Luna de sangre CAPÍTULO 3
6%

CAPÍTULO 3

La Sombra del Pasado

Claire pasó la tarde en el hospital con Martha.

Su tía había mejorado algo: podía hablar con más claridad, aunque la mitad derecha de su cuerpo seguía sin responder del todo.

Claire le llevó un libro de poesía que encontró en la estantería de la cabaña y le leyó algunos poemas en voz baja mientras caía la tarde.

Cuando el sol empezó a ponerse y la luz del cuarto se volvió anaranjada, Martha le cogió la mano.

—Claire. Tengo que contarte algo. Sobre tu madre.

—Tía, no tienes que…

—Sí, tengo que hacerlo. Antes de que sea tarde. Antes de que él te encuentre.

—¿Él? ¿Te refieres a Grant Thorne?

Martha cerró los ojos y asintió con un gesto cansado.

—Tu madre y Grant… tuvieron una relación, Claire. Hace muchos años, antes de que tú nacieras y también después. Margaret lo amaba. Lo amaba de una forma que yo nunca comprendí, una forma que la consumía por dentro. Tu padre lo descubrió y casi la deja. Fue horrible.

Claire sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Su madre? ¿Una aventura con Grant Thorne? ¿Con ese hombre de ojos dorados que la miraba como si la conociera de toda la vida?

—¿Mi madre tuvo una aventura con Grant Thorne?

—Fue más que una aventura. Fue una obsesión. Grant tiene algo… algo que atrae a las mujeres, algo que no es humano. Tu madre no era capaz de resistirse a él, y él no era capaz de dejarla ir. Robert lo descubrió y los amenazó con llevarte lejos, con denunciarlo. Y entonces…

Martha se detuvo, con la respiración agitada. Claire le apretó la mano.

—¿Y entonces qué, tía? Dímelo.

—No puedo. No puedo decirte más. Pero escúchame bien, Claire: Grant Thorne es peligroso.

Lo que siente por tu madre lo transfirió a ti en el momento en que te vio.

Te verá como suya, porque para él eres la prolongación de ella.

Y si te acercas a él, si le permites tocarte, no podrás escapar. Te consumirá como consumió a Margaret.

Claire se levantó de la silla, con las piernas temblorosas. ¿Su madre había tenido un amante? ¿Y ese amante era el hombre más poderoso del pueblo? ¿El mismo hombre que la había mirado esa mañana con hambre en los ojos?

—¿Mi padre lo sabía? ¿Por eso discutían tanto las últimas semanas?

—Sí. Robert lo descubrió por casualidad, encontró unas cartas. Margaret le suplicó que lo perdonara, pero tu padre estaba destrozado. Amenazó con ir a la policía, con contárselo a todo el mundo. Y una semana después, tus padres murieron en ese accidente.

El aire se le escapó de los pulmones. Claire se apoyó en la pared del hospital, con la vista nublada.

—Tía, ¿estás diciendo que…?

—No estoy diciendo nada. Solo te pido que tengas cuidado. Que no confíes en él. Que no te dejes engañar por lo que sientes cuando te mira, porque lo que sientes no es tuyo, Claire. Es lo que él proyecta. Es su poder.

Claire salió del hospital como un autómata. Condujo de vuelta a la cabaña sin recordar el trayecto, con la mente convertida en un torbellino de imágenes y preguntas. Su madre. Grant Thorne. Las cartas. El accidente.

¿Podía ser verdad? ¿Podía Grant Thorne haber tenido algo que ver con la muerte de sus padres?

Llegó a la cabaña, aparcó y se quedó sentada en la camioneta, mirando la oscuridad del bosque que rodeaba la propiedad.

Los abedules se erguían como centinelas esqueléticos, y entre sus troncos, Claire creyó ver un movimiento.

Una sombra que se deslizaba entre los árboles, rápida y silenciosa, demasiado grande para ser un ciervo y demasiado erguida para ser un oso.

Salió de la camioneta y caminó hacia el borde del bosque, impulsada por una curiosidad que superaba al miedo. La sombra se detuvo. Y entonces Claire lo vio: dos ojos dorados que brillaban en la oscuridad como dos faros, fijos en ella con una intensidad que le robó el aliento.

—¿Grant? —susurró.

Los ojos parpadearon. Y desaparecieron.

Claire se quedó allí, temblando de frío y de otra cosa que no quería nombrar. Volvió dentro, echó el cerrojo y subió al dormitorio. Se sentó en el borde de la cama y se cubrió el rostro con las manos.

¿Qué estaba pasando? ¿Quién era Grant Thorne en realidad? ¿Y por qué, a pesar de todo lo que Martha le había contado, no podía dejar de pensar en él?

Se acostó vestida y cerró los ojos, pero el sueño no llegó. En su lugar, los recuerdos se agolparon: los ojos dorados del bosque, la voz grave de Grant en el diner, la advertencia de Martha, la foto de su madre sonriendo junto a un hombre cuyo rostro no podía ver.

Martha le contó más cosas esa tarde en el hospital. Cosas que Claire no sabía, que nunca habría imaginado, y que le revolvieron el estómago de una forma que la dejó sin palabras durante varios minutos.

—Tu madre no era del todo humana, Claire.

Tenía algo, una sensibilidad, una intuición que iba más allá de lo normal.

Sentía cosas antes de que pasaran. Soñaba con personas que aún no había conocido.

Y cuando miraba a alguien, parecía verle el alma.

Yo siempre pensé que era un don, una capacidad especial.

Pero Grant me dijo una vez que Margaret tenía lo que los lobos llaman «la vista».

La capacidad de percibir la verdadera naturaleza de las criaturas, humanas o no.

Era rarísima entre los humanos. Y fue lo que le permitió ver lo que Grant era desde el primer momento.

