Luna de sangre CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El Hombre del Bosque

A la mañana siguiente, Claire se despertó con el cuello dolorido y la luz gris del amanecer colándose entre las cortinas.

Bajó a la cocina, preparó café y salió al porche con la taza humeante entre las manos.

El aire estaba frío y limpio, y el bosque que rodeaba la cabaña brillaba con un manto de escarcha que cubría las hojas caídas como azúcar glas.

Mientras bebía su café, observó que alguien había dejado un ramo de flores silvestres en el primer escalón del porche.

Lirios morados, dalias blancas y unas ramas de acebo con bayas rojas.

No había nota, pero las flores estaban recién cortadas y aún goteaban rocío.

Claire las cogió con cuidado y miró alrededor, pero no vio a nadie en los alrededores.

El camino de tierra que conectaba Creekside Lane con la carretera principal estaba vacío.

Fue a buscar un jarrón y, al volver a salir, encontró algo más: una huella en la tierra húmeda junto a las flores.

Era la huella de una bota grande, con un dibujo de tacos profundos, y junto a ella, casi solapada, la marca de algo que no era una bota.

Era más grande, más alargada, con la forma inconfundible de una pata de animal. Una pata enorme, con garras.

Claire se arrodilló y tocó la huella con los dedos.

La tierra estaba blanda y la marca era nítida, como si la criatura hubiera estado allí hacía minutos.

El tamaño era desproporcionado para cualquier animal que ella conociera: más grande que la de un oso, más ancha que la de un lobo. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Volvió dentro, cerró la puerta con cerrojo y se vistió para ir al pueblo. Necesitaba comprar comida, pasar a ver a Martha y, sobre todo, mantenerse ocupada para no pensar en huellas imposibles y aullidos nocturnos.

Condujo la vieja camioneta Ford de su tía por la carretera comarcal hasta el centro de Raven Creek.

El pueblo tenía una calle principal con una panadería, una ferretería, una tienda de ultramarinos, una gasolinera y el Blackwood Diner, el restaurante donde todos se reunían a desayunar.

Claire aparcó frente al diner y entró buscando un café decente y algo de calor humano.

El local estaba casi lleno. Los parroquianos habituales ocupaban los taburetes de la barra: leñadores con chaquetas de franela, camioneros de paso, un par de enfermeras del hospital. Claire se sentó en una mesa junto a la ventana y pidió un café con leche y tostadas.

No tardó en reconocerla alguien. Jacob Morrison, al que todos llamaban Jake, salió de la cocina con un plato de huevos revueltos y casi lo deja caer al verla.

—¡Claire! ¡Cielo santo, Claire Bennett!

Jake era un chico alto y robusto, de veinticuatro años, con el pelo castaño corto y los ojos color avellana.

Había sido el mejor amigo de Claire en la infancia, y el primer chico que la había besado detrás del gimnasio del instituto.

Ahora llevaba un delantal manchado de grasa sobre una camiseta de los Trail Blazers y tenía las manos llenas de cicatrices de trabajar en el taller de su padre.

—Jake. Pensé que trabajabas en el taller.

—Trabajo aquí los fines de semana. Mi viejo me deja ayudar en el diner de Ruby cuando hace falta. ¿Cuándo has vuelto? ¿Por qué no has llamado?

Claire le explicó lo de Martha y el derrame, y Jake se sentó frente a ella sin soltarle la mano. Su cara mostraba una preocupación genuina que la conmovió.

—Lo siento mucho, Em. Tu tía es una santa. Si necesitas cualquier cosa, lo que sea, ya sabes dónde estoy.

—Gracias, Jake. De verdad.

Él bajó la voz y se inclinó hacia ella.

—Oye, ¿has visto ya a Grant Thorne?

—¿Por qué todo el mundo me pregunta por los Thorne? Martha me dijo anoche que me alejara de ellos.

Jake frunció el ceño y miró alrededor, como si alguien pudiera estar escuchando.

—Tu tía tiene razón. Los Thorne no son gente normal, Claire.

Grant especialmente. No es… no es como nosotros.

Sé que suena raro, pero hay cosas en este pueblo que no puedes entender si no has crecido aquí.

Gente que desaparece. Animales muertos con marcas raras.

Aullidos por la noche que no son de ningún lobo que conozcas.

—Jake, ¿me estás asustando a propósito?

—No, te estoy avisando. Grant Thorne es peligroso. Todo el mundo lo sabe, pero nadie se atreve a decirlo porque controla la mitad del pueblo. Tiene algo… animal. No me preguntes cómo explicarlo. Solo ten cuidado.

