CAPÍTULO 5
El Diario de Margaret
Claire pasó toda la noche en vela, sentada en el viejo sillón de la sala de estar, con el diario de su madre sobre las rodillas y una taza de café que se enfriaba en la mesita.
La luz de la lámpara creaba sombras danzantes en las paredes, y el viento sacudía las ventanas con ráfagas que sonaban como susurros.
Abrió el diario por la primera página y empezó a leer.
Claire pasó la página con dedos temblorosos.
Las entradas seguían, fechadas a lo largo de meses, y pintaban el retrato de una pasión arrebatada y secreta.
Margaret escribía sobre encuentros furtivos en una cabaña del bosque, sobre noches de luna llena en las que Grant se transformaba ante sus ojos y ella no huía, porque lo amaba demasiado.
«20 de julio de 1999. Me ha mostrado lo que es.
No debería seguir amándole después de lo que he visto, pero no puedo evitarlo.
Es un hombre lobo, Claire. Si algún día lees esto, no creas que tu madre estaba loca.
Es real. Grant es un licántropo, el alfa de una manada que ha vivido en estos bosques desde antes de que existiera Raven Creek.
Y me ha elegido a mí como su compañera, aunque sea humana.
Dice que nuestro vínculo es más fuerte que la sangre, más fuerte que la especie.
Dice que me amará hasta que la última estrella se apague. »
Claire cerró el diario y se lo llevó al pecho. Un hombre lobo. ¿Su madre había creído que Grant era un hombre lobo? ¿O era verdad? Los ojos dorados, las huellas enormes junto al porche, los aullidos nocturnos, la sombra del bosque… Todo encajaba con una explicación que la razón se negaba a aceptar.
Siguió leyendo. Margaret escribía sobre la manada, sobre otros miembros: Derek, el beta leal; Sophia, una loba que la odiaba por celos; Victoria, la madre de Grant, una anciana licántropa de poder formidable.
Escribía sobre el código de la manada, sobre las leyes que prohibían a los lobos revelarse a los humanos, sobre el peligro que corría Grant al haberla elegido.
«5 de enero de 2000. Estoy embarazada. No sé de quién.
Robert y yo seguíamos juntos cuando concebí, pero también estuve con Grant.
El niño podría ser de cualquiera de los dos.
Grant dice que lo sabrá en cuanto nazca, que lo olerá.
Estoy aterrada. Si es de Grant, la manada lo reclamará.
Y Robert… Robert me matará si se entera. »
Claire dejó el diario sobre la mesita y se levantó, con las piernas temblorosas.
¿Embarazada? ¿De quién? ¿Podía ella, Claire, ser hija de Grant Thorne y no de Robert Bennett?
La idea le revolvió el estómago. No, se dijo.
Nací en marzo del 2000. Mi madre escribió esa entrada en enero del 2000.
Solo dos meses antes de mi nacimiento. Imposible saberlo sin una prueba de ADN.
Pero Grant había dicho que la conocía. Que la había visto crecer. Que la vigilaba. ¿Por qué? ¿Porque creía que era su hija? ¿O por otra razón?
Siguió leyendo, saltando entradas, buscando la parte sobre el accidente. Las últimas páginas del diario estaban escritas con una letra cada vez más temblorosa, como si Margaret escribiera con miedo.
«28 de octubre de 2016. Robert lo ha descubierto.
Encontró las cartas de Grant en mi caja de música.
Me ha gritado, me ha llamado de todo, ha llorado.
Dice que se llevará a Claire y se irá de Raven Creek esta misma noche.
Dice que denunciará a Grant, que contará a todo el mundo lo que es.
Estoy aterrorada. Si habla, Grant y toda su manada estarán en peligro.
Y si Grant se entera de lo que Robert planea…
no quiero ni pensarlo. Le he rogado a Robert que se calme, que hablemos, pero no quiere escucharme. Se va esta noche. Se lleva a mi niña.»
«29 de octubre de 2016. Robert y yo íbamos a salir en el coche.