—¿Mi madre sabía que Grant era un hombre lobo antes de que él se lo dijera?

—Lo supo al instante, Claire. La primera vez que lo vio, en el pueblo, lo supo.

Y en lugar de huir, como habría hecho cualquier humano sensato, se sintió atraída.

Como si lo que vio no la asustara sino que la llamara.

Grant me contó que fue la primera vez en su vida que un humano lo miró sin miedo.

Y que en ese instante, supo que Margaret era especial.

Claire procesó la información con un nudo en el estómago.

¿Su madre tenía la vista? ¿Podía ver la verdadera naturaleza de las criaturas?

¿Había heredado ella esa capacidad? Pensó en los momentos en que había sentido cosas sin razón aparente: la certeza de que Grant la estaba observando desde el bosque, la sensación de peligro antes del ataque de Ethan, la forma en que percibía las emociones de los demás como si fueran suyas.

¿Eran señales de que ella también tenía la vista?

—Tía, ¿crees que yo tengo lo mismo? ¿La vista?

—No lo sé, Claire. Pero si la tienes, pronto lo sabrás. Y cuando lo sepas, entenderás muchas cosas que ahora no tienen sentido. La vista es un don, Claire. Pero también es una maldición. Te muestra verdades que a veces sería mejor no conocer.

Claire salió del hospital con la mente llena de preguntas nuevas.

¿Su madre no era del todo humana? ¿Ella misma llevaba en la sangre algo que la conectaba con el mundo de los lobos?

¿Era por eso que sentía esa atracción irracional hacia Grant, como si sus almas se reconocieran desde antes de nacer?

Las respuestas estaban ahí, en algún lugar, esperando a que ella las encontrara.

Y Claire, con la determinación que había heredado de su padre y la intuición de su madre, estaba dispuesta a buscarlas.

Después de la conversación con Martha en el hospital, Claire condujo hasta el lago Mirror. Necesitaba estar sola, pensar, procesar todo lo que su tía le había contado. Su madre. Grant Thorne. Una aventura. La muerte de sus padres. Demasiada información, demasiado rápida, para una tarde de octubre.

El lago estaba desierto a esa hora. Claire aparcó la camioneta junto a la orilla y caminó hasta un roble centenario que se erguía como un centinela sobre el agua.

Se sentó entre sus raíces, con la espalda contra el tronco y las rodillas contra el pecho, y miró el agua quieta del lago, que reflejaba el cielo gris como un espejo.

Pensó en su madre. Margaret Bennett. La mujer que le había leído cuentos antes de dormir, que le había enseñado a montar en bicicleta, que le había secado las lágrimas cuando se caía.

¿Esa mujer había tenido una aventura con un hombre lobo?

¿Había traicionado a Robert, a Claire, a todo lo que Claire creía saber sobre su familia?

Y, sin embargo, cuadraba. Las ausencias de Margaret los jueves por la tarde, que Claire siempre había atribuido a la clase de cerámica.

Las discusiones nocturnas con Robert, que Claire creía sobre dinero o sobre la casa.

La mirada lejana de Margaret, a veces, como si su mente estuviera en otro lugar.

Todo encajaba con la historia que Martha le había contado.

Todo apuntaba a la misma conclusión: Claire no había conocido a su madre. No de verdad.

—Mamá, ¿por qué no me lo contaste? —susurró Claire al viento—. ¿Por qué te lo llevaste contigo a la tumba?

El viento no respondió. Pero el lago, en su silencio, parecía guardar secretos que llevaban ahí más tiempo que Claire.

Y en algún lugar del bosque que rodeaba el lago, entre los pinos y los abedules, Claire creyó sentir una presencia.

Alguien la observaba. Algo la observaba.

Y cuando se giró, vio dos ojos dorados brillando en la penumbra del bosque, fijos en ella con una intensidad que le heló la sangre.

Claire volvió a la cabaña de Martha con la cabeza llena de preguntas.

¿Su madre había tenido una aventura con Grant Thorne?

¿Su padre lo había descubierto? ¿Y Grant había matado a ambos para proteger su secreto?

La historia era tan improbable, tan imposible, que Claire no sabía si creerla.

Pero la expresión de Martha, la urgencia en su voz, el miedo en sus ojos, todo le decía que su tía no mentía.

Se sentó en el porche con una manta y una taza de té, mirando el bosque que se oscurecía con el atardecer.

Los abedules se erguían como centinelas, y entre sus troncos, la penumbra era cada vez más densa.

Claire pensó en los ojos dorados que había visto la noche anterior.

¿Eran de Grant? ¿Estaba él ahí, observándola, velando por ella como Martha había sugerido?

—Si estás ahí —dijo Claire en voz alta, medio en broma, medio en serio—, podrías presentarte. No muerdo. Bueno, no todavía.

El bosque no respondió. Pero Claire, con los sentidos más agudizados de lo que creía posible, creyó sentir una presencia.

Algo, o alguien, estaba ahí, en el borde del bosque, observándola.

Y la sensación no era desagradable. Era como ser envuelta en una manta invisible, como sentir la mirada de alguien que te quiere sobre la piel.

Era reconfortante y aterradora a la vez.

Claire entró en la cabaña, echó el cerrojo, y subió al dormitorio.

Se acostó vestida, con el diario bajo la almohada, y cerró los ojos.

Pero el sueño no llegó. En su lugar, las imágenes se agolparon: los ojos dorados del bosque, la voz grave de Grant en el diner, la advertencia de Martha, la foto de su madre sonriendo junto a un hombre cuyo rostro no podía ver.

Y el aullido, largo y desolado, que volvió a resonar en la noche como el lamento de un alma en pena.

Y el aullido, largo y desolado, que volvió a resonar en la noche como el lamento de un alma en pena.