Claire no respondió. En ese momento, la campanilla de la puerta del diner sonó y entró una ráfaga de aire frío que le heló la nuca. Levantó la vista y el corazón se le detuvo.

El hombre que acababa de entrar parecía tener treinta y seis años.

Era alto, más de un metro noventa, con los hombros anchos como un armario y el porte de alguien que no necesita hacerse notar porque la atención lo sigue por inercia.

Llevaba una chaqueta de cuero negra sobre una camisa oscura, vaqueros gastados y botas de trabajo.

Su pelo era negro como el ala de un cuervo, corto en los lados y un poco más largo arriba, donde caía sobre su frente en mechones indiscplinados.

Pero lo que la paralizó fueron sus ojos: dorados, brillantes, con un destello ambarino que parecía emitir luz propia.

La mandíbula era angular y fuerte, la nariz recta, los labios llenos pero firmes.

Tenía una barba de tres días que le daba un aire salvaje y peligroso.

Grant Thorne cruzó el diner con paso lento, saludando con un gesto de la cabeza a los parroquianos que se apartaban a su paso como el mar ante la proa de un barco. Cuando llegó a la mesa de Claire, se detuvo. La miró. Y sonrió.

No fue una sonrisa cálida. Fue una sonrisa lenta, depredadora, que le erizó el vello de los brazos y le aceleró el pulso de una manera que no tenía nada que ver con el miedo.

—Tú debes de ser Claire Bennett. Bienvenida a casa.

Su voz era grave, áspera, como el ronroneo de un motor grande. Claire tragó saliva y se dio cuenta de que había dejado de respirar.

—Y tú debes de ser Grant Thorne. Todo el mundo me habla de ti.

—No me extraña. Soy difícil de ignorar.

Se sentó en la silla libre sin que ella lo invitara, y Jake se puso en pie de un salto, con los puños cerrados.

—Thorne. La señorita Bennett y yo estábamos hablando.

Grant ni siquiera lo miró. Sus ojos dorados seguían fijos en Claire, y ella tuvo la sensación de que la estaba desnudando con la mirada, no de forma grosera, sino con una intimidad que la hacía sentir vulnerable y expuesta.

—Morrison. Ve a atender a tus clientes. Claire y yo tenemos cosas de las que hablar.

—Claire, ¿quieres que se vaya?

Ella abrió la boca para decir que sí, pero algo la detuvo. Algo en esos ojos dorados que la atraía como un imán, como si los hubiese conocido toda la vida, como si los hubiera visto antes en un sueño o en un recuerdo enterrado. Negó con la cabeza, casi sin darse cuenta.

—Está bien, Jake. Gracias por el café.

Jake la miró con decepción y se alejó a regañadientes.

Grant se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa, y Claire vio que sus manos eran grandes, con dedos largos y nudillos marcados.

En la muñeca izquierda llevaba un tatuaje que asomaba bajo la manga: algo parecido a una luna creciente.

—Siento lo de tu tía Martha. Es una buena mujer. Le he enviado flores al hospital.

—¿Fuiste tú quien dejó las flores en mi porche esta mañana?

Él ladeó la cabeza, como si la pregunta lo divertiera.

—¿Te molesta?

—No me conoces. No sé por qué lo harías.

Grant se quedó mirándola un largo momento, y Claire juraría que en sus ojos pasó algo, una sombra de dolor o de nostalgia que se desvaneció tan rápido como había aparecido.

—Conocía a tu madre, Claire. Margaret era… una persona especial para mí. Por eso te conozco a ti, aunque no lo recuerdes. Te vi crecer, de lejos. Siempre velando por ti.

Un escalofrío le recorrió la columna. ¿La había estado vigilando? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Por qué?

—Mi madre nunca mencionó a ningún Grant Thorne.

—Hay muchas cosas que las madres no cuentan a sus hijas.

El camarero trajo un café para Grant. Él lo cogió sin apartar los ojos de Claire, y ella vio que sus dedos rodeaban la taza con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de su mano.

Había algo en ese hombre que la atraía y la repugnaba a partes iguales, algo que no podía definir pero que le decía que Jake tenía razón: Grant Thorne no era una persona normal.

—Debo irme —dijo Claire, poniéndose en pie—. Tengo cosas que hacer.

—Claro. Pero volveremos a vernos, Claire. En un pueblo como este, es inevitable.