Iba a convencerle de que se quedara, de que no hablara.
Grant apareció en la carretera. Nos cerró el paso.
No iba a dejarnos ir, Claire. No iba a dejar que tu padre hablara.
Lo que pasó después… lo que pasó después no puedo escribirlo.
Solo puedo decirte que tu padre murió esa noche.
Y yo también, aunque mi cuerpo tardara unas horas en darse cuenta.
Si lees esto, debes saber que Grant Thorne nos mató.
A los dos. Y que te vigila porque cree que eres su hija. »
Claire cerró el diario de golpe y vomitó en el cubo de la basura de la cocina. Le temblaba todo el cuerpo, las manos, las piernas, la voz. Grant Thorne había matado a sus padres. Su madre lo había escrito de su puño y letra. No había sido un accidente. Había sido asesinato.
Y ella, como una idiota, había sentido atracción por él. Había deseado que la tocara. Había pensado en él sin poder evitarlo.
Se enjugó la boca con el dorso de la mano y cogió el diario. Lo sostuvo contra su pecho como un arma. Iba a ir a la policía. Iba a enseñarles el diario. Iba a contarles todo.
Pero cuando fue a coger las llaves de la camioneta, alguien llamó a la puerta. Tres golpes lentos, graves, que resonaron en la madera como un tañido de campana.
Claire se acercó a la ventana y apartó la cortina. Grant Thorne estaba en el porche, empapado por la lluvia, con los ojos dorados fijos en la ventana como si pudiera verla a través de la cortina. Y en su rostro, Claire creyó distinguir algo que nunca habría esperado ver en un asesino: dolor.
Claire siguió leyendo el diario durante horas, saltando entradas, buscando los pasajes que más le interesaban. Margaret escribía con una honestidad que desarmaba, sin filtros, sin pudor, como si supiera que algún día alguien leería aquellas páginas y necesitara ver la verdad sin adornos.
«12 de abril de 1999. Grant me llevó a la cabaña del bosque hoy.
Es su refugio, su lugar sagrado, el único sitio donde puede ser él mismo sin miedo.
Me mostró sus heridas, las cicatrices que lleva en el cuerpo de siglos de peleas.
Y me contó cosas que no le ha contado a nadie.
Que tiene miedo de que su hermano lo mate.
Que su madre lo presiona para que tome por compañera a Sophia Blackwood.
Que se siente solo, tan solo que a veces piensa en dejarse morir.
Y que desde que me conoció, por primera vez en doscientos años, quiere vivir.
No sé qué hacer con esto, Claire. No sé qué hacer con un hombre que me dice que soy su razón para seguir existiendo. »
«3 de junio de 1999. Robert me preguntó anoche por qué llego tarde los jueves.
Le dije que es el día de la clase de cerámica en el centro cultural, y se lo creyó.
La mentira salió tan fácil que me asusté.
¿Desde cuándo miento a mi marido con tanta naturalidad?
¿Desde cuándo la traición se ha vuelto costumbre?
Pero es que no puedo dejarlo, Claire. No puedo dejar a Grant.
Es como si me faltara el aire cuando no lo veo, como si mi cuerpo se secara por dentro.
Es una adicción, una enfermedad, una maldición. Y no quiero curarme.»
«15 de agosto de 1999. Grant me pidió que me fuera con él.
Que dejara a Robert, que me llevara a ti, que viviéramos juntos en la cabaña del bosque.
Dijo que la manada nos aceptaría, que su madre cedería, que podríamos ser felices.
Casi le digo que sí. Estuve a punto, Claire.
A punto de dejarlo todo por un hombre lobo que me ama de una forma que ningún humano podrá nunca.
Pero te miré, dormida en tu cuna con el pulgar en la boca, y supe que no podía.
No por miedo a la manada, no por miedo al pueblo.
Por ti. No quería que crecieras siendo la hija de la mujer que abandonó a su marido por un monstruo.
