lo que amaba: con vigilancia, con presencia, con una dedicación que rayaba en la obsesión.

—Derek, ¿crees que debo volver con él?

—No me corresponde decirte eso, Claire. Pero te diré una cosa: he conocido a muchos lobos en mi vida, y nunca he visto a ninguno tan perdido como Grant cuando está lejos de su compañera.

Si le das una oportunidad, si le permites explicarte todo, tal vez encuentres las respuestas que buscas.

Y tal vez, en el proceso, encuentres algo que no esperabas.

Claire asintió, con el corazón más ligero. Derek tenía razón. No podía seguir huyendo. Tenía que enfrentar a Grant, escuchar lo que tenía que decir, y decidir. Costara lo que costara.

Y esa contradicción, esa guerra interior, era la cosa más aterradora que había experimentado en su vida.