CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE
Volver a casa y ver a mi familia había sido una mezcla de emociones.
Por un lado, estaba muerta de miedo ante la idea de enfrentarme a Lucy y Ryan.
Me preocupaba que, con una sola llamada telefónica, hubiera echado por tierra toda la confianza que había construido con ellos, y que volviéramos a ser los desconocidos que éramos cuando nos conocimos.
Por otro lado, los quería tanto que dolía.
Lo único que deseaba en ese momento era abrazarlos y no soltarlos jamás.
Por suerte, me había preocupado en vano.
Los dos niños me recibieron con enormes sonrisas.
Lucy prácticamente saltó a mis brazos en cuanto abrí la puerta, y casi me tira al suelo.
Ryan, que normalmente esperaba a un lado hasta que Lucy hubiera recibido sus abrazos y besos, estaba justo detrás de ella y se sumó con un abrazo de oso.
Para mi sorpresa, hasta Po Po me dio un abrazo de bienvenida.
Además, había preparado una cena especial de cinco platos con todos mis favoritos.
Me sentí tan querida en ese momento. Había estado tan centrada en cuánto los quería y en si les había dado suficiente, que no me había dado cuenta de que ellos tenían tanto amor que devolverme.
Durante la cena hablamos un poco de aquella llamada, pero no le dimos más vueltas.
Estaba claro que lo que le importaba a mi familia era que había vuelto a casa.
El pasado era el pasado, y teníamos que disfrutar del momento y mirar hacia delante.
Se me había olvidado lo bien que se recuperan los niños.
Pasé el resto de la noche escuchando historias de todo lo que me había perdido mientras estaba fuera.
Los dos me contaron cosas del colegio y de sus amigos.
Lucy se había apuntado otra vez a clases de baile y había preparado una actuación especial para mí.
Ryan me enseñó sus últimos movimientos de judo y el nuevo uniforme de kung fu para las clases que iba a empezar pronto.
Aquella noche fue un popurrí de sus vidas, lo primero que les venía a la cabeza. A mí me daba igual. Quería escucharlo todo. Nada me parecía trivial. Para mí, todo merecía la pena.
Volví a la oficina dos días después y me encontré con que las autoridades tailandesas habían venido a pedir explicaciones.
Cuando la embajada les comunicó que ya habíamos salido del país en un avión diplomático fletado, no les hizo ninguna gracia.
No los culpaba: uno de sus mejores detectives había sido asesinado.
Durante los días siguientes, respondí encantada a sus preguntas y les aclaré todo lo que pude.
Hice todo lo posible por ser completamente sincera sobre los acontecimientos de aquella noche, desde los interrogatorios hasta la fuga de la chica.
Consideraba a Artie un amigo, y todavía me costaba asimilar que lo hubieran matado.
No quería entorpecer su investigación; quería ayudarlos.
Quería que llevaran a su asesina ante la justicia.
Según la policía real tailandesa, cuando los hombres de Artie volvieron de la búsqueda, lo encontraron inconsciente y sin respiración.
Le hicieron los primeros auxilios, pero no consiguieron reanimarlo.
Les dije que tenía que haber sido la chica, Sei.
Artie estaba solo cuando me fui. Ella habría podido volver sin problemas y atacarlo.
Estuvieron de acuerdo, y las pruebas que habían encontrado también apuntaban a la chica. Junto al cuerpo de Artie habían aparecido las esposas que habíamos usado para inmovilizarla. El informe del médico forense no hacía más que confirmarlo.
Tip se había encargado personalmente de la autopsia y tuvo la amabilidad de enviarme una copia directamente.
Su informe oficial establecía que Artie había muerto por estrangulamiento con ligadura.
Las fotos del cuello de Artie mostraban hematomas que coincidían con las marcas de una esposa y parte de una cadena.
Le envié un breve correo electrónico dándole el pésame y diciéndole que, si necesitaba cualquier información sobre el caso, no dudara en ponerse en contacto conmigo.
También elaboré un perfil de la chica con la esperanza de que pudiera serle útil a la policía tailandesa.
Podía esbozar cómo pensaba y cuáles podrían ser sus motivaciones.
No tenían ningún registro de Sei en sus archivos; era la primera vez que se topaban con ella, así que cualquier información les venía bien.