Claire no podía dejar de pensar en el encuentro del diner.

Grant Thorne la había descolocado de una forma que no podía explicar.

No era solo su atractivo físico, que era innegable: era la intensidad con la que la miraba, como si fuera lo más importante del mundo.

Como si llevara toda la vida esperándola.

Y la advertencia de Jake, que la había dejado con un nudo en el estómago, no hacía más que aumentar el misterio.

Después del diner, Claire fue al ultramarinos del pueblo a comprar provisiones para la cabaña de Martha. Mientras llenaba la cesta con conservas, pan y fruta, una mujer se le acercó por detrás. Era Ruby, la dueña del diner, que la había visto entrar y quería saludarla.

—Claire Bennett, cuánto tiempo. Tu tía me dijo que habías vuelto. ¿Cómo estás, niña?

—Bien, Ruby. Un poco abrumada, pero bien.

—Abrumada por Martha, supongo. O por otra cosa.

Ruby le guiñó un ojo con una complicidad que Claire no entendió del todo. La mujer la estudió con una mirada que parecía ver más allá de la superficie, y Claire tuvo la incómoda sensación de que Ruby sabía cosas que ella no.

—Claire, querida, un consejo de vieja. Este pueblo tiene sus secretos. Y los secretos tienen una forma de salir a la luz cuando menos te lo esperas. Si algo te confunde, si algo te asusta, no huyas. Búscalo. Enfréntalo. Es la única forma de entender lo que está pasando.

—Ruby, ¿de qué estás hablando?

—Lo sabrás pronto, niña. Lo sabrás pronto.

Ruby le pagó la compra, le dio un abrazo que olía a vainilla y a café, y se fue.

Claire la vio alejarse por la calle principal, con una mezcla de confusión y de curiosidad que no la abandonó durante el resto del día.

¿Qué sabía Ruby? ¿Qué secretos tenía el pueblo que todos parecían conocer menos ella?

Después de dejar a Old Pete en el hospital, Claire caminó por las calles de Raven Creek, redescubriendo el pueblo que había dejado atrás.

La panadería de Mrs. Calloway seguía en la misma esquina, con el mismo olor a pan recién hecho que Claire recordaba de su infancia.

La ferretería de Mr. Peterson, con sus estanterías llenas de herramientas y clavos, seguía igual de desordenada.

Y el Blackwood Diner, con su letrero de neón parpadeante y sus ventanas empañadas de vaho, seguía siendo el corazón social del pueblo.

Claire entró en la panadería y compró un pan de centeno que Mrs. Calloway le envolvió en papel encerado con manos temblorosas. La anciana la miró con una mezcla de curiosidad y de lástima que Claire no supo interpretar.

—Claire Bennett, cuánto tiempo. Tu madre compraba el mismo pan, ¿lo sabías? Cada martes y cada viernes. Nunca fallaba. Hasta que… bueno. Lo siento, niña. Lo siento mucho.

—Gracias, Mrs. Calloway. ¿Mi madre venía aquí a menudo?

—Cada semana, sin falta. Y siempre se quedaba un rato hablando conmigo, contándome cosas del pueblo, de la familia, de ti. Era una mujer especial, Claire. Especial de verdad.

Claire salió de la panadería con el pan en las manos y un nudo en la garganta.

Cada rincón de Raven Creek le hablaba de Margaret.

Cada tienda, cada calle, cada persona que la reconocía y le decía lo mucho que se parecía a su madre.

Era como caminar por el pueblo fantasma de una vida que podría haber sido suya si las cosas hubieran sido diferentes.

Llegó a la cabaña de Martha al atardecer.

El sol se ponía sobre las copas de los abedules, pintando el cielo de rojo y de naranja, y Claire se sentó en el porche con el pan de centeno y una taza de té, mirando el bosque que se oscurecía.

Y por primera vez desde su llegada, se permitió llorar.

Llorar por su madre, por su padre, por la vida que había perdido, por la verdad que no conocía.

Llorar hasta que no le quedaron lágrimas.

Y entonces, con los ojos hinchados y el corazón más ligero, entró en la cabaña, echó el cerrojo, y se preparó para enfrentar lo que viniera.

Ella dejó un billete en la mesa y salió del diner sin mirar atrás.

Pero mientras caminaba hacia la camioneta, sintió su mirada clavada en la espalda como una marca de fuego, y supo, con una certeza que le heló la sangre, que Grant Thorne no había terminado con ella. Que, de hecho, solo acababa de empezar.