Luna de sangre CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El Encuentro en el Bosque

A la mañana siguiente, Claire se despertó con una resolución.

No iba a quedarse de brazos cruzados mientras las preguntas le carcomían el cerebro.

Si Grant Thorne había tenido algo que ver con la muerte de sus padres, quería saberlo.

Y si su madre había tenido una relación con él, quería entender por qué.

Decidió buscar las cartas que su padre había encontrado. Martha le había dicho que Robert las había descubierto, pero nunca le dijo qué había pasado con ellas. Si las cartas seguían en alguna parte, podían contener respuestas.

Empezó por la cabaña. Revisó los armarios, los cajones, el desván polvoriento donde Martha guardaba cajas de cartón llenas de recuerdos. Horas de búsqueda solo le dieron polvo, telarañas y una vieja caja de zapatos con fotos antiguas de la familia.

Entre las fotos encontró una que le cortó la respiración.

Era una imagen en color, algo descolorida por el tiempo, en la que aparecía su madre joven, de unos veintitantos años, sentada en una manta de picnic junto al lago Mirror.

A su lado, con el brazo apoyado en su hombro, había un hombre que Claire reconoció al instante.

Grant Thorne. Parecía más joven, sin barba, con el pelo un poco más largo, pero los ojos eran los mismos: dorados, ardientes, devoradores.

Y en la mano de Margaret brillaba un anillo que no era el de su boda con Robert.

Claire le dio la vuelta a la foto. En el reverso, con la letra de su madre, decía: «C & M. Verano de 1999. Para siempre.»

1999. Claire había nacido en el 2000. Eso significaba que la relación de su madre con Grant había comenzado antes de que ella naciera, y que, según Martha, había continuado después.

¿Cuánto sabía realmente Claire de la vida de sus padres?

¿Cuántos secretos se escondían bajo la superficie de aquella familia que creía normal?

Guardó la foto en el bolsillo y salió de la cabaña con una determinación nueva. Iba a ir a ver a Grant Thorne. Iba a mirarle a la cara y a preguntarle directamente qué había entre él y su madre, y qué sabía sobre la noche del accidente.

Condujo hasta los almacenes de Thorne Lumber Company, un complejo de naves industriales al pie de la colina, rodeado de camiones aparcados y montones de troncos recién cortados.

La oficina principal era un edificio de ladrillo de dos plantas con un letrero de madera tallada que decía THORNE LUMBER CO. — DESDE 1872.

Claire entró y le dijo a la recepcionista que quería ver a Grant Thorne. La mujer, una rubia de unos cuarenta años con la mirada huidiza, la observó como si le hubiera pedido ver al diablo en persona.

—¿Tiene cita, señorita…?

—Bennett. Claire Bennett. Y no, no tengo cita. Dile que es sobre Margaret Bennett.

La recepcionista palideció, cogió el teléfono y marcó una extensión. Al colgar, le indicó con un gesto el pasillo del fondo.

—Segunda puerta a la derecha. La está esperando.

Claire caminó por el pasillo con el corazón latiéndole en los oídos. La puerta estaba entreabierta. Empujó y entró.

El despacho de Grant era amplio y oscuro, con paredes de madera de nogal, estanterías llenas de libros y un enorme escritorio de roble frente a una ventana que daba al bosque.

Grant estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a ella, con las manos cruzadas detrás de la espalda.

Cuando oyó la puerta, se giró lentamente.

Llevaba una camisa oscura con las mangas remangadas hasta los codos, y Claire vio que sus antebrazos eran gruesos y musculosos, cubiertos de un vello negro que desaparecía bajo el tatuaje de la luna creciente. La mandíbula tensa, los ojos dorados entrecerrados.

—Claire. No esperaba verte tan pronto.

—He venido a hacerte una pregunta, Grant. Y quiero la verdad.

—Siéntate.

—Prefiero estar de pie. ¿Quién era mi madre para ti?

El silencio que siguió fue tan denso que Claire creyó oír los latidos de su propio corazón. Grant se acercó al escritorio, se apoyó en el borde y la miró con una expresión que no supo descifrar: ¿tristeza? ¿Deseo? ¿Culpa?

—Tu madre fue la mujer más importante de mi vida, Claire. Y eso es todo lo que estoy dispuesto a decirte ahora.

—No es suficiente. Mi tía me ha contado que tuviste una aventura con ella. Que mi padre lo descubrió. Y que una semana después, mis padres murieron en un accidente que nadie sabe explicar. ¿Fue un accidente, Grant? ¿O tuviste algo que ver?

Los ojos de Grant se oscurecieron, como si una nube pasara por delante del sol.

Se incorporó y caminó hacia ella con paso lento, y Claire tuvo que hacer un esfuerzo para no retroceder.

Había algo en él, una energía que emanaba de su cuerpo como calor de una estufa, que la atraía y la asustaba a la vez.

Se detuvo a menos de un metro de ella. Claire tuvo que levantar la cabeza para mirarle a la cara, y desde esa cercanía pudo ver detalles que se le habían escapado: una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, el pigmento dorado de sus iris que parecía brillar con luz propia, el movimiento casi imperceptible de sus fosas nasales, como si estuviera oliéndola.

—Juro por todo lo que soy que no maté a tus padres, Claire. No fui yo.

—Pero sabes qué pasó.

—Sé más de lo que debería. Y menos de lo que quisieras. Hay cosas que no puedo contarte, no porque no quiera, sino porque no estás preparada para oírlas. Todavía no.

—No me trates como a una niña. Tengo veintitrés años, Grant. Soy capaz de manejar la verdad.

Él levantó la mano y le apartó un mechón de pelo de la frente con una delicadeza que la desarmó. El contacto de sus dedos con su piel fue como una descarga eléctrica que le recorrió todo el cuerpo.

