Luna de sangre
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CAPÍTULO 1
El Regreso
Bajó del autobús con su maleta de lona al hombro y el abrigo enrollado sobre el brazo.
El aire olía a pino mojado, a tierra removida y a algo más profundo, algo salvaje que siempre había asociado con este lugar y que nunca había logrado identificar del todo.
Era un aroma a bosque antiguo, a corteza descompuesta bajo la hojarasca, a animal nocturno.
De niña, su madre le decía que ese olor era el espíritu del monte, y Claire se lo creía porque EL SECRETO DE RAVEN CREEK todo parecía posible bajo la luz plateada de la luna.
Sacudió la cabeza y caminó hacia la única parada de taxi del pueblo, una furgoneta oxidada conducida por un anciano al que todos llamaban Old Pete. El hombre la reconoció enseguida, a pesar de los años.
—Claire Bennett, por todos los cielos. Pensé que no volverías a pisar este pueblo.
—Las circunstancias no me dejaban otra opción, Pete. ¿Puede llevarme al hospital de Forks?
—Tu tía Martha. Sí, me enteré. Un derrame, ¿no? Lo siento, muchacha. Tu tía es de la buena gente.
Claire asintió y subió a la furgoneta. El asiento de cuero agrietado estaba frío y olía a tabaco viejo.
Mientras Pete conducía por la carretera comarcal que serpenteaba entre los pinos, ella miró por la ventanilla y vio los enormes almacenes de Thorne Lumber Company al pie de la colina, con sus chimeneas echando humo blanco contra el cielo plomizo.
La empresa era el corazón económico del pueblo, y los Thorne eran la familia más poderosa de Raven Creek desde antes de que existiera el propio pueblo.
Claire recordaba haber visto al viejo Harold Thorne en algún desfile del Cuatro de Julio, pero había muerto hacía años y ahora la compañía la dirigía su hijo mayor, un hombre del que todo el mundo hablaba en voz baja, como si nombrarlo en alto pudiera invocarlo.
Grant Thorne.
El nombre se le coló en la mente sin que ella quisiera, y con él una imagen borrosa: unos ojos dorados mirándola desde la oscuridad del bosque la noche antes de que sus padres murieran.
Claire siempre había creído que era un sueño, pero ahora, de vuelta EL SECRETO DE RAVEN CREEK, ese recuerdo le pareció más real que nunca.
Old Pete la dejó en la entrada del hospital y se negó a cobrarle.
—Por tu madre, que en paz descanse. Era buena gente, Claire. No dejes que nadie te diga lo contrario.
Ella lo agradeció con una sonrisa y entró en el hospital. El olor a desinfectante y a cafetería barata le revolvió el estómago. Preguntó en recepción por Martha O'Brien y subió al tercer piso, donde la encontró conectada a un monitor que pitaba con cada latido.
Su tía tenía el rostro hundido y la piel cetrina, pero los ojos, de un verde idéntico al de Claire, seguían vivos y alerta. Cuando vio a su sobrina, intentó sonreír, pero la comisura izquierda de su boca no respondió.
—Claire, niña mía. Sabía que vendrías.
—No iba a dejarte sola, tía Martha. ¿Cómo te sientes?
—Como si un tren me hubiera pasado por encima. Pero los médicos dicen que me recuperaré. Tengo que quedarme unas semanas, así que tú tendrás que ocuparte de la casa. Las llaves están en el buzón, como siempre.
Claire asintió y le sostuvo la mano buena. La piel de Martha estaba fría y arrugada, cubierta de manchas de la edad. Había algo que su tía quería decirle, lo vio en la forma en que sus dedos apretaban los suyos con una urgencia que iba más allá del cariño.
—Tía, ¿qué pasa?
Martha cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Ahora no. Descansa y vuelve mañana. Hay cosas que debo contarte, pero necesito tener la cabeza despejada. Solo… prométeme una cosa, Claire.
—Lo que sea.
—Aléjate de los Thorne. Prométemelo.
Claire frunció el ceño, pero asintió. No entendía a qué venía esa advertencia, pero el tono de Martha no admitía discusión. Le dio un beso en la frente y salió de la habitación con el corazón latiéndole en las sienes.
La casa de Martha estaba al final de Creekside Lane, una cabaña de madera de dos plantas rodeada de abedules y con un porche donde Claire había pasado las tardes de su infancia leyendo novelas de misterio.
Entró con la llave del buzón y encendió las luces.
El interior olía a lavanda y a pan rancio, y todo estaba exactamente como lo recordaba: las cortinas de cuadros, la chimenea de piedra, las fotos enmarcadas en la repisa.
Se acercó a las fotos y cogió una en la que aparecía su madre, joven y sonriente, con un vestido de flores veraniego.
Margaret Bennett había sido una mujer hermosa, de pelo castaño rojizo y ojos color avellana, la misma mezcla que Claire había heredado.
En la foto estaba en un picnic junto al lago, y a su lado, ligeramente cortado por el borde del marco, se veía el hombro de un hombre que no era Robert Bennett.
Claire nunca se había fijado en ese detalle, pero ahora, con la advertencia de Martha resonándole en la cabeza, lo encontró perturbador.