Merecías algo mejor. Y por darte algo mejor, me condené a vivir sin lo que más amaba. »
Claire cerró el diario y se lo llevó al pecho.
La voz de su madre, viva a través de aquellas páginas, le hablaba desde el más allá con una intimidad que le partía el alma.
Margaret había amado a Grant con una intensidad que Claire solo empezaba a comprender.
Y había renunciado a él por amor a su hija.
¿Era eso lo que Claire estaba haciendo ahora?
¿Repetía el patrón de su madre, enamorándose del mismo hombre, del mismo monstruo, de la misma maldición?
No. Claire no era Margaret. Y Grant no era el mismo hombre que había sido más de veinte años atrás.
El vínculo los había cambiado a ambos. Y esta vez, el final sería diferente.
Claire lo juró, con el diario contra el pecho y las lágrimas cayendo sobre las páginas amarillentas. Esta vez, el final sería diferente.
Claire siguió leyendo el diario durante toda la noche.
Las velas que había encendido se consumieron una a una, y la oscuridad de la cabaña de Martha fue avanzando hasta envolverla por completo.
Pero Claire no necesitaba luz para leer: sus ojos, que empezaban a cambiar sin que ella lo supiera, se habían adaptado a la penumbra con una facilidad que habría asustado a cualquier humano.
Las últimas entradas del diario eran las más reveladoras. Margaret escribía con una desesperación que saltaba a la vista, con una letra cada vez más temblorosa, como si la mano que sostenía el bolígrafo estuviera cansada de cargar con tantos secretos.
«25 de octubre de 2016. Cuatro días. Robert lo sabe todo.
No come, no duerme, apenas me habla. Claire lo nota, me pregunta qué pasa, y le digo que no es nada.
Mi hija me mira con esos ojos verdes que son como los míos, y sé que no me cree.
Tiene la intuición de los Bennett, mi hija.
Lo mismo que yo. Y un día, sabrá la verdad.
Ojalá esté preparada para cuando llegue el momento. »
«27 de octubre de 2016. Robert ha decidido que nos vamos.
Esta noche. Cogerá el coche, meterá las maletas, y nos llevará a Portland.
Dice que dejará el pueblo, que empezaremos de nuevo, que protegerá a Claire de los Thorne cueste lo que cueste.
Le he rogado que no lo haga, que hablemos, que encontremos una solución.
Pero no quiere escucharme. Está destrozado, Claire.
Y no puedo culparlo. Yo lo destrocé. Yo con mis mentiras, con mi amor imposible, con mi incapacidad de elegir.
Yo lo destruí. Y ahora me destruye a mí. »
«28 de octubre de 2016. Mañana nos vamos.
Robert ha empacado todo. Claire cree que vamos de vacaciones.
Le he dicho que la llevo a la playa, que será una sorpresa.
Mi hija se ha reído, me ha abrazado, me ha dicho que me quiere.
Y yo la he abrazado con tanta fuerza que ella se ha quejado.
No sabía cómo decirle que era la última vez. No sabía cómo despedirme.»
«29 de octubre de 2016. Si alguien lee esto, cuide de mi Claire.
Cuídenla como yo no pude. Y dile que la amo.
Que la amaré siempre, desde donde sea que esté.
Que perdone a su madre por no ser la mujer que creía.
Y que no busque a Grant Thorne. Que se aleje de él, de los Thorne, de Raven Creek. Que viva, Claire. Vive por mí.»
Claire cerró el diario y lo abrazó contra su pecho.
Las lágrimas caían sobre el cuero envejecido, y el sol del amanecer empezaba a colarse por las ventanas de la cabaña, dorado y frío.
Margaret había escrito aquella entrada la mañana del día en que murió.
La mañana en que Robert decidió llevarse a la familia lejos de Raven Creek.
La mañana en que Grant Thorne apareció en la carretera 14 y lo cambió todo.
—Claire —dijo él, con voz ronca—. Sé que has leído el diario. Ábreme. Déjame explicártelo.