Dudaba que la encontraran, no por falta de capacidad, sino por el tipo de persona con la que se enfrentaban. Una asesina experimentada sabría cómo desaparecer y mantenerse invisible todo el tiempo que hiciera falta. Me habría sorprendido que Sei siguiera en Tailandia.
Aun así, todavía no estaba dispuesta a quedarme de brazos cruzados viendo cómo evolucionaba el caso, aunque mi participación en la investigación había disminuido porque no teníamos a nadie a quien atrapar en Estados Unidos.
Tenía tiempo libre, e hice exactamente lo que Reilly me había dicho: «Abby, si quieres atrapar al cerebro, tienes que atraparlo con tu cerebro, no con la fuerza. Esa es tu fortaleza. Usa la cabeza».
Me tomé en serio lo que había dicho y dediqué mi tiempo en la oficina a ampliar el perfil de Sei.
También hice todo lo posible por sacar a la luz cualquier información sobre ella.
Incluso contacté con una vieja amiga en Hong Kong, Leslie Choi, mi protegida, que había ocupado mi antiguo puesto como inspectora al frente de la Oficina de Crimen Organizado y Tríadas.
—¡Abby!
Del teléfono salió un chillido tan fuerte que tuve que apartarlo de la oreja, pero no pude evitar sonreír. —Hola, Leslie.
—Pensaba que te habías ido a vivir a las montañas como una ermitaña. Nunca contestas a mis correos.
—Lo sé, lo sé. Es una mala costumbre que tengo, pero te estoy llamando, y eso es mucho mejor.
—Lo es, pero una visita sería mejor. Ay, espera. Dime que me llamas para decirme que vienes a Hong Kong.
Me reí. —Ojalá fuera a verte. Ya me toca.
—Totalmente de acuerdo. Entonces, ¿qué necesitas?
—¿Qué te hace pensar que necesito algo?
—¿Abby? Venga ya…
—Vale, es que no quería que fuera todo trabajo.
—Ya he oído tu dulce voz. Con eso me vale para otro par de años.
Las dos nos reímos, y le hice a Leslie un resumen rápido del caso y de la chica, Sei.
—¡Maldita sea! ¡Siempre te tocan los casos interesantes!
—Todo es cuestión de cómo lo vendas, amiga mía, cómo lo vendas. Entonces, ¿has oído hablar de esta chica?
—El nombre no me suena, pero eso no significa que no tengamos algo sobre ella. Preguntaré por ahí a ver qué encuentro.
—Gracias, Leslie. Te lo agradezco.
Seguimos hablando un rato más. Le conté cómo era la vida en San Francisco, cómo estaban los niños y Po Po, y cómo era realmente ser agente del FBI.
No se podía creer que me dedicara principalmente a investigar delitos de cuello blanco, temas financieros.
—Pues créetelo. Este caso es una anomalía.
La mayor parte del tiempo me la paso persiguiendo a banqueros codiciosos.
—Bueno, supongo que es lo mejor para la nueva Abby Kane y familia —se rio—. No, en serio, me alegro por ti. La familia es importante.
—Hablando de familia, ¿tienes novio? Hace falta uno de esos para formar una.
—Estoy en ello.
—Ah, casi se me olvida: trabajé en el caso con Kyle Kang.
—¿El detective?
—Ajá.
—Si mal no recuerdo, era un tipo bastante listo, y guapo también. Oye, siento tener que dejarte, pero el deber me llama.
—Lo entiendo. Cuídate, amiga.
—Tú también.
Después de colgar con Choi, me puse a pensar en cómo había cambiado nuestra amistad desde que me mudé a Estados Unidos.
En realidad, la palabra correcta sería «sufrido», y eso me entristecía.
Pero también sabía que era más feliz. Nada podía superar el ser madre.
Y sin embargo, de algún modo, de vez en cuando, mi trabajo lo conseguía.
Sabía a lo que me exponía cuando acepté trabajar con Reilly.
Pasaría la mayor parte del tiempo investigando delitos de cuello blanco, y de vez en cuando me tocaría algún caso de asesinos en serie o relacionado con bandas.
Trastornaría un poco la vida del hogar Kane, pero podía vivir con ello. Más o menos.