—No dudo de tu capacidad, Claire. Dudas de la mía para contártelo sin perderte. Y eso es lo que más me aterra en el mundo.

Claire dio un paso atrás, confundida. ¿Qué quería decir con eso? ¿Perderla? Si acababan de conocerse.

—Tengo que irme.

—Te vi anoche, en el bosque. No deberías adentrarte en los árboles cuando cae la noche, Claire. No es seguro.

—¿Me estabas vigilando?

—Siempre. Es lo que hago. Es lo que prometí.

—¿A quién se lo prometiste?

—A tu madre.

Claire salió del despacho sin mirar atrás, con las mejillas ardientes y las piernas flojas. Condujo hasta la cabaña sin recordar el trayecto, y cuando aparcó, se quedó un momento con las manos agarradas al volante, intentando controlar el temblor.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué sentía esa atracción irracional hacia un hombre que acababa de conocer, un hombre que había sido amante de su madre y que podía haber tenido algo que ver con la muerte de sus padres? ¿Qué clase de persona era ella?

Salió de la camioneta y, al llegar al porche, encontró algo que le heló la sangre.

Sobre la mecedora de madera, alguien había dejado un libro viejo de tapas de cuero, con las páginas amarillentas y el lomo deteriorado.

Lo cogió y lo abrió por la primera página.

En ella, con la letra inclinada y elegante de su madre, se leía:

«Diario de Margaret Bennett. Privado. Si estás leyendo esto, Claire, es porque algo me ha pasado y necesito que sepas la verdad.»

El diario de Margaret Bennett no estaba donde Claire esperaba encontrarlo.

Buscó durante horas en la cabaña de Martha, en los armarios, en los cajones, en el desván polvoriento, sin éxito.

Estaba a punto de rendirse cuando recordó algo: su madre tenía una caja de música, un objeto antiguo que tocaba una melodía que Claire reconocía pero no sabía nombrar.

La caja estaba en el trastero, dentro de una maleta vieja que Martha había guardado cuando Claire se fue a Portland.

Claire encontró la maleta, la abrió, y allí estaba la caja de música, con su madera de caoba y sus incrustaciones de nácar.

La abrió. La melodía sonó, tintineante y melancólica, y Claire sintió un nudo en la garganta al reconocerla: era la canción que su madre le tarareaba cuando la acunaba para dormir.

Abrió el compartimento secreto que su madre le había enseñado de niña, y allí, enrollado en un paño de seda, estaba el diario.

Lo cogió con manos temblorosas. El cuero estaba suave por el uso, las páginas amarillentas por el tiempo. Y en la primera página, con la letra inclinada y elegante de Margaret Bennett, una dedicatoria que le cortó la respiración: «Para Claire. Cuando tengas edad para entender.»

Claire se sentó en el suelo del trastero, con la caja de música todavía sonando y el diario en el regazo, y empezó a leer.

No sabía que aquella lectura cambiaría su vida para siempre.

No sabía que las palabras de su madre, escritas hace años en la intimidad de un secreto, iban a desentrañar una historia de amor y de muerte que ella nunca habría imaginado.

No sabía que, al final del diario, encontraría una verdad tan devastadora que todo lo que creía saber sobre su familia se desmoronaría.

Pero estaba a punto de descubrirlo. Página a página. Palabra a palabra. Hasta el final.

Claire pasó el día siguiente explorando la cabaña de Martha en busca de más pistas.

Revisó cada cajón, cada armario, cada rincón, con la meticulosidad de una detective y la desesperación de una hija que buscaba respuestas.

Encontró cosas que la emocionaron: un álbum de fotos de su infancia, con imágenes de ella de bebé en brazos de su madre, de niña pequeña jugando en el jardín, de adolescente torpe en la fiesta de graduación del instituto.

Y encontró cosas que la confundieron: unas cartas escritas por Margaret que nunca fueron enviadas, dirigidas a alguien llamado «C» y llenas de palabras de amor y de despedida.

«Mi querido C: Si estás leyendo esto, es porque no he tenido el valor de enviarla.

Te escribo una y otra vez, carta tras carta, y luego las guardo en este cajón como si esconderlas pudiera hacer desaparecer lo que siento.

Pero no puedo, C. No puedo dejar de pensar en ti, en tus ojos, en tus manos, en la forma en que me miras como si fuera lo único que importa.

Y no puedo seguir así. Tengo que tomar una decisión, y ninguna de las opciones es buena.

Si me quedo con Robert, me muero por dentro.

Si me voy contigo, destruyo a mi familia. No hay salida, C. No hay salida.»

Claire dejó las cartas en la mesa y se cubrió la cara con las manos.

Su madre había estado atrapada. Atrapada entre dos hombres, entre dos mundos, entre dos versiones de sí misma.

Y no había encontrado la salida. Había muerto en una carretera oscura, con la decisión sin tomar, con las cartas sin enviar, con la verdad enterrada en un cajón que solo Claire había abierto siete años después.

—Mamá, lo siento. Lo siento por no haberlo sabido. Lo siento por no haberte ayudado.

Pero Margaret no podía oírla. Margaret estaba muerta.

Y las cartas, las fotos, el diario, todo lo que Claire encontraba eran fragmentos de una vida que ya no existía.

Fragmentos que, sin embargo, le hablaban con más claridad que cualquier persona viva.

Fragmentos que le decían que la historia se repetía, que ella estaba siguiendo los pasos de su madre, y que el final, si no tenía cuidado, podría ser el mismo.

Claire se llevó el libro al pecho y miró al bosque. Entre los abedules, dos ojos dorados brillaron un instante antes de desvanecerse en la penumbra.