CAPÍTULO SETENTA
Las puertas principales del Hop Sing Tong en el Chinatown de San Francisco habían sido encadenadas poco después de que el FBI terminara su investigación.
El control del edificio había vuelto a la organización china propietaria, pero desde ese día, nadie había sido visto entrar ni salir del edificio, y sus ventanas permanecían a oscuras por la noche.
Los residentes, sobre todo los dueños de tiendas y restaurantes de Waverly Street, se preguntaban si quizás el edificio se habría vendido.
De ser así, ¿quiénes eran los nuevos propietarios y por qué nadie había oído nada al respecto?
La venta de una propiedad así tendría que ser aprobada por las otras asociaciones benevolentes o tongs que ayudaban a gobernar el barrio, por supuesto.
Un cambio de manos era muy improbable, pero nadie podía estar seguro.
«Abandonado» era la palabra que circulaba en los cotilleos diarios sobre el edificio.
Resultaba creíble, salvo que un tendero juró haber visto una pequeña luz parpadear en una de las ventanas, aunque solo por un breve instante.
Daba igual si los demás lo creían o no, porque poco después de que hiciera tal afirmación, las cadenas que aseguraban las puertas del tong fueron retiradas, la acera de delante quedó barrida y limpia, y a altas horas de la noche se podía ver luz en una ventana del último piso.
Sin embargo, pese a estas señales evidentes de vida, nadie había visto aún quién había llegado a ocupar el tong.
Pero alguien lo había hecho.