Quienquiera que fuera ese hombre, su madre parecía feliz a su lado. Demasiado feliz.
Dejó la foto en su sitio y subió al dormitorio de invitados. Se desplomó sobre la cama sin deshacer la maleta y se quedó mirando el techo, escuchando el viento que sacudía las ramas de los abedules contra la ventana. A lo lejos, muy lejos, le pareció oír un aullido. Largo, grave, melancólico.
Se estremeció y cerró los ojos. Estás cansada, se dijo. Son imaginaciones.
Claire había vivido en Portland desde los dieciséis, cuando Martha la envió a vivir con unos amigos de la familia para que terminara el instituto lejos de los recuerdos.
Se había hecho una vida allí: amigas, novios, la universidad, un piso compartido en el barrio de Hawthorne.
Pero Raven Creek siempre la llamaba, como un susurro que no se apagaba, como una herida que no cerraba del todo.
Cada octubre, cuando la lluvia empezaba a caer sobre Oregón, Claire sentía el tirón del pueblo donde había nacido y donde habían muerto sus padres, y se prometía que algún día volvería.
No imaginaba que ese día iba a ser hoy, ni que lo que iba a encontrar cambiaría su vida para siempre.
El autobús hizo una parada intermedia en el pueblo de Tillamook, donde bajaron dos pasajeros y subió uno: un anciano con un sombrero de vaquero y una caja de herramientas que olía a serrín.
Claire lo miró sin mucho interés, pero el anciano la estudió durante un largo momento con unos ojos azules que parecían ver más allá de la superficie.
Cuando el autobús arrancó de nuevo, el anciano se sentó en el asiento de delante de Claire y, sin volverse, le dijo en voz baja: «Vas a Raven Creek, ¿verdad?
Hueles a ese pueblo.» Claire, sorprendida, no supo qué responder.
El anciano no añadió nada más. Se bajó en la siguiente parada y desapareció por un camino de tierra como si nunca hubiera existido.
Claire se quedó pensando en aquellas palabras durante el resto del trayecto.
«Hueles a ese pueblo.» ¿Qué quería decir?
¿Los pueblos tenían olor? ¿Y por qué un desconocido se lo decía a ella como si fuera un secreto?
Pero el pensamiento se desvaneció cuando el autobús se detuvo EL SECRETO DE RAVEN CREEK y Claire vio el pueblo que había dejado atrás siete años atrás, gris y familiar bajo la lluvia de octubre, esperándola como si nunca se hubiera ido.
Mientras Old Pete la llevaba al hospital, Claire miró por la ventanilla de la furgoneta y vio el bosque que rodeaba el pueblo.
Los pinos se erguían como centinelas a ambos lados de la carretera, y entre sus troncos, la penumbra era tan densa que parecía sólida.
Claire siempre había sentido una mezcla de fascinación y de miedo por aquel bosque.
De niña, su madre le contaba historias de lobos que se transformaban en hombres, de lunas que tenían poder sobre las criaturas de la noche, de pactos antiguos entre especies que la gente del pueblo respetaba sin hablar de ellos.
Claire pensaba que eran cuentos, fantasías para asustar a los niños.
Ahora, volviendo al pueblo con veintitrés años y un presentimiento que no sabía nombrar, no estaba tan segura.
Claire recordaba la noche anterior a la muerte de sus padres con una claridad que la perseguía desde hacía siete años.
Tenía dieciséis años, estaba en su habitación, estudiando para un examen de historia, cuando oyó a sus padres discutiendo en la planta baja.
No era normal: Robert y Margaret rara vez discutían, y cuando lo hacían, era en voz baja, con palabras medidas.
Pero aquella noche, las voces eran altas, tensas, cargadas de una emoción que Claire no supo identificar hasta años después.
—¡No puedes seguir viéndolo, Margaret! ¡Es peligroso! ¡Nos va a destruir a todos!
—Robert, cálmate. No grites. Claire puede oírnos.
—¡Que oiga! ¡Al menos alguien sabrá la verdad en esta casa!
Claire se había asomado al rellano de la escalera, con el corazón latiéndole en las sienes, y había visto a su padre en el salón, de pie junto a la chimenea, con un fajo de cartas en la mano.
Su madre estaba sentada en el sofá, con la cara entre las manos, y lloraba.
Claire no entendía qué pasaba. ¿Qué cartas?
¿Quién era «él»? ¿Por qué su padre estaba tan furioso?
No bajó. Se quedó en el rellano, paralizada, escuchando, hasta que sus padres se calmaron y se fueron a dormir.
Y al día siguiente, cuando Claire volvió del instituto, sus padres habían muerto en un accidente de coche en la carretera 14.
Y las preguntas que no se atrevió a hacer aquella noche se quedaron sin respuesta para siempre.
Ahora, siete años después, Claire sabía quién era «él».
Grant Thorne. El hombre lobo que había sido amante de su madre.
El hombre que la miraba con ojos dorados como si la conociera de toda la vida.
El hombre que, según Martha, había matado a sus padres.
Claire no lo sabía con certeza todavía, pero lo iba a descubrir. Costara lo que costara.
Pero el aullido se repitió, más cerca esta vez, y Claire tuvo la extraña certeza de que algo en el bosque la estaba esperando.